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El Truman Capote imprescindible

domingo 1 de diciembre de 2024
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Truman Capote
Truman Capote (1924-1984), un autor de bella precisión estilística y con esa música inconfundible de la genialidad destilada en cada frase, fue cayendo de manera paulatina en un espiral autodestructivo de drogas y alcohol.

El escritor Truman Capote posee un indiscutible halo de mito. Era una especie de Jekyll encantador que seducía con su ingenio a la emperifollada sociedad neoyorquina, pero al mismo tiempo era una especie de señor Hyde cuando soltaba su sofisticada maldad en su escritura. Escritura por lo demás de bella precisión estilística y con esa música inconfundible de la genialidad destilada en cada frase.

Si cualquier lector va a explorar por primera vez el universo narrativo y ensayístico de Truman Capote, le recomendaría que no lo hiciera por su novela emblemática como lo es A sangre fría, que rastrea de manera morosa y al detalle el absurdo asesinato de cuatro miembros de la familia Clutter en una granja en Holcomb, un perdido pueblo de Kansas. La novela sigue los rastros desde el día del asesinato, la preparación hecha por Dick Hickock y Perry Smith, el juicio que se les sigue a los asesinos y las repercusiones que como una onda expansiva estremecen a toda la población de Holcomb. En esta novela Capote no sólo va a demostrar su raza de sabueso periodista investigador, sino que va a crear un nuevo estilo de narrar un suceso real desde esos intersticios humanos, desde ese pantano psicológico. En esta novela combinará el estilo periodístico, la observación directa, la entrevista tanto de los involucrados como de los residentes del pueblo. Todo eso mezclado con un poco de imaginación, algo de ficción al gusto y la realidad en proporciones inmoderadas; todo ello agitado y luego destilado con una escritura madura y de enorme creatividad literaria.

El libro Cuentos completos sería un excelente abreboca para leedores primerizos. En sus cuentos Capote va perfilando su estilo y se sumerge en esas superficialidades de la realidad cotidiana para contar historias donde lo fantástico se presenta sin bombos ni platillos y se desliza en el cuento como algo natural. En una oportunidad Capote, hablando de sus cuentos escritos, refería que le gustaba “El arpa de hierba”, aunque no “Miriam”, que era sólo un buen truco, pero nada más. Entre sus preferidos estaban “Niños en su cumpleaños”, “Cierra la última puerta” y algunos otros, “sobre todo una historia a la que no mucha gente le prestó atención, ‘Maestro Miseria’”. Sus cuentos tienen algunos de esos “trucos”, los cuales, a pesar de sus costuras de mago de feria, no dejan de ser excepcionales.

El cuento “Miriam” trata de una mujer solitaria atrincherada en la soledad y el miedo; desde allí crea una niña imaginaria algo espeluznante. En el relato “Maestro Miseria” tenemos a una mujer soñadora que vende sus sueños y luego, alentada por una “amiga”, decide recuperarlos. El cuento “Niños en su cumpleaños” relata la extraña historia de una mujer cautiva en el cuerpo de una niña, su llegada a un pueblo en unas vacaciones de verano y su impronta tanto en niños como en adultos.

Otra joya es sin duda Música para camaleones. Libro redondo y en el cual se condensa el Capote genial que se mueve con gran fluidez entre la crónica periodística, el relato policial, el ensayo y la literatura en su máxima expresión creativa. Libro que, de no haber escrito A sangre fría, de seguro le habría deparado la inmortalidad sin miramientos. Ningún texto de Música para camaleones tiene desperdicio alguno. En unos está el Capote maestro para desarrollar un policial distinto y de gran factura como lo es “Ataúdes tallados a mano”. Con el texto “Una adorable criatura” deja al descubierto su bondad y consideración por Marilyn Monroe. Más que una crónica periodística es un poema en prosa que talla con precisa belleza el retrato de una actriz vapuleada por la fama, la soledad y esa trilladora de espíritus que es el cine.

Cuando el escritor japonés Yukio Mishima visitó Nueva York, Capote, en complicidad con su amante, organizó una fiesta con travestis y prostitutas del barrio chino, ataviados(as) como geishas. En la euforia de las bebidas y las drogas, Mishima le dijo a Capote que se suicidaría primero que él. A Capote ese pronóstico tan sombrío le resultó ridículo. Capote estaba en la cumbre, era una celebridad y, para espantar semejante vaticinio, le dijo al escritor japonés que en eso se equivocaba, ya que él amaba ese color transparente y luminoso de la vida. Mishima se suicidó primero y convirtió su muerte en un acto público ruidoso mediante seppuku. El suicidio de Capote se fue elaborando sin estridencia. Primero saboteó sus relaciones con la crema y nata de los ricachones, develando sus pasiones viles y oscuras, publicando capítulos de una novela en proceso, o como Capote escribió: “En 1975 y 1976, publiqué cuatro capítulos de ese libro en la revista Esquire. Provocaron la ira de ciertos círculos, donde pensaron que yo estaba traicionando confianzas, abusando de amigos y/o enemigos. No tengo intención de discutirlo; el tema incluye política social, no mérito artístico”. Había mucho chisme de peluquería y menos literatura. Lo cierto es que toda esa chismografía formaría parte de una novela inconclusa titulada Plegarias atendidas. Luego estaba como atascado en eso de escribir. Consideraba la escritura como una especie de látigo, o como él lo escribió: “Un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo, y el látigo es únicamente para autoflagelarse”.

De manera paulatina fue cayendo en un espiral autodestructivo de drogas y alcohol. Escribió una necrológica sobre su amigo dramaturgo Tennessee Williams, también en ese torbellino de drogas trasegadas con mucho alcohol, y en ella relata una anécdota que no tiene desperdicio. Capote pasaba unos días con Tennessee en Cayo Hueso. Se encontraban en un bar abarrotado de gente, en el que se entremezclaban gays y heterosexuales. En un rincón una pareja, probablemente marido y mujer, estaban bastante ebrios. La mujer se acercó a la mesa de los escritores y extendió un lápiz de ceja, quería un autógrafo de Capote; como vestía un top, aspiraba a que la firma fuera en su ombligo. Capote de manera displicente le dijo que lo dejara tranquilo y Tennessee le preguntó a Capote: “¿Cómo puedes ser tan cruel?”. Acto seguido tomó el lápiz de cejas y autografió el nombre de su amigo alrededor del ombligo de la mujer. La mujer regresó chispeante a su mesa, el marido encolerizado le arrancó el lápiz de cejas de las manos y se acercó a la mesa, luego se bajó el cierre de los pantalones, se sacó el miembro y dijo, dirigiéndose a Capote: “Ya que hoy está usted firmando autógrafos en todas partes, ¿le importaría firmarme uno aquí?”. El lugar enmudeció de pronto. Capote no sabía qué decir. Entonces Tennessee se aproximó y cogió el lápiz de cejas de la mano del desconocido y dijo: “No creo que haya suficiente espacio para que Truman pueda firmarla —dijo, guiñándole un ojo a Truman—, pero pondré mis iniciales”. El local estalló en carcajadas y el hombre regresó a su mesa, agarró del brazo a su mujer y salió veloz del local.

Otro libro infaltable de Capote es Los perros ladran, conformado por crónicas y ensayos que acercan al lector a ese deambular del escritor por distintos países y lugares pintorescos. En el prefacio del libro escribió:

Casi todos los textos que componen este libro aparecieron a lo largo de los años en diversas publicaciones. Pero nunca, hasta ahora, habían encontrado acomodo bajo el mismo techo. Uno de ellos, “Lola”, tiene una curiosa historia. Fue escrito para exorcizar el fantasma de una amiga perdida, y posteriormente lo compró una revista americana, que no lo publicó porque el director de la revista decidió que lo encontraba horrendo; dijo que no sabía de qué trataba y que, además, le parecía negro y siniestro (...). De qué trataba en realidad: de los peligros y la perdición que supone no percibir y aceptar los límites de nuestra supuesta identidad, las clasificaciones que nos imponen los demás: un pájaro que cree ser un perro, Van Gogh insistiendo en que es un artista, Emily Dickinson en que es poeta. Pero sin esos juicios erróneos y esas convicciones los mares dormirían, y nadie hollaría las nieves eternas.

El título del libro se lo obsequió un André Gide ya anciano. Ambos se encontraban contemplando el mar y en eso pasa el cartero, amigo de Capote, y le hace entrega de varias cartas. En una de ellas, había un artículo literario de prensa que hablaba pestes de Capote. Gide, viendo la rabieta del escritor, le dice: “Bah. Recuerde el viejo proverbio árabe: ‘Los perros ladran, pero la caravana avanza’”.

Una sobredosis le esperaba al final del trayecto. Siempre me gustó su respuesta a una autoentrevista que se hizo sobre de qué tenía miedo y así se respondió: “De sapos de verdad en jardines imaginarios”.

Carlos Yusti
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