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El chaneque del cafetal

miércoles 21 de mayo de 2025
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El chaneque del cafetal, por Juan Francisco Barrera Gaytán
Venancio se disponía a regresar, cuando un “¡psst, psst!” del hombrecillo le indicó que lo siguiera. Sin darse cuenta, Venancio lo siguió entre la arboleda.
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El chaneque

El niño horrorizado vio acercarse al chaneque hasta la jaula que lo mantenía cautivo. La figura grotesca del chaneque —un ser entre duende y enano jorobado— caminaba hacia él arrastrando un pie y vociferando palabrotas. Abrió la puerta de la jaula con sus manos callosas de uñas largas y, en tanto el niño lloraba y gritaba de espanto, lo agarró de la cabellera, lo sacó de un tirón y se lo llevó a rastras hasta el otro extremo de la cueva donde vivía el maligno ser. Allí, sobre una mesa de piedra apenas iluminada por la tenue luz de una vela casi consumida, burbujeaba un líquido verdoso en una copa negra. Sin soltar al niño de la cabellera, y sin prestar atención a sus lloriqueos, el chaneque le apretó la nariz, le abrió la boca y le hizo tragar la maloliente sustancia. De inmediato el niño calló y no se movió más. El chaneque lo acostó en la mesa y murmuró algo en una lengua desconocida, como rezando. Enseguida tocó la frente del niño que, al sentir el contacto de la horripilante mano, emitió un grito gutural. De pronto, tras un chispazo azulado que por un segundo iluminó como el día la caverna, el niño desapareció.

En el lugar de la mesa de piedra que antes ocupaba el niño sólo había diez pequeños objetos, como semillas de garbanzo, que emitían un brillo verdeazulado. Sin duda, esos objetos tenían un significado muy importante para el chaneque, porque los recogió con mucho cuidado y los arropó en su pecho. El chaneque salió de la cueva con sus preciados objetos y se dirigió al río que atravesaba el bosque. Allí, mientras lanzaba uno a uno los objetos al río, al suelo o a los árboles, decía: “Tú serás un pez, tú una ardilla, tú un quetzal, tú un escarabajo, tú una ceiba...”. Cada vez que uno de los objetos surcaba el aire emitía un resplandor al convertirse en el animal o la planta que el chaneque pronunciaba.

 

Los amiguitos

Delfino y Venancio, niños de la misma edad, crecieron juntos en aquella provincia dedicada al cultivo del café. Sus padres eran amigos desde antes de casarse con las gemelas Monterrosa, muchachas de buena estampa y modales. Si el niño Delfino era retraído y prudente, su amiguito Venancio era todo lo contrario: extrovertido e intrépido. No obstante las diferencias de carácter, la amistad entre los dos niños perduraba porque habían aprendido a congeniar gracias a que las madres hermanas fomentaban la convivencia entre sus familias.

Uno de los lugares predilectos de los amiguitos para divertirse eran las plantaciones de café de sus padres. En ese espacio donde la agricultura y la naturaleza amalgaman cafetos, flora y fauna, los amiguitos encontraban total libertad lejos de la autoridad paterna. Correr entre los cafetos y la arbolada, chapotear en el arroyo cercano o simplemente comer plátanos o naranjas recostados bajo la sombra de una ceiba eran sus distracciones favoritas. Delfino y Venancio sabían sacar provecho de cualquier época del año para divertirse. Durante la cosecha del café disfrutaban asustando a los trabajadores lanzándoles piedritas para luego esconderse entre la maleza. En otras ocasiones ponían piedras grandes dentro de los sacos de café que los trabajadores cargaban hasta el edificio donde el aromático grano se procesaba. Como habrá de suponerse, esas y otras travesuras eran ideas e iniciativas de Venancio.

 

La resortera

Cierto día, mientras bajo la ceiba los amiguitos descansaban, Venancio sacó de entre sus ropas una resortera. Según dijo, su padre la había traído de su último viaje al pueblo. Con una mirada maliciosa preguntó a Delfino si sabía qué era. Sin esperar respuesta, Venancio colocó una piedra en la badana, estiró con fuerza las ligas y disparó acertando en el tronco de un cafeto. Ante tal logro, la algarabía de los niños fue mayúscula. A partir de entonces los amiguitos olvidaron las otras distracciones y se dedicaron a competir tirando al blanco, que a veces era el tronco de un árbol, una lata o una botella vacía.

Pronto los blancos inmóviles dejaron de interesar a Venancio, quien propuso tirarle a una lagartija que, posada en la rama de un cafeto, esperaba comerse un escarabajo. Aterrado, Delfino vio caer la lagartija despanzurrada por el impacto del proyectil y, sin más, reprendió al amigo por el criminal hecho. Venancio le prometió a Delfino no volver a usar animalitos como tiro al blanco, pero algunos niños a los nueve años no tienen desarrollada la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, por lo que Venancio pronto olvidó su promesa y de lagartijas e insectos pasó a disparar a pájaros, ardillas y otros animalitos que viven en los cafetales. Las correrías de Venancio en solitario a la caza de fauna silvestre distanciaron a los amiguitos.

 

La desaparición

Venancio salió de casa rumbo al cafetal antes de las 7 de la mañana. Llegó a las 8 y se dispuso a desayunar. Mientras ingería sus alimentos recordó que el día anterior había juntado cuando menos cincuenta piedritas redondas del río que le servirían de proyectiles. “Será un buen día de caza; la diversión que se perderá el tonto de Delfino”, pensó. Tan pronto terminó el desayuno se internó entre la arboleda del cafetal.

No había caminado ni cinco metros cuando vio a una ardilla que alegre se paseaba por la rama de un aguacatero. Sin hacer ruido se acercó un poco más y se preparó para dispararle a su primer blanco del día. Estiró con fuerza las ligas de la resortera, pero cuando iba a soltar el proyectil, de reojo vio algo que lo distrajo. Rápido giró la cabeza, pero nada vio, sólo algunas hierbas que el viento movía. Regresó la vista a la ardilla, pero ahora, más que ver, sintió una presencia a su lado. Muy sorprendido, a unos diez pasos, Venancio vio a un hombrecillo de medio metro de estatura, dulce mirada, amigable sonrisa y coloreado atuendo que lo saludaba moviendo la mano y lo invitaba a ir a su lado. Recuperado de la sorpresa, Venancio caminó lentamente hacia donde estaba el hombrecillo, pero éste había desaparecido. Desconcertado, Venancio se disponía a regresar, cuando un “¡psst, psst!” del hombrecillo le indicó que lo siguiera. Sin darse cuenta, Venancio lo siguió entre la arboleda hasta llegar a una ceiba que nunca había visto. En la base del enorme árbol había un gran agujero, como la entrada a una cueva, de la cual salía el resplandor de una luz amarillenta y se oía música clásica. El hombrecillo entró a la cueva y desde el interior llamó por su nombre a Venancio con melodiosa voz, mostrándole ricas golosinas. Ya en estado total de trance, Venancio sin resistirse ingresó también a la cueva. Segundos después, la caverna se cerró para siempre.

 

En todas las criaturas del cafetal

“Fue el chaneque”, dijo don Nicanor, el chamán del pueblo, a los padres afligidos de Venancio cuando fueron a verlo después de agotar sin éxito todos los medios de ayuda por la desaparición de su hijo. “Con travesuras y engaños el chaneque confunde y desorienta a las personas, en especial embauca a los niños malos cuando se internan en el bosque”, les había dicho. “El chaneque puede ser bueno o malo, pero es el único ser que protege a la fauna y flora de los bosques; su hijo habrá hecho algo muy malo para que el chaneque que se lo llevó no lo haya liberado”, agregó sin más el viejo Nicanor.

Delfino fue la única persona que creyó en lo que dijo el chamán, porque siempre supo que Venancio hacía mucho mal al bosque de café sacrificando a sus criaturas más inocentes. Esa noche, como todas las noches desde que Venancio desapareció, Delfino rezó para que su amiguito regresara pronto.

Con el paso de los años Delfino no se acostumbró a la ausencia de Venancio, pues cada vez que iba a la pacerla de café experimentaba la extraña sensación de la presencia de su amigo en todas las criaturas del cafetal.

Juan Francisco Barrera Gaytán
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