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Permiso de residencia temporal, de Ricardo Ruiz Betancourt
Primeras páginas

jueves 24 de junio de 2021
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Ricardo Ruiz Betancourt

La regularización de su situación ciudadana en República Dominicana inspiró al autor venezolano Ricardo Ruiz Betancourt para escribir Permiso de residencia temporal, su primer libro publicado, que con el marco de los últimos años de la convulsa historia de su país relata en doscientas páginas la dramática situación que atraviesan millones de expatriados. Hoy, por gentileza de su autor, presentamos sus primeras páginas a los ojos de la Tierra de Letras.

 

“Permiso de residencia temporal”, de Ricardo Ruiz Betancourt
Permiso de residencia temporal, de Ricardo Ruiz Betancourt (Caligrama, 2021). Disponible en la web de la editorial

Permiso de residencia temporal
Ricardo Ruiz Betancourt
Ensayos literarios
Caligrama
Madrid (España), 2021
ISBN: 9788418203176
202 páginas

Las calles se volvieron peligrosas.
Mario Vargas Llosa, La casa verde

Siempre, y antes de cada comienzo, debe haber oscuridad. Esas palabras estuvieron yendo y viniendo de mis pensamientos a lo largo de todo el día, como un estribillo, pero ahora, mientras caminaba con lentitud hacia el cuarto, finalmente hacían un alto. Sentado ya sobre la cama, respiré hondo y me acosté mirando al techo. Unos momentos antes, y guiado sólo por la tenue luz que provenía del pasillo, la cual dejo encendida para que la oscuridad no tome por completo el espacio, alcancé a pulsar el siempre esquivo suiche. Entonces todo el cuarto quedó sumido en una penumbra ambigua. La luz de la noche entraba terca a través de las rendijas rectas de las persianas y se reflejaba con alguna intermitencia electrónica en las puertas marrones del clóset. En ese pequeñito espacio de tiempo que tardaría en dormirme, en esos minutos, que se desvanecerían como el humo de un cigarrillo por entre unos labios rojos, repasé aquel día.

Lee también en Letralia: reseña de Permiso de residencia temporal, de Ricardo Ruiz Betancourt, por Alberto Hernández.

Me levanté muy temprano. Tenía que ir a la oficina de migración en Santo Domingo a retirar el carné de residencia temporal. Obtener el tal permiso significaba para todos los efectos y fines consiguientes que mi presencia en este país iba para largo, si es que no se hacía definitiva, algo que todavía no asimilaba del todo. A las cinco y cuarenta y cinco minutos de esa mañana bajé por las extensas, desiguales y oscuras escaleras ayudado sólo por la luz cuadrada del celular. Abrí la pesada puerta metálica de entrada al edificio y salí empujándola con fuerza. El trac de las partes metálicas que componen la cerradura era señal del cierre definitivo. La calle estaba apenas iluminada, pero llena de sombras, y la brisa, casi fresca, se sentía como una compañera. Pensé que lo que hacía era imprudente, pero mientras caminaba por esas calles vacías y oscuras me sentí poderoso, a pesar del temor que me invadía, dada la soledad y el silencio presentes. Imaginé la ciudad, que era nueva para mí, como una posesión personal, que podía hacer con ella lo que quisiera, como si fuera un conquistador. Caminé dos, tres cuadras sin encontrarme con nadie, sin ruidos, sin ningún ser vivo visible en los alrededores, con excepción de la luna. La calle: aceras conformadas por retazos irregulares, desiguales, con el ancho mínimo para poder caminar en ellas. Casas en seguidilla, apretujadas, algunas con porches albergando carros, otras cuyas puertas y ventanas comunicaban de forma directa con la acera, vitrinas exhibiendo mercaderías, puertas de oficinas y consultorios cerradas, entradas de edificios, luces dormidas y sombras descansando, lotes vacíos llenos de matorrales, todo alternado en un caos uniforme coronado a lo alto con un cableado eléctrico que semeja rayas trazadas por un borracho, mezclado con avisos viejos y nuevos, algunos luminosos, con colores disímiles, tonalidades que apenas se logran distinguir, pero donde predominan los primarios y el mamey, este último preferido de los dominicanos. Sólo cuando me aproximé al parque Duarte vi a un hombre trotando. Nos saludamos con un leve movimiento de la cabeza y levantando apenas una mano, como un santo y seña. Seguí caminando y, ya en una esquina de la plaza, se encontraban dos taxistas conversando bajo la luz del poste que iluminaba con más fuerza ese lado del parque. Avanzo, sigue la sucesión de casas, fachadas, cables y colores. Ahora aparecían algunos restaurantes cerrados. La brisa me seguía de cerca.

Mientras camino no dejo de pensar que este simple acto, y además a estas horas, era algo que en la Caracas de ese marzo de 2018 estaría fuera de cualquier consideración y del diario de mi memoria extraje el instante —porque nuestra entera existencia se determina en ellos—, ocurrido casi un año atrás, cuando me asaltaron mientras me dirigía a mi oficina en Sabana Grande. Serían como las nueve de la mañana. El día, soleado. Tuve que caminar porque al carro le estaban reparando los frenos. La avenida Las Acacias de la urbanización La Florida está cubierta por enormes jabillos que despliegan generosos sus ramas. Sus calles parecen túneles cuyas paredes son troncos, fachadas de edificios y matas, mientras su techo combina ramas y azul y nubes, brindando un colorido pleno que contrasta con una ciudad mezquina y hostil. Apenas vi cuando los tipos giraron la moto unos pocos metros delante de mí. Ya era imposible reaccionar. Los dos motorizados portaban uniformes que los acreditaban como mensajeros de alguna compañía que no logré identificar, pero cuyo logo contenía la frase “… a su servicio”, o algo parecido. Amenazándome con una pistola, me quitaron el teléfono y unos pocos y miserables devaluados bolívares. “¡Mátalo!”, gritó uno de ellos. El tipo de la pistola me miró, hizo una pausa larguísima, eterna. Giraron entonces al norte, hacia la avenida Andrés Bello, desvaneciéndose envueltos en una niebla azul mecánica. Aceleré el paso en la dirección opuesta con el “¡mátalo!” taladrándome el cerebro mientras un rocío salado se extendía por mi frente y se tornaba en gruesas gotas de sudor casi frío, que sentía que me bajaban por las sienes, las patillas y la nuca, por entre la nariz y la base de los lentes. Caminé con el fundillo apretado. Dejé botado el impecable pañuelo blanco, que quedó deslumbrando en el asfalto inmundo cuando sacaba la cartera para entregar el inútil dinero. Alcancé la avenida Libertador, un poco más segura y transitada, igual de peligrosa. ¡Mátalo! La frase se repetiría como un ritornelo maldito, negro como la pistola, varias veces durante muchos días.

 


 

Venezuela, su decadencia, ¿qué nos pasó?, migración, residencia temporal, “zona de refugiados”.

No sabemos dónde dormir y no tenemos dinero para regresar.
Refugiado venezolano, The Washington Post, 23 de agosto de 2018

Llego al terminal de autobuses rodeado todavía de madrugada y noto de inmediato que nadie vocifera ni mendiga, que no hay vendedores ni policías importunando —los caóticos terminales de Maracay y La Bandera, en Caracas, se me cruzaron en ráfaga. Pedí un boleto y pagué. Tomo asiento en una salita y dirijo la vista hacia el noticiero que se transmitía en un televisor colgado de las vigas del techo. Aunque no podía escuchar lo que decían los narradores, veo unas imágenes que se me hacían familiares junto a un cintillo al pie de la pantalla que leía: “Miles de venezolanos convierten Cúcuta en zona de refugiados”. Me quedé mirando fijo la pantalla. Las palabras que leía me asombraron, parecía que la transmisión del noticiero proviniese de un mundo extraño, al revés, como si narraran el desplome de un glacial y que cada uno de los rostros que mostraba el reportaje semejaba un pedazo de hielo que caía inevitable al mar, deshaciéndose; ya nunca más volvería a ser lo mismo. Pero las letricas que pasaban de derecha a izquierda por la pantalla insistían… “zona de refugiados”. Las noticias recientes sobre desplazados siempre se referían a los que huyen espantados de la África subsahariana, Siria, Sudán o Irak; ahora Venezuela se sumaba a esa lista. El cintillo es una nota disonante, el libreto incoherente de una película mala. Palabras implacables, escritas con cincel, machacadas una y otra vez.

El altavoz anunciando la salida del bus me espabiló y subí a bordo. A las seis en punto salí con rumbo a la capital. Al ponerse el autobús en marcha, ruedo la cortina y miro por la ventana. Otra vez las calles, las casas y los postes, pero ahora desde la perspectiva del movimiento. La vista me es familiar, era como si estuviera saliendo de Turmero o El Vigía u otro pueblo venezolano cualquiera. Las tenues y verdes montañas del Cibao, que esta mañana están vestidas de una suave manta azul, así como los sembradíos de arroz que van desplegándose desde sus faldas hasta las orillas de la carretera, me recuerdan la vía de Maracay a Caracas o la autopista hacia Barquisimeto por Yaritagua. La rapidez con que se van sucediendo las imágenes hace que los paisajes de aquellos y estos lugares se entrecrucen. He hecho tantos viajes tan parecidos…: de Maracay a Valera, de Barquisimeto a Cúcuta, de Cali a Popayán, de Buenos Aires a Salta, de Panamá a Colón, viajes a diferentes destinos, al mismo. Por el trámite que haría ese día era inevitable que mis pensamientos revolotearan en torno a esto: Venezuela, su decadencia, ¿qué nos pasó?, migración, residencia temporal, “zona de refugiados”. Recosté la cabeza en la silla y entrecerré los ojos.

Ricardo Ruiz Betancourt
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