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El oro de los tontos

domingo 10 de enero de 2021
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El oro de los tontos, por Juliette Jiménez de González • Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1
La mirada de Ana Julia volvía desde el principio, en donde se especificaban de manera muy ordenada y detallada las características no sólo del anillo que quería, sino de otras opciones en las que se describían diversos metales, aleaciones, quilates y precios disponibles por la casa joyera.

Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1

Este texto forma parte de la antología publicada el 10 de enero de 2021 con textos de 15 autores que cursaron el Taller de Cuento de Letralia

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Se graduaba la niñita de los ojos de mamá y de papá. Ocasión más que propicia para premiarla por tantas pestañas quemadas, de interminables noches en vela, y por el esfuerzo de toda una vida dedicada al estudio y al saber en su colegio.

Mamá, que era tan particularmente dada al excesivo afecto y al consentimiento por el hecho de tener hija única, hasta colmarla de amor a manos repletas y corazón lleno, quería obsequiar a su muchachita con un también único y especial anillo de graduación. Pensaba que las ocasiones de felicidad en la vida eran bien pocas, y había que conservar dichos momentos con un recuerdo sólido y duradero. Por ello consultó con papá previamente sobre su idea, y el padre de la criatura, que era más práctico en su parecer y proceder —el diploma y una medalla escolar para él hubieran bastado—, también comprendía que lo expuesto por su mujer era comprensible, así que accedió sin objetar a la solicitud y deseos de ésta, para gratificar a su hija.

El viejo Ringemann había llegado a Caracas por allá por los años de María Castaña, tras la ola migratoria europea de la posguerra.

Los Gutiérrez, que no constituían una familia de potentados, ni mucho menos, pero que apreciaban lo bello y perdurable, aparte del valor sentimental que el caso ameritaba, se decidieron por escoger la sortija de su hija en uno de los más nobles metales: el oro. Una vez determinado esto —nobleza obliga—, la madre, que llevaba por nombre Ana Julia y que, aunque no lo admitiera, sí tenía algo de complejo de prosapia entre sus venas, enfiló todas sus energías y su tiempo en localizar a un joyero reputado que otrora, en la Caracas saudita, había engalanado tersas manos, delicados dedos, largos cuellos y refinados lóbulos de las más rancias y linajudas familias mantuanas.

Logró la eficiente Ana Julia dar con el renombrado joyero, que llevaba por nombre Walter Ringemann. Para ello se dirigió hasta San Bernardino, donde aún vivía su ya anciana tía Alesia, y que podía proporcionarle a su sobrina, además de este útil contacto, todos los pormenores de la vida y obra del señor Ringemann, porque aquélla era todavía una de las sobrevivientes de aquella Venezuela faraónica de los años setenta. La entrañable tía le había dicho previamente a Ana Julia que el viejo Ringemann había llegado a Caracas por allá por los años de María Castaña, tras la ola migratoria europea de la posguerra, decidido a escapar del apacible y bucólico lago Zúrich, para probar suerte entre estos estridentes parajes tropicales.

—¿Y como para qué quieres resucitar al viejo Walter, querida sobrina? —preguntó entre extrañada y curiosa la tía Alesia—. Que yo sepa ese señor se murió hace aaañooos.

—Tía, no te salgas con la tuya otra vez. ¿Es en serio? Me haces cruzar la ciudad entera para echarme todo el cuento del fulano joyero, y por último con tu cara muy lavada me anuncias que el hombre está muerto. Tú sí tienes agallas —Ana Julia estaba que echaba chispas porque sentía que había perdido parte de su valioso tiempo.

—Bueno, mija, pero es que si no es así, no vienen a visitarlo a uno. Los viejos somos siempre un fastidio. Deja la angustia y el afán, y te quedas un ratico más conmigo, que ya ves, vivo aquí más sola que una arveja, porque con esta no cuento mucho. ¿No quieres otro cafecito? Déjame decirle a esta que te lo traiga­ —la tía le tenía franca animadversión a su fiel acompañante y se refería a ella como “esta”, desdeñoso detalle que Ana Julia notó en su tía, pero que lo dejó pasar porque conocía al personaje con el que guardaba parentesco. No había caso.

—Ya sé que soy un caso. Pero mira, mi queridísima sobrina, nada te turbe; que tengo el contacto del heredero de Ringemann. Dicen que trabaja de maravilla, pero yo no lo creo. La gente joven es muy irresponsable y no tiene el menor sentido de compromiso ni de palabra empeñada. Nadie como el verdadero señor de los anillos. Porque era todo un Señor. Así. Con essse sostenida. Igual, si te interesa… ¡Esta niña! Pásame esa libretica, que el número está ahí anotado. Sí, ahí sobre la mesita de los santos. Ajá. Me lo pasó mi amiga Margot, que tú sabes que aun vieja y todo como yo, siempre anda de punta en blanco y es todo brillo y encanto, aunque sea dentro de la casa, y no le importa que le timen los poquitos centavos que le quedan. Aquí lo tienes. Anótalo en tu teléfono y en tu memoria, que de seguro no lo vas a olvidar. Al heredero, digo. Pero después no vengas que no te lo dije, pero qué se le hace: la juventud no escarmienta en cabeza ajena.

La tertulia entre tía y sobrina se extendió más de lo debido, pero a Ana Julia le satisfizo saber que finalmente había dado con la persona que le haría el anillo más lindo del mundo para su hija. Sí que le inquietaba un poco lo dicho por la tía Alesia, pero lo atribuía a que la gente mayor comúnmente se resiste al cambio y no es ciertamente muy dada a la novedad y al relevo generacional. Así que no continuó concediéndole mayor importancia a las palabras que le fueron dichas a manera de ¿advertencia, o tal vez sapiencia de viejo diablo?

De igual manera, y olvidándose momentáneamente de los consejos de su tía, ese mismo día, después de volver a casa, cenar y contarles a Isabel, su hija, y a su marido, Alfredo, sobre el singular encuentro vespertino con la tía, Ana Julia decidió contactar al joyero. Se llamaba Carlos. Así. A secas, porque en el directorio telefónico de Alesia únicamente figuraba como tal. Sólo en paréntesis —recordaba luego la sobrina— aparecía un signo de interrogación al que Ana Julia en su momento no le prestó mayor atención, hasta el momento de traer nuevamente esa imagen a su memoria, y que despertó en ella una sensación como de acertijo o enigma. La luz azul de su teléfono celular hizo que se concentrara ahora en buscar el número, y seguidamente la mujer escuchó una voz al otro lado del teléfono.

—Sí, diga.

—Buenas tardes, le habla la señora Ana Julia Gutiérrez. Mucho gusto.

—Encantado, señora Gutiérrez. Soy Carlos Olmo. ¿En qué le podemos ayudar?

En esas fracciones de segundos en las que Ana Julia escuchó por primera vez el apellido del joyero, su intuición la llevó inmediatamente a preguntarse a sí misma: “¿Será que podré pedirle peras a este olmo?”.

—¿Aló? ¿Aló? —inquiría la voz al otro lado del teléfono.

—Sí, sí, sí. Escucho perfectamente. Lo llamo porque necesito pedirle que me haga un anillo de graduación. Mi hija termina el bachillerato y me gustaría que ella tuviera un bonito recuerdo por haber terminado sus estudios de secundaria, y…

Como siempre, lo que logró con sus cuentos infinitos fue que el consorte se quedara profundamente dormido y roncando.

—Cómo no, señora Gutiérrez. Claro, imagínese. Es un buen motivo para regalarle algo distintivo a su hija. No se preocupe, que nosotros con muchísimo gusto le haremos ese trabajo, si así lo desea. ¿En qué tipo de metal lo prefiere?

—Oro. De oro. Pero no tan ostentoso. Usted sabe, ahora que vivimos entre tanta inseguridad, quisiera algo bello y durable para mi hija, pero muy, muy discreto. Que los ladrones campean a todas horas del día y de la noche, y no conceden tregua. ¿Pudiera usted enviarme el presupuesto para ello?

—No faltaba más, señora Gutiérrez. Por supuesto. Le estaremos enviamos el presupuesto mañana a primera hora. Atendiendo a sus deseos, creo que a la señorita le iría muy bien una sortija realizada en oro de catorce quilates. Que no es tan bajito como un oro de diez quilates, pero tampoco tan alto como uno de dieciocho o de veinticuatro. Y así complaceríamos su apego a la discreción. ¿Cómo le parece?

—Perfecto. Le escribo por Whassup mi dirección de correo electrónico y espero entonces por el presupuesto. Muchas gracias, señor Olmo. Que tenga buenas noches.

—Muy bien, señora Gutiérrez. Quedo de usted muy a sus órdenes. Buenas noches.

Así terminaba Ana Julia su primera aproximación con el joyero, quien le pareció en extremo educado y tan de buenas maneras: “Como la gente de antes. Me encanta. Seguro también haya heredado la gentileza del ‘Ssseñor de los anillos’ del que me habló mi tía Alesia”, dijo la muy entusiasta y espontánea sobrina. Se lo comentaba incluso a su marido ya en conversaciones de almohadas y, como siempre, lo que logró con sus cuentos infinitos fue que el consorte se quedara profundamente dormido y roncando, pero alcanzando a decir entre bostezos: “No te obsesiones. Ten presente que es sólo un detalle para la memoria”.

A la mañana siguiente, y mientras saboreaba un pan tostado y café muy humeante, la señora Gutiérrez leía en el encabezado de un correo su apellido, cuyo remitente aparecía bajo el nombre de Bright Stars Jewelry, y que, como era de esperarse, estaba firmado por Carlos Olmo; un tanto más abajo, podía también leerse la palabra Jeweler en caligrafía Edwardian Script. Muy royal. La mirada de Ana Julia volvía desde el principio, en donde se especificaban de manera muy ordenada y detallada las características no sólo del anillo que quería, sino de otras opciones en las que se describían diversos metales, aleaciones, quilates y precios disponibles por la casa joyera.

Pero ella estaba ya determinada. Desde luego, había previamente inquirido a Isabel, la graduanda, su hijita amada, cómo quería su anillo.

—Mami, a mí me gustaría dorado. Pero como tú siempre terminas diciendo la última palabra, la verdad es que me da igual. Total, no creo tener elección. Nunca.

—Ay, no digas eso, mi gooorda. Tampoco es que yo sea una dictadora suprema. Yo sieeempre te pregunto antes de decidir. No vengas tú.

—Okey, mami. Como tú quieras estará bien. Ahora dame espacio, que después te pones intensa —respondió Isabel anticipándose a lo que ella definía como la clásica retahíla sermoneadora de su mamá—, y además necesito concentración porque estoy llenando la planilla de inscripción para la universidad. ¿Sí?

Ana Julia se descomponía cada vez que su hijita del alma se dirigía a ella de manera tan parca y tan áspera (digna hija de su padre), pero recordaba que ella también fue adolescente y que esas antipatías típicas de la edad finalmente pasan. De todas maneras, no dejaba de rezarle diaria y religiosamente a la que ella llamaba “mi santa express”: santa Rita de Casia, santa de los imposibles, para que le obrara el milagrito de que su hija se convirtiera en la perita en dulce que su madre tanto anhelaba. “No es fácil esto de ser mamá; no queda de otra que abandonarse a la fe. Definitivamente”, se repetía a sí misma como mantra de vida, y confiaba plena y ciegamente en los milagros de la Providencia.

Como decidió confiar enteramente en Carlos Olmo para darle forma a todo lo relativo a sus deseos, Ana Julia le devolvió a éste un breve correo escribiéndole: “Anillo de oro, catorce quilates. Talla: por definir”. Listo. La abnegada y competente madre envió sus especificaciones. Resolvió pedirle a una amiga el modelo de su anillo de graduación, pues ella había estudiado en el mismo colegio de su hija, allá por los años ochenta, para efectos del troquelado: Promoción L…, Año 2…, colegio M… y el lema. En el correo también le hizo saber al joyero, escribiendo un P.S., su intención de visitar la tienda para hacerle llegar el modelo de la sortija de su amiga, y aprovechar además de llevar a Isabel para que le fuera tomada la medida exacta del anillo, ya que ésta tenía unos dedos muy esbeltos y delgados. No como los dedos de tequeños de su mamá. Gracias a Dios que su hija no heredaba esa infame genética.

A Ana Julia le llamó poderosamente la atención que Olmo no accediera a que ellas fueran a verlo en la tienda.

No pasó mucho tiempo cuando, de vuelta, Ana Julia recibía una contestación a su correo. Carlos Olmo le hacía saber que había leído con detenimiento sus requerimientos, pero que no se preocupara; que si no le importaba, él mismo iría a su casa a tomarle la medida a la señorita, para que no tuvieran, ni ella ni su hija, la molestia de salir a gastar gasolina sin necesidad. El joyero quedó en visitarlas el día jueves de esa misma semana, a las cuatro de la tarde. Que si llegara a presentarse algún inconveniente, por su parte o por la de ella, que se comunicaran por teléfono, de manera más práctica y expedita.

A Ana Julia le llamó poderosamente la atención que Olmo no accediera a que ellas fueran a verlo en la tienda. Su extrema curiosidad la llevó a revisar el primer correo intercambiado en el que Bright Stars Jewelry le había enviado el presupuesto, y se dio cuenta de que el único domicilio fiscal asociado a esta empresa se ubicaba en la ciudad de Miami. Una búsqueda rápida en Google le permitió conocer que efectivamente la empresa existía, que había sido registrada hacía relativamente poco tiempo, pero que como President y Agent figuraban los nombres de dos personas que no eran Carlos Olmo. Mientras toda esta información digería, Ana Julia sentía cómo un resonado eco zumbaba en sus oídos: eran las palabras que a manera de sobre aviso le había manifestado su tía, y que su sobrina había tomado con cierta ligereza.

Aun así, y, luego de la suspicacia inicial, Ana Julia quiso pensar que tal vez Olmo sería uno de los socios de la compañía, pero que no necesariamente debía aparecer en el registro de la misma ejerciendo alguna función visible. Lo que sí fue visible y audible tenía que ver con la notificación de un mensaje por WhatsApp recibido en su teléfono, justamente proveniente de Carlos Olmo, para preguntar si efectivamente se verían ese jueves a las cuatro de la tarde. Ana Julia apagó la computadora y respondió a Olmo que sí, que perfecto, que se haría todo cual lo acordado, y que muchas gracias y saludos cordiales.

El encuentro entre madre, hija y joyero se dio en la terraza de la casa de los Gutiérrez. Ana Julia e Isabel lo esperaban sentadas en un sofá frente a una coffee table donde la madre de la criatura, que era muy detallista y “maniática” —como diría Isabel para referirse a su mamá—, había dispuesto una bandeja de galleticas de almendras crujientes, café, té, leche y terroncitos de azúcar. Las flores tampoco podían faltar en su casa, así que todo estaba primorosamente bello y ordenado, tal como a ella le gustaba sentirse y sentarse en su casa cuando de visitas se trataba. Pero Ana Julia sintió que la armonía y el perfecto equilibrio se rompían cuando Gladys, “la muchacha” (término utilizado para referirse a la señora que ayuda en las tareas domésticas), hizo pasar al visitante esperado. Ana Julia se levantó para darle las gracias a Gladys por recibir al joyero y recordarle que estuviera atenta, en caso de que se le llamara nuevamente.

“Ay, señora. Este hombre parece un rostar trasnochado”. Gladys, que no se caracterizaba por ser precisamente discreta, soltó por esa lengua su primera impresión sobre el recién llegado. Afortunadamente para Ana Julia, que temblaba siempre cuando tenía enfrente a la doméstica —nunca se sabía qué esperar cuando ésta escupía las palabras sin pensar, porque las escupía—, tuvo sin embargo cierto cuidado de acercarse y decirlo muy cerquita al oído de la señora de la casa. “Gladys, por favor. No se dice rostar. Es rock star, y por caridad, vete a lo tuyo, que te pones impertinente”. Todo esto ocurría en fracciones de segundos, lo que afortunadamente el joyero no notó mientras se presentaba ante Isabel, con la que se encontró primeramente al llegar a la terraza. Ana Julia los abordaría inmediatamente.

—Bienvenido, señor Olmo. Mucho gusto. Ella es mi hija Isabel. Tome asiento, por favor.

—Sí, sí. Gracias, señora Gutiérrez, muy amable de su parte. Ya tuve el gusto. Encantado de conocerlas y de estar aquí. ¡Guao, qué bella casa! —dijo, muy resueltamente y en tono de hombre de mucha cancha, el joyero.

Efectivamente, Ana Julia no sólo se percató del confianzudo desenfado en el habla de Olmo —ya no le parecía tanto como “la gente de antes”— sino también de su forma de vestir. Llevaba éste una camisa con figuras de arabescos blancos sobre fondo negro y cuello alto almidonado. Encima un saco de color violeta muy llamativo, “estridente para mi gusto”, se diría Ana Julia; un par de desgastados jeans y unos zapatos de charol de doble tono con tachuelas. No era la dueña de la casa mujer prejuiciada en cuanto a la manera de vestir de cada quien, pero toda la entera imagen de aquel hombre joven le producía un choque visual que evidentemente no le agradaba. Aparte, se fijó en el color de su pelo. Un rubio aún más escandaloso, que no era precisamente natural ni de origen nórdico. Ana Julia volvió a pensar en su tía Alesia con aquello de “esta gente joven”.

El ama y señora de la casa quiso no concederle más atención a lo que sus ojos veían ni a sus pensamientos que la turbaban. Así que luego de preguntarle a Carlos Olmo si deseaba algo de tomar de la bandejita de plata que ella con tanto esmero había dispuesto esa tarde para recibirle, se dispusieron a entrar en materia sobre el motivo de la visita: la sortija. Isabel, a la que le fastidiaba un poco el protocolo y las maneras un tanto anticuadas de su mamá, no se notaba muy a gusto. Había percibido un tanto la cierta incomodidad inicial que su madre había experimentado momentos antes. La conocía como la palma de la mano; mano que giró Isabel para que el joyero le tomara la medida del anillo:

Observaba con preciso detalle el procedimiento que el hombre seguía para conseguir el tallaje exacto del anillo de su hija.

—Muy bien. Vamos a ver. ¿Has tomado bastante agua hoy, querida Isabel? —inquirió el joyero.

—Bueno, lo normal. ¿Por qué? —preguntó un tanto curiosa Isabel, dudando por un momento si quien había llegado a su casa era un joyero, un nutricionista o un personal trainer.

—Es que precisamente, para obtener la talla del anillo correcta y que se ajuste a tu dedo sin hacerte daño, debes haber tomado suficiente líquido, porque los dedos deben estar un poquito hinchados. Así tendremos menos margen de error. Mira, con estos aritos que he traído, medimos siempre muy cerca del nudillo, que es la parte más gruesa del dedo y por donde debe pasar el anillo. ¿Tienes frío?

—No. No tengo frío —contestó la jovencita.

Isabel calló y no dijo más, porque se imaginó más bien que ahora estaba sentada frente a un médico que la examinaba, y que a su vez trabajaba como hacedor de anillos. Eso no le cuadraba. Carlos Olmo advirtió el escepticismo de Isabel, y repuso:

—Fíjate, mi niña: es que un dedo frío se contrae, mientras que un dedo caliente se expande. En las condiciones térmicas ante un dedo frío, el diámetro tiende a reducirse. Y no es la idea. La sortija tiene que quedarte per-fec-ta. ¿Ves? Listo. Como anillo al dedo. Eres talla cinco europea, cariño.

Ante tal propiedad con la que hablaba Olmo, un pensamiento prodigioso se dejó colar por la cabeza de Ana Julia: “Este es todo un Doctor en Ciencias”. La primera impresión del joyero que se había formado en un principio pareció borrarse de un plumazo en la mente de la mujer, que observaba con preciso detalle el procedimiento que el hombre seguía para conseguir el tallaje exacto del anillo de su hija. “Falta que calcule el número pi. Qué bárbaro”. La mujer estaba tan alucinada con la explicación del joyero que no pudo contenerse al decir sin asombro:

—¡Maravilloso! ¿Ves, Isabel Margarita, que todos los días aprendemos algo nuevo? ¿No es fantástico? Me encanta que mi hija ya tenga su talla perfecta, señor Carlos. Muchas gracias. ¿Cuándo cree que podamos tener la sortija ya terminada? Aquí tiene la de mi amiga, de la que le comenté, para que le sirva de modelo.

—Chévere. Mil, mil gracias a ustedes. Yo también estoy feliz de que Isabel pueda tener pronto su sortija de graduación. Estaremos avisándoles cuanto antes para efectos de envío. Yo mismo me comprometo a traerla en lo que esté lista. ¿Les parece?

Oro (desa) parece… Y ya se sabrá el porqué.

Transcurrieron cerca de dos semanas para que las Gutiérrez volvieran a tener noticias de su joyero estrella Carlos Olmo. Durante los días previos, Ana Julia se sentía algo contrariada ya que la fecha de la graduación de Isabel se aproximaba a paso veloz, y así se lo hizo saber a su esposo a manera de desahogo. Ella siempre estaba urgida de desahogo espiritual, y nunca quería quedarse con sus angustias y procesiones por dentro. Una mañana, estando ambos sentados una frente al otro, y mientras su marido cortaba a regla y escuadra unos daditos de lechosa para su desayuno, Ana Julia soltó:

—Estoy atacada, Alfredo. La graduación de Isabel es ya, en dos días. Dos. Y todavía no sé nada del joyero. Eso me lleva por la calle de la amargura.

—¿Ya vas a empezar? La calle de la amargura es tu favorita. ¿No hay un cruce? Son apenas las ocho de la mañana, Ana Julia —le respondió el visiblemente hastiado señor de la casa—, se te olvida que yo lo que quiero aquí es paz y tranquilidad. No pido más. Pero parece que a ti se te olvida con reiterada frecuencia.

—Per-dón, Mister Congeniality… Ah, mira tú. Aquí está. Por fin apareció. Déjame atenderlo, e irme a una atmósfera más propicia para el diálogo. Chau. Sí, sí… Muy bien, gracias… ¿Que qué? ¿Que todavía no tiene listo el anillo? ¿Que no lo consigue? Pero, ¿cómo es eso? No puede ser. Ya va, perdón. Que comienzo a hiperventilar.

Por el camino, de la cocina al salón, Ana Julia se tropezó con un jarrón lindísimo vestido de flores de loto, y en su habitual torpeza, cataplún cataplán, adiós —ahora sí—, a las soñadas soul sisters paz y tranquilidad. Entre el ruido del florero hecho trizas, su mano herida en intento fallido de atajar la caída, recogiendo trocitos de vidrio mientras a la vez intentaba concentrarse en la llamada telefónica, Ana Julia sentía que perdía la cordura y el saber estar.

Definitivamente Ana Julia no acertaba en nada con respecto a la reciprocidad de afecto que esperaba de su familia.

—Pe… ¡Pero busque bien! A ver, pfff, con calma… ¿Qué? ¿Que hay un lote de sortijas por entregar extraviadas, buscadas hasta por debajo de las piedras, que esto es primera vez en tantos años que le pasa, y que lamentablemente no va a poder entregar la de mi hija a tiempo? Me muero.

Ana Julia no se murió como ella pensaba, pero casi. El día de la graduación de su hija estaba que lloraba. No tanto por la emoción de ver a su adorada Isabel culminar un ciclo tan importante y necesario para su educación, sino porque había otra cosa que faltaba:

—Ay, hijita querida. Déjame verte los deditos. Tan desangelados los pobres. Y yo con tanta ilusión que tenía porque lucieras tu anillito hoy precisamente que tú sabes que mi intención también era regalártelo por si más adelante sufrías de alguna crujida económica y ahí tenías como para resolver momentáneamente y…

—Mamá, por favor. Para, que no respiras al hablar. Olvídate de eso. No puede ser que estés más pendiente de mis dedos que de mis logros. Por eso es que mi papá y yo no te tomamos en serio. Pareces mi hermana menor. Crece. Termina de crecer, y aprende a darle valor a lo que realmente importa.

—Cortados por las mismas tijeras. Yo te digo. Esto no tiene caso, Isabel. Tu papá y tú siempre confabulándose en mi contra. Pero bueno, el día que me vaya, porque me voy a ir, para que lo sepas, y precisamente ya que de valor hablamos, aprenderán a valorar mi ausencia, pero ya será demasiado tarde.

—Sí, mamá. Tienes cien años amenazando con que te vas. Ajá. Ahora, por caridad, como dices tú, deja el drama y déjame sola que están por llegar mis amigas para celebrar. Que de eso se trata hoy. ¿O no?

No. Definitivamente Ana Julia no acertaba en nada con respecto a la reciprocidad de afecto que esperaba de su familia. Se sentía la más abnegada madre y buena esposa jamás hallada sobre la Tierra, pero ni su hija ni su marido correspondían al cariño y al amor que ella les profesaba. Tal vez no fuera la más perfecta de las criaturas: las más de las veces neurótica, controladora, a veces un tanto infantil e inmadura, pero con un corazón en el que cabían el vasto universo con todas sus estrellas.

Estrellas también vio, y muchas, cuando la mujer se dio cuenta de que por causa de su desamor había tomado más de la cuenta la noche anterior. A la pobre no le quedó más remedio que abrazarse fuertemente a una espirituosa botella. Tanto, que se convirtió en la única confidente de sus cuitas. “Qué horror. Para lo que he quedado: malquerida y borracha. Vaya feliz destino y linda vidita”. Ana Julia no podía con su alma ni con su cabeza, que estallaban ambas en pedacitos. Pero como pudo se sobrepuso a los excesos, se metió bajo la regadera con el agua más fría que quiso y que necesitaba, y listo. De vuelta a la realidad de sus días.

Ya en casa de los Gutiérrez habían olvidado al señor de los anillos. Al pasar la graduación de Isabel, otros intereses abrían su paso a la cotidianidad de la familia, así que se olvidó el tema. Sin embargo, el jueves de esa semana que transcurría, Ana Julia recibió la llamada de Carlos Olmo para decirle que finalmente la sortija estaba terminada, que mil disculpas por la demora, y que le avisara para ofrecerla en entrega yendo a su casa para probar que efectivamente se acomodara a la medida de Isabel.

El anillo era una belleza. Se ajustaba perfectamente al dedo anular de Isabel, y ella estaba feliz, pero notó que la tonalidad de la sortija era de un rosa muy diferente a lo que ella estaba acostumbrada a ver en cuanto a oro se refiere. Quería saber a qué se debía. El joyero le hizo saber que en la aleación había escogido añadir un poco más de cobre que de plata, para justamente conseguir ese “matiz crepuscular” tan buscado. Tales palabras le recordaron a Ana Julia a los presentadores del concurso Miss Venezuela, por allá por los mil novecientos ochenta, cuando describían los vestidos de las participantes como “elaborado en fino tul y organza vaporosa que desciende cual cascada edénica”, o “es una pieza arquitectónica que recuerda a una bella y serena columna dórica”. Eso le causó mucha risa.

Lo que no causó nada de gracia fue el hecho de que, dos días después, Isabel perdía, a la par, la luminosidad de su sonrisa y el brillo de su sortija. Y Ana Julia, tan verde de la rabia como verde lucía la efímera gema dorada. No era auténtica. “Recontraestafada. Recontratonta. Esto me pasa por no haberle hecho caso a mi tía Alesia”, se daba cabezazos contra el muro de las lamentaciones de sus recuerdos, la arrepentida madre.

La palabra es plata y el silencio es oro. Del otro lado del teléfono no se dijo más. Mudez total y absoluta.

Pero había que ponerle fin al lloro y al sollozo. Ana Julia decidió actuar rápidamente:

—¿Como los chorros del oro, o como los choros del oro, amigo alquimista? ¿Cómo quiere que lo bautice de ahora en adelante? Haga el favor de venir a buscar inmediatamente su baratija de piñata, y con la misma me devuelve lo que descaradamente me robó. Debí suponer desde un principio que usted no era más que un farsante. ¡Es que se le notaba lo fake desde el very beginning! El señor Ringemann debe estar revolcándose en su tumba de saber que tiene en su “heredero” a un vulgar ladronzuelo y buscón, y además un…

—Señora Gutiérrez, qué pena con usted, ya estaba por llamarla. Cálmese, por favor. Es que realmente no sé qué sucedió. Esto es, se lo juro, primera vez que nos pasa. Yo le aseguro que…

—Pues asegúrese mejor de que no sea usted objeto de la mamá de las demandas. Si no le ha pasado por primera vez.

La palabra es plata y el silencio es oro. Del otro lado del teléfono no se dijo más. Mudez total y absoluta. Santo remedio. A los dos días, se aparecía en casa de los Gutiérrez un Carlos Olmo cabizbajo y contrito. Llevaba consigo incluso un frasquito que contenía ácido nítrico para realizar la respectiva prueba. Como Ana Julia no tenía idea de cómo funcionaba el procedimiento ni la reacción esperada, quiso creer en la fiabilidad del resultado. Pudo notar, eso sí, el acabado de la pieza. La sortija se veía mejor elaborada, e incluso más pesada que la que en un principio había recibido.

Además recibía una réplica de plata, a manera de resarcimiento por las molestias causadas, que no fueron pocas. Ana Julia se hizo el firme propósito de no indagar más acerca de tan infeliz asunto. Se forjó en su pensamiento la idea de hacerse en adelante la tonta, algo que no le costaba mucho. “Por mi salud mental”, diría. Y dejó así.

 

Juliette Jiménez de González

Juliette Jiménez de González

Escritora venezolana (Coro, Falcón, 1972). Estudió Idiomas en el Instituto Universitario de Tecnología Superior de Oriente, en Puerto La Cruz, Anzoátegui (2006), y además es locutora. Trabajó para la emisora Radio Capital Puerto La Cruz, y también para Éxitos, del Circuito Unión Radio (1997-2002). Es docente de Inglés desde 2005 y trabaja en el Instituto Andes de Caracas. Cursó en 2007 el diplomado en Escritura Creativa de la Universidad Metropolitana y la Fundación Icrea.

Juliette Jiménez de González
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