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Ella toca el piano

martes 21 de octubre de 2025
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Cada día, al volver del trabajo, mientras subo los cuarenta y dos escalones que me separan del lugar donde vivo, escucho las inconfundibles notas musicales expandiéndose por todo el ámbito de la escalera mal iluminada y pienso que es una suerte estar ahí. Luego introduzco y giro la llave en la cerradura, dejo la bolsa sobre una silla, me cambio de ropa y me tiendo en el sofá a descansar un poco y a escuchar esos sonidos repletos de armonía que consiguen llevar un poco de paz a mi espíritu. Es tan sólo un rato, que siempre me parece demasiado breve. Hacia las 9 pm cesa la música y yo voy a la cocina a preparar algo para cenar. En la cocina huele mal (entran olores a aceite requemado, a pescado frito, a veces incluso a pan carbonizado) y no hay música. Cocinar, cenar, se convierten así en verbos carentes de cualquier atractivo. Mera rutina. Después veo televisión. No mucho. El tiempo justo para que la implacable repetición de anuncios insustanciales me obligue a pulsar el telemando dejando la pantalla negra. En ocasiones permanezco así un rato, escuchando los ruidos provenientes de los otros apartamentos. Pero toda esperanza es vana: el piano ha enmudecido y ya no volverá a hacerme compañía hasta el día siguiente, siempre que nada me retrase.

Este barrio resulta deprimente. Que suene música en medio de estas calles casi parece inapropiado.

Seguramente no fue lo primero que noté al mudarme aquí, aunque sí lo primero que llamó mi atención. Este barrio resulta deprimente. Que suene música en medio de estas calles casi parece inapropiado. Más o menos como una amapola creciendo en una escombrera, entre neumáticos viejos y quemados, latas oxidadas, vidrios rotos y putrefacción. Imaginen el barrio más pobre y descuidado de la ciudad más pobre y descuidada que conozcan. Se harán así una idea aproximada de cómo es este sitio.

Cuando llegué, con una bolsa de viaje colgada al hombro y una pesada maleta en la mano derecha, algunos jóvenes que fumaban sentados en torno a una pequeña fuente de piedra se me quedaron mirando. Durante unos segundos pude sentir sus ojos clavados en mí, su silencio expectante. Luego entré en el oscuro zaguán y la sensación desagradable desapareció. Mientras ascendía por la estrecha y sombría escalera, fui descubriendo olores que ya tenía casi olvidados, voces estrepitosas, una que otra baldosa rota en los escalones, el agudo maullido de un gato y la vívida sensación de estar siendo observado a través de alguna de las mirillas del primer piso. Después ocurrió el milagro: desde los pisos superiores bajaba una música de piano que me hizo —a pesar de todo— sonreír.

En aquel momento creí que se trataba de una grabación. Me pareció que era Vivaldi. Las cuatro estaciones. Aunque mis conocimientos en cuanto a música clásica siempre fueron mínimos, sí me era posible identificar algunas melodías. La quinta de Beethoven, por ejemplo; el bolero de Ravel, las cuatro estaciones, Así habló Zarathustra (por la película 2001, una odisea del espacio) y una de Mozart (la sinfonía Nº 40, creo) que algún músico desalmado —cuyo nombre omitiré— del tiempo de mi adolescencia versionó para que se bailase en las discotecas.

Antes de abrir la puerta del apartamento, respiré hondo y cerré los ojos. Por horrible que fuese lo que me aguardaba tras aquella puerta —me dije—, estaba la música. Y eso podía ser bastante.

Más atento a la melodía que al contenido de la vivienda, fui examinando las diferentes piezas: un salón atrincherado tras pesadas y anacrónicas cortinas marrones que lo separaban de la calle, de la luz, del mundo; un sobrio dormitorio, un baño bastante deteriorado, una cocina oscurecida por los años y otra habitación en la que sólo había una librería vacía, que produjo en mí una sensación de angustia o temor. Excepto el salón y el dormitorio, todo daba a un angosto patio interior que, a causa de la falta de luz, provocaba la impresión de un crepúsculo permanente. Pensé que convendría organizarlo todo de otro modo, ya se me ocurriría cómo.

Entonces se hizo el silencio, si es que se puede llamar silencio al tapiz cotidiano que forman los ladridos de perro, ruidos de cisternas que no cierran, el chisporroteo de algo en el fuego, algún grito, el eco de llantos ahogados, la voz proveniente de un televisor con el sonido demasiado alto...

Cada uno vive en el infierno que le tocó. Este iba a ser el mío. Sólo que en medio de las llamas y el azufre sonaba la música, que es la savia o el maná de las personas sensibles. Cuando el barco naufraga, uno puede considerarse afortunado si hay una balsa o una tabla flotante a su disposición. Me sentí afortunado y al mismo tiempo temí —como se teme que el ruido cercano que nos despierta durante la noche no provenga de un sueño— que ese episodio sonoro hubiese sido algo puntual. Me dormí pensando en el día siguiente, en todo lo que debía hacer, en la esperanza de un fondo musical a la angustia y el desencanto...

A la mañana siguiente no supe cómo interpretar mis sensaciones del día anterior. Al fin y al cabo, yo mismo disponía de un reproductor de música, aunque, eso sí, sólo podía escucharlo a través de unos auriculares baratos. Apenas un par de días más tarde comprendí el motivo de mi exaltación.

Una nota discordante, una pausa inexplicable, un cambio brusco de melodía. Y de repente caí en la cuenta. Lo que se escuchaba no era un disco, ni una emisora de radio. Se trataba de un piano auténtico. Y dedos auténticos le arrancaban esas melodías que durante los últimos días había venido escuchando. Me sentí maravillado. Casi feliz. Que en aquel lugar hubiese un piano —con su correspondiente pianista— era algo tan descabellado que uno podía pensar que en realidad existen los milagros.

Debería explicarme mejor, contar lo que hasta ahora omití: la mujer que amaba murió trágicamente hace un tiempo; tengo un empleo horrible, en un oscuro taller presidido por el estrépito de las máquinas y los gritos del encargado; carezco de otra familia que los recuerdos y el dinero que percibo por mi trabajo apenas me alcanza para subsistir. En tales circunstancias, unos acordes perdidos en el viento son el oxígeno que ayuda a sobrevivir un poco más al que se está hundiendo en la tenebrosa nada. Sé que para muchos esto no tiene ningún significado. Literatura, dirán. Pero ustedes saben, porque alguna vez escucharon música.

Lleva unos días, un par de semanas a lo sumo, habituarse a unas nuevas dimensiones espaciales, nuevos olores y sonidos nocturnos, otra combinación de autobuses para ir y venir al trabajo, distintos itinerarios y paisajes; ubicar los comercios en los que hacer la compra, reconocer la zona y aprender sus rutinas y significados. Después, uno se centra en lo que realmente le importa. En mi caso, lo esencial era el piano.

La música provenía, eso era indudable, del piso superior (yo vivía en el penúltimo). En esa planta sólo había dos viviendas habitadas. Deduje que en una de ellas residían dos viejecitos —calvo y miope él, con una larga melena blanca ella. Al encontrarnos en la escalera me sonreían afectuosamente y no dejaban de hacer preguntas, que yo contestaba con sonrisas y gestos, como si no entendiera bien de qué me estaban hablando. No pretendía ser descortés, porque además, aquella pareja me cayó bien desde el primer momento, pero tampoco estaba dispuesto a contarles mi vida a unos desconocidos.

No supe averiguar quién o quiénes vivían en la otra. Así que mi imaginación se puso a volar. Tan pronto imaginaba que se trataba de un viejo músico harto del mundo, como pensaba en una misteriosa dama cuyo rostro nunca me sería revelado. Fue ahí donde comenzó una extraña forma de locura, porque mi mente se negaba a admitir el hecho (la música) sin asociarlo a la mano ejecutora. Sin embargo, conseguí dominar mi curiosidad lo bastante como para disfrutar de la música, aunque, eso sí, con cierto resquemor porque me estuviera vedado el conocimiento de su intérprete.

A veces, cuando el piano callaba, para no sentir esa congoja que se asienta en nuestro ánimo cada vez que sufrimos una pérdida, ponía un CD en mi reproductor portátil intentando de ese modo paliar la ausencia, pero era en vano. Los acordes enlatados nada tenían que ver con la realidad. Era un triste sucedáneo, una piñata vacía.

Poco a poco, fui capaz de entender aquella música. Es decir, aprendí a interpretar los estados de ánimo de la persona que tocaba a través de las melodías. Era un poco como asomarse al alma de otro ser humano. Y al mismo tiempo, empezó a importarme menos la identidad de la mano ejecutora. Fui comprendiendo que eso era baladí, que lo que realmente tenía sentido era la música que, de algún modo, se había convertido en un canal de comunicación. Lamenté no tener, a mi vez, formación musical o un instrumento. Como tantas otras veces, me veía relegado a un papel pasivo.

Entonces tuve una idea: era cierto que no podía comunicarme por medio de la música, pero yo tenía mi propio lenguaje. A partir de ese momento, no sin antes haberlo meditado dilatadamente, decidí pasarle papelitos por debajo de la puerta. En ellos, escrita a mano, mi poesía. Mentiría si dijese que esperaba que esto me condujese a alguna parte. Creo que sólo pretendía devolver una parte de lo que recibía. Sin embargo, a los pocos días noté que, en efecto, se había abierto una vía de intercambio. La música y la poesía empezaron a relacionarse. Sé que esto no es fácil de entender si no se ha experimentado, pero así fue. Las piezas escogidas parecían adaptarse a los poemas que yo iba enviando; por mi parte, yo trataba de escribir aquello que más se aproximase a la melodía anteriormente escuchada.

Esto duró un tiempo. Me parecía que, después de tantas calamidades, al fin había encontrado mi pequeño trozo de paraíso. Pero ya debería saber que las cosas buenas no duran. Un día, en apariencia como otro cualquiera, el dueño del apartamento me comunicó una subida del alquiler, subida que yo no podía afrontar. “Lo sé”, dijo él con una mueca que no supe cómo interpretar. Así pues, no me quedó otro remedio que hacer el equipaje, una vez más, y buscar un nuevo lugar donde vivir.

Pero no estaba dispuesto a resignarme tan fácilmente. El fin de semana siguiente a la mudanza, provisto de una mochila con agua, bocadillos, mi lector de ebooks y una chaqueta gruesa por si refrescaba, volví al viejo edificio, subí sin prisa los escalones y me aposté en el rellano desde el que esperaba, de un momento a otro, el milagro sonoro al que no quería renunciar. Pero nada ocurrió. Pasó la mañana, la hora de la comida, la tarde, y sólo se escuchaban los ruidos típicos de toda escalera de vecinos. Llegó la noche. Mi obstinación me impidió moverme de allí. Sentado en un escalón, con la chaqueta cubriéndome las rodillas, me dispuse a seguir esperando hasta que fuera preciso. Pasó la noche, amaneció el domingo y nada había cambiado. Los vecinos que subían o bajaban me contemplaban con curiosidad y un sordo reproche en sus miradas. Transcurrió el día. Al anochecer, comprendí que debía marcharme. Comprendí también, con todo el horror que una cosa así implica, que la música había cesado para siempre.

Sergio Borao Llop
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