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Danza rarámuri

domingo 10 de enero de 2021
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Danza rarámuri, por Juan Pineda Olvera • Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1
Batopilas carga con el estigma de ser donde nueve de cada diez de sus habitantes viven en condiciones de pobreza, en uno de los lugares más pobres de México. Fotografía: Adventures Great and Small

Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1

Este texto forma parte de la antología publicada el 10 de enero de 2021 con textos de 15 autores que cursaron el Taller de Cuento de Letralia

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Icaré se siente orgullosa de haber nacido en Batopilas en el fondo del cañón; en el emblemático estado de Chihuahua, de vivir en una cueva formada por rocas enormes de montaña que, por la manera de estar encimadas —cuando se encienden los primeros rayos de sol—, dejan ver una ráfaga de luz que ilumina el humo que se produce en la cocina, cuando saltan los frijoles negros en la olla como chapulines vivos en el comal y cuando guisan la carne de conejo cazado en el desierto, que ha estado oreándose en el tendedero fuera de la cueva, por unas semanas antes del periodo invernal. El humo y el hollín de la cocina que los han acompañado durante toda la vida parecen tan amigables, pero son, en parte, responsables de haber enfermado los pulmones y quitado la vida a varios integrantes de la familia, entre ellos a la mamá grande, su abuela de sesenta años. El humo invade toda la casa —tan grande afuera y diminuta por dentro—, formada tan sólo por un cuarto que sirve al mismo tiempo de dormitorio, cocina y baño para cinco personas.

Las leyendas de las abuelas cuentan que las cuevas de Batopilas se formaron en el origen del universo.

Batopilas carga con el estigma de ser donde nueve de cada diez de sus habitantes viven en condiciones de  pobreza, en uno de los lugares más pobres de México.

La cueva donde viven Icaré y su familia se encuentra exactamente en el fondo de las barrancas, del lado opuesto a la cima del cañón; opuesto, no sólo en ubicación orográfica sino en condiciones socioeconómicas, a donde se levanta una majestuosa y lujosa construcción que alberga el hotel más controvertido de la región, que recibe el turismo internacional —entre lo prehistórico y lo moderno, entre la pobreza y la opulencia—; consigna el refrán “juntos pero no revueltos”.

Las leyendas de las abuelas cuentan que las cuevas de Batopilas se formaron en el origen del universo, cuando el magma incandescente y enfurecido fue moldeado por las manos de los dioses para darles figura y belleza a las montañas; en las cuevas se incubaron los huevos de dinosaurio que más tarde dominaron la planicie. Al paso de millones de años y del tránsito de esas bestias gigantes, entre lluvias torrenciales, dejaron las huellas de sus pezuñas en forma de pozas donde el agua se encajona, y así se formaron jagüeyes, aljibes y presas; lo que a su vez dio origen a cientos de especies de la flora y fauna, endémicas. Grupos primitivos crecieron en esas cuevas, dominados por el instinto de supervivencia, procrearon a sus descendientes, dejando a su paso grabados en la roca, imágenes de hombres corpulentos, de largas piernas y proyectando puntiagudas lanzas sobre animales salvajes; otros, recolectores de frutos, y unos más, corriendo tras la bola de piedra y jugando entre las rocas, en la profundidad del cañón y en la planicie del desierto. La fuerza y gravedad del agua, el viento de la montaña junto a las manos de los dioses, esculpieron grandes canteras, dejando como obras maestras hongos, árboles, castillos, elefantes y hasta falos tan enormes que parecen ser parte de la anatomía de hombres gigantes, extraídos de cuentos fantásticos.

Icaré es primogénita, poseedora de sangre rarámuri que heredó de sus padres. Su madre, una mujer fuerte, de gran cabellera retorcida sobre la cabeza que al frente deja ver su espectacular koyera y, al posar sentada en una foto, representa la gran guerrera de la montaña. Dice Icaré: “Puedo ver a mi madre Maparú con su blusa floreada y sus varias faldas largas encimadas, estampadas y bordadas con colores vivos, describiendo los episodios fantásticos de la historia de mi pueblo, con animales y flores de la región; con sus huaraches de piel de cabra, atados con cintas al tobillo”. A su padre, Abijú, lo describe como un hombre de piel bronceada, vestido con un taparrabos sostenido con su ceñidor y camisa de manga corta a cuadros; era tan veloz como una gacela, era corredor, dedicado a la caza y a la fabricación de artesanía: cestería y utensilios de madera.

A 20 grados bajo cero, el 24 de diciembre, no tenía qué cenar para celebrar la Nochebuena, no tenía ropa para abrigar del frío a sus críos.

Icaré lamenta las condiciones deplorables que ha sufrido su entorno en los últimos años. Sin escuela ni agua, sin lluvias ni cosechas. Ha visto cómo de los bosques y lluvias en que podían correr por la barranca y cazar animales del campo, han pasado por la gran sequía, en donde sólo han caído lluvias aisladas que no han permitido juntar agua suficiente para abastecer a la comunidad a lo largo de varios años. Hoy, Icaré tiene veinticinco años, con tres hijos, dos varones, Abijú, el chico, de diez años, y Arihué, de ocho; así como Chícuri, de siete. La vida de Icaré está marcada fuertemente por la de Maparú, su madre. Una mujer grande pero no de edad, pues apenas acariciaba los cuarenta y cinco años; era grande, porque en esas tierras la muerte se lleva a las personas de no más de sesenta, por la rudeza de la vida que llevan. En el cañón, dice Icaré, se vive en libertad, el desierto es nuestro, con los pies ligeros podemos volar hacia donde queramos, podemos trepar y alcanzar las estrellas o bajar al cañón y sostener la luna en los espejos de agua cristalina en las noches oscuras de invierno. Respiramos aire puro y es lo único que nos mantiene vivos, pues sin suficiente agua para beber y escaso alimento, el cuerpo se debilita, el sol calcina la piel, la marca, la tatúa, la agrieta, marca los años que van pasando en cada arruga como lo hacen los círculos del tronco de un árbol, que cada uno representa un año de vida, entre más grueso, más viejo se es. Maparú murió hace cinco años, bueno, no se murió, se inmortalizó, fue como una llamada de atención a todos los que saquean y roban a su pueblo, a los que dejan morir a su gente. Cuando, después de dos años de ver cómo se consumía el cuerpo de sus dos hijos pequeños, en un completo estado de inanición, falta de alimento y agua, se fue muriendo en vida, salía a la pradera y no encontraba nada para darles de comer. Maparú iba a diario a la iglesia y en un acto de desesperación hablaba en el altar, esperaba encontrar respuesta en un dios que la escuchara, que oyera sus plegarias, que la ayudara: “Diosito, por favor, te ruego que me des comida pa’ mis hijos, no te pido que me la regales, ya sabes que yo soy mujer de trabajo y me la sé ganar, pero mándame la lluvia, deja que crezca la yerba, que los árboles den fruto, y que la cascada nos traiga agua, que Batopilas se llene de peces, que los zorzales vuelen y que las águilas puedan contemplar el gran espectáculo que es este bello lugar donde nos has dado el privilegio de nacer. Mis hijos no tienen la culpa de lo que pasa aquí en el pueblo, de que, por ser indios, los ricos nos quiten nuestras tierras, que nos hagan sus esclavos; no dejes que los políticos nos den de comer palabras huecas y nos roben nuestra riqueza, que se lleven nuestros minerales del subsuelo, y la esencia de nuestros bosques, que talen los árboles y se lleven la madera, que nos roben lo que tú nos diste”. Pero Dios sólo la escuchó, agachó la cabeza y fingió como si la Virgen le hablara; no pudiendo responder a las súplicas de la madre en desesperanza, quedó de manos inmóviles en el crucifijo. Maparú continuaba: “Los ricos cortaron la madera y se fueron, no llueve y el maicito que sembramos no se cosecha, las gallinas ya ni huevos ponen, los venados son escasos y ahora los protegemos de los depredadores, el sol es cada vez más agresivo y hasta a los chivos y perros tenemos que ponerles bozal y botas de cuero para que no rasquen las papas que plantamos en el fondo del barranco para poder subsistir”. Y así, Maparú no se fue sola, se llevó a mis hermanos. Era una noche oscura y a 20 grados bajo cero, el 24 de diciembre, no tenía qué cenar para celebrar la Nochebuena, no tenía ropa para abrigar del frío a sus críos. Se fueron, recorrieron varias horas de camino, se los llevó al lugar más alto del cañón, es la cima de Urique, a unos 1.879 metros de altura, mi madre —dijo Icaré—, desesperada los tomó de la mano, los abrazó y se despidió de ellos. Los tres hicieron la ceremonia de Napitshi Noligura, la raspa del jículi, saboreaban el peyote y la mescalina generó una vorágine de fantasías; las danzas de matachines no se hicieron esperar. Faltaban unos minutos para la medianoche, cuando dejaron volar el espíritu aprisionado y deprimido que llevaban dentro, se comunicaron con Dios, besaron la tierra y los árboles, dieron gracias a la naturaleza por lo que les había dado y reclamaron lo que otros les habían arrebatado. Ella besó a sus hijos, los bendijo, después hicieron una rueda, bailaron, entonaron sus canciones, bebieron tejuino de maíz y cuando los astros anunciaron en el firmamento el nacimiento de Jesucristo, en un gran alarido se lanzaron al precipicio, volaban como papalotes en el horizonte de verano, como paracaidistas dando espectáculo, haciendo acrobacias, como águilas en picada, en el cielo oscuro hubo rayos de luz y relámpagos de lluvia, en un estruendoso grito que hizo vibrar el centro de la tierra, todos los vecinos salieron a observar la tragedia que había ocurrido. Al entrar los cuerpos en contacto con la tierra, se levantó una nube de vapor que emulaba la fusión de los mortales con los dioses. Maparú llevaba sujeto en su mano derecha un amuleto que le había obsequiado su abuela, una tortilla dura petrificada por el paso de los años, pasada de generación en generación, como símbolo del alimento, para que nunca les faltara.

Ahora doy la vida y la de mis hijos porque soñamos por un país mejor.

Hoy, cinco años después, Icaré, aunque no se explicaba por qué su madre había tomado esa decisión tan fuerte, pensaba que la pobreza no se heredaba, que ella nunca sería tan pobre y que probablemente fue porque a su madre no le enterraron el cordón umbilical al momento de nacer en la tierra de Batopilas, y como dice la gente “se lo comieron los zopilotes, por eso se estaba volviendo loca”. Pero hoy es diferente, es primero de julio del 2018, día de elecciones. La población tiene que votar por nuevo presidente, es una nueva esperanza, no quiere más muertes por hambre ni por enfermedades de pobres. Una nueva razón para vivir, no más corrupción. Ni un rarámuri más muerto por no tener qué comer. Se encaminó con sus tres hijos para hacer la ceremonia del jículi, danzaron durante mucho tiempo y enlazadas sus manos con la de sus hijos, aprisionó en su mano derecha el amuleto que le quitó a su madre.

Emprendían de nuevo el vuelo para llegar a fundirse con la tierra del cañón. Ahí Icaré recordó cuando su madre le platicó sobre su nacimiento: hizo el ritual de jículi, bebió tejuino, danzó alrededor de la fogata, dibujó la cruz en la lumbre y, al momento del parto, se abrazó del tronco de un árbol, se colocó en cuclillas con las piernas abiertas —así le dijo el chamán—, pero lo que nunca le comentó Maparú es que se había olvidado de cortarle el cordón umbilical, pero Icaré sentenció: “En realidad hoy esa no es mi locura. Ahora doy la vida y la de mis hijos porque soñamos por un país mejor”. Eran las doce de la noche, las estrellas presenciaban el desenlace, la historia se repetía, el vuelo colectivo era la última parte de la danza, la madre y sus hijos con las manos enlazadas se lanzaban al barranco; la oscuridad de la noche dejaba ver un arcoíris brillante, llovía intensamente, el aire olía a libertad, en unas horas, en las urnas, se disputaría el futuro del país, se escribiría una nueva historia…

 

Juan Pineda Olvera

Juan Pineda Olvera

Escritor mexicano (Teotihuacán, 1957). Es licenciado en Enfermería y Obstetricia y maestro en Investigación de Servicios de Salud, por la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam), casa de estudios en la que se desempeña como profesor en la carrera de Enfermería. Además es doctor en Enfermería en Salud Pública por la Universidad de São Paulo (Brasil). Integrante del Taller de Creatividad Literaria de la Facultad de Estudios Superiores de Iztacala (Fesi) de la Unam. Estudió en la Escuela de Escritores José Emilio Pacheco bajo la coordinación del escritor Eduardo Cerecedo, en Tlalnepantla. Ganó el primer lugar en el Concurso de Calaveras Literarias de la Fesi-Unam (2017). Ha participado en diversas publicaciones colectivas de poesía y cuento. Ha publicado el libro de crónicas y poemas Enfermería: palabras en movimiento (Ediciones Gazella y Marea, 2018 y 2020) y los poemarios Suspiro de volcán (Ediciones Marea Baja, 2019) y Sueño de pájaros (Ediciones Marea, 2019).

Juan Pineda Olvera
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