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Su primera novela, Las ascuas, habla de la necesidad de reconstruirnos
Teresa Gassó Bris y su defensa del amor maduro

viernes 10 de julio de 2026
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Teresa Gassó Bris
Teresa Gassó Bris: “Para mí es esencial el uso de la palabra. Con ella se expresa lo que se necesita, se calla lo necesario, se insinúa lo que se quiere y es, en suma, una herramienta magnífica para mostrar lo necesario de los personajes”.

La literatura ha tocado muchas veces el amor primero, la educación sentimental de la juventud y las pasiones que inauguran una vida. Menos frecuente es que se detenga en el amor último, ese que llega cuando la experiencia ya ha dejado pérdidas, rutinas, heridas y certezas. Este es precisamente el tema de la novela Las ascuas, donde la española Teresa Gassó Bris nos cuenta la historia de una mujer que, cuando el entorno parece esperar de ella discreción, prudencia y resignación, descubre que todavía puede elegir, desear y construir una forma nueva de felicidad.

La protagonista de esta novela es Elisa, una viuda de sesenta y nueve años que decide pasar el verano en la casa familiar del campo, pese a las reservas de sus hijos. Ese gesto inicial de independencia abre el camino a una transformación más profunda: el reencuentro con José M.ª, un antiguo amigo, despierta en ella una dimensión afectiva y corporal que creía extinguida. A partir de esa relación, el libro explora la soledad, la maternidad, la vida después de un matrimonio infeliz, la mirada social sobre la vejez y el derecho de una mujer madura a no ser reducida a una figura invisible.

Nacida en Madrid en 1953, licenciada en Derecho por la Universidad de Granada y con una amplia trayectoria en la gestión sanitaria pública, Gassó Bris recaló en la narrativa —después de años de escritura jurídica, divulgativa y técnica— escribiendo en redes sociales. Con el entusiasmo de sus lectores cogió impulso y hoy nos presenta esta novela atenta a los detalles de la vida cotidiana, a las decisiones prácticas y a las tensiones familiares que acompañan cualquier cambio profundo. Por eso hoy hablamos con ella sobre el origen de Las ascuas, la construcción de Elisa, el sentido del último amor y la escritura como comienzo de una nueva etapa.

 

“Las ascuas”, de Teresa Gassó Bris
Las ascuas, de Teresa Gassó Bris (Cuadranta, 2026). Disponible en la web de la editorial

Las ascuas, la novela sobre el derecho a mantener la dignidad

Llegas a la narrativa después de una extensa trayectoria profesional en el ámbito jurídico, administrativo y sanitario, un mundo donde el lenguaje suele estar asociado a la precisión, la norma y el procedimiento. ¿Qué representa para ti esta incursión en la ficción?

Esta incursión en el mundo de la ficción no creas que es totalmente nueva para mí. La escritura, de un modo u otro, siempre ha estado presente en mi vida, he escrito hace ya muchos años relatos publicados en Facebook; relatos que no conservo y que siempre versaban sobre vivencias antiguas, recuerdos o temas actuales, pero siempre eran sobre hechos reales, no había ficción en ellos, escribía con mis sentimientos a flor de piel, sin disculpas, sin disimulos, sin maquillaje alguno; escribía en la aplicación directamente, sin corrección ortográfica ni estilista alguna, y los publicaba.

Esas publicaciones, creo que para mí eran como una vía de escape, un desahogo ante lectores a los que en su mayoría no conocía, no tenían cara, y ante los que, en cierto modo, me podía “desnudar” sin vergüenza alguna, ante los que no sentía la necesidad de mantener mi imagen pública; sencillamente era yo, Teresa, y nadie más.

Esos lectores llevaban años animándome a dedicarme a escribir no ya en Facebook sino desde un punto de vista profesional.

Yo nunca me animé porque siempre me preguntaba quién puede tener interés en leer lo que yo escribo. Yo, una lectora impenitente, que siempre he sido dura conmigo misma, siempre he dudado de mis cualidades literarias por más que me decían que lo hacía bien. ¡Cuánto me quieren!, pensaba yo, pero cuando decidí jubilarme, sabía que me tenía que buscar una ocupación, una ilusión, un propósito de vida, un nuevo trabajo.

Ese trabajo nuevo no quería que fuera una continuidad de lo ya finalizado; podía haber seguido con mis publicaciones técnicas, entrar en un bucle de charlas o conferencias profesionales, pero eso ya era agua pasada. No recuerdo quién dijo que “el pasado ya no está y el futuro no ha llegado”; ahora me tenía que fabricar un presente, nada técnico, nada jurídico; algo nuevo, algo que me gustara, la ficción.

Empecé a escribir y, como ya te he dicho, llevo toda mi vida haciéndolo, tengo disciplina de trabajo, constancia, perseverancia y sobre todo, y es lo principal, ¡me encanta hacerlo!, así que me puse manos a la obra, asombrándome de la imaginación que podía desarrollar y llenando archivos en el ordenador, sin pensar en darle alguna utilidad a lo que escribía. Siempre pensé que no saldrían jamás de mi ordenador.

Lo primero que me coartaba para decidirme a intentar publicar algo de lo ya escrito era mi edad, avanzada para iniciar una nueva actividad. Busqué en Internet escritores que hubieran empezado a escribir a edades similares a la mía y ante mi sorpresa vi que no era yo la única. ¡A todo hay quien gane!, ¿no?, Laura Ingalls Wilder, Frank McCourt, Daniel Defoe, José Saramago, etc. Así que me dije: si ellos lo hicieron, ¿por qué no lo voy a hacer yo?

Y lo intenté, inicialmente con un buen resultado. Esta incursión en la ficción, ya de una manera que aspira a ser profesional, para mí representa un reto personal, el mantenimiento de una ilusión, de un propósito de vida, un motivo para el cual seguir adelante, y ¿sabes?, todos los días escribo cuatro o cinco horas, mi producción es “casi” masiva, pero es que me tengo que obligar a levantarme del ordenador, me abstraigo de tal modo con lo que esté escribiendo, me meto en el personaje de tal manera, que a veces dudo si es el personaje o soy yo. ¡Dios! Disfruto como una loca escribiendo, inventando historias y ¿por qué me lo voy a negar?

Esto es lo que para mí representa esta incursión en la ficción.

 

El amor tardío suele ser tratado en la ficción con pudor, ironía o excepcionalidad, como si perteneciera a una zona menor de la vida sentimental. En tu novela, en cambio, ocupa el centro de la experiencia humana. ¿Cómo recreas ese “último amor”? ¿Qué desafíos representó este tema para tu oficio como narradora?

Inicialmente yo no pensaba escribir sobre una novela del último amor, yo pensaba hacer un alegato a favor, en defensa de ese derecho a mantener la dignidad, a vivir, a decidir, a mantener la independencia, que asiste a todas las personas y también a las de cierta edad mientras ellas estén autónomas, e independientes, claro está. Para ello, si me hubiera mantenido en mi intención de mantenerme exclusivamente en ese alegato, hubiera tenido que escribir un ensayo, y esa no era mi idea, no soy ensayista.

Por ello, surgió la necesidad de crear un personaje sobre el que montar ese alegato, ese grito en defensa de la mal llamada tercera edad, y como ya te he comentado, yo escribo, quizá, de una forma poco profesional: me siento delante de la pantalla, leo lo escrito anteriormente y a partir de ahí comienzo a escribir, es el personaje el que me pide la historia; yo realmente voy leyendo la novela conforme la voy escribiendo, la voy conociendo desde el momento en el que nace, y en esta novela el personaje me pedía una nueva oportunidad de ser feliz, de volver a sentir el amor, el deseo, la pasión, y lo fui desarrollando tal y como esos sentimientos se experimentan con los años, que no tienen nada que ver con los veinte años.

¿Pudor?, ¿ironía?, el amor es un sentimiento que acompaña al ser humano desde que nace hasta que muere; quien considere que a cierta edad puede ser algo ridículo o algo vergonzoso de lo que no se deba hablar, me está demostrando que no conoce al ser humano.

Mi edad me otorga ciertos privilegios. Uno de ellos es poder hablar con claridad sobre todo, sobre aquellos temas en los que pienso, y entre esos temas está el amor maduro; a lo largo de la vida se sienten distintos amores, a los padres, a los hermanos, a la pareja, a los hijos... Ese amor no tiene fecha de caducidad, se mantiene vivo y en el caso del amor entre hombre y mujer con los años cambia, en la juventud es explosivo, intenso, doloroso y quizá fugaz; en cambio, en la madurez es distinto, es tranquilo, comprensivo, acompañante, te quita la soledad, te ofrece apoyo, sosiego y paz; también es sexual, como toda relación entre hombre y mujer, pero ya no es explosivo ni intenso. Es otra manera de arder, por eso esta novela se llama Las ascuas.

La mía fue una educación al uso de aquella época; había muchos temas tabúes, como el sexo; los años y la vida me han ido desinhibiendo y ahora, a estas alturas de mi vida, creo que ya no me queda ningún tema tabú en el tintero, me ha sido fácil hablar sobre ese amor maduro en la novela.

No lo considero vergonzoso, excepcional o digno de ocultación. Si a una persona de edad madura le surge un amor en su vida (algo muy difícil que ocurra) es afortunada, bendecida por los dioses, y será difícil que vuelva a presentarse una oportunidad semejante.

 

Más que la vivencia del duelo, la viudez en Elisa representa un descubrimiento: que la soledad puede ser al mismo tiempo una carga y una oportunidad. Las ascuas es una novela sobre la madurez, pero me parece que tiene mucho que decirle a los lectores jóvenes. ¿Qué puedes decirnos sobre esto?

Para empezar, comenzaré con una cita de Séneca: “Mientras hay vida hay esperanza”. Y es muy cierta, Elisa sigue viva, pero en otras circunstancias; la viudez obliga a Elisa a redefinirse, descubrir que está sola le da miedo, pero también le da libertad. Tiene que aprender quién es cuando ya no es esposa y sólo es madre cuando los hijos la necesitan.

Esta situación no es privativa de las personas maduras, también les ocurre a las personas jóvenes, porque los jóvenes también sufren rupturas, pérdidas, cambios de vida y necesidad de reinventarse.

Yo les diría a los jóvenes que la edad cambia las circunstancias, pero la necesidad de reinventarse es universal.

Quizá por eso creo que Las ascuas puede interesar también a lectores jóvenes.

La novela habla de la viudez y de la madurez, pero en el fondo habla de algo que todos vivimos alguna vez: la necesidad de reconstruirnos cuando la vida cambia de rumbo. Elisa descubre que la soledad puede ser dolorosa, pero también una oportunidad para conocerse mejor y decidir cómo quiere vivir.

Esa lección no tiene edad.

Esta novela es una defensa serena y vitalista del amor maduro, de la dignidad y del derecho a elegir. Decía Cicerón que “la vejez le llega al hombre no por la edad sino cuando pierde la ilusión, el propósito y el deseo”.

La jubilación es una situación administrativa a la que muchos jóvenes quisieran incorporarse, pero la edad es un número, simplemente un número; lo que califica a una persona no es ese número sino su situación vital.

Yo afortunadamente mantengo mi ilusión y mi propósito; por ello siempre digo a los jóvenes que no soy vieja, simplemente soy una persona mayor.

 

El tono de la novela combina reflexión, humor, sensualidad y una observación muy directa de la vida cotidiana. Elisa puede hablar de medicinas, cansancio o hijos adultos y, poco después, descubrir la intensidad del deseo. ¿Cómo concebiste la voz de la protagonista? ¿Cuánto de Teresa Gassó Bris hay en ella?

¡Esta pregunta tiene trampa! La voz de la protagonista salió sola.

Yo inicié esta novela con una única pretensión: hacer un alegato a favor de la libertad, la identidad, la visibilidad y el derecho a elegir de las personas maduras. Escogí a una protagonista, mujer, yo no sé meterme en la mente masculina, y a partir de ahí la protagonista me iba pidiendo argumentos, sensaciones, conflictos, situaciones y todo aquello que sucede en una vida real. He intentado escribir sobre emociones y conflictos reales, reconocibles para muchos lectores. Aunque los personajes y la historia pertenezcan a la ficción, lo que le pasa a la protagonista es más frecuente de lo que nos pensamos; otra cosa distinta es que a ciertas edades se tenga la osadía de hablar de ello, pero yo hace ya mucho tiempo que digo lo que pienso, creo que es un derecho que a lo largo de mi vida me he ganado.

Indudablemente, la protagonista habla con mi voz, con mi pensamiento, tiene mi carácter, es una persona firme, mantiene su criterio, sabe lo que quiere, pero no tiene mi temperamento, ella es más moderada, más contenida; en cambio yo soy más visceral, más carpetovetónica, si tengo un problema, como decimos los españoles, cojo al toro por los cuernos.

Compartimos nuestra generación, las reflexiones, las dudas ante los cambios, el miedo ante la alteración de nuestra zona de confort, pero ella es una ficción, es un personaje literario, y yo soy Teresa Gassó, una persona real.

Aunque es cierto que ahora, al cabo de los meses de tener cerrada la novela, en ciertas frases, ciertas actitudes, me reconozco yo, eso no me pasaba cuando la escribí, es una nueva percepción mía. Supongo que todos los escritores se dejan en cada obra suya un pedazo de sí mismos, de su alma o su corazón; creo que es algo inevitable.

 

Teresa Gassó Bris: los picapleitos escribimos mucho y hablamos aún más

La casa del campo es mucho más que una propiedad familiar: guarda la infancia de Elisa, la presencia de su madre, la rutina del verano y una forma de libertad que ella no había podido vivir plenamente tras un matrimonio que ya en el primer capítulo define como “amargo, agrio, desafortunado”. ¿Representa esa casa una oportunidad para que la protagonista recupere su identidad?

La casa representa mucho más que un escenario.

Para Elisa es el lugar donde recupera una parte de sí misma que había quedado enterrada bajo las obligaciones, la rutina y un matrimonio poco feliz.

Allí reaparecen los recuerdos de la infancia, la presencia de la madre y una sensación de libertad que había perdido.

Curiosamente, la casa que aparece en la novela está inspirada en mi propia casa de campo, un lugar que amo profundamente y que para mí también representa paz, memoria y refugio. Con seguridad que, de manera inconsciente, he trasladado a Elisa el amor que yo siento por esa casa.

Quizá por eso me resultó tan natural regalarle ese espacio a Elisa para que pudiera reinventarse.

 

La historia se mueve entre Granada, la casa del campo, Madrid y finalmente el viaje a Suiza, pero cada espacio parece corresponder a una fase distinta de la transformación de Elisa. En tu opinión como autora, ¿se corresponden esos lugares con algo así como estaciones de un itinerario emocional?

Eso es exactamente lo que representan. La soledad, Elisa la percibe inicialmente en Granada y allí decide irse al campo; en contra del criterio de sus hijos se va al lugar donde ella espera encontrar la paz y la compañía de sus familiares.

En el campo aparece de manera totalmente inesperada José M.ª; lo que inicialmente para Elisa es el inconveniente de una visita, poco a poco se va convirtiendo en otra cosa, se le despiertan los sentidos que creía dormidos, los deseos, y aprecia una compañía grata, correcta e inestimable para ella; decide que no va a desprenderse de esa oportunidad.

En Granada el relato encuentra el conflicto, la oposición de los hijos, la opinión pública, el qué dirán, pero a Elisa sólo le importa mantener su relación y que los hijos de una forma u otra la acepten; una vez vencido el enfrentamiento inicial y aceptada la situación, la historia se traslada a Madrid; allí tendrán que vencer otras oposiciones, distintas, no familiares pero sí muy ligadas a José M.ª; la complicidad entre ambos crece, se consolida, se hace definitiva; para ellos, ha desparecido la soledad.

El viaje a Suiza representa la libertad individual de la pareja, la realización de una decisión conjunta adoptada, el abandono de los lastres familiares y sociales que se han interpuesto en su camino; vuelan hacia su destino, pero ya vuelan solos.

 

El diálogo ocupa un lugar decisivo: las conversaciones con los hijos, con José M.ª, con Encarnita o con los amigos no sólo informan, sino que tensan la escena y revelan jerarquías afectivas. ¿Qué papel tiene el diálogo en Las ascuas como herramienta para mostrar lo que los personajes callan, temen o no se atreven a aceptar del todo?

Me es imposible dejar del todo al margen mi formación jurídica, mi profesión y, ya se sabe, los picapleitos escribimos mucho y hablamos aún más.

Para mí es esencial el uso de la palabra. Con ella se expresa lo que se necesita, se calla lo necesario, se insinúa lo que se quiere y es, en suma, una herramienta magnífica para mostrar lo necesario de los personajes, no todo, mucho lo dejo insinuado, a disposición de la imaginación del lector.

Los diálogos, abundantes, sí, le dan, a mi juicio, dinámica al relato, fluidez a su lectura y curiosidad al lector. ¿Qué irá a decir ahora?, se pueden preguntar.

También los diálogos me han ido abriendo nuevos frentes en el relato, surgen de esas conversaciones temas que aún no han salido y que hay que resolver; también son importantes para la trama los silencios, esos silencios que a veces hablan más que si se utiliza la palabra.

 

José M.ª aparece primero como una voz: alguien que llama, conversa, acompaña a distancia y sólo después entra físicamente en la vida de Elisa. Esto, me parece, le da al personaje una presencia particular, casi construida antes por la palabra que por la acción. Me gustaría que nos hablaras sobre la importancia de esta evolución del personaje.

La aparición de José M.ª en escena, inicialmente, es un inconveniente para Elisa. A ella no le gustan las visitas, no las suele tener; es una amistad a distancia, no se han tratado personalmente. Ese inconveniente inicial se transforma precisamente por el inicio de un trato personal. Elisa descubre en ese amigo distante algo que no esperaba, descubre algo más que una voz al teléfono.

José M.ª, inteligente, y que sabe lo que quiere, le da margen a Elisa, le da espacio para que se dé cuenta de que está con una persona atenta, interesada en ella, con unas expectativas muy claras que Elisa no adivina, ella no las tiene.

Pero José M.ª, a través de cientos de llamadas, de muchas horas de conversación ya se ha construido a sí mismo; él ha nacido para Elisa a través de la palabra e irrumpe físicamente en la vida de Elisa con una mochila enorme, sólo le resulta necesario que ella la vea y cuando lo ve, a ella se le abren las puertas de una vida nueva, inexplorada, y en su compañía comienza a vivir en libertad.

En José M.ª operan antes en su figura la palabra, las conversaciones al teléfono, su amenidad, ese saber hablar de todo; después entra en juego su presencia, su acción, los pequeños gestos de cuidado y cercanía..., ese brazo en los hombros; eso hace que Elisa pase a olvidar su palabra para dar paso a la persona.

 

“En la ficción no se puede explicar todo”

“Pertenezco a una generación de mujeres que, en muchos casos, abrió camino en su vida profesional”, dices en el texto que leíste para la presentación de Las ascuas, celebrada en el Ayuntamiento de Granada el 25 de mayo de 2026. Has asistido a una época de transformación respecto al papel de la mujer en la sociedad. ¿Qué logros valoras de este tiempo, y dónde crees que todavía hace falta avanzar?

Nací en una familia donde, en la educación y libertades que nos dieron, mis padres no distinguían entre hombres y mujeres; tuve la misma libertad que tuvieron mis hermanos y eso, en mi época, no era nada normal.

Mientras que la mayoría de mis amigas permanecían en casa buscándose un novio, yo estaba en la facultad; he viajado con gente joven al extranjero desde los dieciocho años y he disfrutado de una juventud plena y en libertad.

Valoro de aquel tiempo la oportunidad que tuve de formarme, de desarrollarme como persona y como profesional. Respecto a lo general, la incorporación masiva de las mujeres a la formación, ¡se llenaron las facultades de mujeres!

Nunca tuve complejo de ser mujer, y jamás me he sentido disminuida por ningún hombre en mi vida profesional. Si tengo alguna soberbia, es la intelectual, y reconozco que le doy bastante importancia.

Una lacra, y un avance aún necesario, es la educación en el respeto mutuo entre hombres y mujeres; ellos no son seres superiores, son iguales a nosotras; unos por razón de su inteligencia o su formación serán superiores, y otros, por los mismos motivos, serán inferiores, pero siempre la comparación ha de hacerse entre personas, no entre hombres y mujeres.

 

La experiencia profesional de Elisa, su carácter organizado y su manera de medir las consecuencias de cada decisión parecen dialogar con tu propia formación en el mundo del Derecho y la gestión pública. ¿Hay en ella algo de esa mentalidad acostumbrada a prever, resolver, ordenar y, al mismo tiempo, resistirse a ser gobernada por otros?

Creo que trasladar a Elisa una parte de mi carácter resultaba inevitable. Siempre he ocupado cargos de responsabilidad, gestionando grandes grupos de personas bajo mi mando, he tenido que tomar decisiones duras, fuertes, pero con una mano izquierda que Dios tuvo a bien darme envidiable, siempre he resuelto los problemas con mucha diplomacia.

Durante años ocupé puestos de responsabilidad y tuve que tomar decisiones complejas, especialmente durante la pandemia. Esa experiencia me enseñó a analizar problemas, prever consecuencias y actuar con determinación.

En cuanto a resistirse a ser gobernada por otros, eso lo llevo impreso en mi ADN. Mi novela tiene su origen precisamente en eso, mi ansia de independencia, el derecho a decidir, a elegir vivir como queramos, a no depender de nadie y sobre todo a que se respete la dignidad de las personas adultas.

 

Te dedicaste por mucho tiempo a la escritura técnica, jurídica y divulgativa. Ahora llegas a la escritura novelística con una historia sobre la emoción, la memoria y la intimidad. ¿Qué tuviste que aprender, desaprender o transformar al pasar de las normas y procedimientos a este registro más personal?

¡Mucho!, es un cambio radical. En un texto jurídico (que, para mí, tienen mucha belleza literaria) no se puede dejar nada abierto, ni un solo resquicio; si lo dejas, la parte contraria lo aprovechará para tirarte por tierra todo lo alegado.

Escribir para alegar contra un recurso administrativo recibido supone un análisis exhaustivo previo, hacerse con mucha documentación, sentencias, informes de órganos consultivos, teorías jurídicas, etc. Después hay que montar un puzle en el que no quede nada libre al recurrente, no le queden argumentos; los tuyos tienen que ser mejores, al recurrente no le puede quedar nada libre a la imaginación.

Llevo a gala que jamás ningún bufete de abogados de primera línea ha podido rebatirme ninguna de mis alegaciones, siempre más amplias que el recurso recibido; yo no era Teresa contestando, era la Administración, y tenía que demostrar tener más preparación que el recurrente.

Esa exactitud en los escritos he tenido que desaprenderla. En la ficción no se puede explicar todo; he tenido que aprender a dejar espacio a la imaginación del lector, justo lo contrario a lo que yo estaba acostumbrada.

He tenido que transformar mis sentimientos, pues en un escrito jurídico sólo hay objetividad, sólo eso, pero en la ficción sólo vale la subjetividad. En eso me ha costado cambiar el chip, dejar en libertad mis sentimientos, escribir desde el corazón, no desde el cerebro; desnudarte un poco, exponerte, mostrar tu intimidad, y eso, para una escritora técnica y legal de muchos años, me ha supuesto un esfuerzo que aún hoy, si me descuido, mi tendencia natural es explicar más de lo que debo y luego..., toca corregir.

 

En una conversación previa nos dijiste que ahora, ya concluida tu carrera profesional, aspiras a iniciar una nueva etapa en el mundo literario. Tras Las ascuas, en mi opinión no sólo una novela de la madurez sino también una obra madura, ¿en qué proyectos deseas enfocarte?

Tengo ya terminada una nueva novela, muy distinta de Las ascuas, que sigue la trayectoria de tres hermanas a lo largo de varias décadas y explora la diferencia de caracteres, las relaciones familiares, el poder, las ambiciones, los afectos y los conflictos que acompañan toda una vida.

También tengo terminada una nouvelle sobre una mujer joven maltratada, con un final feliz, y estoy trabajando sobre una historia de un amor maduro; no como Las ascuas, pero sigue la misma línea. Y varios relatos, uno de ellos os lo mandé a vosotros; es duro, triste, pero tan real como la vida misma.

Escribo todos los días unas cuatro o cinco horas, eso hace que mi producción sea casi masiva.

Hasta ahora todas mis historias tienen mujeres como protagonistas. Supongo que es el territorio que mejor conozco y desde el que me resulta más natural explorar las emociones, los conflictos y los cambios que acompañan la vida.

Yo no me he jubilado, sigo trabajando, y ¡Dios!, he dado con un trabajo que me encanta, casi tanto o más que del que me jubilé. Rememorando a Séneca, “mientras hay esperanza hay vida”.

Jorge Gómez Jiménez

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