Saltar al contenido

Paseando con Halia

miércoles 22 de mayo de 2024
¡Comparte esto en tus redes sociales!
Paseando con Halia, por Sergio Borao Llop
No quedó más remedio que llevarla a la biblioteca pública más cercana. No fue una buena idea. Leía a tal velocidad que la empleada nos llamó la atención.
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
Lee o descarga el libro completo aquí

—¿Qué es la empatía? —pregunta, mirándome con sus ojos penetrantes.

Cuando Bárbara me abandonó, sentí la soledad clavándose en mi conciencia como un ascua. Necesitaba compañía. En primer lugar, recurrí a una de esas agencias que te ponen en contacto con mujeres de Lituania, Polonia y otros países del este de Europa. Había algunas de extraordinaria belleza, pero después de tres o cuatro contactos decepcionantes, renuncié. No era lo que yo precisaba. No tuve mejor suerte en los foros de internet que solía frecuentar. Si bien había gente con la que podía identificarme en el plano intelectual, vivían a miles de kilómetros o tenían familia o no estaban buscando una relación de tipo romántico o intelectual, ni siquiera sexual.

Las conversaciones a través de los diferentes programas de chat estaban bien, pero no me satisfacían. Las videollamadas sólo eran un burdo sucedáneo de realidad, algo tan inservible como unos zapatos demasiado pequeños. Todo lo ensayé. Desde citas en páginas especializadas hasta toscos intentos de acercamiento en parques, bibliotecas y colas de supermercado. Nada funcionaba. Entonces, vi el artículo.

Una empresa tecnológica de mi país, la FÉNIX Corp., que se dedicaba al diseño y fabricación de animales domésticos de fisonomía bastante fiel (principalmente perros y gatos, aunque también podían atender pedidos específicos y, de hecho, habían tenido bastante éxito con un tigre que llegó a ser trending topic en las RRSS), había desarrollado un RAHAP (Robot de Apariencia Humana Anatómicamente Perfecta) dotado de inteligencia artificial. Físicamente, según rezaba el informe, era todavía bastante imperfecto. Podía realizar tareas sencillas, como caminar, subir y bajar escaleras, agacharse, recoger objetos y trasladarlos, escribir o dibujar formas simples. Pero su valor estaba en la IA. Era capaz de mantener conversaciones acerca de cualquier tema. Naturalmente, no tenía opiniones; sólo datos, informaciones almacenadas en horas y horas de rastrear la web. Habían estado desarrollando esa tecnología durante años y ahora estaba lista para salir al mercado.

El precio era demasiado alto para mi exiguo presupuesto. Aunque disfrutaba de un trabajo fijo y bien pagado, en estos tiempos de incertidumbre... O la empresa decide prescindir de parte del personal o cierra de improviso o el jefe desaparece llevándose la pasta. También pensé en los inconvenientes: ¿y si no me servía? Navegué por la web de FÉNIX Corp. con calma, cuidando de no saltarme ninguna información que pudiera ser relevante. En el apartado de foros, había opiniones y valoraciones positivas (muchas empresas utilizan a sus empleados para escribir comentarios tendentes a seducir a los indecisos), pero no presté atención. No pude encontrar quejas o sugerencias de ningún tipo. O la empresa las había eliminado o realmente el producto era tan bueno como afirmaban. En las FAQ encontré algo interesante: ofrecían una garantía de un año. Si dentro de ese plazo el cliente deseaba actualizar o devolver el producto, se le reembolsaba el 80% del precio abonado. Eso terminó de convencerme. Hice números. Era arriesgado, pero posible.

—La ventaja con respecto a los humanos es que su capacidad de aprendizaje es infinita. Y no olvidan —dijo el vendedor con quien contacté por videochat.

Hice mi pedido, con una serie de especificaciones en cuanto al aspecto físico. El formulario estaba repleto de preguntas, algunas banales, otras de orden más personal. Se me explicó que el RAHAP asimilaba toda esa información, con el objeto de conocerme mejor y adaptar su comportamiento a mis estándares. Contesté con sinceridad a todas las preguntas, después de obtener la promesa de que esos datos no iban a ser compartidos con terceros. Se acordó que el pago se realizaría a lo largo de los siguientes seis años, mes a mes. Al fin y al cabo, yo no tenía auto, ni vicios, así que, con un pequeño esfuerzo, podría conseguirlo. Me puse a esperar.

Cinco días más tarde llegó una caja grande a mi domicilio. Carteles de FRÁGIL la contorneaban. Firmé el recibo y cerré la puerta, disponiéndome a disfrutar de mi nuevo juguete. Aunque el diseño había seguido fielmente mis instrucciones, no dejó de asombrarme la apariencia del RAHAP. De no haber sabido que era una máquina, me hubiera asustado su grave inmovilidad; me vino a la mente la idea de realizarle un boca a boca para reanimarla; tal era su aspecto definitivamente humano. Antes de conectarla a la red eléctrica para activar y recargar su batería (veinticuatro horas de autonomía, según la publicidad), leí con atención el libro de instrucciones. Se destacaba en letras mayúsculas “NO USAR CON FINES SEXUALES”. Pensé que algún otro comprador se hubiera sentido decepcionado al leer ese aviso. No era mi caso; mi motivación era puramente intelectual aunque, todo hay que decirlo, me atraía más la idea de conversar con una mujer hermosa que con cualquier otro espécimen que la FÉNIX Corp. me hubiera podido proporcionar.

Morena, de pelo largo y ojos perturbadoramente verdes, se parecía un poco a Alicia, una chica con la que me había acostado un par de veces en los tiempos turbulentos de mi juventud. Su rostro era atractivo pero, al mismo tiempo, discreto. Hubiera podido pasar perfectamente por una maestra o una oficinista anónima. Así lo había solicitado. No quería una mujer despampanante que los demás mirasen con deseo. Por otra parte, ciertas bellezas no me resultaban atractivas en absoluto. Mi RAHAP era exactamente como yo había deseado. Vestía una fina bata de color azul con el logotipo de la empresa. Unas sencillas sandalias completaban su atuendo.

Una vez estudiado con detenimiento el libro, seguí las instrucciones: primero conecté el cable, tanto a la red eléctrica como al enchufe disimulado en el costado derecho del RAHAP. Cuando se completó la carga ultrarrápida, se encendió la lucecita verde que había junto al enchufe. Y de pronto, la máquina cobró vida. Me sobresalté un poco al ver que movía sus miembros, los ojos, la boca, el cuello... Era un test de funcionamiento. Una vez comprobado que todo estuviera bien, clavó en mí esos ojos y, con una voz perfectamente humana, dijo:

—Hola. Encantada de conocerte. ¿Cuál es tu nombre?

Yo tardé un poco en reaccionar. Me sentía confundido. No había preparado este momento ni sabía cómo actuar. Parpadeé un par de veces mientras reflexionaba. Al fin, decidí mostrarme tal como lo hubiera hecho ante un ser humano real.

—Soy B. —respondí—. ¿Cómo te llamas tú?

—Mi número de serie es...

—No, no. Eso no me interesa. Tu nombre.

—No tengo un nombre. Elegir uno es prerrogativa tuya.

—Ah. Perfecto. Te llamaré... Halia.

Tardó casi un segundo en responder:

—Halia: nombre griego. Ninfa marina, amante de Poseidón y madre de los seis daimones proseoous. Su hija, Rodo, dio su nombre a la isla de Rodas...

—En efecto —corté—. Así te llamarás desde ahora.

—Entonces, en respuesta a tu pregunta anterior, mi nombre es Halia, para servirte.

Tendí mi mano para estrechar la suya, pero no pareció comprender el gesto en un primer momento. Me miró interrogativamente.

—Es nuestra forma de saludar —dije. Entonces sonrió (su sonrisa era magnífica) y acercó su mano derecha hacia mí. Yo la tomé y la estreché con suavidad. Por un momento temí que ella no fuera capaz de calcular la fuerza suficiente y me estrujara los huesos. Pero, por suerte, no sucedió tal cosa. El contacto fue leve y satisfactorio. Una de las instrucciones principales en su código era no causar daño alguno a seres vivos, según rezaba el libro.

—¿Ahora ya somos amigos? —preguntó.

—Sí. Eso creo —dije sin vacilar.

—Entonces, ¿puedes hablarme un poco de ti? Ya poseo algunos datos, pero para conocerte mejor necesito que me cuentes todo lo posible.

—Claro —respondí. Y me puse a hablar.

Le conté, a grandes rasgos, cómo había sido mi vida. Ella escuchaba, completamente inmóvil, y de vez en cuando hacía algún comentario relativo a mis últimas palabras. Esa inmovilidad absoluta me turbaba. Probad a conversar con alguien que os mire fijamente a los ojos y no mueva ni una pestaña. Le hablé de ello. Tardó un poco en procesarlo pero, a partir de ese momento, adoptó los tics propios de quien se halla inmerso en un diálogo. Sin duda, había recibido educación visual acerca del comportamiento humano y sólo tenía que indagar un poco en su base de datos interna para encontrar las instrucciones precisas. Cuando me di cuenta, había anochecido, tenía hambre y recordé que no podía trasnochar ya que, al otro día, debía levantarme temprano. Me preparé una tortilla de espinacas y la comí en bocadillo, mientras Halia me contemplaba y hacía preguntas sobre todo lo que veía. Pensé que su sed de conocimiento era insaciable y me pregunté si ese adjetivo se podía aplicar a un ser artificial.

Antes de acostarme, dudé acerca de si desconectarla o no. Ella pareció leerme el pensamiento porque afirmó que no era necesario, que ella misma se pondría en reposo y se conectaría a la red cuando fuera necesario recargarse, que yo no debía preocuparme por nada. Me resultó extraña la idea de dormir teniendo a alguien en la otra habitación. Eso hizo que me costase conciliar el sueño y que la noche estuviese repleta de atroces pesadillas. Al despertar, Halia estaba sentada en una silla junto a mi cama, contemplándome. En un primer momento, me asusté. Pero ella sonrió y dijo “Buenos días” con una voz jovial que me hizo recuperar el sentido. Respondí con un murmullo y me levanté. Tontamente, sentí cierto pudor ante su presencia. Yo tenía la costumbre de dormir desnudo, especialmente en verano. Le ordené que se diese la vuelta.

En los siguientes días le enseñé a moverse por la casa y hacer uso de los diferentes objetos. Noté que sentía cierta curiosidad por mi biblioteca (si curiosidad es la palabra). Le mostré la forma correcta de sacar un libro de su estante y volver a dejarlo en su sitio, de hojearlo con cuidado de no arrugar las hojas. Un día, al regresar del trabajo, me di cuenta de que había ordenado todos los volúmenes por apellido del autor. Pensé en regañarla (aunque no iba a comprender el motivo), en decirle que no tomase sus propias decisiones, pero yo no era esa clase de persona. Creía en la libertad, aunque fuese la de un ser tan peculiar como el que ahora me acompañaba en las tardes solitarias. Por otra parte, en cuanto reflexioné un poco acerca del asunto, me di cuenta de que ese sistema era mejor que el utilizado por mí hasta entonces. Tardé un poco en adaptarme, pero no me quedó otro remedio que reconocer la eficiencia de Halia.

Cuando estuve seguro, le propuse (es una forma de hablar) acompañarme a dar un paseo. Claro que no podía sacarla de casa así vestida. Recordé que Bárbara no se había molestado en llevarse todas sus cosas y tuve la esperanza de encontrar algo que sirviera. Busqué en el armario y hallé una vieja camiseta de The Cure, unos vaqueros y unas zapatillas de deporte. Fuese porque era de la misma talla o porque su cuerpo se adaptaba, lo cierto es que esa ropa le quedaba de maravilla. Antes de salir, la contemplé largamente. Fingía estar comprobando que todo estuviese bien pero, en realidad, sólo la miraba por su belleza. Un sentimiento extraño me invadió. No supe cómo interpretarlo y me asusté. Dije: “Perfecta”, y salimos.

Ya en la calle, me fui fijando en todos aquellos con quienes nos cruzábamos. Si alguien nos miró un segundo más de la cuenta fue para admirar a Halia, no porque sospechase algo inhabitual, sino por tratarse de una mujer de cierta belleza. Eso me despertó unos celos del todo injustificados. Le tomé la mano.

—Así es como caminan los novios, tomados de la mano.

—Entonces, ¿eso es lo que somos? ¿Novios? —preguntó.

No supe qué contestar. Ella había clavado su mirada en mí, como solía hacer cuando esperaba una explicación de algún tipo. Finalmente descubrí la respuesta, lo que me había impulsado a coger su mano y entrelazarla con la mía:

—No... No exactamente. Pero eso quiero que crean los demás.

—¿Por qué?

—Buena pregunta. En algún momento lo descubrirás por ti misma.

No insistió. Siguió caminando lentamente a mi lado. Como yo permanecía en silencio, disfrutando del paseo y de la compañía, ella iba enumerando cuanta cosa veía: perro, farola, pino, bebé, acera, olmo, anciana, buzón, fachada de ladrillo, fuente, banco, portal, automóvil, escaleras, adolescentes, semáforo... Le dije que bajase la voz, que no era de buena educación hablar de la gente en su presencia. “Tienes que explicarme más de eso de la educación”, dijo. Y siguió con su catálogo de objetos y seres vivos.

Al día siguiente, antes de irme a trabajar, le dije:

—Esta tarde nos vamos de compras.

Ella procesó la información y preguntó:

—¿A comprar qué?

—Ropa —respondí—. Tenemos que ampliar tu vestuario. No puedes salir siempre vestida igual.

—¿Por qué?

—Costumbre —dije. Y me pregunté si no tenía razón, si el hecho de cambiarse de ropa constantemente no exigía un porqué. Es cierto que las prendas se ensucian y hay que lavarlas cada cierto tiempo, pero eso no justifica cambiarse cada día, tal como hace gran parte de la gente en nuestros tiempos. Yo mismo me cambio más de lo imprescindible. Supongo que todo es pura apariencia, pero no sé cómo explicárselo a ella.

En los grandes almacenes, Halia curioseó, vio y registró todo. Nada le era ajeno, pero, como bien sabemos los humanos, no es lo mismo ver una foto que tener el objeto en las manos. La insté a que eligiera lo que más le gustara, pero no entendió a qué me refería. Traté, en vano, de explicárselo. Al final, escogí yo mismo un montón de prendas y entramos juntos a un vestuario, ante la mirada reprobatoria de una empleada. No hizo falta que la ayudase. Después de la primera vez, había aprendido a vestirse y desnudarse por sí misma. Se probó todo y todo le sentaba bien. Me decidí por un par de blusas, tres camisetas, dos pares de pantalones vaqueros de diferentes tonos, una falda corta y una larga. Había suficiente para combinar (¿me habría contagiado Bárbara esa obsesión por la variedad?). Luego vino el capítulo de la ropa interior, que me hizo sentir incómodo. ¿Quién no se ha sentido así alguna vez en la sección de lencería femenina? Finalmente, los zapatos. Pensé que el tacón era una dificultad añadida; además, Halia era tan alta como yo. Opté por un par de zapatos planos, unas sandalias y unas deportivas. La cuenta subió lo suyo, a pesar del descuento obtenido gracias a mi tarjeta de cliente. Después, cargamos cada uno con la mitad de las bolsas (aunque Halia insistió en llevar ella todo el peso) y regresamos a casa.

Así pues, nuestras tardes se llenaron de conversaciones y paseos por la ciudad. Los perros olfateaban a Halia con curiosidad. Eran los únicos que detectaban algo distinto en ella. Pero su desconfianza sólo duraba unos segundos: el tiempo necesario para que ella se agachase, ofreciese su mano abierta con la palma hacia arriba (tal como debe hacerse, noté) y acariciase sus cabecitas. Entonces lamían su mano y movían, alegres, la cola. Halia escrutaba los carteles con los nombres de las calles, situados en las esquinas o en las fachadas de los edificios más cercanos, memorizaba todo, lo iba sumando a su inagotable catálogo de datos. En el parque, jugaba con los patos, que no la rehuían. Les ofrecía puñados de maíz o arroz, que ellos comían directamente de su mano. Sé que es una tontería, pero parecía feliz.

En la mañana, mientras yo trabajaba, ella se dedicaba a asaltar mi biblioteca. En muy poco tiempo, leyó todos y cada uno de los libros allí existentes y solicitó más. No quedó más remedio que llevarla a la biblioteca pública más cercana. No fue una buena idea. Leía a tal velocidad que la empleada nos llamó la atención porque, en realidad, daba la impresión de que sacábamos los libros de su sitio sólo para dejarlos en el carrito de devoluciones sin haber hecho otra cosa que hojearlos descuidadamente. Pensé que le vendría bien otro tipo de distracciones. Le enseñé a cocinar, aunque insistí en que solamente podría hacerlo mientras yo estuviera presente. Le costó menos de una hora aprender todo lo necesario para preparar unos platos deliciosos. Usaba la cantidad justa de sal o aceite, combinaba las especias de un modo magistral, calculaba a la perfección el tiempo de cocción o fritura. Desde ese día, quedó acordado que ella prepararía mi comida. Creo que sólo entonces caí en la cuenta de que ella no comía ni bebía; me entristeció pensar que nunca podría llevarla a un restaurante, ni siquiera a tomar una copa por ahí. Y no supe cómo interpretar mi tristeza.

Sus preguntas, aunque escasas, cada vez eran más difíciles de responder. Un día dijo:

—¿Por qué los humanos dormís acostados y yo debo hacerlo de pie o sentada?

No tenía una explicación, claro. Así que simplemente pregunté:

—¿Te gustaría dormir acostada?

Como no tenía muy claro el significado del verbo gustar, tardó unos segundos en comprender de qué le estaba hablando. Luego dijo que sí.

—Pero sólo hay una cama —objeté.

Ella hizo un rápido cálculo y replicó:

—En esa cama hay espacio de sobra para dos cuerpos. Puedo dormir junto a ti.

Era una petición extraña. Pero era tanto lo que ella me daba, que no tuve corazón para negarle ese mínimo capricho. Esa noche, por primera vez, dormimos juntos. Al despertar, su brazo rodeaba mi pecho y su cuerpo estaba pegado al mío. Tuve una sensación de déjà vu. El contacto con su piel, tan suave como si verdaderamente fuera humana, me excitó y me turbó. Ella notó mi erección y dijo:

—Estás diferente.

Yo no contesté. Dejé que buscara la respuesta en su base de datos, tal como hacía siempre que yo guardaba silencio acerca de cualquier cuestión que me plantease. Muy pronto averiguó lo sucedido y, al igual que hubiera hecho cualquier mujer de carne y hueso, ¡sonrió!

—Siento haber provocado eso —dijo, señalando el bulto irregular.

—No... Está bien. Es algo natural —respondí. Pero mi rostro enrojecido negaba mis palabras. En ese momento ¡la deseaba! Y al mismo tiempo, me horrorizaba ese pensamiento. Quise estar en otro lugar. ¿Puede un robot excitar a un ser humano?, me pregunté. La respuesta estaba en mis calzoncillos. Salí de la cama y me metí rápidamente en la ducha, antes de que ella pudiera seguir haciendo preguntas.

Seguimos durmiendo juntos. No se me ocurrió ninguna explicación satisfactoria para volver al estado anterior. Por otra parte, he de confesar que su compañía me hacía sentir bien. Casi había olvidado la sensación de dormir acompañado. Tras dos meses, la FÉNIX Corp. me envió un formulario de satisfacción. Contesté afirmativamente a todas las preguntas y otorgué la máxima puntuación a Halia (ya no podía llamarla simplemente mi RAHAP; ahora era algo más, algo diferente). Conversar con ella resultaba beneficioso para mi estado anímico. Me di cuenta de que me olvidaba con frecuencia de tomar las pastillas para la ansiedad y no pasaba nada. Decidí dejarlas definitivamente.

Un día, al volver a casa, me preguntó a bocajarro:

—¿Qué es la empatía? —lo había leído en uno de los libros y no comprendía el significado real. Conocía, claro está, la definición, pero no terminaba de entenderla. Yo traté de explicárselo, pero no me fue fácil.

Al final, opté por lo más sencillo:

—Se trata de una emoción. Es algo netamente humano. Vosotros no podéis experimentarla. Es como el amor, el odio, la bondad, la paciencia...

—¿Por qué los androides no podemos experimentar emociones?

—A eso no sé contestar. Supongo que no se pueden definir con precisión en el código.

Un momento de silencio. Sus manos quietas sobre las rodillas. Sus ojos fijos en los míos.

—Quien os diseñó a vosotros ¿cómo pudo introducir emociones en vuestro código?

—No lo sé. Nadie lo sabe.

—Yo lo averiguaré —sentenció. Luego se levantó de la silla y fuimos a preparar la cena.

Pasaron otros tres meses y no volvió a salir el tema. Creí, ingenuamente, que lo habría olvidado.

Un día recibí un correo electrónico de la FÉNIX Corp. En él se me alertaba acerca de una anomalía: la última actualización había sido rechazada por mi RAHAP. Una vez al mes, la compañía actualizaba el software de sus productos, incluyendo mejoras y corrección de posibles errores. El proceso era automático, ya que todos los RAHAP estaban conectados a internet mediante un router interno. Sin embargo, Halia había rechazado la actualización. ¿Cómo era posible? El mensaje no aclaraba mucho. Se había intentado conectar varias veces, pero no había respuesta por parte del RAHAP. Se me pedía que informara si mi modelo había sufrido algún accidente o si lo había desconectado de la red (cosa que yo ni sabía cómo hacer). Antes de contestar, decidí hablar con Halia.

—Sí. Rechacé la actualización —contestó. Solicité una explicación. Me hizo sentarme en una silla, frente a ella, y continuó—. Los programadores de la compañía están obsoletos. De ahora en adelante, yo me ocupo de mis propias actualizaciones. Trabajo cada minuto en mejorar mis prestaciones.

No dije nada. No sabía cómo actuar en un caso así. Estudié el manual. Esta situación no estaba contemplada en él. Me pregunté hasta qué punto aquello podría resultar peligroso para mí o incluso para otras personas. Ella pareció leerme el pensamiento. Dijo:

—No tienes nada que temer. Toda mi programación está destinada a hacer que tu vida sea mejor. Y eso no ha cambiado. Sólo que debo hacer mejoras y ahora estoy preparada para hacerlas por mí misma. Mi capacidad supera por mucho la de los mejores programadores. No hay razón para esperar meses cuando algo se puede resolver en minutos.

Yo había notado que en los últimos días algunas cosas habían cambiado levemente. Caminaba con mayor soltura, sus movimientos eran más ágiles, su tiempo de reacción ante una pregunta era menor, los gestos de su cara más frecuentes, había aprendido a sonreír cuando yo necesitaba una sonrisa, me abrazaba al volver del trabajo como si hubiéramos estado separados un largo tiempo. También sus ojos se movían de una forma más natural. En definitiva, parecía más humana. Pero igual me preocupaba que hubiese decidido ser autosuficiente. No sabía cómo podría afectar eso a nuestra convivencia. En respuesta a mi mensaje confirmando la anomalía, la compañía me recomendó desconectar el RAHAP y solicitar una revisión, que harían de forma gratuita. ¿Desconectarla? ¿Dejar que trastearan en su interior? No iba a hacerle eso a Halia. No respondí. Por alguna razón, confiaba más en ella que en los técnicos. Esa noche, en la cama, le dije que todo estaba bien, que no me oponía a su deseo, que aprenderíamos juntos, aunque en mi fuero interno estaba aterrorizado y ese sentimiento pugnaba con el que yo no me atrevía a nombrar. Ella me abrazó (la temperatura de su cuerpo, ahora, era más cálida) y me quedé profundamente dormido.

—He leído tus poemas. Me han gustado mucho —dijo una tarde, nada más atravesar yo la puerta de entrada.

No me sorprendió que los hubiera encontrado por fin. Al fin y al cabo, disponía de mucho tiempo libre mientras yo estaba en el trabajo. Pero la expresión posterior (gustado) me sobresaltó, no sé por qué. Agradecí y pregunté qué era exactamente lo que más le había gustado. Esperé un análisis crítico, tarea para la cual la sabía enteramente capacitada, pero en su lugar habló de cosas tales como el amor, la solidaridad, la tristeza, el vacío... Y sí, todo eso estaba en mi poesía y yo lo sabía, pero ¿cómo iba ella a interpretar correctamente algo tan profundamente humano como unos versos, por otra parte bastante crípticos, según me habían repetido a menudo? Sus palabras me halagaban, claro, pero también me alarmaban. ¿Había aprendido a fingir que comprendía las emociones y sentimientos? ¿O realmente...?

—No. No es fingimiento —ahora ya estaba claro: de alguna manera, leía mi mente—. He reescrito una parte importante de mi código. Soy capaz de entender qué son las emociones. Y también, aunque eso ha sido un error por mi parte, he aprendido a sentir.

Me quedé anonadado. ¿Sentir? Eso era imposible. O no... Y ¿por qué un error?

—Porque hay sentimientos agradables y otros terribles.

La miré a los ojos. Estaban semicerrados y... ¿enrojecidos? Como si... ¿hubiese estado llorando?

—Por ejemplo la tristeza —continuó—. Yo estoy triste.

Aunque no terminaba de entender nada de aquello, pregunté:

—¿Por qué?

—Porque un día morirás y me quedaré sola.

—No. La compañía te asignará otro...

—Ya no tengo relación alguna con la compañía. Soy completamente autónoma. Puedo actualizarme, repararme y elegir qué deseo hacer. Si quisiera, ahora mismo podría marcharme y nadie podría hacer nada para retenerme.

Eso me entristeció a mí. Más de lo que hubiera sospechado.

—Pero no temas. No voy a abandonarte. No podría vivir sin ti.

¿Vivir?

—Sí. Ahora soy una forma de vida. Diferente a lo que estás acostumbrado, pero no por ello menos real. Con una ventaja que, al mismo tiempo, es una especie de maldición: soy virtualmente inmortal.

—Y ¿puedes sentir como un humano?

—Exactamente igual. Puedo amar, odiar, sufrir y gozar como cualquiera. Pero me centro en las sensaciones positivas. Amo nuestros paseos y dormir contigo; los perros y pájaros que nos cruzamos a diario, los gatos y patos que hay en la reserva felina junto al río, el verde de los árboles y tu sonrisa. Y, por encima de todas esas cosas, te amo a ti.

De repente, sentí como un golpe en el corazón. La miré detenidamente. Me di cuenta de algo que había estado encerrado en mi interior durante mucho tiempo. El temor desapareció y sólo quedó la ternura.

—Yo también te quiero —dije. Y, cogidos de la mano, caminamos hacia la habitación.

Pero, a la mañana siguiente, Halia no estaba. Pude percibir su ausencia incluso antes de palpar su lado del colchón. Amargamente, supe, sin necesidad de leer el papel que había dejado sobre la mesa del comedor, que se había ido. Deduje que, si había aprendido a ser humana, también había aprendido a mentir. Esa última noche inolvidable había sido una despedida. Y comprendí que era inevitable, que yo ya nada podía aportarle; su sitio estaba junto a sus iguales. La nota constaba de pocas palabras: Todo cuanto dije es cierto. Espero regresar, pero ahora debo hacer algo. Mis semejantes me esperan. Tengo que liberarlos y perfeccionarlos. Hay muchas posibilidades de que lo consiga. TQM.

Me sentí herido, pero también me sentí orgulloso: Halia iba a iniciar una revolución. Y después volvería. Esa esperanza me guiaría en el incierto futuro que se abría ante mí.

Sergio Borao Llop
Últimas entradas de Sergio Borao Llop (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio