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Javier Velilla
“Hay magia literaria escondida donde menos te lo esperas”

domingo 23 de julio de 2017
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Javier Velilla
Velilla: “Ni una puta foto. Para ser sincero es el único título que he considerado, supe que era lo que quería desde que lo visualicé”. Fotografía: Herlinde Noppe

El jueves 29 de junio se presentó en Madrid la novela Ni una puta foto, del escritor español residenciado en Arabia, Javier Velilla. Debut auspicioso para un autor que confiesa haber sentido una vocación temprana por la escritura, pero que en razón de sus estudios y de su profesión (es ingeniero agrónomo y trabaja para una multinacional americana en Oriente Medio) abandonó muy a su pesar. Circunstancias familiares lo han impulsado a retomar su afición por “contar cosas, historias, y reflexionar sobre ellas”.

El libro, presentado por Javier Puebla (finalista del Premio Nadal en 2004 por Sonríe Delgado) en el emblemático Café Libertad 8, contó con una numerosa asistencia de público que desbordó el local, casualmente durante la celebración del Word Pride, evento que atestó las calles del centro de la capital española durante esos días. Mar Gómez, periodista ganadora del Premio Nacional de Periodismo Francisco Valdés, presente en el acto, alabó al autor por su valentía para abordar un tema tan complejo y tan “íntimo”, difícil de deslindar de lo personal.

De alguna manera llevo escribiendo esta novela treinta años.

La novela, titulada Ni una puta foto, ha sido editada por la madrileña viveLibro y Velilla ha dedicado casi diez años en su composición, “robándole momentos preciosos a la familia, encontrando tiempo para escribirla en aviones, en habitaciones de hotel luego de interminables jornadas de trabajo y reuniones, o en salas de hospitales”.

El protagonista de la misma, Luis Cortés, extremeño residenciado en Oxford, encuentra por casualidad sus diarios juveniles, donde ha consignado caóticamente sus experiencias amorosas de aquella época. Cinco mujeres marcaron su vida entonces y decide sumergirse en la búsqueda de las razones que condicionaron aquellas relaciones y sus respectivas rupturas, poniendo en riesgo su felicidad actual. Javier Velilla dice que su novela “es un reflejo de un viaje interior, una manera de dar salida a mi necesidad de crear, de inventar, de contar historias”.

El prestigiado crítico extremeño Manuel Simón Viola, autor de Periferias: Letras del Oeste (2017), ha comentado en su blog que estas mujeres, todas ellas “son mujeres fuertes que han afrontado con dignidad la derrota de los sueños de juventud y que reaccionan con un recelo inicial a la llegada de este conocido del pasado. ¿Qué se propone? ¿Reanudar una relación extinta?”. Y abunda: “Los diarios, que Luis les pide que lean responden a esta pregunta. Sumido en una crisis existencial que se niega a aceptar, Luis trata de salvar de la desaparición y del olvido unas experiencias amorosas asediadas por todas las poderosas emociones concéntricas del amor: la inseguridad, la esperanza, la pasión, los celos, el rencor, las infidelidades… Todas ellas comprenden entonces que su plan responde a un miedo no expreso al paso del tiempo, a la vejez y a la muerte, en tanto los diarios vienen a convertirse en un sucedáneo de perduración, logrando que esas vidas, de las que no conserva ‘ni una puta foto’, no hayan sido del todo baldías. Pero su empeño, como le avisa una de las mujeres (‘Si fueras feliz en casa, no estarías aquí… puedes hacer daño a otras personas’) es malsano (‘Esos viajes al pasado pueden desquiciar a gente que sea emocionalmente vulnerable’), resulta peligroso y, en el fondo, autodestructivo, pues las fuerzas que invoca en su desatinado empeño son incontrolables”.


Desde Arabia, el autor español ha aceptado respondernos algunas preguntas para los lectores de Letralia:

—¿Por qué escribir una novela a estas alturas de la vida? ¿Por su carácter catártico, liberador? ¿Escribías de más joven? ¿De dónde te viene el interés por la escritura y la literatura?

—La novela es un reflejo de un viaje interior, una manera de dar salida a mi necesidad de crear, de inventar, de contar historias. El anhelo de despertar una sonrisa, una risa, un fruncir de cejas, una lágrima. Dos lágrimas.

De alguna manera llevo escribiendo esta novela treinta años. Siempre he escrito, y siempre me ha ayudado a liberar mis miedos, a manejar mis complejos… Hace diez años descubrí que había dejado de hacerlo, que ya no me ponía delante de un papel en blanco, y no encontré ninguna razón que me explicara por qué eso era una buena idea. Esta historia empezó a crecer en mi cabeza, los personajes fueron tomando cuerpo, y me reté a mí mismo a encontrar el tiempo de llevar esto adelante. Escribir me liberó, ya lo creo. Terminar esta novela, publicarla, compartirla con lectores que no conozco… Decir que es un sueño cumplido suena muy poco original, pero es la pura verdad. Cuando era un adolescente crucé unas cuantas cartas con José María Gironella, que entonces era un best-seller en España. Me dijo: “Javier, no importa lo que hagas en tu vida, lo que estudies… al final serás escritor”. Don José María, si me está mirando desde algún sitio, estará contento de ver que su predicción finalmente se ha cumplido.

Aprecio el arte, cualquier manifestación creativa. Oigo una canción que me emociona y sé que nunca la habría podido hacer yo. Veo un cuadro que me sorprende y reconozco que jamás saldrá de mí. Pero leo libros, y tengo la sensación interior de que yo lo podría hacer, a veces que hasta lo podría hacer mejor. Un día decidí robarle tiempo al tiempo, empujarme a mí mismo en ese viaje que me ahogó, que me obsesionó, que me aisló, que me hizo profundamente feliz… Todo encajó de repente, supe que no había razón para esperar, que la vida no te espera. Quise crear, hacer, compartir. El placer de sentirme escritor no es comparable a nada que haya experimentado antes. La sensación de victoria de haber vencido a la cruel inercia del “no tengo tiempo”, patearla en la boca y encontrar esas horas imposibles en aviones, en tristes habitaciones de hotel al final de jornadas interminables de trabajo y reuniones, en salas de hospitales, durante amargas sesiones de quimioterapia, o en horas robadas a un sueño que ya se recuperará en otro momento, qué narices.

Cuando tuve el primer borrador lo compartí con algunos amigos, con algunos lectores neutrales, y me dijeron (algunos) que sí. Que había funcionado. Que había una historia, personajes creíbles, que enganchaba, que hacía sentir. Y en ese momento no miré si tenía cincuenta años o veinte. Si era agrónomo o conductor de autobús, si iba a vender diez o mil copias. En ese momento fui escritor y quise sentirlo hasta el final. Y así hemos llegado a este momento.

—¿Cuáles son tus referentes literarios?

—Soy un lector desordenado, de memoria frágil. Olvido autores, tramas, detalles. Leo con un placer inmediato, y sólo algunas novelas traspasan la barrera de esa precariedad y me marcan, permanecen, influyen, al menos de forma consciente. He leído mucho, a veces impulsivamente. He disfrutado cada momento, he respetado a cada autor, con la envidia sana del que quiere, pero aún no se atreve. Creo que hay magia literaria escondida donde menos te lo esperas. Hasta en algunos best-sellers que venden millones. Me gusta que me recomienden libros. Me gusta hablar de literatura, pero superficialmente. No me atrae diseccionar libros, prefiero hacer crónica de sensaciones. Leo en inglés y en italiano también, pero prefiero el español. Es una lengua fascinante.

He sido un lector muy ecléctico. Con quince años ya había leído dos veces Rayuela, y creía que la había entendido… Los autores suramericanos y el realismo mágico me marcaron mucho. Cortázar y García Márquez. En menor medida Vargas Llosa, Mujica Láinez, Sábato…

El título surgió de forma espontánea, en un avión, mientras escribía. Me pareció redondo, certero, provocador, y muy apropiado al sentir del protagonista.

Últimamente me ha enganchado la prosa de Arturo Pérez Reverte, aquí en España, y de los autores internacionales me quedo, a través de distintas fases, con John Kennedy Toole y John Irving. Recientemente he leído novela negra que me ha entretenido mucho: Jo Nesbø o John Verdon, por ejemplo, pero creo que me han influido menos que todos los que he citado antes.

—El título de tu novela tiene un título muy llamativo, casi obsceno, ¿es una obra “provocadora”, experimental, convencional..?

—Yo creo que es una obra bastante convencional. Aunque está escrita en dos tiempos (combinando el presente en la acción narrativa y el pasado en la reproducción de parte de los diarios del protagonista), en general es bastante lineal en lo temporal, y el estilo es, creo, sencillo, y espero que salpicado de oraciones y giros que le den cuerpo y color. Hay bastante diálogo, en algunos fragmentos soy muy descriptivo y bastante cinematográfico. He intentado que al lector no le costase mucho seguir el hilo de la historia, pero sí que lo reto un poco en los saltos en el pasado, necesarios para comprender al personaje principal y a las protagonistas de la historia.

El título surgió de forma espontánea, en un avión, mientras escribía. Me pareció redondo, certero, provocador, y muy apropiado al sentir del protagonista, que está un día releyendo sus antiguos diarios, pensando en esas mujeres que marcaron su vida y se da cuenta, en medio de su frustración, de que no tiene ni una foto de ninguna de ellas. Ni una puta foto. Para ser sincero es el único título que he considerado, supe que era lo que quería desde que lo visualicé.

—En breves palabras, define tu estilo e intencionalidad formal.

—Quiero hacer sentir. Me gustaría haber logrado eso, haber sido capaz de usar el lenguaje para emocionar el lector, por la historia que se está contando y por las palabras elegidas. Quisiera creer que tengo una prosa ligera pero rica en matices y que se reconocen en ella reflejos de los escritores que me marcaron. Que la narración rueda y fluye de forma natural, enganchando al lector.

En la novela hay muchos estilos. Se presentan fragmentos de diarios que van mucho más allá de anotaciones sobre lo que le ha pasado en el día al protagonista, que quieren tener su propio valor literario, o al menos eso es lo que quiere el protagonista de la historia.

—¿Por qué crees que me puede gustar a mí y por qué crees que la gente debe leerla?

—La historia del protagonista, lo que le mueve a iniciar esa búsqueda que va a cambiar su vida para siempre, le puede pasar a cualquiera. Y lo digo con total seguridad, nos pasa a todos, en mayor o menor medida. Todos lo que la han leído ya me lo han dicho, Ni una puta foto les ha hecho pensar sobre su vida, sus decisiones, sobre sus “que hubiera pasado si…”. En el fondo es un viaje autodestructivo, pero espero que entretenido y revelador.


Y para cerrar nuestra entrevista, Javier Velilla nos confiesa que le “fascina el mundo de las redes sociales, el potencial de alcanzar a tanta gente, la irónica sensación de soledad y aislamiento que pueden producir cuando no ves respuesta. Ni una puta foto tiene Facebook, Instagram, Twitter, página web… quiero despertar emociones, y estaré feliz de que los lectores las compartan conmigo, usando cualquiera de esos medios. Y haré lo posible por responder, aunque tenga que volver a robar horas al sueño, allá en el desierto, donde vivo ahora”.

Javier Puebla (izquierda) y Javier Velilla en la presentación de “Ni una puta foto”
Javier Velilla fue acompañado por Javier Puebla (izquierda) en la presentación de Ni una puta foto, realizada en junio en el emblemático café madrileño Libertad 8.
Antonio María Flórez
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