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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Marguerite y yo
Diario marzo-abril 2020

domingo 24 de mayo de 2020
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Marguerite y yo. Diario marzo-abril 2020, por Ingrid Chicote
Voy de la mano de Marguerite. Los tiempos de guerra me mantienen el alma en un hilo.

Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario

No se me ha propuesto lucha alguna. La que llevo a cabo, nadie puede conocerla. Yo lucho contra las imágenes de la cuneta oscura. Hay momentos en que la imagen es más fuerte, entonces grito o salgo y ando por París. D. dice: “Más tarde, cuando pienses en esto, sentirás vergüenza”.
El dolor
, Marguerite Duras

Día 1

La angustia epocal me domina. No sé si al terminar este diario pueda compartirlo. Mientras tanto he decidido hacer este registro de la guerra que estoy viviendo. No me invitaron a ella. La decidieron por sobre toda la humanidad. Esta guerra no es como la de Marguerite Duras. Entonces converso con ella para discutir algunos aspectos entre el pasado y el presente. Como diría Orwell sobre el lema del gobierno en 1984. Quien controla el presente, controla el pasado y quien controla el pasado, controla el futuro. Recuerdo a un amigo: tu enfermedad es que lees demasiado. Mi vida es leer.

No viví el terror del ejército franquista pero mis raíces me dejaron en los genes esa impronta ante la injusticia, la persecución, la desaparición y la muerte. Tampoco viví la cacería nazi, pero sí el terror que impusieron los grupos paramilitares que surgieron de los penales donde los delincuentes son libres porque son el brazo armado del gobierno y están amparados por él. ¡Qué irracionalidad! Pero es así. Ahora les llaman privados de libertad. Y lo justifican diciendo “es un mal necesario”.

Nadie se preparó para vivir en un Estado donde el mapa social lo dominara la mafia. Ellos sí tienen sus propios cuadrantes de paz.

¿Y qué somos nosotros? ¿Daños colaterales? Son ellos o nosotros. La guerra en el lugar donde vivo es entre ellos y nosotros. Ellos tienen el poder, nosotros tenemos el miedo. Somos demasiado sumisos para decidir. Si nos hubiéramos puesto en contra de estas acciones quizás algo diferente hubiera ocurrido. Pero no: nos inocularon el miedo y las bandas armadas, robos y asesinatos selectivos nos hicieron retroceder. Quedarnos quietos en la casa. Taima.

Nos prepararon para esto y ahora lo estamos viviendo serenamente. Nadie se atreve a contradecir las órdenes del encierro. ¿Y si fuera verdad lo del Covid-19 y no una trampa porque desmantelaron el Estado y no se puede avanzar? Los veinte años de este nuevo siglo no tienen mucho que envidiarle a los primeros veinte del siglo pasado. En nuestro país tenemos nuestros propios Capones en versiones latinoamericanas: los pequeños jefes y militares que apoyan a los pequeños y grandes capos a lo Pablo Escobar Gaviria.

La mafia organizada es la que manda. Las instituciones la protegen y viven de ella. Las instituciones están llenas de seres humanos que tienen familia. Esos seres son vulnerables. Nadie se preparó para vivir en un Estado donde el mapa social lo dominara la mafia. Ellos sí tienen sus propios cuadrantes de paz. Lo veo en la práctica en el pueblo donde vivo que es como una Mesoprission: entre cárceles.

La confusión total deriva en el hecho de que una orden genera una contraorden. Hay órdenes que son acatadas porque vienen desde el penal. Siempre tendré detractores pero esto es lo que veo, siento, percibo. Es un secreto a voces. Quienes dan la cara desde las instituciones del Estado son unas simples marionetas a las que guían con hilos invisibles. Los enemigos sin rostro conocido son variopintos.

Vivo en una villa —Villa de Cura— tan feudal como las enormes villas europeas de 1400. Los señores feudales se mantienen de los impuestos y los que sufren son los pequeños comerciantes, los artesanos y los pequeños industriales. Si no pagan los impuestos, cierran los locales. Y todo trámite es privado. Lo imponen quienes están detrás de los escritorios. Debería haber más sinceridad y decir que privatizaron la vida. Chantajes por dinero o sexo y sobornos y otras prácticas delictuales de intercambio de dinero por agilizar un trámite es práctica común. Lo prohibido genera mayores ganancias.

No hemos avanzado mucho en el modo de producción. Si estás en contra de lo incorrecto moralmente, si te manifiestas éticamente en contra de los torcidos métodos que se aplican en la administración pública a cualquier nivel y en cualquier situación, te mandan una legión de nuevos comendadores, hoy llamados sicarios. La nueva organización social que ha impuesto la corrupción como norma es casi la misma que en tiempos de los Borgia. Parece ser el mismo escenario pero peor porque es el que estamos viviendo: el siglo XXI.

Una nueva e idéntica manera de exterminio de la humanidad avanza. En el siglo XXI se sigue cambiando oro por espejitos y además es el momento propicio para exterminar lo que camina sobre el planeta y que sobrevivan solamente quienes tienen a mano el poder para explotar las capas más ricas de la Tierra y los productos que, hoy en día, la ciencia desarrollada por los militares de las grandes potencias sí sabe dónde están y para qué sirven. A esa élite no le importa nada. Ellos tienen todo planificado para su sobrevivencia.

Mi pesimismo me precede. Escribo para desasosegar, dijo Saramago. Yo también. Abrir los ojos duele. La ceguera blanca está de moda en este momento donde se implementan las metáforas de Orwell.

Estados Unidos, China, Rusia, India, cualquier país que tenga ambiciones económicas y la tecnología suficiente para mantener su estatus arremeterán contra lo que les estorba para obtener lo que necesitan. Ya lo decía Maquiavelo: el fin justifica los medios. No entiendo la nueva geopolítica pero sé que somos víctima de estas guerras de baja intensidad. Mis oídos perciben vibraciones. Hay un grito sordo a punto de estallar dentro de la Tierra.

Mientras tanto todo lo que nos rodea es temor, grisura, potentes mensajes de desesperanza. Hay que registrar los embates crueles de esta época. El ser humano nunca cambiará. Los poderosos siempre harán de la guerra su modo de convivencia y de equilibrio económico. Mientras tanto la gente sencilla, los descalzos, los desposeídos, la mayoría no puede con tantas estrategias de muerte que amenazan la vida y la belleza.

Estamos viviendo como en la película Los juegos del hambre.

Todo es un asunto de vida o muerte: real o simbólica.

 

Día 18

Es verdad, no tiene el aspecto que tienen todos. Era distraído. Parecía que nunca veía nada, siempre perdido en el corazón de la absoluta bondad. Ella continúa apoyada contra la alacena de la cocina. Siempre perdida en el corazón del absoluto dolor del pensamiento.

Anoche una amiga me comentaba el horror de una aldea en el norte de Italia que había desaparecido a causa del virus. Que todos habían muerto. Que el virus se propagó de una manera inaudita. Tengo un amigo muy querido y muy anciano que vive allá. Un escritor. Pienso en él. Su familia me dice que sobrevivió recientemente a una neumonía y que en estos días estaba en la calle y tosió: la policía lo montó en la patrulla y lo llevó a su casa: No salga, le dijeron amablemente y lo dejaron allí.

Me agrada leer y conversar con Marguerite en la mañana. Su Robert L. tenía ese no sé qué que lo hacía diferente al resto.

No he sabido nada de él. Creo que si muere allá ya hizo la gran mudanza que fue la de despegarse de sus libros. Si el viera el estado en el que tienen la biblioteca lloraría mucho. Uno colecciona sus libros, sus cuadernos, sus papeles de notas, y cuando nos apartemos de ellos nadie les dará valor. Es como si los libros sirvieran para ocupar un espacio útil de cosas que no significan nada pero que son útiles: instrumentos de carpintería, albañilería, herrería, electricidad o plomería. Eso sí tiene valor.

Ayer cambié los libros de lugar. Los limpié cuidadosamente. Encontré un libro que tenía hongos. No entiendo cómo se llenó de hongos. Tuve que hacer un descarte doloroso. Anoche me acosté muy tarde. Vi muchas películas. Leí un poco. Me gusta leer en la mañana. Me agrada leer y conversar con Marguerite en la mañana. Su Robert L. tenía ese no sé qué que lo hacía diferente al resto. Quizás por su fragilidad y por su inteligencia. Por su porte elegante y su manera de comportarse ante el peligro. Su forma de huir de las situaciones.

Ella podía preguntar por él. Yo no podré hacerlo si él llega a desaparecer. Entonces lloro. Qué importa una lágrima más, una lágrima menos. Mi mano derecha amanece hinchada todos los días. No sé qué tengo en esa mano. Me duele mucho. Me duelen los dedos. Esa es la mano del dar y recibir. Se me sigue engatillando el dedo donde va el anillo de matrimonio. Quizás él nunca me regale un anillo y el dedo lo sabe. Se resigna a seguir desnudo y baja las falanges como quien baja la cabeza ante la espera inútil.

Robert L. estuvo en su comando cerca de donde estaba Marguerite. Pero no llegó con sus camaradas. Imagino esa sensación de desesperación, la angustia de no saber nada de él. La terrible espera de no volver a verlo. De saber que estaba vivo hace dos días. Mi amante sigue vivo. No tenemos por qué morir en este momento. Es una locura desatada. Un plan macabro para oxigenar sus métodos de mercadeo y sus bolsas de valores. En diciembre nos dieron un bono en una moneda que no la compra nadie. Intento venderla pero siempre me la devuelven. Las ruedas de intercambio no son nada favorables y el Petro ha venido bajando su valor. Mal síntoma.

Todo huele mal. Como cuando la brisa bate las pestilencias del relleno sanitario y de la empresa Purolomo contra el pueblo donde vivo. Estoy triste. Pasa un camión del ejército. Hace muchos días que pasa por acá. Me pregunto: ¿qué hace un camión del ejército cómo un automóvil de paseo paseándose todas las mañanas por la calle donde vivo? El día transcurre sin ningún asombro. Escucho la radio. El alcalde de mi pueblo cree que al tener un programa de radio es una persona muy importante, un artista. Da instrucciones a la gente. Como los militares que daban instrucciones a los ciegos en el manicomio de Ensayo sobre la ceguera. Sin embargo, esto sólo sirve para alimentar su egotismo, su egoísmo. Su enorme EGO.

Quiere que todos se queden en la casa. Propone que sólo se mantengan abiertos los negocios de expendios de alimentos. Todo lo demás debe cerrar. Me enteré de que igualmente va a seguir cobrando el impuesto a todos los locales comerciales. Si no venden, ¿cómo van a pagar? Han diseñado un instituto para cobrar impuestos, pero es una caja chica. Lo que recaudan no tiene una contraloría. No están obligados a pasar esos ingresos por la Contraloría Municipal. Palabras vacías que sólo llenan bolsillos, una imagen, el poder.

Encerrados como estamos, evolucionamos hacia maneras de comunicarnos y de sentir la vida: darle sentido y propósito a nuestros días de encierro. La existencia. Cada uno de nosotros está poniendo de su parte para someterse a este examen. Estamos protagonizando el gran cambio que la humanidad ha esperado por años. Ya es el punto de no retorno. Todo cambiará. ¿Por qué nosotros no?

 

Día 20

De Gaulle ya no espera nada, nada más que la paz, sólo nosotras esperamos aún, con una espera de todos los tiempos, la de las mujeres de todos los tiempos, de todos los lugares del mundo: la espera de los hombres volviendo de la guerra.

En tiempo de guerra y en tiempo de paz los hombres esperan paz. Quisiera comprender en qué consiste esa paz. ¿En perderse entre los libros? ¿En ir a tomar con los amigos y no ser recibidos con reclamos? ¿En mirar la televisión hasta quedarse dormidos? ¿En hacer el amor cuando y con quien les provoque? ¿En encontrar pares con quienes poder intercambiar sus pensamientos o sus acciones? ¿Buscar una hazaña? ¿Quedarse quietos, como quien se convierte en parte de la casa para no ser molestados ni por el ruido de una mosca?

Hablo con el polvo de las cosas. Escribo desatadamente. Acabo de hablar con mi hija. Está aburrida de estar encerrada.

No entiendo la paz de los hombres. ¿Se conforman con ser los proveedores? ¿Con ser quienes terminan decidiendo qué hacer con la casa, con el carro, con la vida? ¿Cómo es la paz de los hombres? ¿Cómo se preocupan por los hijos? ¿Su paz está en que ellos siempre estén bien y que no les den dolores de cabeza para estar tranquilos? No entiendo la paz de los hombres. Es una rara manera de hacer la guerra, de mantener el dominio de todas las cosas. Silenciosa y soterradamente.

Aquí, en medio de esta tarde que avanza, me encuentro hablando con las paredes. Hoy están más verticales. Hablo con el polvo de las cosas. Escribo desatadamente. Acabo de hablar con mi hija. Está aburrida de estar encerrada. Ojalá que aproveche estos días para vivir amorosamente con su hijo y con su esposo. Me pregunto cuáles serán los cambios que encontraremos después de la cuarentena. ¿Cómo habrá cambiado el mundo? ¿Se habrá instituido el nuevo orden mundial? Recuerdo a mi amiga Marie Lynnan.

Ella lo advirtió en noviembre en una reunión de escritores. Dijo que estábamos a las puertas del gran estallido mundial. Pero no hubo oídos serios que la escucharan. Los escritores que estaban allí, los hombres, las autoridades, la descalificaron no haciéndole caso a lo que decía. No tomaron en cuenta su opinión. No les interesaba mostrar esa advertencia que ella nos hacía. ¡Claro! En cuestión de política, lo que opinen las mujeres fuera de una mesa de tragos o fuera de una cama no sirve de mucho. En nuestra cultura lo importante son los tragos y el colchón. Por eso hay tanta gente seria al margen de todos los asuntos del Estado y el Estado en manos de sujetos despreciables que desmontan la belleza y miden, con su tabla rasa, la igualdad. ¿A qué igualdad se refieren? ¿A la igualdad entre ellos y a la imposición de la pobreza para todos? ¿A la igualdad de un pensamiento único y obediente? ¿A la igualdad de un grupo de personas vestidas del mismo color en calidad de sumisos, cual nuevos esclavos del feudalismo, que rinden pleitesía a los señores feudales y a sus cortesanas?

Nadie nos escucha a las mujeres. Sólo toman de nosotras lo que les sirve para convertirlo en algo propio. Como pasó con la investigación que llevaban las mujeres celtas y druidas sobre las plantas medicinales. Fueron acusadas de brujas, quemadas en la hoguera y reducidas a cenizas. Mientras tanto todos sus libros sobre farmacología se convirtieron en el vademécum de los médicos de la Edad Media, reconocidos por las universidades. Las grandes sacrosantas instituciones.

Mientras escribo espero que cuando termine esta cuarentena no existan más horrores. Tengo la esperanza de eso. A veces me aterran las lecturas que he hecho sobre el destino al que estamos sometidas las mujeres en tiempos de guerra. Ojalá podamos equivocarnos y que estemos protegidas. Me aterra pensar en eso. Lo escribí hace tiempo. No quiero repetirlo. Sara espera. Se fue para ayudarnos. Yo no quería que se fuera. Quería que se quedara aquí con nosotros. Pero supongo que era su destino. Ella tomó su decisión con mucha firmeza. No pude detenerla. Fue una decisión suya. Nunca le perdonaré a su papá que la hiciera responsable de la familia. Lo que le hacemos a nuestros hijos, a veces es irreversible. Ojalá pueda volver a verla algún día.

He escrito poco en estos días. No tengo muchas ganas. He tenido que descansar la mano derecha. Ese dedo que se me engatilla. Me preocupa amanecer todos los días con la mano derecha muy inflamada. No puedo ir al médico. La salud es privada y es la verdad. Intentaré seguir mi tratamiento natural y con la acupuntura.

Creo que estoy muy tensa por esta situación. La comida, no tener trabajo en época de guerra, se me acaba la reserva. Me quedaré tranquila. Haré un poco de café. Cerraré por hoy e iré a ver la tele. Creo que buscaré películas de humor a ver si olvido un poco de lo que me acorrala dentro de mí.

 

Día 21

En L’Art et la Guerre, Frédéric Noel dice: “Unos se imaginan que la Revolución artística
es un resultado de la guerra; en realidad las guerras actúan en otros planos”.

El artista anticipa. Por eso muchos no respetan el hecho artístico. Sepultan a quienes advierten las consecuencias de las aberraciones en lo político y en lo económico. El artista intuye. Reconoce el ambiente sombrío cuando la oscuridad letal se cierne sobre la vida. Reconoce los rostros de la hipocresía y de la mediocridad. Reconoce la falsedad. Por ello son tan mal reconocidos ciertos artistas que han hecho de su obra luces para la humanidad. También sucede con algunos científicos. Y tuercen sus descubrimientos y terminan sepultándolos en un mar de opiniones que confunden a quienes los investigan. Todo es una contradicción. Max Jacob, Skinner, Simone de Beauvoir, Updike. Se volvieron símbolos del sistema opresor.

Los grandes artistas nos han prevenido desde siempre. Nada dura para siempre. Los estados de felicidad son leves.

El hecho artístico y los grandes inventos preceden a las guerras. ¿Acaso Dante no nos ha advertido las maneras de entrar en el infierno? Sólo a través del infierno podemos llegar a planos de alta luz. La paz no existe. Cada vez se vuelve más lejana. Ya ni siquiera es la utopía. Es la paz de la cotidianidad. En esta época se ha matado a la utopía. Se enterraron los sueños de justicia y de igualdad y nos han puesto un tapabocas.

Pareciera que hay que cuidarse del virus, pero su simbología va más allá. La de tragarse la realidad, las palabras, los gritos, la impotencia. Tragarse las mentiras fabricadas en los laboratorios psicológicos de todas las agencias de inteligencia de las corporaciones políticas y militares. ¿Cómo llegamos a esta guerra? ¿Quién nos involucró en este sistema de perversidad? ¿Quién nos hizo blanco del deseo de ser eliminados? ¿Cómo regresaremos a nuestra cotidianidad?

Los grandes artistas nos han prevenido desde siempre. Nada dura para siempre. Los estados de felicidad son leves. Los que siempre se mantienen son los estados del miedo y de la ira. Y no la ira de Dios. La ira humana que es devastadora porque viene impregnada de la avaricia. La codicia nos ha hundido. Lo han advertido los seres sensibles. El grito de Munch, por ejemplo, es el grito de todas las épocas de horror. Antecede la angustia de la guerra y se perpetúa. Esa angustia, ese grito…

Los cuadros de Modigliani nos hablan de la gente en períodos de posguerra que también serán períodos de preguerra: de sus cosas tristes, de sus zapatos raídos, de su mesa con flores secas y frutas mallugadas. Los artistas nos hacen mirar otros mundos. Mundos imposibles y también mundos inimaginados. Magritte haciendo llover hombres con sombreros y paraguas desde el cielo. ¿Qué nos habrá querido decir? Mundos donde la radio no suena, donde los pájaros están hechos de papel y las mujeres son muñecas gordas que no pueden seducir al pintor.

La frase de Éluard es una Perspectiva ¿del presente? ¿Del futuro? Ya sabemos que el pasado fue así: Un millón de salvajes / se disponen a combatir. Las fotos de Dora Maar, las cartas angustiosas de Antonin Artaud, pueden ser interpretaciones del mundo real pero también de un angustioso, intranquilo y deforme futuro. Siempre ha sido lo mismo. Si vamos mucho más atrás en la historia, hemos domesticado los miedos y los hemos convertido en ficción. E. T. A. Hoffmann nos regaló El hombre de arena. La imagen monstruosa que se perpetúa en todas las épocas de la humanidad: el miedo y angustia del futuro. El comprender que nuestra vida no está en nuestras manos.

—¡Ah, mi pequeño Nataniel! —me contestó—, ¿no lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los niños cuando no quieren irse a la cama y les arroja un puñado de arena a los ojos haciéndolos llorar sangre. Luego los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos.

Así son todas las guerras: comienzan con meter miedo a la gente que está despierta. Luego viene la locura. La disociación. La muerte de la esperanza. La incertidumbre. Esta metáfora de Hoffmann seguramente fue producto de una convocatoria del pasado, del presente y del futuro: siempre el miedo y la incertidumbre atrapando lo mejor del espíritu humano. La guerra tiene componentes menos metafóricos. Es la concreción del estado de pánico, la muerte, la destrucción de todo lo conocido. Pareciera que la guerra no iba a alcanzarnos a nosotros. Pensar en eso unos años atrás me parecía impensable. Aunque sabíamos que El hombre de arena vendría.

Pero nos montaron el escenario y, pese a las alertas que se encontraban encendidas, no lo vimos con claridad. La función de los poderosos era dominarnos con los medios que sofisticaron. Es la misma guerra un poco más persuasiva. Y mordimos el anzuelo. Fuimos la carnada más preciosa y ahora nos encontramos ante esta encrucijada que parece que acabará sin saber cómo. Caímos en la trampa del poder y vamos hacia la autoaniquilación. Subestimamos el poder del orden mundial y confiamos excesivamente en nuestra determinación.

Todo es una gran conspiración. Nos espían. Lo sabemos. No sabemos quiénes.

Hay que ser objetivos: las corporaciones son las que mandan. Más que ciegos, fuimos sordos: Saramago nos lo dijo muchas veces. Lo que sucede ahora es una nueva repartición del mundo. Y nosotros somos territorio en pugna. ¡Y pensar que creíamos que éramos dueños del Esequibo! Qué tontos hemos sido. Qué torpes nuestros políticos. Ninguno se salvará de la responsabilidad de lo que nos han hecho. Y nosotros tendremos que aceptar lo que venga porque no tenemos el poder de decidir. Eso tiene que ser la lección aprendida. Estamos sometidos por un poder invisible, pero sumamente extraordinario.

  • Nos dividieron, fragmentaron y fraccionaron en lo individual y en lo colectivo. Nos hicieron pelear entre nosotros y cada lado de la fracción juró tener la razón y la defendió hasta con su vida.
  • Nos desmovilizaron a través de falsos enfrentamientos donde murió mucha gente. Nos enfrentaron en una pequeña guerra civil. Así como la madre de Nathaniel le suavizó el horror de quién era el hombre de arena, fue la criada de la casa quien le dijo la verdad. Las mentiras vinieron de la televisión. Suavizaron los discursos. Instituyeron el odio y luego el miedo para poder controlar.
  • Nadie se percató de la inteligencia de las corporaciones políticas: nos dejamos enfrentar, nos dejamos dividir, nos desmovilizaron posteriormente, nos desmoralizaron, nos desmotivaron e instituyeron la corrupción como método de accionar en todos los aspectos de la administración de ese poder.
  • Nos cerraron los espacios para decir cosas y al decir cualquier verdad enseguida salían los autómatas en cayapa a hacer juicios morales que luego se concretaban en juicios más efectivos: Ley del Odio, por ejemplo.
  • Las cosas no estaban bien y los de arriba (izquierda y derecha) no querían escuchar los gritos de protestas. Nos quedamos con el grito sordo de Munch. Una mueca que hablaba alto. Ellos sabían que tenían que soltar al monstruo y luego poner los límites.
  • La desmovilización permitió que nadie pudiera desplazarse con libertad por el territorio. Aunado a eso la falta de efectivo. Todo un plan para mantenernos en el mismo lugar.
  • Nos alertaron con las películas. Alguien nos alertaba. Matrix, Los juegos del hambre, Avatar, El planeta de los simios, y el dale con La guerra de las galaxias… ¿Qué nos están diciendo? Nos están alertando. Cada día nos colocan más películas de guerra. ¿Es para que nos acostumbremos a que ese será el futuro que nos espera? ¿Matar o morir?

Yendo al pasado, los reportajes de Gellhorn sobre las mujeres y los niños en la guerra civil española o en cualquier guerra donde fue corresponsal, llevaban una verdad sentida al mundo que quería información sobre los rostros de la guerra. Ella hizo su trabajo hasta finales de los años 80. Su vida fue de la más pura soledad porque sabía que algunas de sus informaciones fueron censuradas, y dentro de ella, como mujer sensible, sabía que la gente que moría era la que no tenía poder. Los ejércitos por lo menos respondían por sus muertos. ¿Quién respondía por los daños colaterales?

En este momento somos daños colaterales. Estoy consciente de que esto que escribo no querrá leerlo nadie. Como el silenciamiento que le hicieron a mi Otro ensayo sobre la ceguera. Pero como todo esto ha sido escrito desde mi verdad, quizás alguien se pasee por estas líneas para encontrar una lógica a este tiempo de tremendas mentiras, diseñadas en laboratorios. Me conmueve el destino del periodismo. Ya no hay esfuerzo para decir la verdad. El objetivo es ocultarla, distraer al público y arrodillarse ante el poder.

Todo es una gran conspiración. Nos espían. Lo sabemos. No sabemos quiénes.

Gracias a Edward Snowden sabemos que nos miran. Que nos controlan. Que saben qué estamos pensando. Qué hacemos. Sabemos que somos un número en el gran computador. Que pertenecemos a direcciones IP. Nos espían. No tenemos vida privada. Todo lo saben. No hay secretos. Entonces todos sabían que esto iba a suceder e hicieron las estrategias perfectas para que la gente lo tomara con obediencia. No nos hemos dado cuenta de cuánta represión nos han aplicado. Nos han metido presos. Somos rehenes del sistema. De cuánta opresión. Mientras tanto, en la radio local, suena una canción de Rubén Blades: Sin tu cariño.

Me gusta escuchar la radio. Hace meses estoy escuchando el eco de las canciones que van colocando. Es un seguimiento al pasado. Una evocación de que todo tiempo pasado fue mejor. Es como una manera de readaptarnos al futuro que vendrá pronto. A la nueva forma de gobierno que se instalará. Y todos estarán de acuerdo. Fuimos rebeldes por un tiempo, por un momento. O tuvimos la ilusión de serlo. Pero no podía durar mucho. Ellos tienen el poder y la experiencia de torcer el rumbo de la historia de los países. Son quienes tienen el poder y el control. Ahora, ¿quiénes son esos quiénes? He allí la gran pregunta.

El artista se anticipa, percibe el futuro, siente los signos del tiempo, sabe diferenciar entre la verdad y la mentira. El artista de verdad reconoce las falsificaciones. Crea belleza hasta de lo más triste. Esa es su función social. Los poderosos tienen sus macabras estrategias de muerte y aniquilación bien diseñadas. Por eso quienes están en la lista de los que deben ser aniquilados son los artistas. No los que están al servicio de la causa de los poderosos. Esos no son artistas. Son mercenarios. Me refiero a los artistas que saben que no los pueden reducir, que no los pueden acallar y que, aun silenciándolos, siempre serán una luz en el camino. No se asesina el valor, la dignidad, la libertad, la capacidad para el análisis ni mucho menos la postura crítica ante el sistema perverso, de asco, opresor. Si no lo fuera, ¿cómo podríamos añorar la libertad, la dignidad y la fraternidad?

 

Día 22

Es el fin del mundo. Yo no muero contra nadie. Simplicidad de esta muerte. Habré dejado de vivir. Me es indiferente, este momento de mi muerte me resulta indiferente. Muriendo, no me reúno con él, dejo de esperarlo.

Hago un examen. Estoy llena de papeles, historias, momentos. Nada de eso sirve para comprar comida. Al escribir esto me doy cuenta de que hay que comenzar a vaciar la casa nuevamente. Ayer le regalé a mi hijo la armónica que acompañó a mi tío Miguel cuando atravesó los Pirineos, huyendo hacia Francia en la fatídica guerra civil española. Pienso comenzar a regalar las cosas valiosas a mis hijos. No he visto a Alejandro. Tampoco ellos se han comunicado conmigo. Es cuando pienso que lo mejor que puede suceder es morir. De todas maneras sucederá. Más tarde o más temprano. Mi amante quiere vivir mucho tiempo. Yo sólo quiero 65 años. Me he programado para morir a los 65 años. En un estado de salud aceptable.

No llega de una vez, tampoco se va. Por eso morir me liberaría de esperarlo. Por lo menos Robert L. estaba en la guerra y Marguerite no sabía si había sobrevivido a los nazis.

Ya comienzo a tener algunos achaques. El engatillamiento de los dedos de la mano derecha, las piernas dormitadas por las noches, la inflamación de los brazos, los dolores de espalda, las micciones frecuentes de día y de noche. Quizás es que tengo mucho por lo que vivir pero también tengo muchas razones para no querer seguir adelante con esto. Estoy tan cansada. Creo que ya lo he visto y vivido todo. El abandono, la imposibilidad, la ausencia, el olvido. Si no fuera por algunos amigos queridos, quizás ya no estaría escribiendo.

Yo sé de desolación y de resistencia, de lucha y de fracaso, de ausencias y presencias, de terquedades y de vencimientos, de mentiras y verdades. He vivido y mi vida ha sido satisfactoria. La vida que me procuré me sorprendió de más. Me dio más de lo que yo esperaba y me sigue dando. Lo único que esperé mucho, con ansiedad, con deseo, con sinceridad, era no pasar sola la vejez. Soñé que mi amante y yo podríamos terminar juntos. Pero no. No será así. Lo sé. Hay que abrir los ojos. Por eso escribo estas líneas. No llega de una vez, tampoco se va. Por eso morir me liberaría de esperarlo. Por lo menos Robert L. estaba en la guerra y Marguerite no sabía si había sobrevivido a los nazis.

Mi amante no está en guerra militar. Sus batallas son otras. Yo no quiero ser su droga. No quiero ser su alucinación ni su oxígeno. Soy una persona. Quizás creo que no puedo relacionarme con otra persona. Mis pocos intentos han sido fallidos y terriblemente demoledores. Él dice que no ha tocado a otra persona desde que me conoció. ¿Será verdad? La única relación estable y concreta en mi vida, en estos últimos veinticinco años, es con mi amante. Quizás porque es a distancia y no me limita a ser diferente a la que soy. Protejo su necesidad de volar y yo le garantizo seguridad y prudencia. Tanta prudencia que nunca diré su nombre. No lo delataré. Ni por él ni por su familia.

A él le gusta así. Quizás porque no quiere asumir ninguna responsabilidad conmigo. Se lo he dicho. Le dicho que para él es cómodo tenerme. No corre riesgos. El mayor riesgo que corre es cuando tenemos sexo virtual. Ya no me satisface eso. Siempre es lo mismo. Busco entre las letras nuevas significaciones. Un estado de ánimo menos derrotista. Una emocionalidad que no encuentro en esta soledad abrumadora. De nada vale reclamar un espacio cierto. Sé que no obtendré más de lo que lo tengo: una casa vacía y mil despojos.

Voy de la mano de Marguerite. Los tiempos de guerra me mantienen el alma en un hilo. No quiero presenciar más pérdidas. La única que me queda es la pérdida de la razón. Paseo la casa y cada vez se hace más grande. Más silenciosa. Si no fuera por la radio estaría en la más absoluta soledad.

Ingrid Chicote
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