Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo
Saltar al contenido

Pedro Lemebel: “La homofobia es un perro al acecho en cada esquina”

domingo 16 de agosto de 2015
¡Compártelo en tus redes!
Pedro Lemebel en Radio Tierra AM. Santiago, agosto de 2000.
Pedro Lemebel en Radio Tierra AM. Santiago, agosto de 2000. Eduardo Cobos

Esta entrevista, realizada en Santiago en el año 2000, fue publicada por primera vez en Anuario (Caracas, Nº 9, 2001), Instituto de Investigaciones Literarias de la Universidad Central de Venezuela. En su momento, por diversos motivos, no tuvo casi lectores. Por ello, creemos que es pertinente una nueva edición revisada, la cual pretende ser un homenaje al gran cronista chileno fallecido el 23 de enero de 2015 (N. del A.).

 

Desde comienzos de los años 90, una vez terminada la dictadura pinochetista, se viene consolidando en Chile una narrativa profesional muy cercana al gusto masivo, casi de supermercado, que da tono a las más recientes aspiraciones de algunos sectores de sus habitantes. Una escritura pretendidamente conciliatoria, que reivindica la frase aséptica y el recurso a temáticas consabidas por las modas académicas. Pese a esto, existen escritores que han podido zafarse del eufemismo para poner en aprietos la nueva escena literaria y el entorno político-social chileno.

Toda historia comienza en el equívoco, en el doblar tu desplazamiento acostumbrado, ahí empieza la aventura.

Uno de ellos ha sido Pedro Lemebel (Santiago, 1952-2015), quien ha cultivado con renovado deslumbramiento la crónica. Sus escritos son la inclusión de los sin voz o los aplastados por la horda neoliberal; y también el fruto lascivo de los materiales espurios con que construye su día a día: la oralidad desmitificada en el lirismo de su prosa que describe los espacios excluidos por la oficialidad rimbombante. “Tiene que ver con cierta micropolítica de sobrevivencia, por ejemplo el hecho o la situación de éxtasis que tiene el equivocarse a sabiendas, sólo por contradecir, nada más que por provocar, quizá, una figura a costa del pellejo siempre”, explica.

Roberto Bolaño destacó la calidad vital y la valentía con que Lemebel despliega su escritura absolutamente diferente a las del Chile actual. Igualmente, Gladys Marín, la presidenta del Partido Comunista, lo concibe “como un gran intelectual, al que hoy en día se ven obligados a considerar, porque tiene una expresión literaria distinta”.

Por otra parte, hace muy poco la editorial Anagrama en España lo incluyó en su catálogo con Loco afán (2000), que es una recopilación de crónicas vinculadas al sida y, por supuesto, a la temática homosexual.

A Lemebel lo encontramos una tibia tarde de invierno santiaguino en Radio Tierra, ubicada en el barrio Bellavista, lugar donde mantiene hace algún tiempo un programa en el cual lee sus crónicas. Desde allí caminamos unas cuadras hasta llegar a su casa recientemente adquirida con la Beca Guggenheim, que le fue otorgada, en 1999, para llevar a cabo su ya imprescindible trabajo intelectual. Allí pudimos hablar sobre su escritura.

 

La crónica: un género bastardo

—Con La esquina es mi corazón (1995), que es tu primer libro de crónicas, consigues una gran factura literaria…

—Allí recogí una serie de crónicas publicadas desde el ‘89 en la revista Página Abierta. Es mi mejor libro ya que tuve el tiempo de escribir, reescribir, con mucha paciencia, para elaborar esos textos que están como estampados. Es como si hubiera tenido el tiempo para maquillarme mejor.

—Son como postales, ¿no te parece?

—Exactamente. Pude hacer ese abanico de postales homosexuales de la ciudad, donde retrato, con mucho arropo, el mapa urbano del deseo homosexual: los baños turcos, los parques, los cines. Es decir, con una elaboración de voyeur pillado en el acto. Un voyeur que mira en el espejo de su ojo en el fondo, en el espejo de su deseo, y lo rehace a lo mejor con mucho manierismo. Pero también hay referentes como Néstor Perlongher. Sobre todo, me maravilló su libro Alambres. Hay en La esquina…, si se quiere, una saturación de esos textos. Ese fue el primer encuentro con un texto potente, cargado de resplandores impotentes.

—Por otra parte, con De perlas y cicatrices (1998), que son crónicas radiales, realizaste una indagatoria en los medios masivos de comunicación. ¿Por qué elegiste precisamente los espacios más contaminados por la postura neoliberal?

—Lo más fuerte que hizo la dictadura fue dejar las caras que animaron la cueca de la tiranía. En Chile quedó todo eso intacto. La misma gente que comulgó con el horror ahora son verdaderos dioses de la pantalla. Entonces, me parece que esa parte no está develada en su totalidad. Nadie puede hablar de derechos humanos habiendo participado públicamente en la dictadura. Hay un pasado, una cantidad de cadáveres que es difícil justificar desde una ética básica. Esa es la única fuerza que le imprime un deseo a tu escritura.

—Y por supuesto está la gran carga de oralidad.

—Siempre he trabajado así, también con la radio, porque la oralidad permite que esos textos lleguen a mucha gente que no tiene la costumbre ni practica la satisfacción de la lectura. Hay gente que no puede comprarse un libro o que para comprárselo le significa el sueldo de una semana. Y quizás la lectura la practica en otras instancias de la vida, como es la radio o bien el pedazo de diario donde les llega envuelta la carne.

—En todo caso, lo que escribes es casi inclasificable…

—Me es complicado situarme en esa nube abstracta de la escritura sin género, sin sexo, sin política en el fondo. Tengo una postura que no necesariamente es un esencialismo, tal vez se extreme en algún tipo de lugares un poco desfasados por la globalización, pero tiene que ver con pequeñas defensas de ciertos territorios. Por ejemplo, frente a un homofóbico me comporto como la última loca del mundo y, en ese sentido, construyo un territorio donde ese homofóbico no puede entrar. Esa es mi contención.

—¿Por qué la crónica?

—Quizá elegí la crónica porque tiene la instantaneidad de lo contingente que urge ser escrito, tiene esa cosa de flash. Entonces recojo, en mis desvíos y tránsitos por la ciudad, ciertas instantáneas de ese vivir urbano y lo testimonio, lo adorno, lo teatralizo en la página crónica. Toda historia comienza en el equívoco, en el doblar tu desplazamiento acostumbrado, ahí empieza la aventura, y ahí recién estás alterando el mapa ritual de la domesticidad urbana. Cuando doblas donde no tenías que doblar o cuando produces ese quiebre en los desplazamientos rutinarios, estás elaborando otro más.

—¿Esta elección te desmarcaría de la tradición literaria chilena?

—La crónica es un género bastardo. Y, claro, no podría haber sido el gran poeta homosexual chileno, existiendo esa pared fálica de los poetas masculinos: la torre de Neruda, Huidobro, Parra. Tampoco podría haber sido el novelista. Creo que la crónica me vino como anillo al dedo. Porque también me ofrece una movilidad de lugares, de enfoques y de materiales también literarios, que para la academia a lo mejor son bastardos. Pero que en mi bagaje resultan útiles: el testimonio, la canción popular, quizá no la poesía pero sí sus poéticas, la entrevista, el grafiti, que están al alcance de todos y de los cuales realizo mi abanico emplumado y alterador, haciéndolo parte de mi ajuar literario.

—¿Cómo concibes tus crónicas?

—Hay una reverberación que me queda de los ecos que arrastro de la calle, de los medios de comunicación. Porque a veces con la escritura —ese desliz para mantenerse en un filo inquietante, peligroso, sobre todo por la cooptación— puedo pasar a ser el infractor del sistema, ya que éste igual crea espacios para esos discursos. En resumen mi estrategia es enfrentarme al poder o más bien lo desafío con una risa torcida.

—Sin embargo, llama la atención el logrado lirismo de tu prosa…

—Mira, creo que todo tiene que ver con manoteo de iletrado, porque mi discurso trata, intenta, quizá, lo académico con una estética o con una puesta en escena popular. Por otra parte, mi escritura tiene un afán que también se colorea por diversas demandas, ya sean éstas la homosexual, proletaria, “mujeril”. Es decir las minorías y el pueblo. Aunque la palabra pueblo está demasiado fosilizada, más bien hablemos de gente, por esta cosa híbrida. Es como hablar del porvenir de la gente. Creo que allí hay una contaminación y una complicidad de deseo. Deseos de justicia, de dignidad para lugares doble o triplemente estigmatizados en lo social, como el travestismo por ejemplo. Por ello es que en Loco afán tampoco he evitado esa transformación filuda y peligrosa que es el travestismo prostibular.

 

Las políticas homosexuales y el laberinto urbano

—Tu escritura, sin serlo del todo, es política.

—Como concepto de políticas homosexuales, como políticas coloreadas por un deseo minoritario. Pueden ser políticas de un deseo en espera, no diría de legalidad sino de dignidad. En este país la homofobia es un perro al acecho en cada esquina. Pero también, de alguna manera, me doy el derecho de opinar de todo. No es una escritura tan periodística que pueda ausentarse en pos de la objetividad. Porque la pasión en su desenfreno utópico no te permite la objetividad.

—¿Escritor homosexual?

—Y si no fuera por la pluma, si no fuera por la construcción cultural que despliego como pavo real soberbio, si no fuera por todos esos joropos de la cultura: ¿no tendría derecho a hablar? A lo mejor no tendría derecho a hacer que mi discurso iletrado, absolutamente anónimo, fuera difundido. Me refiero por ejemplo a que se acepte más cuando uno dice soy escritor y homosexual o soy artista homosexual, ya que todo el mundo cree que somos artistas, es una forma de marcarte.

—Tu escritura roza el panfleto, ¿de dónde viene ese impulso?

—El panfleto en verdad… Bueno, esto es muy divertido, porque fleto en Chile es homosexual, entonces era pan para el pobre y pan para el fleto. Por eso no me asusta, porque no tengo el olfatillo educado y sofisticado de la nueva literatura. Lo que escribo, ese panfleteo (me gusta más llamarlo así que panfleto), el verbo lo hace social, lo hace colectivo, lo hace necesario. De ahí el panfleto, por eso me agrada que también se rotule así mis escritos. Y que se panfleteen en medios alternativos hace posible que tengan otra llegada.

—¿El desafío al sistema en nombre de los desposeídos?

—Desposeídos me suena muy franciscano, me gusta más cierta dignidad de la pobreza, que se ha perdido, ya que los pobres están disfrazados con ropa americana. Me planteo, esbozando o pincelando, una estética desde esa territorialidad que hace de sus faltas un complemento de mundo, que construye un sobrevivir a partir de las carencias, que se defiende de esta cruel aplanadora neoliberal; se defiende con sus más dignas armas que son el ingenio popular.

—¿Persistiría cierta represión cotidiana?

—Cuando se instala en tu mapa de desplazamiento urbano un laberinto arquitectónico ultracontrolado, ultravigilado, donde los deseos tienen también su lugar, los deseos que precisamente los crea y los promueve este mismo sistema, en ese tipo de maquinaria hay que andarse con cuidado. Uno no puede hablar de verdades y tampoco puede entregar la receta así tan fácilmente de cómo se entra y sale de círculos de popularidad. Completamente sin ninguna vergüenza trabajo con cierto ventrilocuismo, porque no hablo por todos los homosexuales de Chile, tampoco podría hablar por las minorías, ya que éstas deben hablar por sí solas, pero ocupo esta cosa teatral.

—También indagas en las edades del hombre, en la melancolía…

—Más que nada refloto algunos sargazos de niñez, un poco para decir que la homosexualidad tiene su memoria infantil. Hay una memoria que se construye desde y antes de la infancia, ya que existen otras miradas. Por el contrario, es sencillamente ofensivo enrostrarle, como hacen algunos moralistas, a un niño homosexual la inocencia diferenciada por otro mirar, por otra aspiración de mundo, que esté signada por el machismo represor.

—Chatwin definía dos tipos de escritores: el que necesita de la biblioteca para la creación de su mundo ficcional y el que precisa para nutrirse de la acción. ¿Cuál de estos te calza mejor?

—Son los dos. También el máximo de intensidad es la contención en una ciudad donde todo gira, donde todo pestañea, donde todo es bocina. También la máxima contención es una movilidad de eso mismo. Es una apuesta de desplazamiento. Cuando todo se mueve, tu inmovilidad es una forma de desplazamiento, otra forma de desplazamiento. A lo mejor no es tan neurótica ni paranoica, pero se escribe quizá no con el tiempo real de la anécdota pero sí con cierto sentido que va enlazando situaciones diversas de cómo, por ejemplo, el color del semáforo hace de acuarela en el sentir urgido del travesti en pos de un cliente.

—Y la narrativa que se hace en la actualidad en Chile, ¿qué te parece?

—La verdad es que no me gusta la narrativa. Aunque creo que ahora estoy haciendo una novela, o más bien, quizá, sea una crónica larga. En cuanto a la actualidad, en los primeros años de la democracia se dio un boom de la escritura novelera, donde se rescata cierta memoria ficcionada como la telenovela de la memoria de Chile. Sirvió de puente. Un puente bastante tembleque, inexacto, light. Ha sido una forma de hacer menos conflictuado el tránsito de la dictadura a la democracia. Eso fue lo que me desagradó de esta nueva novela chilena, porque en definitiva no rescata la verdadera memoria de lo sucedido. Los pueblos y la escritura de los pueblos, sobre todo en Latinoamérica, se escriben o se testifican en sus pasares y en sus pesares. Aquí todavía estamos a patadas con la memoria.

Eduardo Cobos
Últimas entradas de Eduardo Cobos (ver todo)

Recibe 2020 con 20% de descuento en corrección de textos y corrección de estilo