
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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La Ocupación
Nunca me animó la política. No soy ni de izquierda ni de derecha. Diría que soy más bien conservador, sobre todo de las formas y tradiciones. Fueron otras las motivaciones que me llevaron a unirme a la Resistencia. Verá, una loza de fina manufactura demanda maneras en concordancia, por eso resultaba tan doloroso presenciar su maltrato.
Debido a la tristemente célebre Línea Maginot y a ese accidente que fue la Ocupación, la vajilla con monograma de la mansión cayó en las manos toscas de los invasores. Mi deber era servirles callado, mientras padecía el ruido de los cubiertos golpeando sin cuartel las piezas de porcelana. Hablaban en voz alta y, aunque nada comprendía, presumía que sus pláticas, acompañadas por risotadas sueltas a boca llena, no podían ser sino triviales, de escaso vocabulario, probablemente vulgar.
Pedían platos simples, pero exigían el uso diario de la vajilla de etiqueta junto a la fina cristalería. En seis meses menoscabaron la colección de vinos de mi patrono, el legítimo dueño. Para proteger lo que quedaba de ella, decidí trasegar caldo común en botellas de alcurnia y ni cuenta se daban. Su paladar debía ser tan áspero como una lija.
Al año siguiente, de manera inexplicable, comencé a entender lo que decían y comprobé que sus conversaciones desentonaban con el refinamiento de nuestros enseres. Era tal mi incomodidad, que hasta consideré verter veneno en su sopa y luego en la mía. Sin embargo, en medio de tanta banalidad, detecté un intercambio subyacente de información, en su mayoría inquietante, un código tal vez. Atormentado, acudí a un doctor con la esperanza de recuperar mi antigua ignorancia del idioma de aquellos gañanes.
Tras diagnosticarme misofonía el médico me recetó unos fármacos y me convenció de escuchar con atención. Debía apuntar lo que pareciera relevante o se repitiera. A partir de entonces, con la excusa de atender una anemia severa a consecuencia del racionamiento, iba semanalmente a su consulta. Le entregaba anotaciones disimuladas en un cuaderno de compras y él me trataba con acupuntura para aliviar mis jaquecas, hasta el día de la liberación. Dicen que mis acciones fueron heroicas, que gracias a datos clave que suministré pudimos ayudar al ejército de las sombras y a los aliados a recuperar nuestro territorio y, finalmente, ganar la guerra.
Me impusieron la medalla de la Resistencia francesa, también me ofrecieron un puesto importante en el Elíseo como mayordomo y escucha encubierto de dignatarios extranjeros. Lo decliné, con elegancia y sosiego. En un mundo cada vez más disonante, mi aspiración era seguir trabajando en una tranquila mansión de provincia, arrullado por el repiqueteo acompasado de la cubertería sobre la loza noble, el armonioso tintineo del cristal y las voces apacibles de comensales discretos.
Sexo, drogas y rocanrol
Dos décadas más tarde, la invasión vino de Inglaterra. Tenía todo dispuesto para mi retiro, pero tuve que diferirlo porque los hijos del patrono, jóvenes frívolos y haraganes, recibieron a unos melenudos, evasores del fisco. Su nuevorriquismo arrogante, la falta de modales, sus conversaciones con poses filosóficas, aunadas a los atentados diarios contra la vajilla y la cristalería, me perturbaron severamente. Eso que llamaban música desató, sobre todo en las madrugadas, la misofonía que latía adormecida en mí, ahora lancinante como en sus peores momentos. Lo que no lograron los alemanes en cuatro años, dos meses y once días de ocupación, lo hicieron estos desadaptados, paladines de la decadencia, en veintinueve días. El día treinta tomé la decisión y el último día del mes, la ejecuté.
La cena se sirvió a la medianoche, como lo exigían los señoritos ingleses. Lengua en salsa de hongos puestos en conserva desde 1941, reservados para alguna eventualidad que, finalmente, había llegado. De postre, un parfait criminel. Tuve que soportar el quiebre de dos copas flautas de bacará, últimas bajas de esta guerra, pero tras el digestivo, no hubo más carcajadas. Las vociferaciones se fueron apagando a la luz de las velas derretidas y el sonido pulcro de una cucharilla larga al caer sobre un cuenco de porcelana china antecedió el silencio más glorioso que hubiese podido experimentar.
La investigación fue apresurada, el informe forense tajante: intoxicación accidental por abuso de setas psilocibias. Ciertos medios hablaron de suicidio colectivo, incluso de asesinato, tesis que no prosperó. Era tan obvio que en estos casos la culpa siempre era del mayordomo, que nadie se molestó en verificarlo. Preocupaba más que el incidente no afectara el turismo local y que los vicios y estridencias fueran siempre cosas de extranjeros, o de su música psicodélica. Con mi partida, dicen que se extinguió una manera particular de ver —y oír— las cosas. De inmediato ingresé al panteón de los de mi oficio. El monstruo también descansó.
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