“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El cabo Guarataro

martes 31 de mayo de 2022
El cabo Guarataro, por Hamilton Torres Aponte
Como no me pudieron encontrar los guerrilleros por más de siete horas, y se acercaban los refuerzos nuestros por río, decidieron retirarse. Fotografía: intographics • Pixabay

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

Esa tarde soleada de abril pensaba con incertidumbre sobre el futuro de mi familia. No tenía empleo y mi pequeña tienda no daba más que para el pago de servicios.

Pero no tardé mucho, al rato vi descender de un taxi a un amigo que no veía hacía un par de años. Era Guarataro, como de cariño le llamaba, que venía en estado de embriaguez y muy desaliñado. No me inquieté porque era normal en él. Años atrás, cuando vivía de inquilino en su casa, sus borracheras eran el pan de cada día y era costumbre suya invitarme a platicar todo tipo de tonterías y conversaciones inútiles que compartía con él; a veces por gratitud y otras por su buen sentido del humor.

Esa tarde me saludó muy amablemente y me pidió una cerveza fría; luego me preguntó por la familia y mi nueva vida como microempresario. Hasta ahí las cosas eran las mismas que de costumbre, pero esa tarde había algo en mi amigo que indicaba que no estaba conforme con su vida y con la soledad en la que vivía por culpa de su alcoholismo. Se sentía solo, devastado, con deseos de contarme algo, pero no sabía cómo hacerlo. En mis adentros sabía que tenía problemas con su esposa, con su futuro y con muchas cosas más que, intuía, eran culpa del alcohol.

En medio de su borrachera, hacía pausas largas y luego vacilaba hablando de otro tema.

Al final me dijo: “Voy a contarle, José. Es algo que me ha atormentado por años y que me ha hecho en la vida un hombre infeliz”.

En medio de su borrachera, hacía pausas largas y luego vacilaba hablando de otro tema en que le escuchaba con la atención que él esperaba, pero sin acertar a qué se iba a referir. Luego de un largo rato de darle vueltas, al asunto logró animarse.

“Le contaré, amigo mío, que cuando tenía veinte años logré que me aceptaran en la policía y después ascendí a cabo.

”Para mediados de los años ochenta, se presentaban muchos combates con la guerrilla en la zona de los Llanos Orientales. Como consecuencia, me trasladaron de comandante a una estación de policía en el municipio de Carurú, una población de unos dos mil habitantes, en una zona rural donde sólo se llegaba por río. Allí estábamos acuartelados quince policías, bien armados, pero ese territorio era zona roja y la guerrilla la había atacado antes. Nos manteníamos alertas y cumplíamos con los protocolos de seguridad de nuestros superiores. Unos días después, escuché en el pueblo que la guerrilla nos tenía en la mira para atacar la estación, abatirnos a todos y robar nuestro armamento.

”Sentí miedo y regresé donde mis compañeros para comunicarles la noticia, a lo cual me contestaron: ‘Que vengan esos hijos de puta para darles plomo’. Estaban tomando trago y eso les hacía sentirse valientes.

”En los días posteriores mis preocupaciones se hicieron más aterradoras. Yo escuchaba de los pobladores que la guerrilla andaba en comandos de trescientos hombres cuando atacaban, y creía que eso iba a ser una carnicería sin oportunidades de sobrevivir, por más que lucháramos. Además, los refuerzos estaban a nueve horas por río.

”Se apoderó de mí una desesperación que me llevó a buscar una salida para sobrevivir a ese ataque. Pasaron los días y mis compañeros se sentían seguros con su buen armamento y sus deseos de luchar contra el enemigo.

”Días después, en el pueblo, la gente comenzó a encerrarse en sus casas. Las calles, las tiendas y hasta los establecimientos donde se ingería licor estaban solos. La gente está emigrando del pueblo a otros caseríos; le manifesté a mi pelotón, pero obtuve la misma respuesta: ‘Que vengan esos hijos de puta para darles plomo’.

”Pues ese día llegó. Se empezaron a oír ráfagas de fusil. Cada uno ocupó su puesto, como lo teníamos previsto, y empezó el combate. Llovía plomo por todos lados. Tenían rodeado el pueblo por cada flanco y, como se había comentado, eran más de trescientos guerrilleros quienes atacaron con ferocidad.

”Después de dos horas de combate, el puesto de policía estaba en ruinas y ocho de nuestros hombres ya habían caído. Los guerrilleros nos gritaban por el altavoz que si nos rendíamos nos perdonarían la vida, pero también oía gritar a mis compañeros: ‘Hasta la muerte’.

”En menos de una hora los guerrilleros entraron en la estación. Mis hombres, heridos y sin munición, se rindieron, para luego ser rematados en el piso con tiros de gracia uno por uno. Oía gritar al jefe guerrillero: ‘Busquen al hijo de puta del cabo, lo quiero muerto, nos vamos de aquí hasta que lo encontremos’. Luego sacaron a la cocinera nuestra, que se escondía en un pequeño cuarto donde guardábamos la remesa, le quitaron la ropa y la tiraron al patio, donde un guerrillero le dijo antes de dispararle: ‘Por regalada, vieja hija de puta’.

”Me buscaron por todos lados, en el pueblo, en el monte, en cada rincón. El jefe guerrillero en verdad estaba furioso y yo sabía que si me encontraban no tenía la más mínima oportunidad”.

Como interlocutor estaba intrigado. ¿Por qué Guarataro estaba contándome esa historia y cómo lo pudo ver y oír todo, sin terminar como cadáver?

Un día, sin que se dieran cuenta mis compañeros, me subí al palo de mango y por sus ramas llegué a la cima de la palma.

Le pregunté entonces y continuó:

“¿Se acuerda de que al principio le dije que tenía que buscar una salida a esta situación para sobrevivir? Pues durante esos días busqué un escondite, y no crea que fue fácil, pero lo encontré. En el patio de la estación había un palo de mango muy grande que cubría por encima todo el lugar y, además, nos refrescaba del intenso calor. Pues bien, al costado del palo de mango había una palma de coco que creció a su lado y, con los años, sobrepasó en altura al mango. Un día, sin que se dieran cuenta mis compañeros, me subí al palo de mango y por sus ramas llegué a la cima de la palma. Se veía un poco oscuro, pero no me podían ver desde abajo, ya que las ramas de la palma me protegían. Me llevé un arnés que aseguré a la palma y pude comprobar que podía permanecer varias horas quieto sin ser detectado. Pues el día que entró la guerrilla, no lo pensé dos veces y puse en operación el plan B.

”Me subí con mi fusil y me quedé quieto. Escuchaba a mis compañeros preguntar de vez en cuando por mí y eso me atormentaba, me sentía el hombre más cobarde del mundo, pero a la vez sabía que era mi única oportunidad de vivir.

”Esa historia es la que me ha atormentado por años y que sólo a usted le he podido contar, porque ni mi mujer la conoce. Es algo que me acosa cada día de mi vida, pero sé que de nada me hubiera servido haber luchado al lado de mis compañeros, porque de todas formas hubiera muerto”.

¿Y qué pasó después, Guarataro?, le pregunté.

“Después fue lo más vergonzoso que me haya podido ocurrir y tal vez lo único que me ocurrirá en esta vida. Como no me pudieron encontrar los guerrilleros por más de siete horas, y se acercaban los refuerzos nuestros por río, decidieron retirarse; no sé cuándo se fueron ni cuándo llegaron los nuestros”.

No podía creer la historia que me contaba Guarataro. No salía de mi asombro al pensar si la decisión que tomó fue la correcta; es muy difícil juzgar la conducta de los demás; a la vez tenía unos deseos de reír enormes, pero por discreción no lo hacía y me los aguantaba para más tarde. Sin embargo, le hice una pregunta muy indiscreta que me pareció oportuna y sarcástica: Guarataro, si usted tenía su fusil, ¿nunca pensó que desde arriba podía abrir fuego contra el enemigo?

“Los tenía reunidos en el patio y hubiera dado de baja a unos cuantos, es cierto, pero esa palma de coco habría quedado como la punta de un lápiz en menos de lo que canta un gallo, por la mano de plomo que me hubiera llovido, y entonces no estaría aquí contándole este cuento”.

Por dentro no me podía contener de la risa en medio de esa tragedia vivida por Guarataro y por el dolor que sintieron los familiares de los policías muertos.

Y por último le pregunté cómo había salido de esa situación, a lo cual me replicó:

“Cuando estuve seguro de que las tropas aliadas habían llegado y la guerrilla estaba en retirada, por el intenso bombardeo del ejército y la policía, bajé de mi escondite y muy sigilosamente me escondí en una mata de monte, para después salir gritando que era el comandante de la estación. Me detuvieron por un rato, hasta que llegó un coronel que estaba al frente de la operación de rescate y me interrogó por lo sucedido, a lo cual le manifesté que me había replegado hacia el monte para contrarrestarlos y no me pudieron encontrar. El coronel me miró a los ojos con rabia y desconfianza, mientras mis compañeros yacían en charcos de sangre.

”El coronel me dijo: ‘Entrégueme su fusil’. Lo revisó y manifestó: ‘Pero este fusil está tan frío como un témpano de hielo, y además usted no ha disparado ni una sola bala’. Creo que fue el peor momento después de sentirme a salvo. Los soldados que estaban al lado observando el interrogatorio no sabían si reír o llorar de tristeza, por tal despropósito.

”El coronel sólo atinó a decir: ‘Arréstenlo, será sometido a un consejo de guerra’. La vergüenza de ahí en adelante no la puedo describir, me destituyeron de la policía y me sentenciaron a dos años de cárcel por cobardía”.

No podía comprender por qué Guarataro me contaba esta historia. Tal vez lo estaba ahogando su pena y debía contársela a alguien para mitigar el dolor que lo había atormentado por más de dos décadas.

No sentí pena por Guarataro, más bien consideración; creo que ese joven había pagado con creces el crimen cometido en su momento.

Finalmente me dijo que en el consejo de guerra nunca pudieron sacarle el lugar donde se había escondido. Tal vez por eso fue que lo condenaron drásticamente, porque quedaron muy ofendidos al no saber cómo burló a la muerte.

“Yo pensaba que si descubrían mi escondite se burlarían de mí por muchos años y tal vez le tomarían fotos y aparecería ese episodio en los diarios y en la televisión”.

No sentí pena por Guarataro, más bien consideración; creo que ese joven había pagado con creces el crimen cometido en su momento y, al relatarme su historia, podría dejar marchar en paz al adolescente que siempre lo juzgó por su decisión.

Cinco años después de que me contara su historia, me volví a encontrar con Guarataro. Me invitó a que lo acompañara a una iglesia cristiana donde ahora es un pastor evangélico. Allí vive con su esposa y un hijo adoptado. Ahora está muy feliz de la vida, es un hombre diferente.

Tal vez él no recuerde haberme contado esa historia, porque estaba en medio de una borrachera tremenda, de la que tuve que llevarlo a su casa en taxi y hasta acostarlo en su cama. Pueda que esa haya sido la noche más agradable de sus borracheras, porque se quitó un gran peso de conciencia.

Hamilton Torres Aponte
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