“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
Saltar al contenido

Sin amores ni rencores

lunes 30 de mayo de 2022
Sin amores ni rencores, por Gerardo Steinfeld
Mató a centenares de personas bajo su mandato, malversó los impuestos de su pueblo en derroches, abusó de los favores de la Capitana de la Guardia que murió en combate y chantajeó a su corte. Fotografía: S. Hermann y F. Richter • Pixabay

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

—¡Rey Friedrich! —exclamó Marcel Brosse al verlo a través de la cerradura de la puerta. Llevaba un trapo cubriendo sus fosas nasales—. Pase, pase, adelante…

Marcel Brosse, un gordo de barba cobriza, convirtió su gran casa de numerosas habitaciones en un centro de curación atendido por él y otros guérisseurs. La sala estaba vacía pero desde las numerosas habitaciones le llegaba el rumor de una tos o de un ronquido. Otro guérisseur entraba y salía de las habitaciones con una bandeja en las manos; al parecer se tomaban turnos para vigilar a los enfermos.

—¿Cómo están por aquí? —preguntó Friedrich—. Escuché que regresaste de un viaje.

Desde Pozo Obscuro hasta Puente Blanco hicimos lo que pudimos, pero incluso el Templo de las Gracias cayó…

—Absolutamente —Marcel tomó asiento en un mueble y sirvió dos tazas de té—. Regresé de Pozo Obscuro junto a algunos hombres del rey Seth, pero logré escabullirme junto a un primo que regresaba de Puente Blanco que me esperaba.

Marcel Brosse recorrió con sus gordos dedos un anillo de oro en su barba salpicada de canas.

—El sur estaba plagado —continuó el gordo—. El único poblado que se salvó fue Rocca Helena, de alguna manera… Desde Pozo Obscuro hasta Puente Blanco hicimos lo que pudimos, pero incluso el Templo de las Gracias cayó… Lord Brunelleschi lo incendió matando a muchos… Creemos que enloqueció.

Friedrich probó el té, arrugó la nariz.

—¿Damian Brunelleschi?

—Sí, rey —asintió. Marcel sorbió té—. Enloqueció… Yo no estuve allí, pero mi primo Jared sí… Aunque me cuesta creer lo que me dice.

—¿Dónde está Jared?

—En la habitación del fondo —lo guio Marcel—. Tiene dormido a Bertuar Betania, parece que atacaron el valle donde estaba y sólo él logró escapar. Aunque su historia no deja de ser tan sorprendente como la de Jared.

Estar en esa casa se sentía extraño, un sentimiento mantenía a Friedrich callado, con ganas de llorar. Subió las escaleras y llegaron a la habitación del fondo. Era la habitación de Annie, parecía que no hubiera pasado un día desde que se esfumó… Una vela de cera perfumada iluminaba débilmente la habitación donde un anciano con el rostro magullado dormía. Jared parecía cansado, pero no dejaba de escribir en unas hojas de papel. Levantó la vista cuando entraron y se puso de pie con una reverencia.

—¡Rey Friedrich!

—Siéntate, por favor…

—¿Ya se durmió el anciano? —Marcel se paró junto a su cama, viendo el rostro de Bertuar agitarse en sueños.

—Sí… La infusión de té lo está ayudando bastante.

Friedrich se reclinó sobre la puerta cuando se cerró.

—¿Qué ocurrió en Puente Blanco?

Jared Brosse tragó saliva.

—Fue como una historia de terror —relató—. Conocí a Damian Brunelleschi cuando éramos jóvenes en el Templo de las Gracias, era un hombre ejemplar y devoto. Atendí su llamado para cuidar de su esposa enferma, todos en el pueblo parecían sucumbir ante la peste sureña.

”Pero… Damian desapareció, estuvo encerrado en el Templo de las Gracias rezando sin parar… El santuario estaba atestado de enfermos… Los curanderos corrían por todos lados llevando cadáveres en los hombros.

”El tercer día que el Lord desapareció… demonios o… lo que fuesen esas cosas, entraron al templo y comenzaron a matar y a devorar a los enfermos. Les gustaba comerse los intestinos calientes de los vivos. No sé qué serán… Logré esconderme en las casas deshabitadas. Pero el pueblo empezó a arder, hui mientras podía… Robé un caballo y hui hasta reventarlo.

”En Rocca Helena poco después escuché que Damian Brunelleschi enloqueció… Que mató a todos los enfermos y a sus familias, hay historias horribles en el sur sobre demonios y el fin de los tiempos. Y también han visto fantasmas… pero no entiendo por qué dicen que parecen tejidos con hilos rojos.

—No puede ser…

—Así es, Friedrich —apuntó Marcel—. Hay toda clase de historias sobre animales extraños en las cantinas del sur… Giran alrededor de Damian. Dicen que tiene un ejército de demonios porque hizo un pacto con un diablo. Son mitad hombre y mitad bestia… Algunos son tan deformes que no se parecen a nada de este mundo.

”Un cazador de las afueras de Puente Blanco contó que vio cómo un grupo de esas cosas devoraba a otro que murió repentinamente.

”Escuché relatos desconcertantes sobre espectros rojos… como sangre que vagan por la isla, los han visto en distintas partes. No sé lo que serán, pero me asustan mucho más que los homúnculos. La historia más sorprendente… fue la de un sacerdote que profetizaba que eran los penitentes del fin del mundo…

Esas cosas no son demonios del infierno… Son peores.

”Me contaron toda clase de relatos fantásticos… pero todas las historias que oí hablan de Damian y otra figura detrás de él, una sombra negra de ojos dorados que lo acompaña. No sólo hicieron una matanza en Rocca Helena…

—También mataron a los Betania —susurró Bertuar Betania, tenía la voz pastosa y débil—. Esas cosas no son demonios del infierno… Son peores. La mayoría de las personas con tres dedos de frente dirán que salieron del infierno a castigarnos… Quizás quiera creer eso… Pero esto va más allá… Esto rompe con el orden natural… Son creaciones humanas, seres artificiales…

Friedrich sentía la boca seca.

—¿Mataron a todos los hombres?

Bertuar asintió tembloroso.

—Devoraron a los míos y a los rebeldes antes del amanecer… No creo que Damian Brunelleschi tenga el conocimiento para crear esos monstruos… Usted sabe de esto, ¿sabe quién podría ser?

—Giordano Bruno —nombró Friedrich sin pensar—. El Homunculista…

—¿El Homunculista? —bufó Jared—. Él está muerto…, sir Cedric lo quemó vivo… y a su laboratorio hace un año…

—Podría ser —Marcel apretó las muelas—… Pero ¿qué intentan hacer creando tales aberraciones?

Bertuar se incorporó débilmente y miró a Friedrich con los ojos horrorizados.

—Lo mismo que todos nosotros —replicó—… Acabar con el poder establecido… o el poder enemigo… He vivido mucho tiempo como para entenderlo, si matas a… todos los adultos, puedes inculcar una nueva ideología a los niños.

—¿Va a matar a todos los adultos de la isla? —Jared parecía desorientado.

—¡No, idiota! —Bertuar enrojeció—. Es una manera de decirlo… Va a matar a todos los nobles que gobiernan esta isla para imponerse y no sólo eso…

—Por supuesto —concedió Friedrich—. Si acaba con aquellos que ejercen control sobre las personas, él podrá ser el regente absoluto. Aunque no tiene gracia gobernar sobre un montón de inútiles… que no piensan nada más que en follar y comer… Necesitamos a los nobles que dirigen multitudes…

—No sé qué tenga en mente Giordano Bruno —suspiró el anciano, parecía muy cansado—. La pobreza en la que creció, las personas que perdió y la familia que lo maltrató… Quizás todo eso lo empujó a cometer las atrocidades que lo condenaron… Las circunstancias lo obligaron a convertirse en una persona malvada.

—No existe una excusa para dañar a los demás —masculló Friedrich. Pero se dio cuenta de sus palabras… Estaban en guerra, ¿por qué?

El anciano Bertuar murió días después solo en su habitación sin nadie que lo acompañara en sus momentos finales. Quizás murió de tristeza al perder a la progenie que tanto le costó cuidar, todos muertos en tan poco tiempo… Perdió todo su brillo al final de su vida.

El tiempo iba tan lento y los pensamientos de Friedrich iban tan rápido que chocaban. Los ataques que sufría eran cada vez más violentos y terminaba entre las sábanas empapadas de vómito. Pasaba noches enteras despierto, pensando y pensando… Soñando con ríos de sangre, criaturas monstruosas y espectros escarlata de rostros dorados.

El ejército rebelde llegaría ante las puertas de la ciudad en cualquier momento. Quizás Seth Scrammer llegase presto a negociaciones por la autonomía del sur, pero Friedrich no estaba dispuesto a negociar; si cedía aquellas tierras los Betania perderían su dominio y la delicada economía se derrumbaría debido a que gran parte de los alimentos se producían allí. No sólo eso, la mayor parte de las tierras fértiles pertenecían al sur con sus numerosos impuestos. Tenían cautiva a Annie y a su familia…

Friedrich sólo quería ganar la guerra… Terminar con los enemigos. ¿Cómo habían acabado de esa forma?

Valle del Rey no aguantaría un sitio prolongado con Friedrich como regente. La gente veía a Seth Scrammer como una nueva esperanza de paz y prosperidad… No podía rendirse porque el Rey Dragón quería su cabeza… quería todo el dominio del sur y si era posible del reino. Desplegar un ejército fuera de las murallas sería catastrófico, si la batalla se prolongaba… las personas de la ciudad empezarían su revuelta. Debía defender la capital desde las murallas, Anaís defendería las puertas de la ciudad.

Friedrich sólo quería ganar la guerra… Terminar con los enemigos. ¿Cómo habían acabado de esa forma? ¿Qué era la guerra? Personas desaparecían, personas morían…

Friedrich alguna vez soñó con un mundo sin enfermedades, donde la muerte era sólo un viejo mal recuerdo. Pero pasaría mucho antes de que esos tiempos llegaran si la guerra continuaba… El tiempo parecía ir tan lento mientras pensaba en las mil y una posibilidades que podrían hacer que todo se fuera al demonio. Tenía la mente llena de dudas y éstas no lo dejaban dormir… Sentía mucha agua corriendo por sus venas… Un asfixiante calor. Ansiedad… Quería fundar escuelas para que los niños no corrieran con la suerte incierta de las calles, pero las pocas remuneraciones que obtenía se despilfarraban entre las filas de soldados que patrullaban el Bosque Espinoso y rondaban las murallas.

Los gusanos gigantes de la tumba del rey Julian Sisley seguían adormecidos por el invierno, aunque Lord Beret contaba con su despertar en el verano. Plagas, pestes, sequías… ¿Era eso lo que querían los reyes antiguos? Mucha más guerra por recursos, muchísimas muertes… La última batalla cobró incontables vidas, entre ellas la de Marco, un joven que sólo quería ser libre para soñar, asesinado por personas que no tenían nada que ver con él.

No quería ir a la guerra, no quería que nadie más muriera con él como regente… Pero, ¿qué otro camino encontraría? Si rendía las armas perdería muchos valiosos recursos y su poder. Necesitaba el control de aquellas tierras para mantener en pie la sociedad próspera que estaba cultivando; el reino se hundiría en su podredumbre cuando la comida volviera a escasear.

Seth Scrammer quería su cabeza por los crímenes cometidos por Beret y Comodoro bajo su orden. La isla era pequeña y sus tierras estériles… El pueblo a duras penas sobrevivía con pescado y legumbres frescas… Sí, debía lidiar con la maldita guerra para restablecer el comercio con Pozo Obscuro y los otros pueblos. Los mercaderes ansiaban la gran capital; si aplastaba a los rebeldes podría tomar el control de toda la isla nuevamente. Podría disponer de mucho más dinero para hacer crecer el reino… Matar nunca fue la solución pero era el camino que debía recorrer…

Continuaba escuchando rumores sobre Damian Brunelleschi y su ejército de demonios… Asesinaba a granjas enteras… Niños, mujeres, hombres y animales… despedazados.

Extrañaba la compañía de Anaís pero no quería involucrarla en toda su locura; con frecuencia se quedaba dormido tras una serie de ataques… Vomitaba y perdía el conocimiento.

Tomó la corona de plata brillante en sus manos, su diseño asemejaba el oleaje del mar… Tenía incrustados muchos zafiros como luceros. Giró el aro de plata en sus dedos, una corona sencilla para un rey sencillo. ¿Las personas del reino pensarán en él como un verdadero regente o verán a los rebeldes como rayos de esperanza?

—¿Rey Friedrich? —la voz de Beret llamó desde la puerta.

Friedrich se limpió el vómito de los labios y escondió las sábanas bajo la cama, apestaban a rancio y las quemaría más tarde. Se puso la capa negra inmaculada y abrió la puerta.

Bonjour roi! —los ojillos congelados del anciano brillaban detrás de su sonrisa—. Lo conseguimos…

Por un momento la mente de Friedrich se nubló con las imágenes de la cabeza de Seth Scrammer en una pica, los rebeldes rindiendo las armas y volviendo con sus familias, Annie corriendo a sus brazos… Pero recordó que aquello estaba más allá de lo posible.

—¿Qué conseguimos, Beret?

La luz del día le lastimaba los ojos. Debía estar pálido y demacrado como un perro moribundo, lleno de gusanos…

—¡Lo encontramos, Friedrich! —pronunció contento, no parecía tan anciano—… Venga conmigo.

—¿Lord Beret?

—¿Sí?

—¿Quién es usted?

El anciano frunció el ceño.

—Usted no viene de más allá del mar como dijo —continuó Friedrich—… Tampoco es un alquimista… ¿Quién es usted?

Pertenezco… o pertenecía al culto del Gran Devorador… Somos los únicos conocedores del elixir de Cinabrio para la larga vida.

Beret se encogió de hombros.

—Sólo soy un hombre que busca el conocimiento —apretó sus labios finos—. ¿Quién se lo dijo?

—Una carta —confesó Friedrich—. De Damian Brunelleschi, hablaba de magos negros y un culto.

Lord Beret asintió… Estaba tan cerca que podría matarlo con su brazo de oricalco.

—Es cierto —contestó con una mueca—. Pertenezco… o pertenecía al culto del Gran Devorador… Somos los únicos conocedores del elixir de Cinabrio para la larga vida, hemos permanecido ocultos esperando por décadas… De seguro Damian y Giordano te contaron todo sobre el culto.

—Sí —se acercó al diminuto anciano—… ¿Por qué harían algo así? ¿Por qué liberar esta peste y matar a tantas personas?

Lord Beret levantó un dedo arrugado.

—Estancamiento —admitió. Sus ojos congelados lanzaron destellos—. Las civilizaciones se vuelven insostenibles, con el tiempo y la sobrepoblación… colapsan… Usted lo sabe, Friedrich… Los pobres se hacían cada vez más numerosos y los ricos estaban desapareciendo. Las personas vivían en pésimas condiciones porque esta isla es incapaz de sostener a tantas personas con sus recursos. La sociedad decrece y se ahoga en su propia miseria.

”Lo hicimos por el simple hecho de que un grupo debía ensuciarse las manos, queríamos un futuro próximo donde las personas podrían ser más que porquerizos o prostitutas. Sembramos las semillas de esta guerra mucho antes, cuando Carl asesinó a la familia real, nosotros confundimos su mente con dudas, celos… Esperábamos a un rey con ideales progresistas.

”Los magos negros liberamos la peste en Pozo Obscuro y salvamos a cientos de personas de sus pésimas condiciones… La nueva era está cerca… Usted lo ve, la crisis de alimentos se detuvo y cada vez la mano de obra es mejor pagada. Con usted como regente, el reino no hará más que prosperar… El sueño de Daumier el Terrorífico sobre una civilización alimentada por el conocimiento y el avance se vislumbra en el horizonte… quizás no sea el rey que el pueblo quiera, pero es el rey que el pueblo necesita. Debemos mirar al horizonte, Friedrich… una nueva sociedad florecerá…

”Comodoro creyó que Giordano Bruno sería un miembro de confianza… Pero era muy joven cuando se le dijo la verdad… Desafió al culto así que lo desacreditamos, resultó muy sencillo mancillar el nombre de un hombre con un pasado oscuro… Poco a poco se contaron historias tejidas de mentiras que se volvieron realidad. Sólo fue cuestión de tiempo… para que sir Cedric lo matara como el buen caballero que era o eso creíamos… Porque regresó del infierno a matar a todos los magos negros.

 

La gota se deshizo en un charco sucio del piso… La paja que cubría el suelo de tierra estaba húmeda y olía a musgo. Allí en la oscuridad, no importa cuánto durmiera… siempre estaba cansado.

La vida había sido muy difícil para Friedrich. Allí abajo en las gusaneras del Fuerte de Ciervos no sabía si era de día o de noche… Le servían una comida de mierda cada vez peor y lo atormentaban los pensamientos.

Tosió y la garganta se le llenó de polvo. Era eso, ¿un criminal? Nadie lo quería ayudar. ¿Estaba destinado a morir sin volver a ver la luz del sol? Dormía para olvidar su miseria en uno de los rincones de la celda o fingía que estaba muerto… ¿De verdad fue un rey? Estaba olvidando su nombre y lo único que lo mantenía cuerdo era la imagen de una niña en su mente: unos rizos dorados como el sol y unos ojos tan inmensos como el océano… ¿Pero quién era aquella niña? ¿Y por qué la extrañaba tanto? Cuando pensaba mucho en lo ocurrido el brazo plateado comenzaba a dolerle, un calor lo paralizaba.

Un ariete golpeaba su cerebro, insistentemente… Veía a soldados con holgadas capas moradas ser aplastados por dioses de piedra gigantescos… No supo nada de Anaís, una mujer que no recordaba con claridad pero que necesitaba… Algunas sombras de su pasado se burlaban de él…

—¿Fuiste feliz matándome? —le preguntó un joven de capa negra y ojos rojos en medio de la celda—… ¿Al menos fuiste buen rey?

“Ya estoy harto”, pensó… ¿Quién era aquel joven de cabellos rojos y azules? Tenía recuerdos enterrados en lo profundo de su mente, pero cada vez que dormía una puerta al inframundo se abría… Los pájaros volaban muy alto sólo para dejarse caer de muerte al suelo… Ya no quería recordar…

Al final, aunque quiso dejar de extrañarla, no pudo y comenzó a extrañarse él mismo…

—Friedrich.

“No quiero pensar”… ¿Por qué ella tuvo que irse? El parto se complicó y la cama estaba manchada de sangre… Pero no la quería perder… nunca la quiso perder. ¿Por qué hizo tantas matanzas? Annie se fue…

“Ella se ha ido para siempre, deja de pensar en eso”. Al final, aunque quiso dejar de extrañarla, no pudo y comenzó a extrañarse él mismo…

—Friedrich.

¿Fue un mal padre? No podía mirar a su hija sin sentir esa profunda tristeza, ella era un recuerdo viviente que seguía clavando sus colmillos en el pecho de Friedrich.

—Lo lamento —se disculpó con los ojos llenos de lágrimas—. Perdóname… por nunca estar contigo, perdóname por hacerte llorar, por no hacerte reír y por causarte tanto dolor… Yo estaba en tinieblas y… terminé arrastrándolas hacia ti… Por favor, perdóname, por todo lo que no pudimos hacer juntos… Yo… sé que nunca podrás perdonarme…

—Te perdono, papá. Nunca te odié…

Annie le sonrió sentada en el otro rincón de la celda. Friedrich gritó con la voz ronca y comenzó a llorar… Se arrastró sobre la paja hasta ver a su hija lo suficientemente cerca… Los rebeldes derribaron el rastrillo con el ariete y entraron en desbandada por el jardín acribillando a los sirvientes y los guardias… Friedrich los esperó sentado en el trono cuando lo rodearon con las lanzas… Lo demás estaba difuso como agua negra. A sir Bell Archer lo destrozaron con un montón de lanzas y picas… Lo golpearon y lo patearon.

Una gota caía sobre su espalda mojando su mugriento jubón azul oscuro… La capa negra se le desgarró en el forcejeo y sólo quedaron unas tiras de oscuridad. Debía tener el aspecto de un moribundo, con la barba rubia sucia y descuidada. El cabello se le quebraba como paja, sus labios estaban resecos y se le desprendían… Estaba muriendo… Le dolía la cara por los golpes, la sentía hinchada.

—Friedrich…

Seguro llevaba años encerrado en las celdas, sobreviviendo con agua sucia y pan quemado… El estómago no dejaba de dolerle y tenía las piernas flacas como ramas.

Lo golpearon y escupieron cuando lo llevaron a las celdas por la rue Obscura, una piedra le golpeó la cabeza y cayó sobre los adoquines desorientado… Los rebeldes lo levantaron a patadas. El pueblo… lo maldecía como si fuese un perro lleno de gusanos. Los odiaba a todos… Aunque nunca sintió nada por desconocidos, aquel odio nació en su interior.

—Friedrich… Levántate.

Lord Beret lo llamaba… Se veía bastante viejo al otro lado de los barrotes. La túnica negra le colgaba floja de los hombros huesudos.

—¿De verdad eres tú?

El anciano le sonrió, tenía una lámpara de hierro que le lanzaba destellos de dolor a los ojos. Se levantó débilmente con la garganta reseca.

—¿Quién más podría parecerse a este viejo? —miró su celda y al vestigio de hombre que estaba en ella—… Ese Seth Scrammer es un bárbaro, no creí que pudiera derrotarte… Bueno, los Daumier y los Leroy lo ayudaron bastante… Sí, rey Friedrich; fuimos traicionados… Es posible recuperarse de una derrota, pero cuesta más perdonarse a uno mismo por no haberlo intentado una vez más… Los Verrochio se alzarán en armas por usted para recuperar el trono…

Friedrich negó con la cabeza.

—Ya no importa…

—¿Se va a rendir de esa forma?

—Yo nunca quise esto, Beret. Esta guerra de mierda… Yo sólo quise crear un mundo sin enfermedades… donde la muerte era un mal recuerdo… pero no se lo merecen. Nunca quise matar a nadie… No quería ver morir a otra persona desde que mi esposa falleció.

—Puedo sacarlo de aquí, podemos irnos, intentarlo una vez más… Comenzar desde cero… Perdimos todo lo que teníamos, así que desde este punto sólo ganaremos…

Friedrich negó con la cabeza.

Se esforzó demasiado, era un tipo sin color que creció en un ambiente sombrío… Pero acabó como un rey y como un prisionero.

—No quiero irme, sólo seguiremos caminando en círculos… ¡Fue un gusto y hasta nunca, Beret!

—Entiendo, fue un gusto… Yo siempre creí en usted.

El anciano se marchó con una sonrisa triste en el rostro… Al final todos se fueron… Quizás la vida estaba conformada por abandono, debía acostumbrarse… Se esforzó demasiado, era un tipo sin color que creció en un ambiente sombrío… Pero acabó como un rey y como un prisionero. Mientras pensaba en la muerte escuchó unas llaves y a unos hombres que venían a verlo.

Era Affinius von Leblond, su viejo amigo y antiguo castellano del castillo de su familia, el Fuerte de la Ninfa; también era un sucio mentiroso y un traidor. Ronnie estaba junto a él con el rostro muy serio; cuando lo miró abrió mucho los ojos. La cara de Friedrich estaba cubierta de golpes sin curar y debía de estar muy flaco. Johann Daumier arrugó la nariz como si oliera mierda; bueno, en realidad estaba oliendo la mierda y los meados de Friedrich.

—Friedrich… por Dios —exclamó Affinius con la boca abierta. Parecía un niño, el mismo niño regordete junto al que jugó de pequeño.

—Friedrich —Ronnie se acercó a la celda—… No me dejaban salir de la Maison de Noir… Yo…

—Ya no importa —terció Friedrich con una sonrisa, le dolía espantosamente el rostro pero le regaló una última sonrisa a su único amigo… sintió un nudo en la garganta—… ¿Vienen a buscarme para matarme?

Ronnie apretó los labios y bajó la cabeza. Friedrich caminó débil hasta la puerta y salió escoltado por los hombres, tuvieron que ayudarlo a subir las escaleras porque se le entumecieron las piernas flacuchas. El sol lo lastimaba y mientras avanzaba por un patio lleno de personas no dejó de pensar en su hija… Tenía el estómago vacío así que se esforzaba con cada paso que daba… La calle estaba inundada de gente y escuchó muchas voces que lo maldecían…

Una lechuga podrida voló desde la multitud y le bañó el cabello con podredumbre. Los guardias aplacaban la muchedumbre… Las casas estaban devastadas, parecía que un tornado había pasado por la ciudad… Las estatuas colgaban en pedazos. Le llovían desperdicios conforme se acercaba más y más a un tumulto en medio de una calle que desconocía. Una casa había sido aplastada por una especie de coloso de piedra… una familia quedó sepultada, se veían sus manos y pies ensangrentados.

Ronnie lo ayudó a subir por unas escaleras a un escenario de madera… Era una horca… Ante él un hombre esperaba en una silla con ruedas de madera, era el mismo rey Seth Scrammer de largo cabello rojo encanecido y mejillas ahuecadas.

—Lo siento, Friedrich —le susurró Ronnie.

Algo filoso atravesó su pierna detrás de su rodilla, cayó sobre sus manos con un quejido, no pudo soportar el peso de su cuerpo y se derrumbó… Escuchó un barullo de carcajadas en todas direcciones… Unas manos negras lo jalaron del cabello y lo pusieron de rodillas. Johann Daumier lo miraba desde arriba con una expresión de satisfacción.

—Sin amores ni rencores —le susurró al oído, como para sí mismo. Había escuchado aquella frase varias veces pero no recordaba con claridad en dónde.

La horca se alzaba en medio del escenario sobre un taburete. El público aclamaba hambriento y un cielo azul intenso quemaba con un crepitante sol el rostro pálido de Friedrich… estaba comenzando el verano, iba a ser uno muy caluroso según los pronósticos de los astrólogos.

—Rey Friedrich Verrochio —proclamó Seth Scrammer con una voz potente como un trueno. Se veía muy viejo y delgado, su cabello gris perdió todo su rojo cuando habló—. Por sus crímenes de guerra es condenado a la horca. Mató a centenares de personas bajo su mandato, malversó los impuestos de su pueblo en derroches, abusó de los favores de la Capitana de la Guardia que murió en combate y chantajeó a su corte. ¿Cuáles serán sus últimas palabras?

Friedrich asintió tembloroso; ni siquiera recordaba la causa de su sentencia. Se sintió muy triste cuando recordó que Anaís Ross era la capitana, pero también era su amante… no pudo pedirle perdón y ahora estaba muerta. Desde el patíbulo podía ver a Melissa Leroy con una sonrisa burlona dibujada en los labios, a Samael y Alissa Daumier con la frente en alto y a… una joven hermosa de cabellos dorados y ojos brillantes… Era ella, había crecido bastante. Quería disculparse antes de que fuera demasiado tarde.

El único que puede perdonar sus pecados es el diablo… Veo que no conoce el peso de sus obras…

—¡No! —clamó Friedrich y se arrodilló con los ojos llenos de lágrimas—… Por favor, rey Seth, tenga piedad… Yo… Yo me arrepiento.

—¡Ahórquenlo! —ordenó el lisiado con amargura—. El único que puede perdonar sus pecados es el diablo… Veo que no conoce el peso de sus obras… Es un hombre lamentable…

Friedrich se arrastró con lágrimas en los ojos… quería una segunda oportunidad.

—¡Por favor, rey Seth! —pidió. Unas manos lo agarraron de los brazos y lo levantaron del suelo—. ¡Por favor! ¡Quiero ver a mi hija! ¡Por favor, rey Seth!

—¡¡¡Silencio!!!

Le pusieron la soga al cuello y lo sostuvieron sobre el taburete… Un millar de manos lo inmovilizaron en el aire. La cuerda dura de cáñamo le raspaba la piel del cuello… El rey Seth se deslizó ante él… era un demonio de ojos rojos…

—¡No mereces perdón! ¡Su reinado no ha traído más que miseria y muerte a esta isla!

—¡Annie! —gritó Friedrich, le dolía la garganta—. ¡Lo siento! ¡Te quiero… hija! ¡Te quiero muchísimo!

Una patada a sus pies lo sacudió cuando el taburete fue derribado y el nudo se cerró en su garganta… La boca se le cerró con estruendo y se le rompió una muela. Intentaba buscar el taburete pero sus pies sólo encontraban vacío… Pataleaba…

Veía a la muchedumbre ensombrecida, la joven rubia gritaba y los Daumier intentaban controlarla. Los ojos se le nublaban y escuchaba un río corriendo a toda velocidad… Recordó cuando envenenó a su padre con arsénico, cuando su esposa le entregó su virtud y cuando Annie nació… Era lo inevitable… intentó respirar y aspiró con todas sus fuerzas en vano.

Pensó en Anaís Ross desnuda con el cabello rizado y castaño suelto… esperando en su cama, y en su madre Vanessa con lágrimas en los ojos cuando partió…

Érase una vez un alquimista loco… un joven solitario…

Gerardo Steinfeld
Últimas entradas de Gerardo Steinfeld (ver todo)