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La dulce Aniquirona, de Winston Morales Chavarro

viernes 13 de marzo de 2020
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“La dulce Aniquirona”, de Winston Morales Chavarro
La dulce Aniquirona, de Winston Morales Chavarro (Trilce Editores, 1998). Disponible en Amazon

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Con sólo nombrar, establecer un nombre en un espacio, se crea el universo, un universo, el que habita el poema y lo revierte tiempo, ligazón con un símbolo, con la antigua tradición donde una divinidad trasluce el infinito. O quizás la fórmula personal para saber que la muerte es sólo una pasantía.

Entre estas aguas simbólicas va el viaje, la búsqueda permanente de lo que se trata de entender. O de lo que se ha revisado con el pensamiento y encontrado para darle a la voz personal el tono siempre aspirado, el que se respira y el que se añora.

La poesía, ese asunto tan dilatado a la hora de traducirla o definirla, construye sus propios mitos, sus personajes y aventuras, tan cercanas a quien los imagina que los hace verdad una vez son leídos, trasladados a la conciencia del sujeto lector capaz de identificarse con el texto, que no es otra cosa que una permanente traslación.

Cabría viajar por ese nombre tantas veces pronunciado. Así como Macunaíma es una “rapsodia” cantada por Mário de Andrade, en la que se juntan paisaje y misterio, Aniquirona destaca como ese alguien que se desplaza por la vida de un hombre y lo obliga a hacerse palabras. No queda otra explicación que leer cada verso y enterarse de que Winston Morales Chavarro no deja de buscarla, a ella, a esa luz que roza el tiempo y ambula por la memoria. Es decir, el poema revestido de poder capaz de crear poesía con un personaje que se autoconstruye, que hace que el autor, el poeta colombiano que visita estas líneas, sea el reflejo de quien lo ocupa, de quien lo preocupa, de quien lo espera siempre en el mismo lugar aunque ese lugar sea muchos lugares: paraísos, desiertos, bosques, mares, ríos. Una geografía imposible, develada por la densidad del misterio o de la luz.

La dulce Aniquirona, un poema, un largo poema, publicado por Trilce Editores en Bogotá, Colombia, en 1998, se resiste a ser obviado, toda vez que ha quedado como una marca en aquellos que han estado cerca de su aliento, próximos a la voz que convoca y se forja destino.

 

2

La poesía, la sangre de las palabras, y el poema, su estructura, suelen contener personajes que se convierten en hitos íntimos que, luego, se hacen eco en quienes han sido parte de sus aventuras: toda lectura lo es. Toda palabra que elabore una tesis, un perfil actante, se posesiona del testigo, porque quien lee ya es testigo y muchas veces protagonista a través de la voz del poeta.

En el caso que hoy nos toca, este libro/poema de Morales Chavarro, estamos frente a un desafío: nos paseamos con el viaje hacia la luz, con el tránsito en el que no faltan referentes.

Con evocar los nombres de Artaud, Blake y Dostoievski, quien abre este libro tendrá frente a sus ojos el balance entre la luz y la sombra. Es decir, la poesía como deliberación.

El loco Artaud dejó escrito: “Necesito poesía para vivir. / Y quiero tenerla en mi alrededor”. Por su parte, el alucinado Blake traza: “Este mundo es un mundo de imaginación y visión”. Y remata el sombrío pero esperanzador Dostoievski: “Creo en la vida eterna de este mundo”.

Ellos tres, reunidos como acompañantes del poeta colombiano, abren la puerta para descubrir ese mundo, ese universo, esa poesía tan necesaria para vivir convertida en un personaje: Aniquirona.

 

3

Todo hálito humano activa una odisea. El mito es parte del legado cultural. Y la poesía es la base de sustentación de esa herencia. Quien vive viaja. Quien vive relata, quien vive hace de las palabras imaginación, visión, poesía. Y la poesía es densidad, trasunto, revelación.

“Estoy buscando las voces del camino / para traducirlas”, se oye la voz del que anda o desanda paisajes. El poeta describe lo que aún no ha visto y expresa: “Los días difíciles del cielo”.

¿Qué busca este eco? ¿Hacia dónde se dirige? ¿Qué compañía lo define?

Quien traza los poemas sabe que la poesía es su compañera, pero es preciso darle un nombre. Un nombre que sea capaz de hacerlo expresar: “He de cuestionarme / mujer de largos sueños / E inexplicables trances / ¿Cuál es el país al que me invitas?”.

¿Qué lugar es ese, qué geografía?

El poema —la voz que leemos— invoca o evoca Schuaima: ¿será acaso “el umbral de otros caminos?”. ¿El trecho que Dante un día experimentó, el tránsito tortuoso de Ulises hacia su amada? No obstante, quien habla dice ser “un nuevo en este sitio”, lo que no contradice la idea de que el poeta ande en búsqueda de tal lugar guiado por Aniquirona.

La cosmovisión de este poema, que se extiende llena de símbolos, también establece desde el núcleo del que habla que “hay un yo que me detiene”.

Y entonces, la imagen poética, misteriosa, literaria: el viaje de aquel que estuvo en el Purgatorio, en el Infierno y en el Paraíso:

“Aniquirona / Cuando bajo las escaleras de la casa / Pienso que esta es otra forma de llegar a Schauima / —el reino del gran más allá— / puede que descender / sea otra forma de ascender”.

Y entonces, “la muerte es música”.

 

4

No es el río de Aqueronte. Los tres planos que la fe revela. Los tres sitios por donde pasaría el alma. Pero igual sí se mencionan un tren, una corriente de agua, la luz. Los referentes asoman la sacralidad, el milagro de ese “era yo en un diminuto pájaro de piedra”. Imagen, revelación divina desde la tierra como imago, que despeja la ruta a ese lugar con tantos significados: “El diccionario abierto al camino”.

Pero si la muerte concita la eternidad, el reloj sin término, el yo que transita se detiene a mirar cada estadio donde la poesía —esa necesidad, la tan amada por Artaud— es quien gobierna.

El poeta, el que dice estar, confiesa: “He perdido la noción del tiempo”.

Y continúa.

Una galaxia donde se ha establecido el infinito, donde los planetas no son simples sustantivos sino parte de la búsqueda. Descendencias de dioses antiguos, lugares venerados por la cultura: Urano, Marte y Schuaima, y desde la creencia de que el afecto deletrea el instante, el poeta dice:

“Aniquirona / muchachita de luz tejedora, bordadora de sueños”.

Aparece la mujer idealizada, pero igual la referida en Penélope, la que teje la espera, la que zurce el tiempo mientras sus ojos viajan a otro paisaje donde el sacrificio no atenúa la existencia:

En la estancia de reinos luminosos, “Los espíritus de luz me crucifican / la muerte extranjera”.

Ella, la que perdura en los poemas es una ilusión. La poesía suele rozar lo que no se encuentra.

“Mujer en espejo / Dime, en dónde comienza el tiempo”.

Y deja de ser parte de aquel relato, el del libro mayor de los creyentes:

“Yo soy el polvo que no vuelve al polvo”.

(***)

Este libro de Winston Morales Chavarro sigue siendo un registro de lo que continuamos siendo: parte del milagro que las palabras suelen construir.

Alberto Hernández
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