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Odio marca registrada

domingo 8 de diciembre de 2024
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Odio marca registrada, por Carlos Yusti
Narra Orwell que el Ministerio del Amor era realmente aterrador. No tenía ventanas y “era un lugar al que era imposible entrar excepto por asuntos oficiales...”. En verdad este ministerio ficticio podría fácilmente pasar por ser un ministerio del odio.

Hace mucho tiempo en Venezuela para sacar de circulación a “indeseables” de toda índole instauraron la llamada ley de vagos y maleantes. Dicha ley era aprovechada por los gobiernos que padecimos y se le aplicaban a cualquier militante político incómodo que incordiase a la administración. Yo como he sido un vago toda la vida estuve siempre ojo avizor. La ley fue derogada por ser un exabrupto legal, pero la administración ha buscado nuevas leyes para deshacerse de sus adversarios.

Esto me recuerda el siniestro partido de la novela 1984, de George Orwell, cuyas tres consignas eran: “La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud” y “La ignorancia es la fuerza”. Este oscuro partido tiene unos singulares ministerios: el Ministerio de la Verdad, el Ministerio de la Paz, el Ministerio del Amor y el Ministerio de la Abundancia, que era responsable de los asuntos económicos.

El Ministerio del Amor es el encargado, por paradójico que parezca, de mantener la ley y el orden. Narra Orwell que el Ministerio del Amor era realmente aterrador. No tenía ventanas y “era un lugar al que era imposible entrar excepto por asuntos oficiales, y había que hacerlo penetrando a través de un laberinto rodeado de alambre de púas, puertas de acero y ametralladoras ocultas en nidos. Incluso las calles que conducían a sus barreras exteriores estaban ocupadas por guardias con uniformes negros, armados con cachiporras articuladas”. En verdad este ministerio ficticio podría fácilmente pasar por ser un ministerio del odio.

En lo personal tengo una lista de mis odios bien administrados. Odio al médico que me ha prohibido el cigarrillo, el café, el pan, la pasta y, como era de esperarse, el alcohol. A pesar de odiarlo sigo sus indicaciones, a regañadientes, por mi salud. Odio leer libros complejos y vanguardistas como el Ulises de James Joyce, La vida instrucciones de uso (título original en francés: La Vie mode d’emploi) del escritor francés Georges Perec, Paradiso de José Lezama Lima, Rayuela de Julio Cortázar o el Quijote, que en cada lectura es un libro distinto. A pesar de odiarlos los he leído y he descubierto la magia útil para ir batallando en esta vida desangelada; además tengo presente esa frase de Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar: “La vida me enseñó los libros”. Odio las películas malas de mi actriz idolatrada Sandra Bullock, pero sería incapaz de pertenecer a ese tétrico club de fans que imagina Cortázar en el cuento “Queremos tanto a Glenda”. En el cuento la actriz se llama Glenda Garson, pero enseguida el lector vislumbra que se trata de la actriz real Glenda Jackson. Mucho tiempo después Cortázar, caminando por San Francisco y con la edición de Rayuela en inglés (Hopscotch), descubre la foto de la actriz en un cartel de una película que se anuncia con el título precisamente de Rayuela. Una película tragicómica de espías, bastante endeble, donde la actriz Glenda Jackson está enamorada de un espía que se ha puesto a escribir un libro llamado Hopscotch a fin de denunciar los entretelones turbios de la CIA, el FBI y la KGB, que hacen lo posible por liquidarlo. Glenda lo ayudará a maquinar un accidente que lo dará por muerto para sus enemigos. En el cuento de Cortázar el club de fans mata a la Glenda ficticia y en la película la Glenda real asesina de manera ficticia al escritor y así se cierra el círculo.

Odio la imaginación; sin embargo, creo que gracias a ella hemos venido desde la prehistoria hasta nuestros días. Ya lo sentenciaba André Breton: “Querida imaginación, lo que amo sobre todo en ti es que no perdonas”. Lo que me recuerda ese relato de Ambrose Bierce, “El incidente del Puente del Búho”, que refiere la historia de un hombre al que van a ahorcar. De pronto éste se escapa y huye. Luego de muchas vicisitudes esquivando a sus perseguidores, llega a su casa, donde todo parece resplandecer con colores vivos y luminosos, abre la verja de su casa y entra. Allí lo esperan su esposa y su hijo. Toda esta huida se la ha imaginado el hombre, ya que “su cuerpo se balancea con suavidad de uno a otro extremo de las maderas del puente sobre el río Búho”. Odio la ideología woke, especie de hijo bastardo de la corrección política que intenta reescribir el pasado para darle un maquillaje de oropel al futuro. Para ellos esta frase atribuida a Voltaire: “Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. La frase fue escrita por Evelyn Beatrice Hall en 1906. Odio a los politicastros de oficio y su maletín cargado de mentiras y quiméricas promesas, pero los combato desde la tribuna del voto, aunque me reconcilio con cierta lástima con ellos por ese trágico cuento de Gabriel García Márquez en el que un senador en campaña, de nombre Onésimo Sánchez, que, aparte de camiones llenos “con los indios de alquiler que llevaban por los pueblos para completar las multitudes de los actos públicos”, llevaba consigo todo un pueblo hecho en cartón piedra, “con árboles de teatro con hojas de fieltro” y “casas fingidas de ladrillos rojos y ventanas”, con el que tapaban las casas miserables del pueblo real. Pero de tanta campaña el falso pueblo se despintaba y desconchaba de tal manera que era incluso más deprimente y horrible que el pueblo real. Para Onésimo Sánchez la política era sólo un acto de circo donde leones y trapecistas eran sustituidos por absurdas promesas y altisonantes mentiras.

Odio la Ley Constitucional contra el Odio, ya que es una perogrullada arbitraria. Por otra parte, el amor y el odio hacen el equilibrio ante la injusticia. Ni el amor ni el odio son marcas registradas por los gobiernos del color que sean; son bienes intangibles que ningún Estado puede apropiarse, son potestad de los hombres y mujeres. Odiamos mucho, pero el amor siempre nos salva. El texto más sabio del amor se encuentra en la Biblia y es la famosa carta del apóstol Pablo a los Corintios: “Si tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios; si poseo todo conocimiento, si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero me falta el amor, no soy nada”. El amor no se deleita en la maldad, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor jamás se extingue”.

Carlos Yusti
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