“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
Saltar al contenido

Número de identidad

lunes 30 de mayo de 2022
Número de identidad, por Valentina Saa
No importa si uno muere, le dijo una mujer que parecía un esqueleto cubierto por una piel finísima y los ojos casi cerrados, lo malo es quedar vivo, malherido y debajo de paredes, techos, columnas. Fotografía: Angelo Giordano • Pixabay

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

El rostro de la mujer, que parecía una anciana sin tener tantos años, se contrajo, se arrugó, casi como el paisaje. No, no tenía un número de identidad de su nieto. ¿No está registrado? Sin el número no lo puedo buscar. La mujer bajó la cabeza y volvió a ver al funcionario. El día que empezó la guerra lo llevaría para que tuviera su credencial. No se pudo. Desde entonces sabe que nos tenemos que esconder, que hay que buscar un lugar seguro al que ir, salir del país. ¿Y cómo hago? No tengo medios, soy vieja. Sin el número de identidad del pequeño no podemos ayudarla. Vaya al hospital, a ver qué le dicen.

¿Y qué se cree? He ido a todos los hospitales, a las carpas que sirven para aliviar a los heridos. He visto morir a muchos en mi búsqueda. ¿Y ha visto cuerpos, digo, para que reconozca? He visto pieles arrancadas de sus cuerpos, miembros separados de sus cuerpos, pedazos de lo que fueron humanos. He visto más allá de la guerra: la maldad.

La mujer salió del edificio e inmediatamente comenzó a sonar la alarma. Debía guarecerse para no ser alcanzada por una bala, una bomba, un misil. Ya qué importaba. Los suyos estaban desaparecidos antes de que comenzara el conflicto. Una voz suave, que venía desde el medio de su pecho, le dijo que sí importaba, que siguiera buscando. Además, se sentía sola, el miedo era diferente a los otros conflictos que había padecido. Ahora era algo más que preocupación o angustia, o miedo. Ahora era la vida de un niño, su nieto que apenas había estado en el mundo siete años, que tenía derecho a seguir jugando, a correr con sus amigos, a ir tras una pelota, a soñar con ser miembro de un club de fútbol, a estudiar. A hacerlo en paz.

Y en ese instante todo se estremeció al sonar el estallido de una bomba muy cerca. Llovió tierra sobre todos. Llovió pánico al ver que pedazos de una estructura, cualquiera que fuera, llegaron a sus pies. Parece que cayeron tres edificios. ¿Estaban habitados? No lo sé, dijo un anciano de voz temblorosa. Aquí quedamos pocos.

Los estruendos fueron continuados, casi una hora de explosiones que agredían los oídos, la piel, el alma.

Y con pocos no se defiende una bandera, con personas sin fuerza no se puede sostener ni una piedra. La comida no abundaba, si acaso una vez al día y sin la paz necesaria. El agua para aliviar la lengua seca era escasa.

Los estruendos fueron continuados, casi una hora de explosiones que agredían los oídos, la piel, el alma. Ya ella no sabía si tenía alma, si había muerto y no lo sabía. Si quienes la rodeaban eran cadáveres o personas que se movían por el impulso del terror. No importa si uno muere, le dijo una mujer que parecía un esqueleto cubierto por una piel finísima y los ojos casi cerrados, lo malo es quedar vivo, malherido y debajo de paredes, techos, columnas. Ella, la mujer vieja que buscaba, suspiró, no mucho para no tragar polvo, la filosofía de vida y muerte de aquella pobre que se pegaba a ella no le gustó para nada. Ella sólo deseaba poder encontrar a su nieto e irse a pie de ese país. No quería cruzar la frontera sin llevarlo de la mano. No quería marcharse sin saber en dónde estaba, si estaba bien, si respiraba, si todavía podía admirar lo que le rodeaba, porque era un niño curioso.

Su hija, la madre del niño, partió a otra tierra dos semanas antes que estallara la guerra, buscando un sitio para llevarse a su madre y su hijo. La llamó cuando estuvo en Polonia, de ahí seguía con un grupo que los llevaría a buen resguardo. Mamá, no te olvides de sacarle el carnet de identidad al niño. No te preocupes, esta semana me pongo en eso. Perdieron comunicación con ella. Por eso era importante que el pequeño estuviera registrado, para cruzar varias fronteras sin problemas. Ahora para saber si estaba vivo o muerto, para saber en dónde estaba.

La mujer, ya con sus años encima, le costaba. Al salir del refugio lo que debió ser una avenida ancha era un espacio lleno de escombros, de rescatistas y obreros que se trepaban sobre las montañas de concreto, con perros, en busca de sobrevivientes. Los edificios despedazados, como los cuerpos de las personas, pensó la vieja señora que buscaba a su nieto.

“Ahí no hay nadie”. “¿Cómo vas a saber? Ya todos habían salido”. “Según el mapa…”. Y ella, la abuela que no encontraba a su pequeño, miró lo que la rodeaba y no sabía dónde estaba, no tenía mapa, ni en papel ni en su mente. La ciudad estaba completamente arrasada. No sabía en dónde estaba su casa, este último ataque había acabado con referencias que usó para salir y volver al lugar donde le pudieran dar noticias de su nieto.

Caminó a pesar de que se sentía cansada; el miedo agota, se dijo a sí misma. Llegó a un lugar donde había escombros, cabillas retorcidas como si fueran el eco del dolor que se vivía en lo que fue la ciudad. Vio un grupo de personas congregadas frente a una pared. Había una lista. Había dos columnas, los hallados y en hospitales y los que habían fallecido. Todos catalogados por números. Su nieto no lo tenía, ella no lo llevó a sacarlo. Se sintió como una bala, como una bomba que había atravesado al pequeño. No lo había registrado y sería más difícil de encontrar.

Preguntó a alguien en dónde se encontraban; el interpelado tampoco sabía. No hay ningún referente que nos indique. Siga derecho, hay un refugio donde le darán comida. Hizo caso y caminó.

La distancia se le hizo larga y angustiosa. Temía que en cualquier momento sonaran las alarmas. La desviaron porque había un convoy que estaba retirando cadáveres de la última explosión. ¿Qué era el edificio? Creemos que una escuela. ¿Hay niños? Hay de todo, ya funcionaba como refugio. ¿Puedo llegar hasta allá y ver si mi nieto está a salvo o…?

Irreconocibles. Esa palabra le dio una patada en el estómago, el corazón se le aceleró.

Si me dice el número de identidad. No lo tiene. Será difícil, señora, la mayoría de los cuerpos son irreconocibles. Sólo publicamos el número de identidad. Si alguien quiere retirar a su familiar, lo puede hacer. Medicina forense no aplica en estos casos.

Irreconocibles. Esa palabra le dio una patada en el estómago, el corazón se le aceleró. ¿Por qué no lo había inscrito antes? Debió hacerlo al día siguiente de que su hija se marchara a buscar ayuda, se sabía que la guerra era inminente; claro, nunca pensó que de esta manera. El país completo era escombros, hierros retorcidos. Por donde caminaba había ambulancias, camiones de rescate, algunos llenos de bolsas negras, de esas bolsas mortuorias espantosas. No quería ni imaginar que su pequeño podría estar en una de esas, o en una fosa común.

Perdió el rumbo cuando la desviaron. No llegó al refugio. Preguntó y nadie sabía. Busque resguardo, señora, venga con nosotros. Puede haber un ataque en cualquier momento. Tengo que buscar a mi nieto. Y justo en ese instante empezaron a sonar las alarmas. Un joven que iba en el grupo la agarró y la llevó casi sin tocar el piso.

Entraron en el sótano de protección y el bombardeo fue atroz, pensaron que el techo iba a ceder. Se tapó los oídos, y ni así podía aislarse del ruido. Más que miedo a morir ahí, le causaba pánico y dolor no estar con su pequeño nieto.

Este ataque no fue tan largo, a pesar de la brevedad la ofensiva terminó por arrasar con lo que quedaba de pie y lo peor, la noche y el frío empezaban a arroparlos.

Ya no era cansancio, era falta de vida lo que le tenía débil. No podía dar un paso. En ese momento un hombre la agarró y la fue llevando al refugio, podía ser al que le dijeron o a lo mejor se trataba de otro. Tenía la sensación de estar caminando en círculos.

Una taza de sopa y una rodaja de pan. Una manta sucia y el murmullo de la gente la sacaron de la realidad para caer en el mundo onírico.

Pequeños seres blancos deambulaban ante ella. Todo era verde, habían desaparecido los edificios vueltos pedazos. Ella bajó la mirada y no vio sus pies ni piernas. No se vio a sí misma. Quiso mover las manos y no pudo, quiso gritar el nombre de su nieto y la voz no acudió.

Salió del lugar por una bomba que, seguramente, cayó muy cerca y derribó una pared. Sólo heridos que fueron atendidos inmediatamente. Y el miedo palpitando en el corazón de los que veían.

Un hombre entró y todos se levantaron. Los murmullos coreaban que era el presidente. ¿El presidente de qué? Del país.

La vieja mujer bajó la mirada, apenada, quizá. El silencio dejó escuchar los pasos del hombre y su comitiva sobre los escombros. Se paró delante de ella.

¿Está sola? Sólo pudo asentir. ¿Herida? Negó con la cabeza y entonces elevó sus ojos llenos de lágrimas y le contó de su búsqueda, de su nieto desaparecido. ¿Tiene el número de identidad? No, no alcancé a registrarlo. ¿Dónde estaba cuando empezaron los bombardeos? En su escuela. ¿En la zona? Es que no sé en dónde estoy, no reconozco el lugar. El hombre que era el presidente dio instrucciones y la sacaron del refugio, le dieron un abrigo nuevo y más tibio. Le dieron comida y la llevaron en un auto por los lugares donde se podía transitar.

Ella no se atrevió a preguntar para dónde iban o si se sabía algo de su nieto. Uno de los acompañantes del hombre presidente le preguntó cómo era el pequeño.

Tiene seis, no, siete años cumplió ayer. Es de pelo negro, ojos grandes y muy oscuros, su padre es o era español. Mi hija fue a buscar su ayuda para salir de aquí. El hombre anotó todo. Llegaron a otro refugio. Ahí había mujeres y niños. Ella miró a todas partes hasta que vio una cabeza con pelo oscuro, quieto, muy quieto, no se movía como los demás. Ella, con las pocas fuerzas que le quedaban, se abrió paso, las piernas no le respondían como ella deseaba.

Era él, con la mirada clavada en el suelo, con un brazo enyesado y un parche en la frente. La mujer le tocó el hombro con miedo. El niño volteó, la miró y se abrazó a las piernas de su abuela.

¿Por qué no hablas?

Mi nieto no tiene número de identidad y no podré sacarlo.

Uno de los hombres le explicó que lo encontraron bajo escombros, que no tenía nada en los oídos y que el estar mudo podía ser debido al pánico. Tampoco lloraba. La abuela lo vio con amor y le dijo: “Ya estamos juntos”.

El hombre presidente le preguntó si podía llegar a la frontera. La mujer negó y le hizo saber que no tenía nada. Entonces la llevaron a un camión grande, donde estaban montando a otras personas, le explicaron que dos chicos españoles estaban esperando a algunas personas para llevarlas a su país.

Mi nieto no tiene número de identidad y no podré sacarlo. El hombre presidente le dijo, no se preocupe, le daremos un salvoconducto, que le hicieron en el momento y firmado por él mismo. Le entregaron una bolsa con comida.

Nosotros estamos luchando por salvar el país, acabar con la guerra y aferrarnos a la paz, dijo el hombre presidente. Ya habrá tiempo para que vuelva y le den su número de identidad.

Valentina Saa
Últimas entradas de Valentina Saa (ver todo)