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Jorge Gómez Jiménez |
En la cola del cine Cuando te vi en la cola del cine con ese conjunto rojo y tu cabello tan negro prendida del brazo de ese tipo, el corazón se me salía por la boca. Por lo menos pudiste haber esperado que el cadáver de nuestra relación se enfriara. A tan sólo un mes de nuestra ruptura, yo esperaba encontrarte sola. Creía que, como yo, extrañarías nuestras rutinas y te torturarías repitiéndolas a falta de algo nuevo que hacer y entonces nos veríamos en alguno de los sitios que frecuentábamos. Esperaba el momento cuando nos viéramos compartiendo la misma soledad de gato callejero y tal vez decidieras que podríamos ir a cenar o al cine. De ahí en adelante la reconciliación sería sólo un trámite. Tú verías cuánto he cambiado: ya no más reproches por tus faltas de lenguaje o tus miradas desviadas en espaldas de otros hombres, no más burlas de tu ropa, no más celos, no más gritos, no más golpes. Verías cómo tu ausencia me enseñó a ser sueco, a mirar con desprecio al misógino criollo que solía ser. Pero cuando te engarzaste del brazo de ese tipo rompiste toda la cadena de acontecimientos que nos reunirían. Ahora veo que mis sospechas eran ciertas: sí tenías un amante, tuviste el descaro de negarlo una y otra vez. Ya no me arrepiento de esa cachetada que te asesté en la jeta, cuando me juraste que no te veías con más nadie, perra, ahora sé que te lo merecías. ¡Y tú no sabes cómo me duele tener la razón! La ignorancia es cómoda, lo habría soportado todo, a mí me bastaba con creer que eras sólo para mí, pero vino la duda. Mis amigos te vieron en la calle con otro tipo varias veces, me lo comentaron, nunca les creí, pero es que nunca supiste disimular nada. De pronto tenías fiestecitas de oficina todas las semanas, fines de semana llenos de trabajo, convenciones en otros estados. Ahora todo es tan evidente. Como si fuera poco tienes el descaro de traerlo a nuestro cine. Eres capaz de haberlo traído únicamente para lucirte conmigo, para restregarme a tu galán en la cara, pero sé que no me has visto y me oculto entre las espaldas de esta cola de gente que serpentea por los recovecos del centro comercial. Tú nunca me apreciaste, no tienes ideas del montón de mujeres con las que pude engañarte, hasta con tus propias amigas. Pero yo sí debía entender que "lo nuestro ha perdido pasión", "ya no eres el hombre que amé", "ya no soporto tus desprecios, tus maltratos". Así fue como comenzaste a huir de mí. A la primera señal de problemas escapaste. La sangre se me sube a la cabeza, al recordar cómo arrastraste una maleta con mi ropa mal doblada hasta mis pies. Me dijiste: "ambos necesitamos espacio y tiempo para repensar nuestra relación". Espacio y tiempo querías tú, para meter al imbécil ese en mi casa. Cómo me provoca darte otro pescozón en la boca. Sin embargo tu espalda luce feliz. Tu cabello luce un negro mucho más intenso que antes, debes haberlo teñido, no puedo negar lo bien que se te ve, también parece más corto. Debo concluir que te cambiaste de "look" para él, pero no te cansaste de mostrarme a mí el mismo peinadito por tres años. Pareciera que quisieras estar a la altura de tu galán. Sin duda que el tipo es bien parecido, su estatura me supera fácilmente, con ese tamaño entiendo que pensaras en reemplazarme. Las mujeres delante de mí no se cansan de comentar lo bien que le luce la chaqueta, del contraste entre su ropa y el castaño oscuro de su cabello. Todo un muñeco de torta. En los instantes que me distraigo escuchando el estruendo de halagos para tu novio, veo cómo tu galán se aparta de la fila y se encamina a los baños. Ahora sé que mi competidor es un humano. Y no aguanto la tentación de verlo de cerca, lo suficientemente cerca para asestarle un derechazo que le tengo reservado desde hace meses. De hecho, mientras mis pasos me guían instintivamente entre la gente, recuerdo todos los ejercicios que he hecho desde hace un mes con el único fin de maltratar a tu patiquín, ¡cómo me distraía pensando en la manera de torturarlo! ¿Debía darle una golpiza? ¿O debía atacarlo con un único y certero carajazo que lo dejara inconsciente? ¿O las dos cosas? ¿O golpearlo hasta dejarlo en coma? Un abanico de opciones morbosas se abría ante mí. Todo se reducía a una sencilla cuestión de gustos. Cuando entro al baño veo al tipo junto al urinario. Su espalda muestra la pose clásica de brazos descendiendo en V, hasta la altura del miembro. Tal vez no exista una situación en la que un hombre se encuentre más indefenso. Hasta pienso en dejarlo terminar para después atacarlo. ¿Pero por qué darle beneficios al muy bastardo? ¿Acaso yo tuve alguno? Por tu culpa, visto una camisa mal planchada y vivo en un apartamento que está permanentemente desordenado y sucio. Por eso, ni siquiera voy a permitirte terminar de mear. Por eso ya me tienes respirando sobre tu nuca. Cuando volteas y ves mi cara, no ves al "ex" de tu novia, no, ves la imagen de la palabra venganza. Cuando sientes la repentina falta de aire, es porque tienes un puño que encarna el verbo odiar, metido en la boca del estómago. Me alegra ver la buena condición de mi brazo derecho, con sólo dos golpes hice que te mearas el pantalón. Pero se ve que tú no entiendes mi arte, por eso intentas levantarte, como tampoco entendiste que esa mujer ya tenía un hombre y por ello te pateo las costillas hasta fracturártelas. Cabrón, ¿dónde está tu elegancia ahora? ¿Tu "sex-appeal"? ¿Tu ternura, tu comprensión? Cómo quisiera que ella pudiera verte, todo despeinado, quejumbroso, sin el orgullo en la mirada. Siguiendo mi inspiración, opto por golpearte hasta dejarte inconsciente. Mientras recupero mi aliento, un charquito de sangre crece en el piso hasta mancharte la chaqueta. ¿Cómo lucirá ahora el contraste de tu ropa, con la cara hinchada y la nariz fracturada? Cretino. Ahora me daré el gusto de esperar afuera por tu mujercita, y cuando entre a buscarte le mostraré a su dios griego tragándose su propia sangre. Me ubico estratégicamente en las tiendas cercanas a los baños. Finjo que me interesan los mostradores y los vidrios me mostrarán el reflejo de tu conjunto rojo, es todo lo que necesito. La cola del cine avanza rápidamente, la veo con las entradas, espera unos minutos, sé que no irá a comprar a las golosinas porque odia meterse en un tumulto de gente, cuando falten cinco minutos para iniciar la función vendrá hasta acá. Eso me aburría de ella, era predecible como una línea recta. Ahí vienes, el reflejo del vestido te delata. Entras al pasillo de los baños, sigo tus pasos al ritmo de mi respiración elaborada, te veo al fondo del pasillo, por el baño de mujeres, se asoma como ensayando el acercamiento que harás al baño de hombres, está oscuro y ninguno de los dos podemos vernos el rostro, camino como si fuera a seguir de largo, pasas a mi lado, no tengo valor para mirarte, me ignoras. Finalmente asomas la cabeza dentro del baño de hombres, giro sobre mis talones y en dos zancadas estoy en tu espalda. "¿Señor, le pasa algo?", me pregunta el rostro de esta desconocida cuando me ve a medio metro de distancia. "No". Fue todo lo que dije mientras trataba de buscarle siquiera algún parecido con mi antigua mujer, pero esos no eran sus ojos, ni su boca y mucho menos esos pómulos con cráteres. Seguí de largo con una sensación de derrota deslizándose por mi pecho. Caminé hasta perderme en la cola de rezagados al cine. Dentro de la sala se me hinchó la mano por el frío.
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