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Perdón, mi amor

domingo 10 de enero de 2021
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Perdón, mi amor, por Gabriela Paz López Leal • Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1
No siento las piernas, ni los pies, ni los dedos, no siento mi corazón latir, no siento la intensidad de mi respiración.

Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1

Este texto forma parte de la antología publicada el 10 de enero de 2021 con textos de 15 autores que cursaron el Taller de Cuento de Letralia

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Tengo la sensación de llevar horas sentada en el banquito del piano y él, sentado en el borde de la cama, inmóvil, sin siquiera mirarme. Entre tanto silencio me parece poder escuchar el latido de su corazón, como un bombo que no se va de mis oídos. Lo observo, sin notar ningún cambio aunque ahora una gotita brilla en su mano derecha; rápidamente, con la mano izquierda, la cubre, como queriendo borrar la evidencia de su llanto. Parece que ambos nos quedamos sin palabras, ya dijimos todo lo que nuestras bocas podían pronunciar. Qué incómodo momento, pienso, debería irse. Pero no es pertinente que yo diga nada, ni siquiera que pregunte, sería más apropiado que él pueda decir algo que me haga sentir mejor, quizás un insulto o esas palabras feas que le dices a las personas cuando te hacen sufrir. Pero nada, parece no querer herirme y su silencio parece que me apuñalara por dentro. Deseo, con todo mi cuerpo, que algún sonido nos saque de esta monotonía horrible, pero nada. ¿Tendré que ser yo quien rompa con toda esta solemnidad?, pienso sin obtener ninguna respuesta que pueda convencerme. Respiro profundo, observo toda la habitación buscando alguna ocurrencia para quebrar esa densa sensación de tristeza que flota por todo nuestro departamento. La cafetera, nuestra cafetera, esa puede ser mi salvación. Lentamente me pongo de pie, luego de haber tenido esa gran ocurrencia. Para mi sorpresa, sin dudarlo él también se repone rápidamente, cómo imitándome, y fija su mirada llorosa en mis sorprendidos ojos, que ahora tiemblan sin control. Con una voz desconocida para mí, me pregunta a dónde voy; le digo casi como una pregunta que prepararé café y le ofrezco, pero él sin mirarme se desploma en la cama y lanza un grito desolador.

—Yo te amo demasiado, Lucía.

—Quizás ese sea el problema.

Un blanco en mi cabeza impide que pueda juntar palabras apropiadas para responder.

—¿Qué?

—Nos amamos demasiado y el amor nunca debe ser demasiado, porque cuando algo es demasiado significa que sobra…

—¿Sobra qué?…

Nuevamente ese silencio tenebroso se apodera del departamento, ya el sol ha dejado de brillar y la noche parece estar en curso. Quieta, inmóvil, a pocos pasos de todo, incluso de él, pero sin poder accionar sobre nada. No siento las piernas, ni los pies, ni los dedos, no siento mi corazón latir, no siento la intensidad de mi respiración, sólo siento una voz en mi cabeza que me exige no ser egoísta, necesito dejarlo ir. Hoy sé que no soy suficiente para él. Siento un frío en mis mejillas, un frío color azul, celeste cielo, un frío que sale de mis ojos y vuelve a mi boca como sin querer escapar. Por fin él se levanta de la cama, me observa como si quisiera mirar dentro de mí, camina hacia la ventana muy despacio, sin dejar de mirarme. Mis pies anclados en el piso son incapaces de obedecer las órdenes que envía mi cabeza. Por la manera en que se escucha su voz, supongo que no sólo mira por la ventana, sino que además ha dejado de llorar.

—¿Qué hicimos mal? —me pregunta.

Pero un blanco en mi cabeza impide que pueda juntar palabras apropiadas para responder. Unas ganas inmensas de mirarlo surgen desde mis tripas, necesito saber si él llora. Giro bruscamente, está ahora sentado en el borde de la ventana y parece ser él quien ahora quiere hablar.

—Siéntate —me dice como dando una orden.

Obedezco, sintiendo que es lo mínimo que puedo hacer por él en una circunstancia como esta. Nunca había terminado una relación, en mis treintaitantos, nunca dejé a nadie y menos a alguien con quien había sido inmensamente feliz. Pensé que era el momento en que me tocaría sufrir la ira de sus palabras, sin duda me las merecía, pero no. Con la dulzura de siempre él quería explicarme que todo estaría bien y que siempre podíamos hablar para resolver las cosas. Pero no, yo sabía que había algo que era más fuerte que todo, más fuerte que el amor, que el haber construido un hogar y una vida juntos. Más fuerte que ser el uno para el otro, más fuerte que cualquiera de los sueños en común que ya habíamos cumplido durante los doce últimos años de nuestras vidas, en que habíamos compartido días e insomnios. Por un instante, me había parecido sumergirme en mis pensamientos, pero su voz, más ronca que nunca, me trajo de vuelta al frío departamento.

—¿Qué te hace falta, qué necesitas para seguir siendo feliz? Lo tenemos todo, o no, quizás no, pero todos los sueños que hemos tenido los hemos cumplido juntos, ¿o hay algo más?…

—Nada más, sólo que cuando lo soñé, cuando soñaba todo esto era maravilloso, pero ahora parece insuficiente… perdón, mi amor, perdón, pero claramente no medí las consecuencias de mis deseos.

—¿Mi amor? ¿Te parece decirme “mi amor” si quieres que me vaya?…

—Que quiera que te vayas no quiere decir que no seas mi amor. Yo te amo. Pero parece no ser suficiente…

—¿Suficiente para quién?… Cada palabra que dices me hace entenderte menos, no te reconozco.

Él, por primera vez en esta noche, parece decidido a cumplir mis deseos y salir del departamento que habíamos remodelado juntos años atrás. Yo, inmóvil, sentada en el borde de la cama, casi sin poder controlar las lágrimas, no puedo dejar de pensar que en todo lo que dice tiene razón y que todo lo que digo son excusas para poder dejarlo ir. Sólo sé que necesito que se vaya, con el menor dolor posible y evitando cualquier sufrimiento futuro para él, el hombre con quien desearía pasar el resto de mi vida. Por suerte, ya que mi cuerpo cuasi moribundo no logra emitir ningún movimiento, él se detiene justo antes de abrir la puerta y entre lágrimas me pregunta qué fue lo que cambió esta tarde. Como un milagro, me da una nueva oportunidad y acercándose a la cama se arrodilla frente a mí, toma mis manos y mirándome fijamente a los ojos me dice que no hay nada en el mundo que a él lo hiciera separarse de mí. Tratando de controlar las lágrimas que brotan de mis ojos, lo abrazo bestialmente, como una garrapata me aferro completamente a su cuerpo y, rendida ante tanto sufrimiento, le suplico que no se quede por lástima junto a mí después de lo que voy a confesar. Casi sin respirar y hundiendo con todas mis fuerzas mi cara en su pecho brotan de mi boca las palabras que desearía no tener que mencionar jamás.

Con las últimas fuerzas que me quedan, me siento rápidamente en la cama, aprieto mis ojos para no presenciar el desenlace de esta terrible agonía.

—Nunca podré darte un hijo.

Borrosos recuerdos de ahí en más. Supongo que fue él quien me alzó para ponerme en la cama. No sé cuánto tiempo pasó, ni qué hice desde ese momento en que le expliqué que no podríamos cumplir juntos el sueño de ser padres, ese que él me contó como tal el día que nos conocimos casualmente en ese hospital. Despertando como de un sueño, mirando el techo oscuro, convertida nuevamente en una niña, con miedo, con una angustia que aprieta el pecho pero que no ahorca lo suficiente como para no sentir dolor. Con las últimas fuerzas que me quedan, me siento rápidamente en la cama, aprieto mis ojos para no presenciar el desenlace de esta terrible agonía. Luego de unos segundos, siento cómo sus brazos y todo su cuerpo se funden nuevamente en un abrazo junto a mí. Lo separo bruscamente. Lo observo, nos miramos a los ojos, como siempre, como siempre antes. Su mirada calma me irrita, me descoloca. Me hace dudar si dije lo que pienso o simplemente lo soñé.

—¿Por qué me miras así? —pregunto confundida.

—Te desmayaste, Lu.

—No quiero tu lástima, ya te lo dije.

—No se trata de lástima, Lucía.

Con la dulzura de siempre acerca su mano a mi cara. Basta, le grito, sacando a golpes su cuerpo de mi lado. Como un animal defendiendo a sus crías, lucho contra su cuerpo, grito, lo lastimo, como sacando la ira desde mi vientre, ese que no podrá criar a un pequeño ser que nazca de este amor. No me controlo. Lastimarlo a él parece cesar en parte mi dolor. No pienso. No siento nada, sólo una impotencia que me enceguece. Él, recibiendo cada uno de mis golpes, como un mártir. Decidido a terminar con este dolor, me abraza, con tanta fuerza como amor. Sujeta mis manos, reduce mi cuerpo débil, cansado. Me abraza hasta que ceden mis fuerzas. Respiro. Me rindo y mis latidos parecen armonizarse con los suyos. La calma y el silencio se apoderan de este campo de batalla, como esa inmensa calma que viene luego de una gran guerra. El silencio, en ese abrazo, se interrumpe por un suspiro que parece ser la bandera de la paz que presento ante mi enemigo, quien susurrando en mi oído me dice que no hay nada en el mundo que lo haga separarse de mí.

 

Gabriela Paz López Leal

Gabriela Paz López Leal

Escritora chilena (Antofagasta, 1988). Es licenciada en Dirección Escénica formada en la Universidad Nacional de las Artes (UNA) de Buenos Aires, Argentina. Además tiene el grado de monitora de teatro por sus doce años de estudios en el Liceo Experimental Artístico de Antofagasta. Vivió ocho años en Buenos Aires, donde creó junto a Gabriela Manildo la compañía Capricornio Teatro, de la cual hoy es codirectora. Ha ejercido como docente de teatro en colegios y escuelas en su ciudad natal. Actualmente, de regreso en Antofagasta, se desempeña como directora del Proyecto Quiero Ser, y como asistente creativa y administrativa en la Escuela de Artes Emunáh.

Gabriela Paz López Leal
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