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Winston Morales Chavarro traspone el umbral del mito en La Dulce Aniquirona

viernes 24 de abril de 2020
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Winston Morales Chavarro
Morales Chavarro: “En La Dulce Aniquirona lo digo claramente: la muerte es una puerta y el tiempo una ventana”.

Para algunos autores la poesía no está limitada por el alfabeto, las palabras, las metáforas y, en general, las herramientas que nos provee el oficio literario para expresar la realidad —o la irrealidad—, sino que van un paso más allá y establecen un nexo con el mundo interior del lector. A esta estirpe pertenece el escritor colombiano Winston Morales Chavarro, una figura singular en las letras latinoamericanas, con un trabajo constante que le ha merecido un destacado lugar en la poesía, pero que no se ha estacionado allí pues nuestro autor ha incursionado igualmente en la narrativa y ha desarrollado una labor de difusión como editor de medios especializados en literatura.

Lee también en Letralia: reseña de La Dulce Aniquirona, de Winston Morales Chavarro, por Alberto Hernández.

Nacido en 1969, Morales Chavarro es natural de Neiva, una ciudad a orillas del río Magdalena y capital del departamento de Huila. Su formación en periodismo y literatura —tiene el grado de magíster en Estudios de la Cultura, mención Literatura Hispanoamericana, por la Universidad Andina Simón Bolívar, de Quito—, así como su trayectoria como autor que le ha llevado a los más distantes confines del planeta —Estados Unidos, Polonia, Taipei—, le han permitido construir una obra signada por la diversidad.

Un libro de juventud, Aniquirona —publicado en 1998 y reeditado luego como La Dulce Aniquirona—, se ha convertido a lo largo de los años en un título de referencia para conocer la poesía de Morales Chavarro, y ha logrado abordar incluso otros públicos más allá del idioma español. Hoy, de la mano de su autor, visitaremos los parajes de La Dulce Aniquirona.

 


 

La Dulce Aniquirona más que poesía es luz personal, ascenso y crecimiento personal.

La Dulce Aniquirona abre con un poema en el que se presenta a ese ser de femineidad mítica que es Aniquirona. Y allí el poeta le pregunta: “¿Cuál es el país al que me invitas?”. Ya el segundo poema contiene la respuesta: “Estoy en Schuaima / He llegado con la brisa”. Hay una clara intención de fundar un territorio de Poesía anclado en el mito. ¿Cómo llegaste tú, Winston, el autor, a Schuaima, o mejor al descubrimiento de Schuaima y de La Dulce Aniquirona?

—La Dulce Aniquirona y Schuaima no son lugares ni presencias inventados por mí. Tampoco son ejercicios de escritura poética o narrativa. Antes de constituirse en literatura, La Dulce Aniquirona existía como mujer, y Schuaima como espacio geográfico. Lo literario vino después, cuando ese lugar y esa mujer se fueron levantando de su propio pasado y de sus propias raíces y se fueron reincorporando a aquel presente de 1995. Entonces antes de ser un objeto literario o un artefacto estético, ella es una mujer que habita su propio territorio. Yo tuve la gracia, quizás el privilegio, de ser un embudo, una especie de canal a través del cual ella hablaba. La Dulce Aniquirona apareció en 1990, cuando yo era un estudiante universitario recién salido de la provincia. A partir de entonces comenzó a hablar; a esbozar viejas enseñanzas que yo anotaba en un cuaderno del despertar. Primero la vi a ella, como presencia viva, y luego ella me condujo a su lugar de residencia: Schuaima. Por eso mi segundo libro se llama De regreso a Schuaima. Más que ser un ejercicio de escritura pretende narrar y contar los elementos que conforman ese mundo, el reino del gran más allá, un lugar donde llueve todos los días y donde hay dos lunas sobre el firmamento. El libro comenzó a escribirse en 1995 y se publicó en 1998. Mas La Dulce Aniquirona se asomó por esa ventana de lo onírico desde 1990. En este punto debo reconocer que aún dudo mucho de que La Dulce Aniquirona sea un personaje inventado por mí, y más bien sigo nutriendo la vieja idea de que yo soy un invento (sueño) de ella.

“La dulce Aniquirona”, de Winston Morales Chavarro
La dulce Aniquirona, de Winston Morales Chavarro (Trilce Editores, 1998). Disponible en Amazon

—¿Es Aniquirona “el umbral de otros caminos”? ¿A dónde nos está guiando Aniquirona?

—No puedo ser tan pretencioso de suponer que es una guía para todos. Quizás en el futuro lo sea. Lo que sí tengo claro es que es una guía para mí. No una guía física, que me conduzca por un camino físico en particular, sino una guía de carácter espiritual. La Dulce Aniquirona más que poesía es luz personal, ascenso y crecimiento personal. Llámalo como quieras: ascenso, purificación, vibración, frecuencia. Lo que sí tengo claro es que hay una conexión con la naturaleza y un respeto por todo lo que la constituye. Yo soy vegano, pero no hice ningún ejercicio de sometimiento gastronómico. Simplemente me desperté un día y sentí que alguien había metido la mano adentro de mí y había apagado el suiche de consumo animal. Creo que todo es así: son decisiones espirituales que no te explicas y que provienen de un lugar que desconoces.

—Schuaima es un territorio mítico que fácilmente puede identificarse con la muerte, pero en el libro se puede vislumbrar algo más: un territorio de poesía, de la nostalgia, la representación de una suerte de estado de eternidad. ¿Puedes hablarnos un poco más de ese paraje mítico?

—En La Dulce Aniquirona lo digo claramente: la muerte es una puerta y el tiempo una ventana. La muerte no es el fin; es simplemente un salto cuántico a otro plano de la existencia. Por supuesto que no podemos desligarnos de lo físico, del dolor natural que significa el desapego con los seres que amamos, pero desde muy pequeño he tenido la sobrada convicción de otros planos paralelos a los nuestros, de otras dimensiones y otros escenarios. Vuelvo y repito: yo sólo escribí lo que se me dictaba, lo que veía. Mi única contribución a este ejercicio es el puente que establecí entre los planos de lo onírico y de lo físico, la corrección de los textos (si es que fui yo el que los corregía), la búsqueda de una editorial, el envío de los libros a concursos, la puesta de los textos en el mundo de lo virtual. Schuaima es el reino de La Dulce Aniquirona, un lugar que visité en varias ocasiones y cuyo nombre, lo mismo que nombres como Alexander de Brucco, Aniquirona, Yhoma, Óama, ovellón-ovellones (frutos de Schuaima), son auténticamente oníricos. No sé si Schuaima, como digo en un poema, sea el gran reino del más allá. Quizás, cuando hablo de más allá, simplemente me refiero a un plano más allá de lo que conocemos, razonamos o intuimos.

 

La Dulce Aniquirona está presente con mucha fuerza en mis tres primeros libros.

La larga huella de La Dulce Aniquirona

—Publicado originalmente en 1998, La Dulce Aniquirona es sin duda tu libro más conocido. Ha sido traducido a varios idiomas como el francés, el inglés, el polaco o el rumano, y la crítica no deja de mencionarlo cuando se refiere a tu trayectoria poética. ¿Puedes comentarnos un poco del devenir de este libro a lo largo de los años?

La Dulce Aniquirona fue publicado en 1998, de modo que en el plano físico, el libro —que es una mujer— tiene veintidós años. La Dulce Aniquirona ya es una mujer, y como mujer es autónoma y dueña de sus propias decisiones. Yo la reconozco como tal y la respeto. En el plano no físico La Dulce Aniquirona no tiene veintidós años, intuyo que es una mujer antiquísima, algún ser espiritual que quizás entró en contacto conmigo en otros planos y realidades. A veces creo que Alexander de Brucco (título de mi tercer libro publicado) fui yo; que este hombre de hoy tiene memoria de ese personaje que transitó hace muchos años por su vida y que conoció a Schuaima y a La Dulce Aniquirona. Al ser ya una mujer adulta en esta realidad, ella (el libro) ha comenzado a dialogar con la gente, con otras geografías, con otras lenguas. En el 2017 la académica y traductora polaca Barbara Stawicka-Pirecka (una de las traductoras del Premio Nobel polaco Czesław Miłosz al español) leyó La Dulce Aniquirona y, sin que yo lo supiera o lo solicitara, tradujo el libro al polaco. El libro fue publicado en los talleres de la Universidad Adam Mickiewicz de Poznań, Polonia, y en el 2019 la prestigiosa editorial polaca Anagram publicó una segunda edición. El libro ha sido leído y presentado en los Institutos Cervantes de Harvard, Cambridge, Massachusetts, Berlín, Cracovia y Varsovia, y, además, en las universidades polacas de Zielona Góra, Szczecin, Wrocław, Poznań, Cracovia y Varsovia y en varias bibliotecas públicas de Polonia. Ella sigue su viaje; yo sólo observo y observo.

—¿Qué hay de La Dulce Aniquirona en tus libros posteriores? Sabemos que la muerte es uno de tus temas recurrentes, pero, aparte de esto, ¿cuál es el rastro de Aniquirona en tu obra?

La Dulce Aniquirona está presente con mucha fuerza en mis tres primeros libros. Ellos son la presencia de ella en la medida en la que parecen un génesis, un éxodo (en este caso a la inversa porque es el regreso) y un poblar Schuaima con personajes de la Biblia, pero con esqueletos nuevos, redefinidos, deconstruidos y releídos. Esos personajes (del libro Memorias de Alexander de Brucco) se despojan de sus antiguas ropas y aparecen con atuendos y lenguajes nuevos; quizás cansados de la forma en la que fueron construidos y sellados: sin derecho a una reivindicación o disculpa pública. Hablan con un idioma renovado a través de Alexander de Brucco, que simplemente se encarga de recoger esas memorias y esos nuevos sellos. Luego vienen los libros: Dios puso una sonrisa sobre su rostro (novela), Poéticas del ocultismo en las escrituras de José Antonio Ramos Sucre, Carlos Obregón, César Dávila Andrade y Jaime Sáenz (ensayo), Camino a Rogitama (sin la presencia directa de La Dulce Aniquirona), La ciudad de las piedras que cantan (un homenaje al universo maya) y otros varios libros de poesía. La Dulce Aniquirona vuelve a aparecer en Lámpara cifrada (libro publicado en Rumania en edición bilingüe en 2018) y en dos libros inéditos. Hay un libro mío de 2014, ¿A dónde van los días transcurridos? (Premio Internacional David Mejía Velilla de la Universidad de La Sabana), que se aparta totalmente de lo escrito antes. Ahora tengo tres libros inéditos de poesía, una novela y dos o tres de ensayo.

 

Mi única disciplina es la lectura y un poco la revisión y corrección de los textos, pero pocas veces el mismo acto de escribir o de obligar a que la literatura surja.

La Dulce Aniquirona y el oficio literario

—En La Dulce Aniquirona prevalece un lenguaje poético de alto vuelo, pero hay además un impulso narrativo que te permite conducir al lector a través de las diferentes instancias por las que Aniquirona guía a la voz poética. Tú ganaste en 2004 el premio de la bienal José Eustasio Rivera por tu novela Dios puso una sonrisa sobre su rostro; la narrativa no te es ajena. ¿Cómo es la narrativa de un poeta: tu narrativa como poeta?

—Yo hago narrativa desde mi primer libro de poesía. Muchos de mis libros de poesía parecieran libros de relatos. Es decir, todo libro es un poema; quizás un poema un tanto épico. Los poemas se separan por números porque estos números realmente son escalones para subir al techo del libro o de Schuaima. Todos mis libros de poesía son unitarios: llevan un hilo narrativo o vehicular que conduce al lector por una carretera onírica, mítica o existencial. En ninguno de ellos hay poemas sueltos; ni siquiera en los libros que aún no se han publicado. Ahora, en cuanto a las novelas (una publicada y dos inéditas), hay lenguaje poético en ellas, pero siento que en este tipo de escritura me salgo un poco de esa voz interior o atávica para narrar desde un tiempo y espacio presentes, actuales o por lo menos más cercanos: los movimientos de una realidad ordinaria y a la vez trascendental.

—¿Eres un escritor disciplinado, con horarios, o escribes cuando las ideas se te presentan?

—Las dos cosas. En ciertas épocas de mi vida creativa no he parado de escribir. Varios libros de poesía, sobre todo los primeros, fueron surgiendo de manera sucesiva, uno detrás de otro. Luego vinieron épocas de silencio y de contemplación, y luego venía la narrativa con un afán inusitado de salir y cantar al mundo. Nunca me he preocupado por la disciplina; mi única disciplina es la lectura y un poco la revisión y corrección de los textos, pero pocas veces el mismo acto de escribir o de obligar a que la literatura surja. Si no lo siento, no lo hago: uno sabe cuándo todo es artificioso. Al ser mi poesía un dictado de La Dulce Aniquirona, soy obediente y sereno esperando que me lleguen sus visiones, sus revelaciones y sus palabras.

—¿En qué otros proyectos trabaja Winston Morales Chavarro actualmente?

—Tengo tres libros de poesía inéditos, dos novelas y varios libros de ensayo y periodismo. Tenía algunos viajes programados para este año, pero todo ha sido paralizado por los efectos del coronavirus. Realmente no hago muchos planes. Sólo me ocupo de vivir.

Jorge Gómez Jiménez

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