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Vastedad

domingo 10 de enero de 2021
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Vastedad, por Roberto Kuri Exsome • Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1
Toda la casa, todas las cosas, parece que han aumentado sus dimensiones, sus límites variantes juegan contigo y las cosas no terminan donde tú creías.

Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1

Este texto forma parte de la antología publicada el 10 de enero de 2021 con textos de 15 autores que cursaron el Taller de Cuento de Letralia

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Te has levantado hoy mas no despertado porque no has podido pegar el ojo en toda la noche. Finalmente, las sombras van desapareciendo conforme el sol hace su presencia. La niebla que desde hace tres meses puebla tu mente impide ver con claridad. Los últimos días han sido lentos, como intentar respirar sumergida en melaza; más las noches que los días. Una presa al acecho de los recuerdos: esconderse para que no te encuentre la ausencia, refugiándote en un rincón narcótico, cada vez más difícil de alcanzar, como si este dolor que te desgarra te diera cierta inmunidad a los efectos sedantes de tanta pinche pastilla. Dejas la cama rápidamente pues pasar más tiempo del debido te hace conciencia de la vastedad de las sábanas: un extenso mar que en lo tranquilo, en lo inmóvil, conlleva la amenaza, está ahí para ahogarte, atraparte, mantenerte quiescente. ¿Será así el infierno: una interminable quietud que te impide respirar? ¡Basta, no vayas por ahí, detente!, te dices otra vez, antes de desplomarte en la espiral de tu maléfica mente. Y es que no sólo es la cama: toda la casa, todas las cosas, parece que han aumentado sus dimensiones, sus límites variantes juegan contigo y las cosas no terminan donde tú creías. ¿Todo ha crecido o soy yo la que ha encogido? Ese día se incineraron más cosas que sólo tu cuerpo ajado. Te fuiste como faraón llevándote tus posesiones más queridas. Me depositaron a tu lado y ardimos juntos. Será por eso que siento bocanadas de ardor, el cuerpo expulsando la piel, dejándome en carne viva. Eso explicaría tu sed insaciable, no alcanzas a apagar el fuego que te consume lentamente. Tu cuerpo tardó tres horas en convertirse en cenizas, a mí me llevará toda una eternidad.

La autocompasión merodea. Sabes que ahora sí puede ser definitiva. Nunca te sobrepondrías.

Llegaste como todos: en medio del caos y de algarabía. No tenías un lugar predestinado, tuviste que abrirte paso a codazos y empujones. Ser la hija número siete de ocho no es asunto sencillo. Una jungla fue tu casa. Y había que sobrevivir. No sólo de las costas llegaron los huracanes, el vendaval provino de adentro. Corazones estallaron, uno tras otro, con sólo seis meses de diferencia. Y de pronto, tu jungla era un campo minado. Todo lo que tenías explotaba al mínimo contacto. Diez años son pocos para que te consideren indispensable y son muchos para pasar desapercibida. Huérfana era una palabra que recién aprendías. ¿Cómo aguantar? Como lo habías hecho hasta ahora: el mundo no puede ser más hostil que esa casa. Así que apretaste los dientes, cerraste tus puños y guardaste todo ese dolor en un cofre. No había espacio para la compasión pues bien sabías que te desmoronarías. “¡Salvaje, rebelde, hija de la chingada!”, te gritaron muchas veces, desconociendo que esas palabras más que herirte te confirmaban que era el camino y los modos correctos. Esa inquietud no era otra cosa más que la necesidad de empezar de nuevo, borrón y cuenta nueva. Todo de cero, a mi manera, como siempre tuvo que ser, no dejabas de rezar. Una búsqueda de tu lugar, de donde perteneces, en donde no puedes fingir porque no es necesario. Los tiempos fueron señalando el camino: Si nadie me quería en su familia, yo haré la mía, faltaba más. Pero no te apresuraste. Supiste darle tiempo al tiempo. Gozaste tu momento y llegó el caballero soñado. Y te aferraste a él como tabla de náufrago, sin saber el pobre madero que al salvarte lo salvabas. Porque te dedicaste a tallarlo y darle forma. La masa se amoldaba a tus caprichos y necesidades. Y él bien que se dejaba hacer. Muchos mares había ya navegado. Te convertiste en un buen puerto donde quemar las naves. Y erigiste una pequeña tribu. Renunciaste a todo lo que eras para convertirte en una nueva persona: te reinventaste, empezando por tu apellido que talaste para dar cabida a uno nuevo. Con pocos resultados, aunque no pudo ser de otra forma, pulverizaste tu pasado, tu memoria, pues cuando se hacía presente, dolor era lo único que hallabas. Y fuiste la guía. Y mostraste el camino. El mantener esa línea no fue fácil. Muchas lágrimas acompañaron tus pasos. Y el día de hoy, cuando caminas, a ciegas, dudas de lo que fue, de lo que fuiste, de alternativas y opciones diferentes.

Hoy has decidido, otra vez y otra vez más, no claudicar. La autocompasión merodea. Sabes que ahora sí puede ser definitiva. Nunca te sobrepondrías. La armadura está muy desgastada ya. ¿Será esta la última batalla?

La tormenta desgarró tu vida. Armaste como bien pudiste una cobija hecha de esos retazos dando como resultado la tela más bella jamás vista porque no sólo da calor sino también esperanza, alegría, valentía, tenacidad. Y aún hoy, en el ocaso de tu vida, para muchos nos resulta una capa de superhéroe que otorga coraje y autoestima.

No te despidas todavía, no de mí.

 

Roberto Kuri Exsome

Roberto Kuri Exsome

Escritor mexicano (Córdoba, Veracruz, 1974). Es oncólogo de profesión.

Roberto Kuri Exsome
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