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Les Francs-Bourgeois y los siete grandes malos

sábado 28 de mayo de 2022
Les Francs-Bourgeois y los siete grandes malos, por Adolfo Pardo
Aunque Les Francs-Bourgeois guardaban algunas coincidencias con estos movimientos de ultraizquierda, sus postulados tenían una perspectiva casi esotérica de la cual carecían las otras organizaciones de inspiración marxista y exclusivamente política. Imagen: “La libertad guiando al pueblo” (1830), de Eugène Delacroix

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

En 1983 el servicio secreto francés descubrió en París una agrupación clandestina que supuestamente pretendía “corregir el curso de la historia” interrumpiendo el desarrollo natural de la civilización, especialmente en Occidente, lo que en definitiva debería producir el desplome del sistema capitalista y originar un cambio radical en todo el orbe.

Para mantenerse en el más absoluto anonimato dicha agrupación no tenía nombre ni sede conocida, y para reunirse sus miembros utilizaban —por lo menos cuando fueron sorprendidos— los salones de consulta del Archivo Nacional, en el número 60 de la rue des Francs-Bourgeois, en el primer arrondissement1 de París, donde se encontraban y coordinaban mediante recados en esperanto insertos en los libros, sin dirigirse la palabra ni mirarse a la cara.

Actualmente se cree que todos los militantes de esta agrupación —que la seguridad francesa irónicamente llamó Les Francs-Bourgeois, por la dirección donde se reunían— habrían sido ejecutados subrepticiamente por la Centrale des Renseignements Généraux,2 y de sus miembros, pensamiento y actividades se sabe poco y nada. Nunca fueron mencionados en la prensa escrita, en la radio y menos en la televisión. Tampoco puede encontrarse su rastro en Internet y los documentos policiales que los aluden, que sin duda existen o existieron, han sido destruidos o permanecen en absoluta reserva.

Originalmente la Centrale des Renseignements los asimiló erróneamente con otros grupos extremistas de la época.

Al parecer Les Francs-Bourgeois fueron detectados tempranamente por el servicio de inteligencia gracias a la intercepción de un colis, o paquete postal, enviado mediante el sistema de correo neumático que funcionaba en París desde mediados del siglo XIX, y originalmente la Centrale des Renseignements los asimiló erróneamente con otros grupos extremistas de la época —Acción Directa, que también operaba en Francia, el Ejército Rojo de Alemania federal, las Brigadas Rojas en Italia, Sekigunha en Japón, la agrupación 17 de Noviembre en Grecia, The Weathermen en Estados Unidos y las Células Comunistas Combatientes, en Bélgica— e incluso en un primer momento atribuyeron a esta agrupación el atentado3 que cobró la vida de Georges Besse, director general de la Renault —apodado l’Empereur4—, el 17 de noviembre de 1986.

Sin embargo, aunque Les Francs-Bourgeois guardaban algunas coincidencias con estos movimientos de ultraizquierda, sus postulados tenían una perspectiva casi esotérica de la cual carecían las otras organizaciones de inspiración marxista y exclusivamente política.

En Sous les carreaux (publicado en París, en 1998, por Éditions Gallimard), libro de memorias de Alain Marsaud —Procureur et Chef du Parquet Anti-Terroriste, dependiente del entonces recién elegido, y temible ministro del Interior, Charles Pasqua5—, se habla in extenso de Nathalie Ménigon, Joëlle Aubron, Jean-Marc Rouillan y Georges Cipriano, todos miembros de Acción Directa, detenidos el 21 de febrero de 1987, condenados “dos veces” a cadena perpetua6 y recluidos hasta la actualidad.7

En sus memorias, curiosamente, Marsaud dedica también media plana a Les Francs-Bourgeois y dice que uno de sus miembros, François Chantellat, después de seis meses de aislamiento (y seguramente bajo tortura), habría mencionado “siete grandes malos”, sentenciados a muerte por su agrupación, y más abajo Marsaud refiere, citando a su detenido, parte de los postulados de esta sociedad: “Si queremos un mundo donde no sea un castigo vivir, debemos enfrentar los desafíos de nuestro tiempo y afrontar los grandes cambios, comenzando por los personales, examinando nuestras creencias y desterrando los prejuicios que nos enfrentan unos con otros. No olvidemos que muchos de estos prejuicios son sembrados o al menos incentivados por quienes conocen y aplican la máxima: divide y vencerás” (Sous les carreaux, página 73, párrafo 2).

Aunque los miembros de esta asociación decían anhelar la paz y la igualdad entre los hombres, postulaban que la única posibilidad de modificar este estado de cosas era descabezando estos colosales focos de poder.

Y por último Marsaud agrega que Les Francs-Bourgeois pensaban que, desde el Renacimiento, primero Occidente y luego el mundo entero estaba siendo controlado progresivamente por contados núcleos de poder, de carácter multinacional, liderados cada uno de ellos generalmente por familias todopoderosas y no pocas veces por algunos magnates, individualizados con nombres y apellidos, que ellos juzgaban la personificación viva de la maldad en el mundo moderno y causantes de gran parte de las desgracias y sufrimiento de la humanidad. Y que Les Francs-Bourgeois consideraban o llamaban Les grand méchant.8 Y aunque los miembros de esta asociación decían anhelar la paz y la igualdad entre los hombres, postulaban que la única posibilidad de modificar este estado de cosas era descabezando estos colosales focos de poder, identificando y dando muerte a cada uno de sus cerebros.

Llama la atención que, aunque la Direction Centrale des Renseignements Généraux nunca haya dejado filtrarse a la opinión pública información sobre Les Francs-Bourgeois, en sus memorias Marsaud, si bien brevemente, se refiera a ellos con bastante libertad. Tal vez esto se explique porque, transcurridos quince años entre el descubrimiento de esta agrupación clandestina y su aniquilación (1983-1986), y la publicación de sus memorias (1998), Marsaud haya estimado que el asunto estaba lo suficientemente rancio como para que él, ya retirado, pudiera recibir algún tipo de sanción disciplinaria o judicial. Es posible pensar también que el ex agente, al momento de sentarse (al fin de su carrera y de sus días) a redactar sus recuerdos, haya querido dejar por escrito el testimonio de una operación de la que seguramente estaba orgulloso, una operación que él había dirigido y concluido con gran éxito.

Por otra parte, salvo por su superior inmediato (el ministro del Interior) y el estrecho círculo policial, que el mismo Marsaud dirigía, nunca nadie había sabido de la existencia de este grupo y, por lo mismo, difícilmente alguna persona hubiera querido averiguar más detalles de un asunto prácticamente inverosímil. Y la justicia ordinaria o criminal, completamente ajena a un caso cerrado, que en realidad nunca se abrió, jamás se hubiera puesto a buscar en un libro de escasa o ninguna difusión elementos de prueba o evidencias de la ejecución de un grupo juvenil que oficial y extraoficialmente nunca existió, al menos mientras nadie iniciara o exigiera una investigación formal.

Sin embargo, Alejandro Viarella (Montevideo, 1946; París, 1989), un sociólogo uruguayo, antiguo miembro del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros), que en julio de 1971, junto a otros 37 militantes, se había fugado por un túnel de la cárcel de Punta Carretas, en Montevideo, y que se refugió en Francia tras el golpe cívico militar liderado por Juan María Bordaberry,9 sí se interesó por indagar y redactó un artículo que ningún medio de prensa quiso comprar. “Una historia carente de actualidad y apariencia irreal que no hace noticia”. No obstante su viuda imprimió el documento e hizo circular varias copias entre sus conocidos. Extrañamente, antes de concluir su investigación, Viarella fue encontrado muerto (“producto de una repentina insuficiencia cardíaca, consecuencia del cigarrillo”) en el altillo atiborrado de recortes donde trabajaba con la ayuda de una tijera y un computador Atari 520, en el último piso del inmueble donde residía, sin trabajo remunerado y a costillas de su esposa, una obstetra francesa que nunca estuvo de acuerdo con el informe forense, como declaró a los amigos y colegas que la acompañaron la gélida mañana del 12 de febrero de 1989, durante la ceremonia de adiós, en la sala de últimos homenajes contigua al crematorio del cementerio Père-Lachaise, París 20.

Según el texto de Viarella, Les Francs-Bourgeois nunca fueron más de siete personas.

No bien llegado a París, Viarella se había incorporado al equipo del recién fundado diario Liberation, que había salido por primera a vez a los quioscos (por menos de un franco) apenas treinta días antes,10 y concebido por sus fundadores, Serge July y Jean-Paul Sartre, como un instrumento de agitación política de inspiración maoísta. En el Liberation Viarella se hizo cargo del archivo, donde trabajó (acopiando gran cantidad de información) durante ocho años, hasta la primera gran crisis del rotativo, en 1981, cuando “los lectores desaparecen, las ideas se evaporan, el dinamismo profesional languidece y la dirección no encuentra un rumbo creíble”, mismo año del triunfo electoral de la alianza socialista-comunista que llevó a la Presidencia a François Mitterrand. Para entonces el filósofo existencialista e ideólogo de ese medio ya tenía su propia lápida y esperaba bajo tierra a su esposa, Simone de Beauvoir, en el cementerio de Montparnasse (boulevard Edgard Quinet, número 3; París 14).

Según el texto de Viarella, Les Francs-Bourgeois nunca fueron más de siete personas. Dos mujeres procedentes de la región parisina y cinco varones: un belga, un italiano (oriundo de Lombardía) y tres franceses. Todos muertos o asesinados antes de cumplir los veintiséis años. Y todos ellos, coincidentemente, hablaban o al menos leían esperanto.

Copio textual de ese informe:

Stephanie Badaroux, estudiante de Psicología, nacida en Boissy-Saint-Léger, Val de Marne, arrollada por un tren de metro en la estación de Les Halles, en el centro de París, en circunstancias que, según el parte policial, “se precipitó a la vía con el propósito de quitarse la vida, presumiblemente por razones sentimentales”. Tenía veinticuatro años. Hablaba y escribía esperanto.

Marlene Tabouillot, sin profesión, soltera, veinticinco años al momento de su muerte, nacida en Montreuil, Sena-Saint Denis, Isla de Francia. Trabajaba en lo que ahora llaman un call center para una inmobiliaria ligada a la construcción de la ciudad empresarial denominada La Défense.11 Tabouillot murió atropellada, a diez para las nueve de la noche, a una cuadra de su casa y muy cerca del Sena, en la rue de Tolbiac esquina de rue des Frigos, por un automóvil Simca, modelo Aronde, descontinuado, sin placa patente. El conductor del anticuado vehículo, color rojo chino según testigos, se dio a la fuga y no pudo ser identificado. Marlene Tabouillot también hablaba y escribía esperanto, además de alemán e italiano.

Jacques Campourcy, nacido en Breskens, Bélgica, veintidós años al momento de su muerte. En París se desempeñaba como lavacopas mientras reunía dinero para pagarse un curso de cocina tradicional. Fue encontrado sin vida, ahogado en el lago Daumesnil (Bois de Vincennes, París 12). Supuestamente, según el informe oficial, otro suicido por razones sentimentales. Su cuerpo estuvo tres meses en el Instituto Médico-Legal del Quai de la Rapée, París 12, sin que nadie acudiera a reclamarlo, y finalmente fue incinerado por cuenta del Estado. Además de francés, Campourcy hablaba flamenco, su lengua materna, y también sabía leer y escribir esperanto.

Antonio Padula, con residencia en la vía Cimiterio Vecchio, comuna de Landriano, en los alrededores de Milán, Italia. Veinticinco años al momento de su muerte. Padula se había trasladado a París hacía dos años y se ganaba la vida como coursier (cartero) para una empresa de correo privado mientras estudiaba informática. Fue encontrado con una bala en la cabeza sobre las vías férreas y bajo la rotonda Plaza de la Europa, inmediatamente detrás de la Gare Saint Lazare.12 Según el informe policial se habría tratado de “una riña entre bandas juveniles, probablemente neonazis”. Su cadáver tampoco fue reclamado y su cuerpo corrió la misma suerte que el de Campourcy. Aparte del italiano, Padula entendía el lombardo, dominaba perfectamente el francés y leía y escribía esperanto.

François Chantellat —el único citado por Alain Marsaud en sus memorias y el único que habría estado preso por su supuesta participación en el atentado contra el director general de Renault— había nacido en Saint-Maur-des-Fossés en 1964 y seis meses después de su liberación murió víctima del VIH, en el hospital Henri-Mondor de la avenida Maréchal de Tassigny, en Creteil, Val de Marne, cuando apenas tenía veinticinco años. En esta oportunidad los padres llevaron el caso a la corte alegando que el joven se habría contagiado, acaso intencionalmente, durante su reclusión en dependencias policiales, presunción que en realidad nunca pudo probarse, y finalmente la causa quedó en nada, aunque la familia recibió una indemnización, a modo de consuelo (y mordaza), de 57.000 francos. François Chantellat, además del francés, hablaba español y se había hecho miembro de la Sennacieca Asocio Tutmonda, la Asociación de Trabajadores Esperantistas (SAT), inspirada y originalmente liderada por Eugène Adam Lanti, teórico de la doctrina conocida como el anacionalismo, que pretendía la eliminación del concepto de nación como idea rectora de la organización social.

Enri Chantellat, hermano de François Chantellat y —según el informe de Viarella— el único de Les Francs-Bourgeois que podría haber sobrevivido al exterminio sistemático de esa agrupación gracias a que dos meses antes de la muerte de su hermano salió clandestinamente del país atravesando los Pirineos escondido en un tren de carga. Sus padres recibieron una postal timbrada en Barcelona donde decía que estaba siendo vigilado, y que se disponía a embarcarse con un destino que no revelaba. Y tres semanas después de la muerte de François, su madre, Florence de Chantellat, recibió una llamada de Enri con cobro revertido desde Ciudad Bolívar, Venezuela, diciéndole que a su hermano lo había matado la sûreté13 y que probablemente él correría la misma suerte.

Según madame de Chantellat, después de esa llamada no volvió a tener noticias de su hijo, aunque conservaba la esperanza de que estuviera vivo en algún rincón inexplorado del Tapón del Darién. Lugar que, según ella, desde niños sus dos hijos anhelaban conocer; límite selvático entre Centro y Suramérica y único punto donde se interrumpe la Carretera Panamericana y donde no existen rutas ni caminos expeditos, como no sean veredas apenas transitables a caballo o a pie.

Al igual que su hermano, Enri hablaba español, odiaba el concepto de nacionalidad y también se había hecho miembro de la Sennacieca Asocio Tutmonda. Y al parecer era el líder de la agrupación denominada por los agentes de seguridad como Les Francs-Bourgeois.

Finalmente, Jean Baptiste Ribéry, nacido en la rue Racine, muy cerca del museo de Jeanne d’Arc, en Rouen, Normandía; al terminar el liceo se había mudado a París con la intención de dedicarse al arte y estaba asistiendo como oyente a l’Ecole Nationale Supérieure des Beaux-Arts, en el 14 de la rue Bonaparte, cerca de Saint-Germain-des-Prés, donde alquilaba un cuarto. La mañana del 17 de febrero de 1986 no se presentó a clases y después de una búsqueda que se prolongó varias semanas se lo dio por muerto. En la pieza que ocupaba en un quinto piso, con una ventana en el techo a la Notre Dame, sólo se encontraron algunos dibujos a carboncillo, una maleta con ropa y dos libros: un ejemplar de la primera edición de Las flores del mal, de Charles Baudelaire, impreso en 1857 (con un no despreciable valor comercial), y el Diccionario etimológico Vortaro (de esperanto) de Ebbe Vilborg, editado por la Eldona Societo Esperanto, en Malmö, Suecia. Objetos que fueron remitidos a su familia como recuerdos y únicas evidencias de su paso por París. Ribéry acababa de cumplir los veinticuatro años cuando fue declarado oficialmente desaparecido.

Aparte de la breve mención que hace Alain Marsaud en sus memorias, no se conoce otro documento que dé cuenta de la existencia de los “siete grandes malos”, y menos de su identidad, ni de sus posibles motivaciones, aunque es admisible suponer que Viarella estaba siguiendo una pista porque, durante una cena de camaradería con varios compatriotas que se aprestaban a terminar su exilio y regresar al Uruguay, mencionó un laboratorio farmacéutico, una dinastía de banqueros procedente de Fráncfort, aparecida en el siglo XVIII, y una tabacalera multinacional, pero no alcanzó a dejar nada por escrito, o si lo hizo fue arrojado al fuego probablemente por su propia viuda para evitar nuevas o mayores desgracias.

Adolfo Pardo
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Notas

  1. Uno de los veinte distritos o municipios que conforman la ciudad de París.
  2. Central de Informaciones Generales.
  3. Operativo a cargo del comando Pierre Overney, de Acción Directa.
  4. En español: “El emperador”. Apodo que daban los trabajadores de Renault a su director general.
  5. Charles Pasqua, consejero y amigo personal, instalado en el cargo por el nuevo primer ministro Jacques Chirac, impuesto por la Asamblea Nacional al presidente François Mitterrand, durante la llamada “primera cohabitación”.
  6. Nathalie Ménigon, Joëlle Aubron, Jean-Marc Rouillan y Georges Cipriano fueron condenados a cadena perpetua por el atentado contra Georges Besse, el 17 de noviembre de 1986, aunque ya habían sido condenados a esta misma pena por la ejecución del general René Audran, director de Asuntos Internacionales del Ministerio de Defensa, el 25 de enero de 1985.
  7. Con excepción de las dos mujeres, Joëlle Aubron, cuya pena fue suspendida el 4 de marzo de 2002 debido a un cáncer terminal que la llevó a la muerte el 1 de marzo de 2006, a los 46 años, y Nathalie Ménigon, a quien se le acordó la libertad condicional, estando parcialmente hemipléjica, a partir del 3 de agosto de 2008, después de veinte años de reclusión en la cárcel de Fleury-Mérogis, Essonne, Isla de Francia.
  8. En español: Los grandes malos.
  9. Golpe de Estado producido en Uruguay el 27 de junio de 1973.
  10. Liberation salió por primera vez a la venta el 22 de mayo de 1973.
  11. La Défense, conjunto de rascacielos para oficinas destinadas a las mayores empresas del mundo inaugurado en 1883 al oeste de París.
  12. Una de las cuatro estaciones ferroviarias de la ciudad de París.
  13. Seguridad, policía secreta (francesa).