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El golf en los tiempos del corona

sábado 23 de mayo de 2020
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El golf en los tiempos del corona, por José Campione Piccardo
Él vivía de apuestas, las que ganaba con sus palos, pegándole a una pelotita con aspecto de virus.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

“CALIGULA: Écoute-moi bien, imbécile. Si le Trésor a de l’importance, alors la vie humaine n’en a pas”.
Camus, A. Caligula. Acte I, Scène VII, Gallimard, París, 1958 (34)

Desde niño, Conor Ovid O’Kronaghan había soñado con The American Dream, no sólo dormido sino también despierto, y la radio y televisión de la época se lo habían reforzado a niveles extremos (el canadiense que le había tocado en suerte había sido una pesadilla). La bolsa y palos de golf que había encontrado en un bote de basura, jugando hide-and-seek en un callejón en Treffan Court, le había sido determinante: C. Ovid sería un gigante del golf.

Ofreciéndose como caddie, luego como instructor, ganando de vez en cuando algún que otro torneo local y teniendo éxito con algunas apuestas, fue poco a poco haciendo de ello su profesión. Quizás no alcanzaría la consistencia requerida en un pro golfer, ni participaría en ProfessionalTours y nunca ganaría el Masters, pero había logrado hacer del golf su modus vivendi. Su cultura de pub, de poker y de calle en la que había aprendido varios idiomas, su porte de rough playboy, su Brosnan look, el del Bond de Die Another Day, su infalible killer instinct, junto a un espectacular long drive, y también ciertas oscuras conexiones ancestrales, habían facilitado su acceso y ascenso en el exclusivo, elitista, mundo del golf.Torontonian por nacimiento, con antepasados celtas, sin compromisos de familia, O’Kronaghan ejercía su profesión más al sur del paralelo cuarenta y nueve que al norte del mismo. Carecía de green card, pero se lo permitía su visa P-1A Athlete. Su elegibilidad para ella hubiera podido argumentarse, pero nunca había sido discutida (“of national interest”, rezaba un sello estampado sobre su visado, de lo que, comisión mediante, se encargaba cierto grupo neoyorquino acerca del cual no deseaba conocer detalles). Jamás utilizaba un caddie y en los links siempre llevaba consigo su propia bolsa de palos. Solía decir por ello que su estilo de golf era single handed, como el de los veleristas en la Vendée Globe, de quienes llevaba aceptadas varias invitaciones a algunos de los mejores links de Europa (un trofeo de la Vendée Globe adornaba su vitrina, sin que él jamás hubiese abordado un catamarande croisière).

Nadie lo sabía, pero cuando en el tee castigaba la bola con el driver y ella salía en elevada parábola hacia el green, más de una vez había reprimido un grito, un alarido, a la vez de satisfacción y de rabia.

Unas semanas antes, casos fatales de una forma de neumonía viral habían comenzado a reportarse en China. Un coronavirus de murciélago sería la causa. Es lo que se decía. Seguramente algo muy parecido al SARS en Toronto a comienzos del milenio. Pero ese había sido controlado y desde entonces las transnacionales de turno seguramente habrían desarrollado vacunas eficaces contra todo nuevo coronavirus. O quizás no, porque una vez eliminado el SARS, ¿qué incentivo habrían tenido? Varias comisiones habían realizado sesudas recomendaciones y hasta se había creado una nueva agencia con el cometido de preparar un plan de pandemia. Todo lo que habría que hacer sería implementarlo. En el Canadá sería un pequeño brote fácilmente controlable. Y en el resto de Norteamérica, con más razón. Además, O’Kronaghan lo había oído de boca del dueño del club donde se encontraba: “We’re going to be pretty soon at only five people…”. Aunque no había especificado si se trataba de cinco enfermos o cinco sanos, había quienes pensaban que era palabra de Dios. ¿Pero cómo era que el virus había llegado al continente?, ¿No había China cerrado sus fronteras desde el comienzo del brote y evitado los viajes y celebraciones con motivo del nuevo año, el shŭnián, el Año de la Rata? En todo caso sería una enfermedad de inmigrantes, pobres y boomers que nadie necesitaba, y las redes no tardarían en recomendar productos y tratamientos eficaces.

Nadie lo sabía, pero cuando en el tee castigaba la bola con el driver y ella salía en elevada parábola hacia el green, y rodaba rauda sobre él hacia el hoyo empalado con el asta del banderín, más de una vez había reprimido… —viéndola partir, el talle quebrado a la derecha, un pie, el izquierdo, en zambo equinovaro (en ello le ayudaba un ligero pie bot de nacimiento) y el otro, el derecho, la punta del zapato rozando el césped apenas, su mano izquierda enguantada empuñando el extremo del shaft, la derecha susurrando cerca de su oído izquierdo, el Callaway vibrando, resonando oblicuo, suspendido en el aire tras hombros y espalda, el pliegue del codo frente a su cara, presto a recibir cualquier espasmo de tos o estornudo tal como se recomendaba ahora en los noticieros de televisión— …un grito, un alarido, a la vez de satisfacción y de rabia, como el “Hey you bastards I’m still here” de Papillon, flotando boca arriba sobre su balsa de cocos en el mar Caribe. Y no era que O’Kronaghan esperase que la bola proterva entrase de una. Nunca había podido hacer un hole-in-one, ni creía jamás poder lograrlo, ni aún queriendo, aunque no perdía las esperanzas. Era porque sentía que había llegado. Era su grito de victoria por, en cierta forma, sentir haber accedido al mundo de sus amados y odiados ídolos mitológicos, iconoclastas de paisajes naturales, creadores de esas vastas y acicaladas calvas de césped que le proporcionaban tanto placer y dinero, como si esa tierra les perteneciera por sólo el hecho de poseer consensuados permisos y míticos títulos de propiedad, como si realmente tuvieran derecho divino sobre ella.

De hecho, en ocasiones sus bolas no entraban, ni de birdie ni de par, porque a veces fallaba el golpe, la bola no seguía la maldita línea de putt y el hoyo terminaba en bogey. Pero si hubiese querido, muchos de esos golpes habrían resultado en albatross, o condors, o por lo menos en birdies, porque lo esencial en su golf nunca había sido ese pajarito. Él vivía de apuestas, las que ganaba con sus palos, pegándole a una pelotita con aspecto de virus, persiguiéndola con denuedo —a veces a pie, pero las más en cart eléctrico— por parques estériles, sobre alfombra de maquillada Bermuda o acicalado Bent grass (el mismo para el que el golf comentator en la routine de Robin Williams había solicitado silencio para oírlo crecer). De eso era de lo que vivía. Viajaba, las más de las veces invitado, en máximo confort y con todo pago, a los mejores links del continente, a concederle, a quienes desearan arriesgar en él sus cuentas bancarias —por lo general ejecutivos, conocidos artistas, atletas famosos y golfistas tanto amateurs como profesionales—, la insigne oportunidad de cotejarse con él en la muy desatinada creencia de que podrían ganarle, creencia que él solía reforzar con estratégicos bogeys en momentos claves de la partida. Su atractivo era ser una suerte de live-casino a quien los adictos acudían por el placer de jugar y perder su dinero. La diferencia era que en su caso poco era lo que quedaba librado al azar. El arte de O’Kronaghan no era hacer trucos difíciles, ni imaginar golpes imposibles, sino simplemente juzgar carácter, aplicar psicología elemental y jugar mejor al golf cuanto mayor fuese el monto de la apuesta, algo natural en él pero que solía influir de modo inverso en la mayoría de sus oponentes. No se vanagloriaba por ello, pero tampoco lo ocultaba: él era un golf hustler, un gambler a campo abierto en verde de prado, nada que ver con los verdes de encierro como el de los paños en mesas de pool o de poker. No sin razón, consideraba a sus oponentes como clientes a quienes les proveía de un servicio, el que ellos mismos no habrían vacilado en calificar de esencial. O quizás pacientes que acudían a consultarle en su carácter de especialista. Decididamente lo suyo era un apostolado. Y la fe que profesaba —la única posible— era la que se tenía en sí mismo.

El lujo que disfrutaba en esos hoteles le era, por demás, indispensable: esa corte de súbditos pretendidamente igualitarios, siervos perfectos, elegantes, saludables, entrenados, uniformados, solícitos al menor detalle por orden superior: los botones, las mucamas, las recepcionistas, las masseuses, las girls estilo Hefner y sus placeres extremos servidos twenty four seven y à la carte, sin restricciones, sin memoria, sin otro compromiso que el dinero, y esos baños… vivía por lo que gozaba en sus cuartos de baño, verdaderos Jardins des Tuileries de las suites de lujo en los luminosos penthouses de esos enormes hoteles quiméricos y decadentes. Jacuzzies increíbles —dignos de la prolongada apnea en tiempo presente en el horrífico “Guts” de Chuck Palahniuk— verdaderas piscinas de interiores con todo tipo de controles para el movimiento y fuerza del agua, chorros capaces de los masajes más íntimos e inconfesables. “¡Amo esos baños!, ¡qué sería de mí sin ellos!”.

Los conocía bien: ejecutivos de bancos y compañías de seguros solían cruzar clubs con él todo el tiempo y sus ardides financieros eran infinitos.

Hoy había sido un día como todos. Por la mañana, en la piscina del complejo había hecho varias piletas, seguidas de sauna, baño de vapor y masajes. Pero la tarde la había pasado recorriendo el lawn, ganando y perdiendo hoyos, tal como había querido. En el mismo green le habían firmado cheques y confirmado transferencias en su celular. Luego había cenado en superficial compañía, consumido sofisticados platos con nombres en francés que no lograba pronunciar, bebido uno de esos châteaux añejos cuyo mayor placer al paladar había dependido de su precio. En el salón de fumar había disfrutado dos tercios (más le hubiese obligado a tomar conciencia de su estómago) de un sublime Montecristo tres (única concesión del restaurante del club a productos isleños) y humectado sus labios con un raro single malt de las Highlands. Ya en su suite, cumplido el necesario ritual orgiástico con su escort de turno, había disfrutado a full el jacuzzi y se hallaba profundamente dormido en una enorme king size rodeado de una multitud de almohadas a cuál más mullida. Le despertó el celular. Acababa de entrar un email urgente. Era de la compañía de seguros. Debía volver a Canadá de inmediato: el coronavirus y el pánico de la pandemia… debía interrumpir su semana de trabajo, dejar su voluptuosa office ocasional, y volverse ya mismo. Estaban cerrando fronteras. Siendo canadiense no temía no poder entrar, pero debido a la epidemia, el seguro de viaje no le cubriría por mucho tiempo más. Sin seguro de salud, en el lugar donde se encontraba, una hospitalización prolongada podía ser suicida, no necesariamente para su cuerpo, pero sí para sus finanzas. “Tendría que haber sacado un seguro contra seguros… nah!, hubiera sido igual…”. Los conocía bien: ejecutivos de bancos y compañías de seguros solían cruzar clubs con él todo el tiempo y sus ardides financieros eran infinitos, como lo era su capacidad para multiplicar haberes sin que mediase producto o servicio alguno, sólo movimientos de dinero, paradisíacos, mitológicos, invisibles. Por lo menos, él, sus ganancias las conseguía golpe a golpe, “one stroke at a time” —antes lo había hecho con los palos del callejón y aún lo hacía ahora con sus Callaway, la diferencia estaba en el rédito. A pesar de la desinformación general que rezumaba desde el mismo vértice de su volcán de poder, el gobierno del lugar donde se encontraba también pretendía limitar la propagación del virus cerrando lugares públicos y de reunión. Debía partir de inmediato. Aún noche, O’Kronaghan ordenó el desayuno en el cuarto, luego cerró la maleta, hizo una última visita a la fabulosa salle de bain y su sensual jacuzzi, dejó en recepción un sobre con las propinas del caso (esta vez el pago del hotel había sido on the house) y bajó al parking de la clubhouse, a la ventisca cortante de la madrugada en la costa virginiana del Potomac, en el predio de un club de golf privado que jamás le admitiría como miembro, pero que él solía visitar con más frecuencia que muchos quienes lo eran, privilegio de estar al servicio de la superélite burguesa del continente.

Todo iba a ser muy fácil. Lo había hecho antes muchas veces. Ocho horas a lo más. Primero tomaba la siete, luego la quince, cruzaba el Potomac de Virginia a Maryland, luego en Frederick empalmaba con la setenta, la Dwight Einsenhower Highway, cruzaba a Pennsylvania al norte de Hancock, conectaba con la treinta, la Lincoln Highway, en Breezewood la seguía todo a lo largo de su metamorfosis en Interstate ninety-nine, cruzaba a New York en pleno Allegany y completaba el viaje atravesando de Buffalo a Fort Erie por el Peace Bridge sobre el comienzo del Niagara River en el extremo Este del Lago Erie. Y ya casi estaba en casa porque de ahí a Toronto Harbour era un simple paseo por el extremo oeste del Lago Ontario.

Aún dormido, el valet condujo el Audi Q8 hasta el pórtico de entrada, le entregó la llave y depositó su maleta en el maletero. Recostó el bolso del caddie en los asientos traseros y al montar tras el volante se dejó invadir por el beige del cuero nuevo y calefaccionado del Q8, dejando deslizar en él glúteos y espalda, aspirándolo hondo en sus pulmones. Ya en la ruta, viendo amanecer en los Apalaches, O’Kronaghan buscó en el SiriXM la suite del ballet Appalachian Spring de Copland, la que haría que fuese más completa y memorable la experiencia de ese cruce de Alleghanies y Appalachians en incipiente pero muy real primavera. Segundos después la transmisión fue brevemente interrumpida para anunciar que todos los restaurantes ruteros permanecerían cerrados hasta nuevo aviso. “Otra imbecilidad yanqui… No importa. Puedo abstenerme de comer por ocho horas, y en el auto siempre llevo agua para la ruta”. Pero ojalá que agua no hubiese llevado, porque una vez en la ninety nine, cercano al mediodía, notó con horror que todas las rest areas del camino también se hallaban cerradas.

La música de Copland era en lo que se concentraba tratando de olvidar, de ignorar los espasmos lancinantes, las contracciones de Braxton-Hicks con las que su vejiga, preñada y a término, amenazaba con rebosar a cada momento, cobrando ella así una presencia propia y autónoma, a su lado, junto a su persona, pero no ya más él parte de ella. En replay continuo, la música del ballet acababa de recomenzar. La muy lenta introducción había traído algo de calma a los espasmos en su pelvis. Luego vino el Allegro y de pronto una salva de arpegios de cuerdas al unísono y en La mayor inundó el Q8 con flechas sonoras. Ímprobos esfuerzos por contener los efectos de aquellas saetas en el músculo liso vesical parecieron despertar reflejos más posteriores, más rectos y profundos. La lucha entonces se hizo tanto más desesperada por cuanto era a dos frentes o, mejor dicho, a dos retaguardias. Las presencias autónomas que habitaban el interior del vehículo eran ahora tres, una de ellas, la suya, la que, tratando frenéticamente de ignorar a las otras dos, continuaba conduciendo el Q8 en estricto piloto automático. Cuando por fin los tres se vieron cruzando el puente sobre el Niagara, la sola evocación de esa palabra, unida al fatídico nombre del bridge, hizo que algo de rebosamiento fuese inevitable y —aunque no reparó en ello— fue una suerte que el puente no hubiese sido construido con vista a la famosa cascada.

En aquel abominable excusado de frontera no existía la menor traza de nada que remotamente se asemejase o pudiese cumplir la noble función de una mísera hoja de papel higiénico.

Cuando O’Kronaghan entró a la oficina de migraciones, su lenguaje corporal debió de haber sido evidente porque todos los oficiales, con más tapabocas que en un quirófano, se apresuraron a indicarle al unísono el camino del baño. El recinto de aquel retrete todo automático, el velado brillo de sus paredes, el vaho de su aroma almizclado, el íntimo calor familiar que irradiaba su condición de canadiense, hicieron que le pareciera un salón maravilloso. Aún más que las Tuileries de las suites en los hoteles y clubes privados que frecuentaba. Pero no se detuvo a admirarlo y en un solo movimiento, frente a aquel cáliz invitante y misericordioso, desnudó el sur de su humanidad y lo liberó en él, a los designios imperiosos de su propio sistema vegetativo. Junto al súbito alivio, no pudo evitar una carcajada: “¡un hole-in-one!”.

Ya calmadas sus ansiedades, lanzó un suspiro profundo, el que se vio cortado en seco por una revelación, una terrible constatación, causa instantánea de un terror no menos pavoroso que el experimentado en el último tramo de la Interstate ninety nine: en aquel abominable excusado de frontera no existía la menor traza de nada que remotamente se asemejase o pudiese cumplir la noble función de una mísera hoja de papel higiénico.

Decidió, en la demanda, sacrificar su prenda interior —cuyo destino se había visto sellado desde el percance en el Peace Bridge. En migraciones, indicó la carencia de tissue en el baño, la que fue recibida con un gesto de impotencia. El oficial de sanidad hizo especial hincapié en que debía ir derecho a su casa, sin detenerse por el camino por razón alguna, no hablar con nadie como no fuera por celular, y que debía quedarse adentro, encerrado y sin visitas, por el plazo de dos semanas. O’Kronaghan asintió con una sonrisa incrédula, y una vez terminados los trámites emprendió el último tramo del viaje. ¡Todo ese exceso de cuidados por un virus de ultramar que jamás habría de afectar a alguien como él! Hasta su apartamento en el Harbour Front sería Queen Elizabeth Way, all the way. En Burlington, a la salida del Burlington Skyway, como era su costumbre en esos viajes, se detuvo en el Sobeys Extra por algunas vituallas. La desolación de papel en los escaparates le mostró de golpe la razón del gesto del oficial de migraciones —y también, aunque esto nunca llegó a percibirlo totalmente, cuán lejos habíamos llegado en nuestra fascinación y dependencia íntima por esta pulpa de árbol procesada, némesis de amazonias y bosques boreales, desde las hojas firmadas por Gayetty a los rollos perforados de Charmin y Cottonelle, últimos baluartes del confort fugitivo, epítomes del consumismo disposable de un tiempo incierto que se iba, y de lo único acerca de cuya infinitud Albert Einstein no había albergado duda alguna.

Pasada ya la medianoche, frente al gran ventanal, viendo centellear el atardecer allá abajo, allá lejos, sobre la superficie del lago y, repujada en ella, la corona inevitable de islas vacías y heladas, tuvo un estremecimiento. Se sintió cansado, posó el vaso de whisky sobre la coffee table y se dejó caer sobre el terciopelo azul, hundiéndose en el triedro del enorme Dresden modular: “Será cuestión, por los próximos días, de desempolvar el indoor golf set”.

O’Kronaghan cerró los ojos, y pronto el Harbourfront se transmutó en green, la Cinesphere de Ontario Place en golf ball, la CN Tower en putter y la oscuridad del lago en black hole, reflejo del Sgr A-Star del centro de la galaxia en la constelación de Sagitario, la que ahora, desde la altura de su onírica y titánica estatura, podía ver frente a él sobre la línea del horizonte. Pero la colosal fuerza gravitacional del hoyo negro en el lago debió de haber sido sólo imaginaria, porque durante toda la noche, una y otra vez, un recurrente y seco acceso de tos hizo que el gigante del golf fallase su último putt.

No volvió a recobrar conciencia hasta que, suspendido en el aire, desde un rincón en el techo de un pequeño cuarto blanco vastamente iluminado y lleno de maquinarias, vio cómo, alrededor de una camilla rodante, seres en escafandra se afanaban por retirar de su cuerpo yaciente y solitario la sonda intratraqueal del ventilador que segundos antes había mantenido aún viva la esperanza de un día alcanzar “The American Dream”.

José Campione Piccardo
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