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Permiso de residencia temporal es su primer libro:
Ricardo Ruiz Betancourt explica (o lo intenta) la decadencia de Venezuela

sábado 31 de julio de 2021
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Ricardo Ruiz Betancourt
Ricardo Ruiz Betancourt: “Escribir Permiso de residencia temporal fue una especie de catarsis, un nudo atragantado, un grito”.

Explicar Venezuela. Ese es uno de los retos cotidianos que enfrenta un venezolano que vive fuera de su país. Un país que lo tuvo todo, riquezas naturales y humanas, y que ha terminado naufragando en un inaudito apocalipsis causante, a su vez, de una de las mayores migraciones de la historia. De cómo este drama ha permeado la literatura es un claro ejemplo Permiso de residencia temporal, el libro de Ricardo Ruiz Betancourt que acaba de ser publicado en España por el sello Caligrama.

Permiso de residencia temporal abreva del ensayo y de la narrativa para presentar una panorámica de las circunstancias que se han alineado en los últimos años para que Venezuela termine como está. Manejos políticos, asonadas militares, componendas y el asedio a cualquier resquicio de civilidad son algunos de los tenebrosos personajes que discurren en sus doscientas páginas.

Contador de profesión, Ruiz Betancourt (Caracas, 1962) tiene una dilatada trayectoria en auditoría financiera y consultoría empresarial. En 2017, un año particularmente duro en Venezuela —protestas en todo el país arrojaron saldos terribles en muertos, heridos y prisioneros políticos—, llegó a República Dominicana y se estableció en San Francisco de Macorís. Mientras tramitaba el documento al que alude el título del libro, se dio cuenta de que era parte de una historia que debía ser contada.

 

Lee también en Letralia: reseña de Permiso de residencia temporal, de Ricardo Ruiz Betancourt, por Alberto Hernández.

Permiso de residencia temporal contra el optimismo irracional

—Tu libro Permiso de residencia temporal está escrito como un largo relato testimonial, pero en la forma de varios relatos breves en los que echas una mirada al pasado para tratar de explicar el presente, una estructura que recuerda la de País portátil, la novela de Adriano González León que es uno de tus referentes. ¿Qué retos te planteó esta línea de trabajo?

—Tenía la idea, que se consolidó durante el viaje a Santo Domingo, de hacer que la historia ocurriera en un solo día. En cada etapa del viaje de ese día, explicaría el proceso de decadencia del país, relacionándolo con mi propia experiencia. El reto fue hacer una novela, que luego cambiaría a un ensayo, que fuese como un homenaje a País portátil pero no una copia. El mayor reto, no obstante, fue respetar la escritura, hacer algo decente y razonablemente bien escrito.

—Hay un tono pesimista que atraviesa todo el libro. Nada más comenzar lo estableces con una frase lapidaria: “Caracas es una ciudad en blanco y negro, pero sin la belleza nostálgica de una foto antigua, es un blanco percudido y un negro de muerte”. Incluso hacia el final dedicas algunas páginas al tema del optimismo y adviertes: “el optimismo es peligroso”. ¿Te define ese pesimismo como ciudadano de un país en crisis? ¿Ves alguna salida a esa crisis?

—Planteo el pesimismo en contraposición a ese optimismo irracional que tenemos muchos venezolanos y que afirma que la solución viene ya, ahora, que nos esperan grandes cosas —sin detenerse a pensar en el cómo—, que lo lograremos porque sí, sin siquiera haber entendido realmente qué nos pasó. Es un pesimismo para ir contra esa corriente de pensamiento, para que pensemos de manera crítica, para que nos cuestionemos. ¿Que si veo una salida? No. Cuando veo la propaganda de las patrullas Mustang o un candidato de oposición resaltando las figuras de Gómez, Cipriano Castro o Pérez Jiménez, pierdo las esperanzas.

—A lo largo del libro comentas casos de personas que se fueron de Venezuela y que ya no regresarán. Y en el último capítulo de Permiso de residencia temporal lo declaras: “No volveré a mi país”, como si necesitaras decirlo en voz alta, convencerte de una realidad que por el momento no se puede cambiar. ¿Escribir este libro ha sido acaso una forma de volver?

—Pienso en Venezuela todos los días, la quiero, pero detesto muchísimas cosas de Venezuela y de lo que somos. Más que una forma de volver fue una especie de catarsis, un nudo atragantado, un grito.

—Me parece interesante que hayas encabezado todos los capítulos con epígrafes. Algunos dan un contexto, otros apuntan al tema del capítulo que está por comenzar. Son, en general, puentes mentales hacia ámbitos recorridos a través de la lectura, la música o el estudio de la historia. ¿Lo planeaste así desde el principio?

—No. Mi intención original era escribir una novela sin capítulos, quizás dividida en dos o tres partes. Luego cambié a un ensayo-ficción, puesto que no quería hacer un ensayo académico porque lo que pasó en Venezuela está, desde un punto de vista técnico, bien explicado. Para mi escrito los repasé y los cito. Los epígrafes se me ocurrieron para hacer algo diferente, en lugar de ponerle números, letras o títulos a cada capítulo; o como hizo José Rafael Pocaterra en sus Memorias de un venezolano de la decadencia, un encabezado mostrando un resumen del contenido de cada capítulo. Por cierto, el título que me había planteado originalmente era el mismo de Pocaterra, pero agregándole la coletilla “ciento y tantos años después”. Buscaba enfatizar la decadencia del país, como una historia repetida.

 

“Permiso de residencia temporal”, de Ricardo Ruiz Betancourt
Permiso de residencia temporal, de Ricardo Ruiz Betancourt (Caligrama, 2021). Disponible en la web de la editorial

Democracia en peligro

—En el prólogo hablas de cuando en el exterior te preguntan qué ocurre en Venezuela y tienden a hacer comparaciones, el “eso también pasa aquí”. Es algo que ha experimentado todo aquel que ha salido del país de forma temporal o permanente. Ahora bien, para ti, ¿qué es lo más difícil de explicar la tragedia venezolana?

—Que el país pareciera estar normal. Es decir, si cualquiera de esos extranjeros visita Caracas y llega a Altamira, Las Mercedes o Los Roques, dirá: “Bueno, pero la cosa no está tan mal”. Es fácil explicar la destrucción de Siria, ocurrió una guerra, todo el mundo lo capta de inmediato, punto. Pero no hay manera de explicar que Venezuela fue destruida. El símil que uso es decir que Venezuela fue destruida como en una guerra, pero sin la guerra.

—Años como 2002, 2014, 2017 o 2019 representaron, por diversos motivos, puntos de inflexión en Venezuela, y tuvieron como resultado la ola migratoria indetenible de los últimos tiempos. Pero quizás fue el 27 de febrero de 1989 uno de los más importantes precedentes de esto. Lo dices en un capítulo que dedicas al tema: “…en la calle, en las conversaciones, en la narración de los que presenciaron los saqueos o algunos de los otros graves incidentes de esos días, en el ánimo de la gente, quedaba la percepción o el sentimiento de que algo se había roto o terminado, o comenzaba, de que nada sería igual después de aquello”. ¿Crees que había manera de prever lo que ocurriría? ¿Qué importancia le das a esta fecha?

—Si la hubo, ignoro si alguien lo dijo o lo advirtió. En lo personal no recuerdo haber leído algo al respecto. Lamentablemente, no pude investigar más profundamente en ese sentido. Esa fecha es fundamental, el país no volvió a ser el mismo y a partir de ella se aceleró el proceso de decadencia. Su importancia radica también en que, habiendo sido un evento muy grave y terrible, nadie, ni la dirigencia política, gremial, empresarial, académica, o en general, hizo nada para cambiar el rumbo que llevaba el país. Otra fecha fatídica fue el 18 de febrero de 1983.

A los venezolanos nos ha ocurrido aquello del dicho tergiversado según el cual los dioses enceguecen a quienes no quieren ver.

—“Saltarse la luz roja es una conducta que hermana al latinoamericano mejor que el castellano, el fútbol o las novelas”, escribes en un capítulo del libro. Se suele hablar de un proyecto de unificación de una corriente totalitaria que se apoya en excusas ideológicas y que sus propulsores adscriben a entelequias un poco borrosas como el socialismo o el comunismo. ¿Qué piensas de esto?

—La democracia liberal, con todos sus defectos, está en peligro. Los gobiernos de corte autoritario “derechistas” o “de izquierda” avanzan utilizándola para hacerse del poder y luego dinamitarla desde adentro. América Latina no termina de resolver sus problemas fundamentales, desigualdad, pobreza, subdesarrollo, y no ha sido por falta de recursos. Persisten los oligopolios, el proteccionismo, los amigos, los intereses mezquinos, se frena el emprendimiento, el libre comercio. En ese entorno siempre habrá movimientos de izquierda “borbónica”, como diría Teodoro Petkoff, que tendrán el camino abonado para hacerse del poder y terminar de dañar a países que han alcanzado ciertos niveles de bienestar. Tenemos países como Cuba, Nicaragua y Venezuela respaldados y defendidos por estos intereses autoritarios: China, Rusia, Irán y Turquía, y por esa especie de compañía de marketing internacional que es la izquierda académica de los países desarrollados, a quienes les parece maravilloso lo que pasa en Venezuela, que defienden a Cuba, pero ni de casualidad permitirían esa falta de libertades en sus propios países. En el otro lado están esperando los Bolsonaros y Bukeles.

—En el capítulo que dedicas al optimismo escribiste esto: “Hay en esta desolación, sin embargo, gente insistiendo. Se han quedado para hacer algo, rehúsan irse del país, incluso hay muchachos extranjeros jóvenes que han decidido venirse a Venezuela. Canalizan ayuda médica o alimentaria, aúpan, reportan, creen. Se les escucha decir que así se hace un país, que hay razones para la esperanza, que no todo está perdido. Pero lo mismo pasa en Siria, en Etiopía, en Sudán del Sur, en Haití. Hay gente noble, valiosa, desprendida aportando, haciendo algo, pero los países siguen estancados en un abismo o bien siguen imparables hacia abajo, como Venezuela”. Luego haces un repaso francamente delirante a través de hechos y dichos del presente venezolano. ¿Te planteaste esto como una forma de cartografiar las dimensiones de nuestra crisis y demostrar cuán difícil es intentar una explicación?

—Sí. Y de cómo hemos enloquecido. A los venezolanos nos ha ocurrido aquello del dicho tergiversado según el cual los dioses enceguecen a quienes no quieren ver. Traté de cartografiar, como dices, usando citas en redes sociales, noticieros y comerciales, lo irracional, lo cómico, lo absurdo, lo trágico, lo ridículo, lo estúpido, los contrastes, de muchas de nuestras posiciones. Mientras leía esos tuits o escuchaba los comerciales, pensaba en el contraste con la realidad que vivíamos los venezolanos comunes; recuerdo, sobre todo, el comercial que explica con serenidad de monje budista cómo adquiriendo una póliza de seguros los días serían más azules y los árboles más verdes, mientras Caracas estaba llena del humo de las lacrimógenas y hundida en basura.

—Quizás sea muy difícil explicar la situación de Venezuela, que no es una coyuntura sino que ha venido gestándose a lo largo de todo un siglo, como bien explicas en el libro. ¿Tienes lectores no venezolanos? ¿Has recibido impresiones de ellos?

—Hasta ahora no. Lo he estado haciendo llegar a diferentes personas. Sólo la periodista Katherine Hernández, una venezolana radicada y haciendo carrera en República Dominicana, me ha hecho llegar sus comentarios.

 

Ricardo Ruiz Betancourt, lectura y escritura

—Conozco un libro anterior de tu autoría, Estos recodos intrincados, que permanece inédito. Allí dibujas escenas, una suerte de cromos, con fragmentos de memorias o reflexiones sobre temas de tu interés, y además con una particularidad formal: la extensión de cada relato, constreñida a cien palabras. Permiso de residencia temporal tiene un registro muy distinto. ¿Cómo fue el tránsito a esta otra forma de contar?

—Comencé a escribir Estos recodos intrincados en septiembre de 2015 y lo terminé en 2018, casi en simultáneo con Permiso de residencia temporal. Me planteé escribir Permiso de residencia temporal para dar respuesta a la pregunta sobre qué nos pasó. Pero muchas partes del libro ya las había escrito pensando en los relatos cortos. Entonces el tránsito se me hizo sencillo; bueno, es un decir, porque escribir es muy difícil y escribir bien es todavía más complejo y complicado.

—Eres contador de formación, y aparte de Estos recodos intrincados, tu experiencia se había limitado a reportes financieros y artículos técnicos. ¿Cómo salta el contador a la literatura? ¿Qué aportes le da tu profesión a tu trabajo literario?

—Mi carrera demanda mucha lectura, las normas contables y de auditoría son muy densas, hay que leer y escribir mucho, pero además siempre he sido lector: libros técnicos, de gerencia, historia, política, literatura. Cuando me planteé escribir arrecié con la lectura para poder escribir algo con cierta calidad y con mucho respeto a los verdaderos escritores. No sé si lo logré.

—¿Cómo es escribiendo Ricardo Ruiz Betancourt? ¿Tienes algún sistema, te organizas según horarios, o escribes de acuerdo a como fluyan las ideas?

—Escribo en el tiempo libre porque tengo un trabajo de tiempo completo y exigente. Mientras escribí Permiso de residencia temporal me paraba a las tres de la mañana para leer o escribir. Escribo y tomo notas en todas partes cuando me viene a la mente una idea.

—¿Trabajas en algún otro proyecto en la actualidad?

—Sí. Otra especie de ensayo. Dentro de quinientos mil años unos extraterrestres visitan la Tierra y la única evidencia de existencia humana es un playlist con música de los años 60 al 2000. Ellos intentarán explicarse cómo fue la humanidad a partir de esa única lista de canciones. Veremos.

Jorge Gómez Jiménez