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Carlos Roberto Gómez Beras: “Mi nación es el Caribe, pero mi patria es el Lenguaje”

domingo 3 de febrero de 2019
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Carlos Roberto Gómez Beras
Carlos Roberto Gómez Beras: “Me sería imposible escribir como otra cosa que no sea caribeño”.

Carlos Roberto Gómez Beras (1959) es, de nuestros poetas, nuestro poeta nacional. No lo es de ahora, no. Carlos Roberto hace lo que sabe hacer bien en su comunidad de origen: “Yo construyo libros” (Román Samot, 2017). Fue lo que me dejó claro la primera vez que hablamos, osadamente, en una esquina de Santurce, en San Juan, Puerto Rico. Entonces, me trajo sus erratas, labradas en esa rama de la fe, la poesía, que es en la que se mueve como pez en el agua. Ahora, le inspiró, al mejor de nuestros poetas, el mejor de los poemarios de aquel otro, tan bueno como él: Octavio Paz (Árbol adentro, 1987). Y no era para menos, resultó Premio Nacional en la categoría poesía del PEN de Puerto Rico Internacional 2018, premio que, adelanto, le tendrán que volver a otorgar en 2019. Carlos Roberto ha respondido a mis preguntas, y todas sus respuestas son para compartirlas con vosotros.

Creo que titular es un arte (un oficio que debe ser pulido) y que no todos los escritores le prestan el mismo cuidado y trabajo.

—Es un osado. Ha vuelto a la carga con sus poemas. ¿Cómo se atreve? ¿De la misma manera que cuando se paseaba por la IUPI diciendo que era poeta? Me refiero a su poemario Árbol (San Juan/Santo Domingo/La Habana: Isla Negra Editores, 2017). ¿De qué trata en este último trabajo creativo publicado? ¿Cómo inserta éste y todo su anterior trabajo creativo con sus pasiones de vida?

—Primero que nada quiero agradecer tu paciencia, que peca de osada, para conmigo… Sé que te debía estas respuestas hace muchas lunas. Árbol es un libro inesperado (quizás como siempre es la poesía) porque surgió como un poema “extraño”, en su forma y su contenido, mientras escribía Sólo el naufragio (que debía ser el poemario que siguiera a Errata de fe). Inició con un poema muy breve, sintético, de sólo tres estrofas (siendo la última de ellas una pregunta). Al momento, me percaté de que estaba frente a un texto que no solamente era distinto al resto sino que debía pertenecer a un libro que no era en el que estaba trabajando y que todavía no estaba siquiera pensado. Así que interrumpí la escritura de Sólo el naufragio para iniciar y completar Árbol: treinta y tres poemas y sus reflejos. Un libro inusual (en mi estilo de trabajo) por su forma (la de los poemas —haikús sucios, los llamaría— y la del libro —un cuadrado de seis por seis pulgadas—) y por su contenido (poemas de tres versos —una pregunta el último— acompañados cada uno de la imagen de una rama que construí para cada texto a partir del árbol que está en la cubierta del libro). Sí, hay mucho de osadía en la poesía.

—En 1989, obtiene el Premio Nacional de Poesía del PEN Club de Puerto Rico con su poemario Viaje a la noche. En 1996 publica La paloma de la plusvalía y otros poemas para empedernidos, el cual incluye tres poemarios en uno: La paloma de la plusvalía, Poesía sin palabras y Animal de sombras. En 2007, en Aún recompila los cuatro poemarios antedichos, escritos entre 1989 y 1992. En 2012 repite el galardón del Premio Nacional de Poesía del PEN con Mapa al corazón del hombre y obtiene el mismo Premio Nacional de Poesía, pero esta vez del Instituto de Literatura Puertorriqueña, con Errata de fe en 2015. Ahora Árbol le da su cuarto Premio Nacional. ¿Por qué los títulos de los poemarios? ¿Qué tiene de particular su trasfondo personal (historia de vida) en la formación del contenido de su trabajo creativo en estos poemarios? ¿Cómo se ha integrado su trabajo de creación literaria con su trabajo, de editor de autores contemporáneos, a usted mismo? ¿Cómo integra su experiencia de vida en su propio quehacer creativo hoy en Puerto Rico?

—Hmm… son muchas preguntas… Por lo general, tengo claro el título del libro antes o mucho antes (en el caso de Mapa… fueron diez años antes) de iniciar la escritura del mismo. El único caso excepcional, hasta ahora, es Árbol, porque el primer poema me llevó al título. Creo que titular es un arte (un oficio que debe ser pulido) y que no todos los escritores le prestan el mismo cuidado y trabajo. De la misma manera, creo que es imposible objetivar (separar) el acto de creación de un texto con las circunstancias de vida que esos momentos cercan (rodean, acechan, observan) al escritor. Claro, el oficio del escritor (no necesariamente del autor) le permitirá filtrar ese material vivido a través de las formas, recursos y técnicas del lenguaje literario para lograr esa cosa estética llamada Arte. Por ejemplo, mientras escribía mi primer libro, Viaje a la noche, se produjo uno de los eventos que han marcado indeleblemente mi vida: la muerte, en un accidente de tránsito, de mi primera esposa, Grisel Meléndez. Este hecho real transformó mi vida pero mi oficio de escritor (todavía muy en ciernes) me permitió absorber ese golpe “de la ira de Dios” y filtrar al libro, y sus poemas, la cantidad y la calidad necesaria de dolor para que el texto no deviniera en un diario de un tragedia tan personal que sólo a mí me incumbiera. Mi labor de editor empezó luego de los primeros intentos del poeta, por lo tanto el editor siempre ha sido un intruso, un invitado sin permiso, en la vida del poeta. Por eso al inicio hubo un choque frontal entre el ego (espacio de creación y trabajo) de ambos… hasta el punto que el editor impuso una veda de veinte años de silencio al poeta (y éste lo aceptó). Por veinte años me dediqué a publicar (leer, editar, diseñar, distribuir) a otros, hasta que un día el poeta (re)clamó su espacio y empecé a escribir Mapa al corazón del hombre… Claro, el editor le dio un buen consejo al autor y por eso apareció Aún (la compilación de los primeros cuatro poemarios). Hoy en día he aprendido a pedir (robar, exigir, tomar) mi espacio como poeta entre las demandantes e insaciables horas de trabajo del editor. Sobre los premios, soy un hombre con suerte.

—Si compara Errata de fe con Aún, ¿qué diferencias observa en su propio trabajo creativo además de su diferencia en el tiempo en que se expresa? ¿Qué es aquello que ha aprendido dentro del proceso creativo de dar forma y contenido a un proyecto creativo propio, vis a vis el de los autores que ha editado?

Aún (una compilación de mis primeros cuatro libros) fue un riesgo (editorial) que tomé como una manera de espantar ese fantasma de la página en blanco, pero no en un texto sino con una compilación que cubre un período de veinte años. Tiempo que estuve sin escribir y publicar nada de mi poesía, mientras me sumergía en el trabajo de Isla Negra y el compromiso por editar y publicar a otros. Para mi sorpresa, la recepción de los lectores y de la crítica y la academia fue positiva. A Aún le siguieron Mapa, mi primer libro inédito en más de veinte años, y Errata, libro donde pude apuntar un tema, una obsesión: el error (como oportunidad), pero manteniendo esta visión del texto como arquitectura, como construcción de una idea, y sus motivos y sus temas. En ese sentido, creo que aunque en mi labor editorial he encontrado muchos buenos autores que, como yo, son fieles a ese cuerpo temático en el texto, no todos lo logran por la misma vía; no todos lo hacen, necesariamente, con tanto énfasis en la estructura como a mí me gusta hacerlo. Resulta ser una cuestión de estilo más que de un resultado final. Mi estilo ha ido aprendiendo a nuevas formas del verso y la estrofa, pero mi decir creo que ha sido siempre lírico.

Desde que me encontré con la dimensión de lo caribeño como un espacio de encuentro temporal, espacial, cultural y espiritual, no puedo dejar de considerarme parte del mismo.

—Carlos Roberto, ¿cómo visualiza su trabajo creativo de carácter literario con el de su núcleo generacional de escritores en Puerto Rico y el Caribe?

—Creo que las antologías de Los nuevos caníbales (de cuento, poesía y microcuento) nos han confirmado que hay un tejido muy sutil que arropa a un grupo de escritores caribeños que empezaron a escribir, y no necesariamente publicar, en los años 80. Yo, en más de una ocasión, he sentido ese tejido común con otros autores en Puerto Rico (como los que convocó El límite volcado de Alberto Martínez-Márquez y Mario Cancel) y con poetas de Cuba y Dominicana. He visto unos topos literarios comunes (temas, motivos y referencias), unas rupturas comunes (la necesidad de ir más allá de lo insular) y unos puentes comunes (la búsquedas de lazos con las otras artes —el cine y la plástica, entre otras—).

—¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro de Puerto Rico, y la de sus pares, bien sean escritores dentro del marco de creación de sus géneros trabajados o no?

—Creo que mi trabajo creativo (como poeta) siempre ha sido bien recibido por otros colegas. Me refiero tanto a valoraciones privadas como a expresiones públicas y publicadas en diferentes medios. Incluso a través de los pequeños/grandes homenajes que significan el uso de mis epígrafes en sus textos o intercalados en sus versos. Es muy emocionante y halagador encontrarse con ellos en la lectura.

—Sé que es un autor caribeño que renació en Puerto Rico (1964) pero que nació en la República Dominicana (1959). ¿Se considera un autor caribeño o no, dominicano o no, o puertorriqueño o no? O, más bien, un autor de poesía (de poemas), sean estos caribeños, dominicanos, puertorriqueños o no. ¿Por qué?

—Desde que me encontré con la dimensión de lo caribeño como un espacio de encuentro temporal, espacial, cultural y espiritual, no puedo dejar de considerarme parte del mismo. Por eso siempre, en mi vida literaria, he destacado mi origen dominicano y mi desarrollo puertorriqueño como dos partes inseparables de mi ser. Algunos verán esto como una doble oportunidad o conveniencia (por ejemplo, para aparecer en antologías dominicanas y puertorriqueñas, como un día me dijo con cierto tono un amigo poeta), pero yo, a través de mis palabras y mis trabajos (como poeta, editor y profesor), lo he visto como una doble responsabilidad: el compromiso de ser caribeño. Ser puertorriqueño en Dominicana y ser dominicano en Puerto Rico.

—¿Cómo integra su identidad étnica y su ideología política con o en su trabajo creativo? Trate de no ser diplomático en su respuesta, don Carlos, que sé que bastante lo ha sido ya.

—Dentro de mi aceptación de caribeño, está también mi conciencia de mi identidad (étnica, cultural y política) caribeña como uno de los sustratos que definen las palabras, los temas y las formas de mis poemas. Me sería imposible escribir como otra cosa que no sea caribeño, entiendo por caribeño ese junte mestizo de culturas, etnias e historias que nos han ido formando. Ahora bien, a ese caldo (ajiaco o sancocho) que soy hay que añadirle mi formación cultural de una mirada comparativa de la experiencia literaria, que me hace también buscarme más allá del Caribe en espacios tan cercanos como América y tan lejanos como Europa y, más recientemente, Europa del Este. Al fin y al cabo mi nación es el Caribe, pero mi patria es el Lenguaje.

—Su trabajo creativo literario no se inicia recientemente. Sin embargo, ha dedicado una parte de su vida a la exposición de las letras de sus pares en el Caribe hispano. ¿Cómo relaciona su trabajo político-cultural con su lectura particular de la vida y su propio quehacer diario hoy?

—Bueno, como tú dices ya desde la pregunta, yo fui pensando y construyendo Isla Negra desde lo caribeño; porque yo me di cuenta de lo caribeño cuando entré a la Universidad de Puerto Rico; porque aunque yo venía de un padre guatemalteco y una madre dominicana y había vivido (nacido o renacido) en Puerto Rico, vamos a ponerle así, desde los cinco años yo lo veía como muy normal el hecho de que tú tuvieses una vida aquí y otra vida en otro lugar. O sea, que para mí salir de la isla para llegar todos los veranos (desde los cinco hasta los quince años) a esa otra isla, era mi cotidianidad… además, tenía una vida guatemalteca que yo conocía poco, pero que también me añadía otras aristas a mi ser. El ser dividido, y escindido, siempre fue parte de mi normalidad. Siempre lo vi así, porque a República Dominicana yo iba, y era el primo boricua, y aquí yo venía a jugar baloncesto y era el dominicanito. Entonces, siempre fui eso, como otra persona distinta a la que yo era. Así que era para mí lo cotidiano ese vivir en lo extranjero, pero cuando entré a la universidad, entonces, y específicamente en mi experiencia como estudiante de la literatura, me enseñaron que había una dimensión que ya otra gente había explorado antes que yo, que era lo caribeño: Hostos, Martí y Luperón habían trabajado, luchado y habían muerto porque las Antillas se conectaran. Entonces, yo supe que Isla Negra debía tomar ese rumbo, y yo creo que parte de lo que ha hecho Isla Negra positivo ha sido abrir un poco más esa puerta con esa intención de claramente conectarnos y dejarnos conectados para siempre con el Caribe. Había habido, claro, esfuerzos editoriales más significativos que el de Isla Negra (otras veces he hablado de la labor de Ediciones Huracán y de José Ramón “Che” Meléndez), pero yo creo que nosotros fuimos, quizás, los primeros que incorporamos lo caribeño y antillano a la filosofía editorial del proyecto. Nosotros no sólo hemos publicado a escritores puertorriqueños, sino a escritores puertorriqueños que viajan (y con vocación y compromiso continúan viajando) a la Feria del Libro de la República Dominicana (donde somos la única editorial puertorriqueña en asistir a todos los veintiún años del evento); por eso invitamos a jóvenes escritores dominicanos a Puerto Rico (Pedro Antonio Valdez, Frank Martínez —con sus dos antologías de cuentistas y poetas— y Aurora Arias) para que llegaran e impactaran a los lectores puertorriqueños; por eso fue que hicimos Los nuevos caníbales, el primer esfuerzo histórico que logró juntar las tres Antillas en un solo libro. Eso no se había hecho antes. ¿Por qué lo hicimos nosotros? Quizás, por la coincidencia de la voluntad, el trabajo y la suerte. Por eso fue que abrazamos la colaboración con la gran revista A Propósito (que idearon en Ponce los latinoamericanos Beatriz Navia y Orlando Planchart) para realizar muestras de escritores y pintores dominicanos. Y luego, ese grupo informal, de amistad y tertulias, que en un inicio llegamos a formar (Miguel Ángel Fornerín —a quien conocí a través de Santiago Espinal—, Eugenio García Cuevas, Giovanni di Pietro y Pedro San Miguel fue muy importante en mi sentido de lo dominicano más allá de lo dominicano).

Así, en ese sentido, lo caribeño es parte integral de mi vida.

El cuerpo del catálogo de Isla Negra se forma, inicialmente, con la publicación de lo que yo creía eran mis amigos que además escribían bien.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción de sus muy primeros compañeros de viaje, o aventura creativo-literaria, con su trabajo creativo y la temática o las temáticas que aborda en el mismo?

—Esa pregunta es muy curiosa (me hará retar mi memoria) porque recuerdo que cuando yo entré a la universidad yo no entré para estudiar literatura, y tampoco escribía. Yo no tuve la noción o el sentido de que yo quería o podía escribir (literatura), o quería ser escritor, o estudiar Literatura, hasta después de entrar a la universidad. Claro, en mis primeros años sentí la urgencia de tomar un taller literario. Ese primer taller literario lo tomé con Beatriz Berrocal, una gran maestra, en Estudios Generales. Pero ese taller no marcó mi vida en el sentido de que me hizo estudiar Literatura, sino que me hizo entender que yo tenía una sensibilidad hacia lo literario. Pero una cosa era la sensibilidad y otra cosa era lo que yo quería estudiar. Yo realmente no sabía lo que yo quería estudiar, así que yo seguí un poco la presión de la familia de estudiar algo práctico, y entré a la universidad pensando que podía ser dentista como me habían dicho que era mi padre guatemalteco y como había visto muchos en la familia de mi madre. En mi segundo año decidí que yo iba a ser abogado como mi madre, además tenía primos abogados, y me cambié de Ciencias Naturales a Ciencias Políticas. Estudié Ciencias Políticas, pero yo nunca creía o vivía lo que estaba estudiando, y eso se reflejaba en mis notas, que no eran pésimas, pero eran notas promedio, ¿mediocres? Nunca tenía esa pasión por la cuestión política como otros compañeros de los cursos, que eran fieles a sus discusiones y temas políticos en las tertulias. En el último año de Ciencias Políticas, como me faltaban unas clases y no me podía graduar, me mandaron a tomar unas a la Facultad de Humanidades y ahí, entonces, llegué a las clases de Humanidades y de Literatura. La clase de literatura me la dio José Emilio González, que fue el gran paradigma de mi vida literaria, porque cuando completé su clase, la clase de Literatura Moderna y Contemporánea, regresé donde el consejero académico de Ciencias Sociales y le dije que ya había completado todos los requisitos para poder graduarme; entonces, él me dijo que ahora yo podía pedir entrada a la Escuela de Leyes. Yo, sin embargo le dije que no iba a ser abogado, que iba a ser escritor. Él se sorprendió mucho. Así que a los cinco años de yo haber entrado a la universidad es que yo decido que voy a estudiar Literatura. O sea, no es que yo perdí los cinco años, no me siento que los perdí, pero creo que invertí esos primeros años para encontrar mi lugar en el mundo. Lo que pasa es que yo tenía una pequeña “ventaja o diferencia” con respecto al tiempo y la edad; yo había entrado a la universidad de dieciséis años, muy joven, porque mi abuela, mi madre y mis tías me habían enseñado a leer y escribir desde muy pequeño. Y yo con dieciséis años entré a la universidad, que no es lo usual.

Empecé a estudiar Literatura Comparada, motivado por la clase y por la figura de José Emilio González, y es que entonces entro en contacto con esos primeros colegas y amigos que posteriormente fueron mis primeros cómplices en el oficio escritural. Ese es el grupo que incluyó, primero, a Iván Figueroa, que por muchos años ha sido el diseñador gráfico de Claridad, un excelente escritor y un extraordinario pintor. Y a Ramón Rodríguez (quien un día me regaló la traducción al inglés de mi primer poemario). Ahí estaba Alberto Martínez-Márquez, escritor, profesor y crítico, y después incluyó otros amigos como José Ángel Rosado y Walter Mücher, ahora profesores en Cayey; Georgiana Pietri, la excelente y persistente escritora; Edgardo Nieves Mieles, el escritor, librero y editor; Juan Manuel Soto, profesor en Estados Unidos, y otros. Con esa gente yo empecé a gravitar, con unos más cerca que otros, alrededor de lo literario. En ese tiempo yo vivía en un apartamento y los fines de semana hacíamos unas tertulias donde nos poníamos a leer, y a escribir, poesía. Ahí se sumaba también, a esa tertulia, Héctor Iván Monclova, el más pequeño de los Monclova; él iba con su hermano Eugenio.

Con el pasar del tiempo esa gente fue cada una buscando su rumbo. Después, nos volvimos a encontrar cuando apareció Isla Negra; o sea, Isla Negra sirvió como una especie de pegamento para esa vasija rota que es el tiempo, luego que cada pedazo buscó su destino. La vasija se reconstituyó motivada por Isla Negra, por la convocatoria que hizo Isla Negra para publicar, para hacer proyectos, y empezaron a reaparecer estos primeros amigos (ahora como escritores), algunos más rápido que otros.

“Sólo el naufragio”, de Carlos Roberto Gómez BerasA mí me preguntan cómo comenzó Isla Negra. En términos concretos, nuestro primer libro fue mi primer libro, Viaje a la noche, con el que yo tuve la suerte de ganarme el Premio Nacional que en aquel tiempo era un gran premio, sobre todo para un escritor como yo que nunca había publicado y que no pertenecía a un grupo literario. Pero el cuerpo del catálogo de Isla Negra se forma, inicialmente, con la publicación de lo que yo creía eran mis amigos que además escribían bien. Así que ahí empecé a publicarles a muchos de estos amigos; a Georgiana (mi primera autora publicada); hicimos una antología con José Ángel Rosado (se llamó El rostro y la máscara), a Daniel Torres (a quien primero conocí en el taller de Beatriz Berrocal), a Alberto Martínez-Márquez (quien era el motor de las tertulias): a todos esos escritores que eran mis amigos. Entonces, yo pensaba que estaba publicando a mis amigos, pero lo que yo no sabía era que estaba publicando a lo que se le llamará después la Generación del 80, que es la llamada (¿en un intercambio periodístico entre José Raúl Albaladejo y Carmen Lugo Filippi?) “Generación soterrada”, que llevaba años, ¿veinte o treinta?, escribiendo pero sin publicar. Isla Negra le dio entonces un espacio de publicación a esa generación. Para mí fue iluminador el que esos amigos, de los muy inicios que preguntas, también eran excelentes escritores: pero eran también una generación perdida (como reclamaban en Puerto Rico algunos críticos literarios y escritores establecidos), que existía sobre todo en periódicos alterativos, en revistas (como Filo de Juego y Tríptico, en San Juan, así como otras en el resto de la isla), en hojas sueltas, en ediciones artesanales, en lecturas en Río Piedras (como “La guagua de la poesía”), en tertulias como la que hacíamos en mi apartamento (y hacían otros empedernidos en muchos otros espacios), pero no existía (consistentemente) en libros publicados bajo un sello que tuviese algún tipo de perspectiva oficial o comercial. Entonces, publicarlos y leerlos ahora, después de tantos años, me lleva a ver lo maravilloso de aquel junte primero que nos llevó luego a caminos distintos, pero después nos volvió a reunir, primero bajo Isla Negra y después, incluso, en otros proyectos, algunos inspirados en Isla Negra y otros que han superado a Isla Negra.

Unos se han quedado publicando en Isla Negra, otros no, pero cada uno ha creado un perfil, una trayectoria muy importante, cada uno en su temática; a veces, con temáticas muy distintas porque Daniel es un maestro de literatura queer, Alberto trabaja excelentemente bien la antipoesía y la cuestión surrealista, Edgardo explora excelentemente la ironía y la intertextualidad, y yo por ejemplo, en mi caso, he sentido sienta predilección por lo lirico. Cada uno lo ha hecho dentro de su línea. El mismo Héctor Iván Monclova es narrador y periodista; Georgiana Pietri es cuentista y novelista que repiensa la historia; José Ángel Rosado es un importante investigador y crítico (además de narrador), y Dinorah Cortés (una de las voces inéditas incluidas en El rostro y la máscara) es una exquisita narradora con un estilo muy único. No me gusta mencionar nombres porque siempre se me van a quedar nombres valiosísimos de aquellos inicios, pero ellos saben quiénes son. Iván Figueroa es un tremendo poeta, aunque solamente ha querido publicar un libro, pero yo sé que es un gran poeta y un pintor magnífico, que nunca ha dejado de crear.

Así que toda esa gente ha seguido sumando a un proyecto del cual fueron parte muy al inicio; vamos a ponerlo así, ya eran parte (como amigos) y se sumaron otra vez (como autores) y ahora, pues, entran y salen de Isla Negra según ellos entiendan pertinente. Yo creo que entre todos hay un compromiso común con la literatura (puertorriqueña) y una seriedad del oficio literario que es algo que uno espera de las generaciones que nos han seguido; espero que también lo hagan: que no se dejen seducir ante la facilidad de las redes y los medios sociales y los likes, los posts y los tweets, sino que también asuman la literatura como un oficio que implica trabajo, inspiración, pero también sostenerse en el tiempo, que es lo que han demostrado todos estos primeros amigos.

Isla Negra tuvo la suerte de que muchos de esos primeros autores luego se convirtieron en lectores y críticos de la literatura puertorriqueña. Daniel, José Ángel, Dinorah y Alberto, entre otros, han comentado y colaborado para Isla Negra. Alberto Martínez-Márquez, quien no solamente ha escrito sobre mi poesía, ha escrito sobre una gran cantidad de libros de Isla Negra porque cada vez que tengo una antología de poesía inusual, por ejemplo, una antología de poetas húngaros, una antología de poetas vascos, una antología de poetas gallegos, una antología de poetas venezolanos, ahí está Alberto para la contraportada porque es un lector exquisito y apasionado de poesía. Alberto, además, creó una revista, Letras Salvajes, donde se han publicado trabajos críticos de los libros de Isla Negra.

Muchos de esos primeros nombres todavía siguen amistados con Isla Negra.

En Isla Negra, cada año se abren nuevas puertas, nuevas coediciones, nuevas invitaciones.

—¿Qué otros proyectos creativo-literarios tiene recientes y pendientes?

—Cuando yo dejé de escribir, estuve casi veinte años sin escribir y sin publicar, pero cuando yo volví a hacerlo fue con Mapa al corazón del hombre, veinte años después. A partir de ese libro, yo he escrito y publicado un libro cada año. Alguna gente se sorprende, pero yo no me sorprendo porque antes de esa “sabática” de veinte años yo llevaba un ritmo de un libro por año. Después de los veinte años sin hacer nada he vuelto a hacer lo mismo, un libro por año. Así que yo acabo de publicar un libro ahora que se llama Sólo el naufragio, que es el primer libro que yo escribo pero que no publico bajo Isla Negra. La primera edición no es de Isla Negra, es del Banco Central de la República Dominicana, que es una institución extraordinaria, cuyo Departamento de Cultura lo dirige el escritor, crítico y profesor José Alcántara Almánzar. El departamento, bajo la dirección de Alcántara, tiene una colección de autores dominicanos muy buena, es muy exigente. Yo tuve la suerte, literalmente, de poder entrar a esa colección, y ellos me acaban de publicar Sólo el naufragio. Aparte de este libro, ya tengo otro libro listo para 2019 que se llama Aposento, al que solamente le falta un poema para escribir y terminarlo. Como tú dices: yo construyo libros, porque como te lo dije, le falta un poema en una sección. Es uno de los libros más especiales para mí porque es un libro sobre la memoria. Cada uno de mis libros tiene un tema. Es muy proustiano, el libro está dedicado a “Robertico”, que es como me decía mi familia. Robertico, el niño que una vez yo fui. Es un libro muy personal y en ese libro yo estoy tratando, no sé sí lo voy a lograr porque es algo muy complicado y tal vez está fuera de mis capacidades, que en alguno de los poemas esté ya el germen de lo que va a ser mi novela, una novela que voy a escribir, quizás, en algún momento. Y ya tengo a la mitad otro libro para publicar en 2020 que se llama Un largo suspiro, que es un libro solamente de poemas amorosos, vamos a llamarlos así. Y eso lo que estoy tratando de hacer dentro de mi vida, que de por sí no es aburrida, pero ante la situación del país, con sus crisis: moral, política, ética, económica, educativa, pues, tal vez lo que un poeta pueda hacer si lo hace desde la honestidad del oficio, y la poesía, es más pertinente hacerlo en este momento que antes.

Además de eso, yo soy profesor, y como tal tengo un compromiso como maestro. A mí me fascina impartir clases a mis estudiantes y no tratar de dictarles algo parecido a una “gran verdad” sobre la vida, sino, tal vez, mejor, mostrarles una visión “diferente” del mundo para que tengan más de una herramienta para enfrentarlo y mejorarlo. Para eso van a la universidad, pienso; para hacerlo mejor que nosotros. Ahora, también, soy editor (responsable) de las dos revistas de la Universidad de Puerto Rico en Humacao, que también son proyectos que consumen las energías a la vida, pero le añaden nuevas razones para vivirla.

En Isla Negra, cada año se abren nuevas puertas, nuevas coediciones, nuevas invitaciones. Tenemos, entre muchos proyectos muy especiales, uno muy distinto: publicarle a una poeta eslovena, Barbara Pogačnik; nos acaba de otorgar una beca la Agencia Literaria de Eslovenia para la traducción de sus poemas al español, a cargo del escritor Francisco Larios. O sea, que Isla Negra va a aparecer en esloveno para el año que viene. Quizás el año que viene vamos a la Feria del Libro de España, que estará dedicada a la República Dominicana. Finalmente, trataremos de continuar nuestra asistencia ininterrumpida, por más de veintiún años, a la Feria del Libro de la República Dominicana, que estará dedicada a Puerto Rico.

Todos estos proyectos, y los otros que no menciono, son siempre nuevas oportunidades para tratar de hacerlo mejor; para tratar de aportar de nuevas maneras; para tratar de dejar mejores recuerdos de nuestros hechos y palabras.

 

Referencias

  • Paz, Octavio: Árbol adentro (España: Seix Barral, 1987).
  • Román Samot, Wilkins: “Errata de fe (2015)”, en 2 Reseñas de Trabajo 1, 1-3 (Puerto Rico: Instituto de Literatura, 2016).

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