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La franja de la existencia

viernes 24 de mayo de 2024
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La franja de la existencia, por Javier Domínguez
Hemos visto cosas que los demás no creerían... Naves de combate arder más allá de Orión... Rayos C brillar en las puertas de Tannhäuser...
Bestiario artificial, antología digital por los 28 años de LetraliaBestiario artificial. 28 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2024 en su 28º aniversario
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Alonso-Robot entró en la sala de actualizaciones y tomó asiento en la silla reclinable en medio de la habitación. Esta vez no hizo falta que le dieran indicaciones; ya con las diez descargas de memoria realizadas había desarrollado (o recuperado) la capacidad de crear recuerdos. Incluso, pudo programar por sí mismo una subrutina de memoria a corto plazo que le permitía almacenar recuerdos temporales. Aunque su cerebro positrónico tenía una capacidad de almacenamiento abismal, ya había deducido que no era necesario recordarlo todo. Cuando cargara el resto de su pasado humano, apenas requeriría un treintaidosavo de su memoria total.

Sin embargo, el conjunto de recuerdos tuvo que dividirse en sesentaicuatro partes debido a las limitaciones técnicas de la época, y por seguridad se cargaba (o alimentaba) sólo una semanal. A pesar de que el procedimiento se había depurado lo suficiente como para conservar la integridad de la memoria, el protocolo de seguridad recomendaba no hacerlo más de una vez por semana. Alonso-Robot sabía que una alimentación masiva de datos no sería difícil, pero los técnicos preferían actuar con cautela. Se entendía, no deseaban exponerse a una demanda legal si ocurría algún imprevisto. Alonso-Robot había revisado el contrato en el servidor principal durante una de las sesiones. Descubrió que muchas puertas lógicas de seguridad se abrían durante la alimentación —una falla de la que no se habían percatado los técnicos—, y así él pudo conectarse al servidor principal y curiosear durante los cuarenta minutos que duraba la alimentación.

Le gustaba revisar los contratos, los anexos y las cláusulas; algunos clientes pedían no recordar fracasos amorosos, hijos no deseados, conflictos familiares, reveses de negocios o de cualquier otra índole. En el caso de Alonso-Humano, no encontró ningún pedido especial más allá de que se tomaran todas las precauciones necesarias para preservar la integridad de los datos.

Quizás fue esa especificación lo que retrasó el traslado de su consciencia a un robot. Descubrió que el año era 2091 y que su memoria se había conservado desde 2077, esperando el momento en el que el riesgo de transferencia fuese mínimo. Mientras tanto, los cartuchos con la memoria de Alonso-Humano se preservaron en una sala especial y fue hasta ahora que empezó a cargarse progresivamente. La alimentación escalonada fue lo más acertado, primero con la memoria de funciones motrices y cognitivas, lo que le permitió iniciar sus movimientos controlados, caminar, correr, levantar objetos, luego algunos sentidos. Aunque la vista y el oído funcionaron desde el momento de su activación, la percepción de éstos cambió cuando se cargó la sección de la memoria que los contenía.

Ahora sabía el nombre de los colores, ahora podía realmente verlos, antes eran un código numérico que interpretaba su procesador, ahora sabía cuál era el rojo o el azul. Incluso pudo hacer inferencias, matices, similitudes, azul como el cielo, rojo como la sangre. Igual los sonidos, ahora reconocía el resbalar de la puerta corrediza, el chasquido de la cerradura, las inflexiones emocionales de la voz o a quién pertenecía. Todas estas destrezas vinieron en los recuerdos de Alonso-Humano.

Con cada fragmento de memoria que se añadía, el mundo ganaba densidad y colorido. Hubo noches en las que Alonso-Robot se colaba a la azotea, veía el cielo estrellado y estaba seguro de que había visto un cielo similar antes. Tal vez hizo un viaje turístico a Marte o a la Luna en algún momento y el recuerdo, o parte de éste, gravitaba en su cabeza como un asteroide que eventualmente se precipitaría al suelo de su consciencia. Ya había ganado suficiente memoria como para sentir impaciencia y curiosidad. Y una noche, al regresar a su habitáculo, buscó un puerto de conexión al pie de una cámara de seguridad, la desactivó y la reemplazó con una señal falsa para que el servidor principal no activara ninguna alarma. Así pudo conectarse a la red principal para indagar el origen de sus recuerdos.

La red era como otro edificio, uno de forma circular, de niveles concéntricos apilados uno sobre otro, pasillos como de un metro de ancho. A la izquierda había una baranda a la que se acercó y miró el resto de los niveles hacia arriba y abajo. No pudo distinguir un último nivel hacia arriba ni un primer nivel hacia abajo. A su derecha, tenía numerosas puertas equidistantes entre ellas. Eran de un material metálico brillante, de color negro y con una franja crema en la parte baja. Cada puerta estaba identificada con una placa con un código binario. Para Alonso-Robot era fácil interpretar las secuencias numéricas, así que él veía nombres en las placas y supuso que los nombres en cada puerta correspondían a un cliente, y dentro estaría el banco de recuerdos de cada persona. Encontró el suyo con rapidez una vez dedujo la secuencia del orden de los datos. Abrió la puerta sin problemas; claro, quien llegase a ese punto no podía ser otro sino un miembro de la compañía, por eso no había mayor seguridad.

Alonso-Robot entró a una habitación en la que había un solo mueble, un archivo vertical de cuatro gavetas. Abrió la primera y encontró los cartuchos de memoria que ya le habían alimentado; abrió las demás, pero estaban vacías. También descubrió al fondo de la segunda gaveta una puertezuela batiente que conectaba a un ducto empotrado en la pared. Escuchó un sonido desde el ducto; algo venía cayendo por él. Por la puertezuela salió un cartucho de memoria identificado como #18-15-9-2091.

Era el siguiente cartucho de memoria y las cifras indicaban la fecha del procedimiento. ¿Pero entonces almacenaban los cartuchos de memoria en otra parte? ¿Por qué no estaban todos en el mismo lugar? Miró de nuevo el cartucho y encontró un pequeño grabado en un costado: 18-14-9-2091. Era el cartucho 18 del 14 de septiembre, del día de hoy. ¿Entonces el cartucho se acababa de hacer? ¿Todos provenían de una fuente primaria?

En cualquier caso, la fuente estaba en otro sitio. Alonso-Robot salió de la habitación y se desconectó de la red. Cuando recuperó el control de su cuerpo volvió a sus cuarteles y esperó la próxima alimentación para curiosear en el servidor principal.

Llegó el día. Entró a la sala como de costumbre, se sentó en el sillón y lo conectaron al servidor. Cayó de nuevo en una especie de sueño vívido en el que vio el cielo estrellado a través de una cúpula transparente. Iba en una nave, recorriendo un cañón de algún asteroide o planeta. Alguien a su lado le explicaba lo que veían a través del domo transparente. Vio en el cielo un chorro luminoso que salía de una especie de agujero en el espacio; “rayos C”, le escuchó decir al acompañante. El chorro de luz se veía en el cielo entre los dos riscos de montaña que parecían brazos de piedra alzados que trataban de abrazar la erupción luminosa en el cielo. El acompañante dijo algo más, pero él sólo comprendió “...Tannhäuser”.

El espectáculo distrajo a Alonso-Robot por unos minutos o unos microsegundos —para él esa clase de precisiones ya no tenía sentido—, pero enseguida recordó que debía indagar sobre la fuente de sus recuerdos. No fue complicado: se escabulló hasta el servidor y buscó el archivo principal de Alonso-Humano, pero sólo encontró una ruta llamada “Fuente primaria”. Cuando la siguió, descubrió que no había archivos segmentados de memoria en ninguna parte.

Las particiones de memoria se creaban cada semana y, por lo tanto, la “Fuente primaria” no podía ser otro sino el mismo Alonso-Humano. Siguió indagando; halló unas coordenadas que señalaban un depósito cercano, y además descubrió que el procedimiento empezó en 2077, pero hubo varios intentos fallidos. Este era un problema frecuente y se solucionaba repitiendo el procedimiento hasta que se obtenía una prueba satisfactoria. Alonso-Robot era el quinto intento, según pudo constatar. Parece que la inmortalidad no estaba exenta de errores.

Continuó indagando y descubrió que el cuerpo de los clientes se preservaba en criostasis, y una vez obtenida una prueba funcional se eliminaba la fuente. Descubrió que los clientes desconocían el procedimiento real; todos entendían que su memoria era convertida en datos y luego transferida a un cuerpo artificial.

Alonso-Robot obtuvo las coordenadas del depósito de cuerpos o “banco de datos” y en ese momento recibió la notificación del fin del procedimiento. Entonces se desconectó, volvió a su cuerpo y se dirigió a sus cuarteles como de costumbre. Pasaron algunas semanas en las que planificó cómo llegar al almacén y la forma de entrar. Para ello hizo pruebas simuladas en cada una de las sesiones siguientes, hasta que diseñó la mejor estrategia para hacer su incursión. Cuando llegó al 90% de memoria cargada, decidió aventurarse. Programó un reinicio de las cámaras y drones de seguridad a una hora de la madrugada, eso desconectó el sistema de vigilancia por unos minutos y le permitió salir del edificio principal. Se dirigió al galpón de datos siguiendo un mapa que descargó del servidor. El banco de datos se encontraba cerca, detrás de un pequeño pero tupido bosque que hizo la corporación para ocultarlo. A la instalación de un solo nivel la rodeaba una cerca de casi dos metros de alto que Alonso-Robot saltó sin dificultad. Corrió hasta el galpón y abrió una de las puertas con un código de acceso que obtuvo del servidor. Entró a una sala con temperatura cercana a los cero grados y vio estantes enormes en los que se apilaban las cámaras criogénicas con los cuerpos de los clientes. Buscó el suyo e inició el procedimiento de reanimación.

Tardó casi toda la noche y en la madrugada, cuando el cuerpo dio señales de recuperación de la conciencia, Alonso-Robot lo envolvió con una frazada térmica, lo alzó en sus brazos y lo sacó del sitio. En ese momento, se activó una alarma y escuchó alguna voz de alto. Corrió con el cuerpo envuelto en la sábana; de esa forma reducía la posibilidad de un choque térmico por el cambio brusco de temperatura. Alonso-Robot salió del galpón y mantuvo su carrera en las afueras. Entonces se encendió una alarma y los reflectores le iluminaron; entendió que no podría saltar la cerca de nuevo. Vio a su derecha un enjambre de luces aproximándose. “Drones”, pensó Alonso-Robot; probablemente los controlaba el servidor principal y en algún piso de aquel edificio circular debía hallarse el cuarto de control de los drones. Necesitaba un puerto de conexión. Corrió al costado de la cerca seguido por el enjambre; siguió corriendo hasta que vio un poste con una cámara igual a las que había usado antes para conectarse.

Llegó al pie del poste y escaló usando sólo los pies, apoyándose en los pequeños travesaños laterales y llevando a Alonso-Humano en brazos. Los drones se acercaban; él sabía que no le dispararían mientras llevara consigo a Alonso-Humano. Llegó a la altura de la cámara y un tentáculo brillante y metalizado salió de su clavícula y buscó el puerto de conexión; cuando lo halló, la serpiente metálica se conectó a la red y el cuerpo de Alonso-Robot quedó detenido en el poste, al pie de la cámara y con su par humano en los brazos. Los drones le alcanzaron y le rodearon, pero ninguno se acercó; de uno de ellos salió una voz dando órdenes, pero Alonso-Robot ya se había infiltrado en la red, conocía las puertas traseras y rápidamente llegó al edificio circular de pisos concéntricos. Corrió por los pasillos buscando el cuarto de control de los drones; recorrió varios niveles hasta que halló un cuarto identificado como punto de control. Entró, había un archivo vertical y buscó la ficha de los drones; encontró un enorme cuaderno con la lista de algoritmos de control, sacó el cuaderno y lo llevó a un escritorio que estaba en un costado de la habitación. Se sentó a reescribir parte de los algoritmos de control, y cuando estuvo listo los llevó de nuevo al archivo. Salió tan rápido como pudo del cuarto y el edificio.

Cuando se supo de nuevo en su cuerpo, vio en sus brazos el bulto del Alonso-Humano que se movía un poco más que hace unos minutos (para Alonso-Robot habían pasado horas, pero en realidad sólo tardó unos segundos en el servidor). Los drones flotaban estáticos a su alrededor y descendían al mismo paso que él. Cuando llegó al piso los aparatos lo escoltaron hasta un portón que se abrió y luego corrió hacia el bosque. Los drones volaron hacia dentro del galpón, se posaron en el suelo y se desactivaron.

Alonso-Robot se internó entre los árboles y se detuvo al pie de uno enorme. Puso a Alonso-Humano en el piso; lo escuchó balbucear algo. Él preguntó qué pasaba, trataba de abrir los ojos, pero apenas distinguía siluetas. Alonso-Robot le contó todo; al cabo de un rato Alonso-Humano pudo decir:

—¿Por qué viniste?... Mírate... Eres perfecto. Olvídame...

El robot pensó unos microsegundos y respondió:

—No puede salvarse lo que se olvida, Alonso. Yo soy lo que salvaste de ti y por ello no puedo olvidarte. Aunque seamos otros, también somos el mismo.

Alonso cerró los ojos, sonrió. Comenzó a llover.

—Hemos visto cosas que los demás no creerían... Naves de combate arder más allá de Orión... Rayos C brillar en las puertas de Tannhäuser... ¿Lo recuerdas?

—Sí, lo recuerdo —dijo el robot.

—¿Tienes todos mis recuerdos?

—El noventa por ciento.

—El resto es tuyo... Es... la franja de tu existencia... Y gracias a ti, mi existencia no se perderá como lágrimas en la lluvia... No es tiempo de morir.

Alonso-Humano cerró los ojos, algunas gotas de lluvia le mojaron el rostro. Alonso-Robot lo cubrió con la manta térmica. La luz del sol empezaba a reducir la oscuridad, así como la luz de su nueva memoria también empezaba a crecer.

Javier Domínguez
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