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Damián H. Estévez publicó en 2019 el libro de cuentos Lotavianos
El autor que creó una isla para sus lectores

viernes 26 de febrero de 2021
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Damián H. Estévez
Damián H. Estévez: “Me gusta mantenerme en un equilibrio tenso entre el respeto a las normas lingüísticas y el descubrimiento de expresiones más extremas”.
“Lotavianos”, de Damián H. Estévez
Lotavianos, de Damián H. Estévez (Aguere-Idea, 2019). Disponible en la web del autor

El escritor español Damián H. Estévez es filólogo egresado de la Universidad de La Laguna y ha trabajado como docente de secundaria en diversos institutos públicos de El Hierro, Gran Canaria y Tenerife. La editorial Aguere-Idea publicó su libro de cuentos Lotavianos en 2019, pero en sus páginas asistimos a un punto en la evolución de un autor que desde hace mucho tiempo viene enrumbando su obra a construir un universo particular en la isla de Lotavia.

Territorio ficticio construido con retazos de la realidad, Lotavia toma forma en la obra de Estévez desde sus primeros relatos. Su identidad, sus parajes y su historia son parte de un proceso consciente de construcción de una obra que aspira a la universalidad a través de las infinitas posibilidades de una geografía ficticia. Hoy conversamos con el autor sobre este libro, pero también sobre el resto de su obra y sobre su manera de abordar el hecho narrativo.

 

El nacimiento de Lotavia

Lotavia es el territorio insular ficticio en el que has ambientado toda tu obra. ¿Cómo se te presentó esta isla en tu discurrir como autor?

Me gusta imaginar que Lotavia integra la Guía de lugares imaginarios de Alberto Manguel y Gianni Guadalupi y que conforman nuestro imaginario cultural: la isla de Crusoe, la isla del tesoro, la de los Houyhnhnms y los Yahoos, la isla de Nunca Jamás o las islas Afortunadas, por mencionar algunas de las islas imaginarias que estos autores recogen en su Guía. Siempre me sedujo la osadía de muchos autores de inventar no sólo las historias y sus protagonistas, sino los territorios en que suceden, y que esos lugares adquieran tanta trascendencia como los personajes: aparte de los hispánicos Macondo, Comala, Castroforte del Baralla…, a mí me seduce el territorio ficticio de Faulkner, Yoknapatawpha, porque el autor norteamericano se inspira en parajes “reales” para crearlo, y como parajes reales los trata en su narrativa. Me seducen, especialmente, esos territorios cuyos autores los adoptan para varios relatos, si no para todos, como es el caso de Faulkner o García Márquez.

En mi caso, tal territorio ficticio tenía que ser necesariamente insular, y apareció de una forma difusa en mis relatos juveniles, aunque entonces no tenía ni siquiera nombre. Lotavia surgiría más tarde, ante un proyecto narrativo concreto, que, sin embargo, aún no he completado, y de éste se ha expandido a todos los que sí que han sido editados.

Crear una isla más me permite una libertad absoluta de montar los escenarios que necesito para la trama, de amoldarlos incluso al carácter de los personajes y a su modo de entender la vida. Hay una tendencia en cierta novelística contemporánea a prescindir de los espacios; sin embargo, yo les concedo una importancia trascendental.

Lotavia es un compendio de las demás islas, pero no las sustituye; se añade a ellas. Mis personajes viajan de Lotavia a las otras islas, o a otros países, no es un espacio cerrado y excluyente.

 

Muchos de los personajes que he creado, sean o no protagonistas, aparecen de pronto en otros relatos, muchas veces en una línea o en un pequeño párrafo.

Lotavianos es tu último libro, un libro de cuentos con vida propia, independiente del resto de tu obra. Sin embargo, ¿podemos decir que hay hilos que lo relacionan con tus otros libros?

Sí, hay varias cuestiones que relacionan todos mis relatos entre sí.

En primer lugar, la propia isla de Lotavia, territorio en que se desarrollan todos ellos, y también una parte importante de la novela Quién como yo.

En segundo lugar, algunos personajes de varios relatos aparecen momentáneamente en otros, o en la novela, en una distribución humana que aporta veracidad al ente literario que es Lotavia. Los personajes protagonistas de esta colección de relatos, Lotavianos, aparecen como anecdóticos en la novela que he mencionado; mientras la escribía, sabía que algunos de ellos tendrían su propia historia, y en algunos casos incluso esbocé esa historia mientras redactaba la novela. Además, en Lotavianos aparecen, siempre de refilón, personajes de mis dos anteriores colecciones de relatos, Lo que queda en el aire y …En el aire queda. Y entre los relatos de estas colecciones también transitan algunos personajes.

Como lector, muchas veces me ha intrigado qué ocurre con tal o cual personaje, sea o no protagonista, cuando el escritor ha decidido acabar la novela. Es como si me molestara resignarme a pensar que han desaparecido, que, en cierta manera, han muerto. Por eso, muchos de los personajes que he creado, sean o no protagonistas, aparecen de pronto en otros relatos, muchas veces en una línea o en un pequeño párrafo. Eso no quiere decir que propongo una especie de reto a los lectores para que los identifiquen; este juego de encrucijadas pasa desapercibido para el lector sin que esta circunstancia suponga merma de la comprensión de la historia, y no deja de ser, por tanto, otra cosa que un guiño que como autor me hago a mí mismo.

Por último, mi gusto por un lenguaje descriptivo, un tanto barroco, está presente en todos ellos, y también el uso de la variedad lingüística del español que hablamos en las Canarias.

 

Sabemos que algunos de los parajes de la isla descritos en Lotavianos y en tus otros libros tienen correspondencia en ambientes reales; de hecho en tu web hay información sobre lugares que te inspiraron. Pero además, ¿cuánto hay de Damián H. Estévez en los personajes de los relatos que componen el libro?

Los relatos contenidos en los dos primeros títulos que he comentado antes surgieron todos de anécdotas personales, de personajes que alguna vez conocí, de territorios insulares especiales para mí. En la novela y los relatos de Lotavianos, aunque ya no sean el punto de partida, sí que aparecen estos componentes. Es inevitable que ocurra así, aunque luego las tramas no repitan necesariamente experiencias propias.

Sin embargo, creo que hay una característica de mi personalidad que está presente, de un modo u otro, en mis personajes. Se trata de una suerte de descreimiento en el optimismo; me resulta complicado crear personajes optimistas; por ejemplo, el protagonista de “Hombre con traje rojo”, y la protagonista de “Arminda y el cofre del esposo difunto”, dos personajes que enfrentan su vida con confianza en la humanidad, en sí mismos, en el presente y en el futuro. La mayor parte de mis personajes, aparte de que sus trayectorias vitales suelen contener alguna tragedia, alguna desgracia, suelen conducirse por una íntima desconfianza del entusiasmo. A otros, como le sucede al joven protagonista de “Lugares propicios al amor”, su dicha se ve de golpe frustrada por la realidad.

 

Una isla a la medida de su autor

¿Qué posibilidades se te abrieron, desde el punto de vista creativo, al ambientar tus historias en Lotavia?

Sobre todo, Lotavia me ha ofrecido, y me sigue ofreciendo, la creación de todos los componentes de mi universo literario: temas, personajes, tramas, tiempos y, también, el espacio, que es tan ficticio como todos los anteriores. La isla ha ido creciendo con cada uno de los relatos en que aparece, se ha ido concretando, pues está al servicio de los otros componentes. Si necesito un caserío cuyas casas se asientan al borde de los barrancos y acantilados, pues aparece Érika, por ejemplo; si alguno de mis personajes necesita para sus infidelidades un barrio discreto dentro de una gran ciudad, pues lo va a encontrar en el moderno barrio de La Subida en San José, capital de Lotavia.

Sin embargo, según ha ido creciendo Lotavia, también han surgido las dificultades. Tiendo a la precisión en la descripción de los espacios: cuando vuelvo a uno de ellos en otros relatos debo cuidar no contradecir lo que de él ya había escrito. Trabajo con fichas que me ayudan a mantener esa coherencia.

 

Una de las cosas que más nos llaman la atención en Lotavianos es tu distanciamiento moral, por decirlo de alguna manera, respecto de los hechos narrados en el libro. Pongamos por caso, el pedófilo confeso del primer relato, “El esteticista”, o el encantador violador de “El secreto de Rosalinda”. Pareciera que los personajes viven su vida, con sus luces y sus vilezas, y tú como autor te limitas a contarlas. ¿Puedes hablarnos un poco de esto?

Lotavianos viene precedido de una cita de Rafael Sánchez Ferlosio en la que se advierte de la necesidad de ese distanciamiento moral del escritor frente a sus personajes y sus historias; la narración debe ser amoral. Es una máxima que he intentado seguir en todas mis creaciones. El escritor debe sugerir, mostrar, evocar, incluso explicar y analizar personajes y aconteceres, pero nunca justificarlos o condenarlos, porque esta acción moral le corresponde al lector. Si esto no ocurriera así, si quien escribe no lo hiciera con tal premisa, no dialogarían escritor y lector, y la escritura y la lectura devendrían una frivolidad, un acto vacío. O peor aún, un adoctrinamiento.

 

Mi tendencia al barroquismo, a llevar al límite el idioma, obedece a mi modesto conocimiento de cómo funcionan sus estructuras.

Lotavia no se agota

Hay relatos en Lotavianos que ostentan una gran belleza, incluso con un lenguaje abiertamente poético en algunos casos; además, resalta en muchos de ellos su vocación de relatos de largo aliento. ¿Cómo llegas a esta forma de narrar? ¿Trabajas mediante una rutina, una disciplina a la que te ciñes de forma estricta, o escribes de acuerdo a como se te presentan las ideas?

No soy un escritor compulsivo, todo lo contrario. Escribo a un ritmo muy lento (y no sólo porque dispongo de poco tiempo para hacerlo), con excesiva tendencia, quizá, a la revisión continua, a la corrección. Además, aunque no mantengo una rutina de trabajo, tengo que hacer una planificación completa de las historias, de sus diferentes elementos, personajes, espacios, voz narrativa, tiempos, antes de disponerme a redactarlas; claro que lo que he planificado se vuelve improcedente o necio en bastantes ocasiones, o incompleto, durante el proceso de redacción, así que reorganizo una vez y otra. Por tanto, hay una correspondencia viva, continua, entre ambos procesos de la creación, que también la ralentizan.

 

Eres filólogo egresado de la Universidad de La Laguna. ¿Cómo te ha beneficiado tu formación en la creación literaria?

Sin duda, mi tendencia al barroquismo, a llevar al límite el idioma, obedece a mi modesto conocimiento de cómo funcionan sus estructuras… Me gusta mantenerme en un equilibrio tenso entre el respeto a las normas lingüísticas y el descubrimiento de expresiones más extremas, más sorprendentes. Respeto profundo, pero no servilismo; innovación, pero no ruptura, y menos aún experimentación con formas accidentales, circunstanciales.

Sin embargo, en algunas ocasiones siento como un lastre la búsqueda constante de ese equilibrio, donde para mí reside la perfección en la creación artística, que a lo mejor me impide ser más libre. En ocasiones desearía ser como Baroja, que obviaba la corrección normativa y creó una prosa ágil, vigorosa, expresiva. Mi ideal sería conseguir ese estilo, pero dentro del corsé normativo del idioma.

 

¿Qué otros proyectos tienes en mente? ¿Leeremos más de los espacios de Lotavia, su historia y sus gentes?

Por ahora no se ha agotado Lotavia, todo lo contrario, ahora me encuentro redactando la historia en que Lotavia encontró su nombre.

Jorge Gómez Jiménez

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