
Hoy arriba la Tierra de Letras a la insospechada edad de veinte años. Insospechada, tengo que confesarlo, porque jamás me imaginé que la pequeña publicación por correo electrónico que emprendía a mis veinticinco años de edad rebasaría alguna vez el límite de las veinte ediciones. Lo cierto es que superamos ese límite sin darnos cuenta; sin darnos cuenta pasó la vida con todas sus dificultades, y sin darnos cuenta estamos hoy recordando que hace veinte años aparecía en los buzones de doce suscriptores primigenios la primera revista literaria de habla hispana en ser distribuida por correo electrónico.
El mundo, en estas dos décadas, se transformó a nuestro alrededor; de aquella prehistoria en la que una publicación en Internet era poco menos que una utopía de ciencia ficción pasamos a esta realidad de conexiones perpetuas cuya dinámica le ha arrebatado el protagonismo a las computadoras y se lo ha pasado a una población creciente de dispositivos.
Letralia, y en esto no puedo pecar de falsa modestia, es una de las publicaciones digitales pioneras en la lengua de Cervantes, y su presencia a lo largo de estos veinte años le ha dado a autores y lectores de todo el ámbito de habla hispana —y más allá— la posibilidad de honrar ese sagrado y extraño y delicioso placer que es la lectura. Hoy, cuando celebramos las dos décadas de aquel momento en que, como escribí en el primer editorial, no podíamos asegurar nada sobre el futuro, podemos decir que el mundo cambió y que nosotros estuvimos ahí para impulsar una pequeña parte de ese cambio.
Da vértigo darse cuenta de que entre las firmas de la Tierra de Letras hay en este momento autores que no habían nacido cuando comenzamos. Supongo que es así como la vida nos advierte que es efímera, y que todo gran camino se construye con los pasos de muchos caminantes.
Los invito entonces a celebrar con nosotros nuestro vigésimo aniversario. Para la ocasión hemos preparado el libro Veinte: las dos décadas de la Tierra de Letras, en el que una treintena de autores se han dado cita para escribir, precisamente, sobre las características de este cambio. Compartan así con nosotros nuestra última certeza: que no podemos asegurar nada sobre el futuro, pero que podemos iluminar el camino para seguir recorriéndolo.
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