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No se sabe por quién

sábado 28 de mayo de 2022
No se sabe por quién, por Jairo Alfonso Ramos Jiménez
Si pensábamos que estábamos jodidos, no nos imaginábamos el infierno que aún nos esperaba. Imagen: “Dante y Virgilio en el Infierno” (1619-20), de Filippo Napoletano

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

Cuando era niño escuchaba los rumores que hablaban de una guerra que se desarrollaba en el interior del país, muy lejos de mi casa, entre un gobierno que decía defender la democracia y sus instituciones, y un grupo de hombres que querían apoderarse del poder para darle un nuevo rumbo a la nación que nos vio nacer.

Pero eso no me importaba, ni tampoco a mis amigos; total, la única guerra que nosotros conocíamos era la que hacíamos con bolsas llenas de agua los días del Carnaval donde nadie salía herido o muerto, lo máximo era una bestial mojada y algún golpe por el impacto de la bolsa que al final nos producía un ataque de risa y un recuerdo inquebrantable de lo felices que éramos.

El tiempo continuó su inexorable paso y cualquier día nos vimos en el espejo convertidos en adolescentes. El pensamiento y las acciones cambiaron. Nos sentíamos los dueños del mundo, de nuestro pequeño mundo. Capaces de arreglar los problemas del país en las interminables conversaciones que sosteníamos hasta bien entrada la noche, hasta cuando el grito de nuestros padres nos obligaba a suspenderlas porque ya era demasiado tarde y necesitábamos descansar para la faena del día siguiente.

El cartel anunciaba la llegada de un grupo guerrillero a nuestra zona y exigía la colaboración de cada uno de los habitantes.

Así, una noche, mientras regresábamos a la casa, vimos que un hombre vestido de negro pegaba en los postes del alumbrado público un cartel que nos heló la sangre. Quisimos arrancarlos, pero nos dio miedo. Cada uno corrió a refugiarse en su casa y estoy seguro de que ninguno concilió el sueño porque aquel cartel indicaba que la guerra había llegado a nuestra región.

Al día siguiente, los adultos comentaban, con preocupación, la situación. En pocas palabras, el cartel anunciaba la llegada de un grupo guerrillero a nuestra zona y exigía la colaboración de cada uno de los habitantes para ganar la guerra que sostenían contra el Gobierno nacional.

El miedo se apoderó de todos. Nuestra rutina cambió en un santiamén. Nuestros padres no nos permitían estar en la calle más allá de las nueve de la noche, y se nos ordenó tener cuidado con quien hablamos, ya que según los rumores la guerrilla reclutaba jóvenes para sus filas.

Los campesinos fueron los primeros en sentir el rigor de la presencia guerrillera, quienes llegaban a las fincas, a las parcelas, pidiendo una colaboración, en dinero o en especies. Al principio, la gente colaboró por temor o por tener cierta simpatía con ellos; pero a medida que pasaban los días, la “colaboración” se volvió obligatoria, llenando de miseria y pobreza los campos que antes reverdecían de la abundancia.

Algunos se resistieron y pagaron muy caro su osadía.

Por primera vez en el pueblo se experimentó la nefasta y deplorable práctica del secuestro. El padre de uno de mis amigos fue la víctima. Estuvo confinado en el monte por más de dos meses hasta que sus familiares pagaron el rescate. Volvió flaco, ojeroso y enfermo. A los pocos días murió, convirtiéndose en la primera víctima mortal de una guerra que jamás pensamos que tocaría nuestro terruño.

El pueblo se llenó de rabia y resentimiento ante tanto atropello. Ahora, los secuestros, el reclutamiento de menores, los robos y las extorciones eran el pan de cada día. No se respetaba a nadie. Ricos o pobres, tenían que colaborar con la causa guerrillera.

El alcalde poco podía hacer para enfrentarlos. Pidió ayuda al Gobierno nacional, y éste mandó, por unos cuantos meses, un pelotón de veinticinco soldados que patrullaban las calles del pueblo hasta las siete de la noche; después de esa hora, las otrora bulliciosas permanecían desiertas y silenciosas.

Finalmente, el Gobierno nacional retiró el pelotón de soldados con el argumento de que los necesitaba en otro sector del país que estaba siendo arrasado por la violencia desmedida de los grupos subversivos que querían el poder a toda costa.

De nuevo, el pueblo quedó desprotegido.

El patrullaje de los soldados fue reemplazado por el guerrillero. Cada día nuestras libertades se veían más reducidas, sin que nadie se opusiera a ello.

Una noche, todo cambió. Si pensábamos que estábamos jodidos, no nos imaginábamos el infierno que aún nos esperaba. El refrán popular dice que lo que siembras recoges, y los que sembraron terror y violencia en nuestro terruño fueron confrontados con una fuerza tan letal y sanguinaria como ellos. Aparecieron “los paracos” para disputarles el control de la región.

Había que salvar la vida, antes que nada. Lo material se recupera más tarde, decían.

Los combates eran feroces. Cada bando mostraba sus armas sin consideración y sin importar a quiénes afectaba. Lo único que importaba era quién se quedaba con el dominio de la región.

Ante la dramática situación muchas familias optaron por huir, abandonando sus tierras y pertenencias. Había que salvar la vida, antes que nada. Lo material se recupera más tarde, decían.

Yo no tuve a dónde huir. Mis padres se negaron a salir del pueblo que los vio nacer, crecer y donde querían morir en la paz del Señor. Morir de muerte natural y no de un balazo en la frente. Decidieron que se quedarían a pesar de todas las amenazas que se cernían sobre cada uno de los habitantes de mi pueblo. “El que nada debe, nada teme”, decía mi padre todas las mañanas que se levantaba, y mi madre complementaba con “lo que va a suceder, sucederá”.

El miedo me cobijaba. Pocas veces podía conciliar el sueño. Algunos días no podía probar bocado. Muchas veces pensé en irme y salvar mi vida, porque en el fondo de mi alma sentía que tarde o temprano caería abatido por las balas asesinas de la violencia. No quería morir. Era tan joven, sólo quince años. Aún me faltaba mucho por vivir, por conocer, por aprender y por amar. No podía entender cómo Dios permitía que nos arrebataran esas cosas. Me postré ante el altar de la iglesia exigiendo una explicación, pero sobre todo una solución.

Nunca más se me dio por pensar ingresar a un grupo armado. Tal vez esa fue la forma como Dios me respondió y me protegió.

No obtuve respuesta.

Entonces, me enfurecí contra Dios y contra los hombres. Hasta llegué a pensar que, si me unía a uno de los grupos armados, tal vez podía salvar mi vida. Cuando le comenté a mi padre, por poco pierdo la vida ante la pela que me dio por tan semejante disparate.

Nunca más se me dio por pensar ingresar a un grupo armado. Tal vez esa fue la forma como Dios me respondió y me protegió.

Los golpes que recibí de mi padre fueron en las piernas. Me causaron tanto dolor físico que cuando mi mejor amigo vino a buscarme para ir a la finca de su abuelo, tuve que decirle que no. Me insistió, y por unos segundos estuve tentado a tomarme un analgésico e irme; sin embargo, terminé diciéndole que otro día lo acompañaría, cazaríamos animales salvajes y haríamos un sancocho trifásico.

Dos horas más tarde, mi padre me abrazaba desconsolado. Con voz quebrada me contó la tragedia. La finca del abuelo de mi mejor amigo había sido arrasada por un grupo armado, sin especificar si era guerrillero o paraco, asesinando a todos los que se encontraban en ella, incluido mi amigo.

Lloré porque, si hubiera ido, yo también estaría muerto.

Quince personas fueron asesinadas de la manera más vil, despiadada y miserable jamás vista. No sólo les asestaron un balazo en la frente, sino que los castraron y colgaron en los árboles como farolitos o señales de su crueldad. Además, esparcieron la noticia de que, si alguien osaba bajarlos antes de tres días, correrían la misma suerte.

Nadie se arriesgó a quebrantar esa orden el primer día. Ni la policía se atrevió a hacerlo. Sin embargo, el padre de mi mejor amigo no soportó la situación de saber que su hijo colgaba de un árbol como un despojo humano, así que decidió ir a rescatarlo con la esperanza de convencer a los facinerosos de que lo dejaran bajarlo para darle cristiana sepultura.

Ante esto, los demás familiares se envalentonaron y lo acompañaron.

Los violentos cumplieron su promesa.

Cinco nuevos cadáveres colgaron en los mismos árboles donde yacía la primera infamia.

Malditos. Mil veces malditos. Fue lo único que pude decir cuando me enteré del nefasto y cruel suceso.

La noticia sobre la atrocidad cometida se esparció como reguero de pólvora hasta llegar a los oídos del señor Presidente de la República, quien en un acto de misericordia dispuso un operativo militar de rescate aéreo.

No fue fácil.

Hoy, veinte años después, me encuentro enfrente de la tumba de mi mejor amigo.

Los forajidos se enfrentaron al ejército y, cuando se cumplieron los tres días, desaparecieron sin dejar rastro, permitiendo que los cuerpos fueran bajados y transportados hasta el casco urbano.

La escena de la llegada fue dramática. Las mujeres lloraban, gritaban y se abalanzaban sobre los cuerpos inertes de sus seres queridos. Los hombres entonaban a todo pulmón la palabra justicia.

Hoy, veinte años después, me encuentro enfrente de la tumba de mi mejor amigo. Aún no sé quién lo asesino, ni a él ni a los demás, porque aquella masacre fue tan horrenda que los grupos violentos que se disputaban el territorio negaron ser los autores materiales de tan luctuoso hecho. Ni los procesos de paz firmados posteriormente a ese suceso han podido correr el velo de impunidad; pero yo te prometo, amigo, que no descansaré hasta descubrir quién o quiénes truncaron tus sueños para que puedas descansar en paz.

En el cielo nos vemos.

Posdata: mi hijo lleva tu nombre.

Jairo Alfonso Ramos Jiménez
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