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Su novela Las calles de Berlín imagina una investigación criminal en un mundo decadente
Amira Armenta prefiere tener esperanza

viernes 13 de mayo de 2022
Amira Armenta
Amira Armenta: “En mi vida he leído bastante ciencia ficción, novelas distópicas y novela negra”.
“Las calles de Berlín”, de Amira Armenta
Las calles de Berlín, de Amira Armenta (Ilíada Ediciones, 2021). Disponible en Amazon

Amira Armenta habría querido dedicarse a la Historia, área en la que tiene estudios, aunque la vida la ha llevado por otros caminos. Esa pasión soterrada, sin embargo, ha sido la clave para imaginar un futuro para la humanidad. Uno nada halagüeño, pero muy posible, pues actualmente no parece que estemos tomando medidas suficientes para corregir nuestra incidencia negativa en el medio ambiente; no existe eso que se ha dado en llamar “voluntad política” pese a que no hablamos de pavimentar unas calles sino de impedir el colapso del planeta.

En Las calles de Berlín, su cuarta novela, además de fraguar una intrincada conjura de magnitudes insospechadas, la escritora colombiana pone en marcha un agudo ejercicio de imaginación. ¿Cómo será el mundo en cincuenta años? ¿Cómo será el camino que recorreremos hasta llegar a ese punto? Y lo más importante: ¿podemos evitarlo? Hoy hablamos con ella de estos y otros temas.

 

Las calles de Berlín, suma de géneros

Las calles de Berlín encierra una compleja trama con múltiples personajes cuyas historias se cruzan sorprendiendo al lector en cada página. ¿Puedes hablarnos del origen de tu novela?

—El mundo está cada vez más en control de las grandes corporaciones. Empresas tan grandes que incluso pueden llegar a tener más poder que muchos Estados. Este es un tema que me interesa y que he venido siguiendo desde hace algún tiempo. En ese marco surge la trama de la novela que tiene todos los ingredientes típicos de un thriller (un género que me gusta mucho), un par de crímenes por resolver y una investigación. Al mismo tiempo, yo tenía ganas de contar una historia que sucediera en un futuro no muy lejano, y tratar de imaginar cómo sería el mundo en esas fechas, teniendo en cuenta la situación medioambiental que afrontamos hoy día. Puesto que en esos momentos estaba viviendo en Berlín, entonces me pareció buena idea ambientar la historia en esa ciudad.

—El lector se encontrará en tu libro con un híbrido narrativo de ciencia ficción distópica y género negro. ¿Qué retos te planteó esta estructura?

—Son géneros literarios que me apasionan. En mi vida he leído bastante ciencia ficción, novelas distópicas y novela negra. Esto de alguna manera te marca y te puede llevar a creer que te mueves en terrenos que conoces. Lo que no siempre resulta ser verdad. Pero hay algo clave que cualquier autor de novela negra debe tener claro desde el principio, y es la coherencia de la trama. Al comenzar a escribir ya debes tener una idea bastante clara de cómo se va a desarrollar la historia y cómo va a terminar. Por supuesto que en el camino puedes jugar con variaciones. En este caso, yo tenía la historia completamente redondeada en mi cabeza. La he podido situar también en el siglo XIX. El hecho de ubicarla a finales del siglo XXI me hizo meter elementos futuristas y distópicos: cómo me imaginaba yo que sería el mundo dentro de cincuenta años.

—La investigadora de tu novela, Femke Smit, es un maravilloso personaje de género negro pues su edad avanzada (se define, con mal disimulada ironía, como “una pobre anciana jubilada”) la hace perfecta para encargarse de la misión que se le encomienda. Hay por ahí también un pequeño homenaje a la miss Marple de Agatha Christie. Pero quisiéramos saber cuánto de Amira Armenta hay en Femke Smit.

—Yo creo que los autores crean y recrean sus personajes con elementos de sí mismos. A veces más, a veces menos. En este caso, no es casual que Femke Smit sea historiadora. Yo hice estudios de Historia pero nunca trabajé como tal. Y esto es una frustración que tengo, no haberme dedicado a la historia. Con este personaje quizá le estuviera dando salida a esa frustración.

 

Amira Armenta y el futuro del planeta

—La privacidad ha sucumbido, en esa sociedad imaginada en tu novela, a los designios del poder (detrás del cual, difusos, están gobiernos y corporaciones). Es algo que ya hoy se denuncia con regularidad, pero no mucha gente parece inquietarse sobre ello. ¿Qué opinas de esto?

—Yo creo que deberíamos preocuparnos más por este asunto, por el poder creciente de las grandes empresas tecnológicas; por ejemplo, las big tech, que cada vez controlan y determinan más nuestro comportamiento. Ellas saben lo que hacemos, qué libros leemos, qué películas, a dónde vamos de vacaciones, por quién votamos o no, qué orientación sexual tenemos, cuántos pasos caminamos al día, qué enfermedades… Como dice Yuval Harari, terminarán por conocernos mejor que nosotros mismos. Y por eso mismo manipularnos a su conveniencia. Los grandes consorcios (farmacéuticas, industria de la alimentación, energía) tienden a concentrar el negocio, los pequeños comercios desaparecen porque no pueden sobrevivir a la competencia de empresas de esas dimensiones. El hecho de que la riqueza y el poder se concentren cada vez en menos manos debería ser un fuerte motivo de preocupación para todos.

—Uno de los personajes de la novela hace una afirmación escalofriante: “La sociedad se comporta mejor cuando la gente cree que aún le quedan espacios de libertad”. ¿Crees que hemos llegado ya a ese punto de control social?

—No lo creo, pero si las cosas siguen así, vamos para allá. Hoy vemos todavía el modelo tradicional de sociedad autócrata como la de Corea del Norte, donde los ciudadanos viven bajo un régimen estricto de restricción de las libertades básicas. En el mundo occidental nos sentimos libres porque creemos que tenemos bastante margen de movimiento. Si tenemos los medios, podemos viajar a donde queramos, consumir todo lo que nos ofrecen en venta, protestar en la calle contra el gobierno. Pero hay formas más sutiles de controlar a la población de manera que no nos demos cuenta de que estamos siendo controlados, incitados a consumir tal o cual producto, inducidos a que nos gusten o disgusten tales cosas. Yo creo que los seres humanos somos fácilmente manipulables, y el desarrollo tecnológico les va a facilitar esta tarea a los que controlan el poder.

—El extraordinario ejercicio de extrapolación que haces en Las calles de Berlín para imaginar nuestro futuro abarca no sólo el mundo científico y tecnológico, sino también el ámbito de lo sociopolítico. ¿Cómo proyectas el futuro? ¿Qué pistas te da el presente para ello?

—Como verás, yo tengo una visión no muy optimista del futuro, en términos del tipo de sociedad en el que estaremos viviendo próximamente y los efectos del cambio climático. Pero una novela es una novela, es ficción. No propongo ni sugiero que dentro de cincuenta años las cosas vayan a ser así como se describen en el libro. Es más, espero que no sean así. Yo, como todos, prefiero tener la esperanza de que la inteligencia humana se impondrá sobre la estupidez (también tan humana) y logrará contener el calentamiento del planeta y vivir en mejor armonía con la naturaleza. Pero siendo objetiva, el análisis de la realidad actual no hace suponer un futuro muy feliz. De nuevo, ojalá me equivoque.

—La novela retrata el desbalance ecológico planetario que afecta al mundo en los próximos cincuenta años. Son temas de los que nos han alertado científicos y ecologistas, pero pareciera que son muy pocas las personas preocupadas por esto. Entre otras cosas, tú escribes sobre ecología y medio ambiente. ¿Crees que el daño ecológico actual se puede revertir? ¿O estamos condenados a una realidad como la que se aprecia en tu novela?

—Los especialistas en el tema están de acuerdo en que el daño ecológico todavía se puede revertir, pero para eso se necesita la suficiente voluntad política para lograrlo. Se necesitan gobiernos con fuerte conciencia ecológica capaces de priorizar el tema ambiental sobre el interés económico, aunque eso signifique decirle a la gente que tendrá que apretarse el cinturón. Se necesitaría un cambio en el modelo de producción. Un modelo como el capitalista que se basa en el crecimiento económico indefinido no tiene cabida en un mundo finito como este. A partir de cierto momento la creación se vuelve destructiva. Además, se necesitaría educar a la gente desde la infancia en la importancia del cuidado de la naturaleza. Pero todo esto, que debió haber comenzado hace décadas, no se está haciendo. Peor, ni siquiera se está planeando. Al contrario, en 2022 se calcula que aumentará la producción de energías sucias como el carbón y otras. De seguir así, seguirá aumentando la temperatura del planeta con las consecuencias anunciadas.

 

La amenaza de otras pandemias sigue latente.

Tiempo para escribir

—En tu novela confluyen, como ya hemos dicho, la ciencia ficción, la distopía y el género negro. Son parcelas de la creación narrativa con multitudes de autores de calidad, para regocijo del lector. ¿Puedes hablarnos de tus influencias? En el libro mencionas algunos autores, pero nos gustaría saber qué lecturas han marcado a Amira Armenta.

—Como mencioné antes, he leído siempre bastante novela negra, la mayoría de mala calidad pero eso no importa, lo que cuenta es que es un género que me atrae. Desde muy joven comencé a leer a Conan Doyle, toda Agatha Christie, y un poco más tarde autores más de culto como Raymond Chandler y Dashiell Hammett. Ahora leo a la francesa Fred Vargas, me encantan las novelas de Andrea Camilleri y las policíacas de Leonardo Padura con su policía Mario Conde. Cuando me iba a vivir a Berlín, un amigo me regaló la trilogía berlinesa de Philip Kerr y las leí de un tirón. Por el lado de la ciencia ficción, también desde joven comencé a leer a Isaac Asimov y a (mi preferido) Arthur C. Clarke. En el área de lo distópico, creo que a mí, como a mucha gente, me marcaron las historias de Ray Bradbury, Un mundo feliz de Aldous Huxley, y sobre todo la novela de George Orwell, 1984. Esta última la he releído varias veces.

—En el mundo que imaginas, las pandemias, así en plural, se suceden a lo largo de toda esta década, la de los años 20, y de alguna manera marcan el inicio de la decadencia. Hablemos de la pandemia presente. ¿Esta es una obra escrita en pandemia? ¿Cómo afectó la pandemia tu vida?

—Esto de las pandemias en esta década es una especulación mía teniendo en cuenta todo lo que se dijo desde un comienzo, que iba a ser muy difícil controlar las variantes del coronavirus. Las vacunas han ayudado pero no se puede decir que son una garantía definitiva contra este virus en concreto. Pero además, la amenaza de otras pandemias sigue latente. A mí, como a todo el mundo, me afectó bastante la pandemia. 2020 fue mi último año en Berlín y tenía algunos planes que no pude realizar. Pero me dejó bastante tiempo libre para leer libros que hacía tiempo quería leer, ver películas que quería ver, y en concreto escribir este libro.

—Tienes varios libros publicados, tanto de ficción como de ensayo. ¿Cómo eres al momento de escribir? ¿Lo haces con un horario establecido o escribes de acuerdo a como te vengan las ideas?

—Yo no me considero una escritora profesional, de esa gente que escribe con horarios fijos y de manera regular. Yo escribo en mis ratos libres. A veces tengo una idea (para un ensayo) o una historia (para un cuento o una novela) dándome vueltas en la cabeza y me digo que el verano próximo, con suerte, tal vez me siente unas semanas a intentar poner algo en el papel. A veces resulta, la mayoría de las veces no.

—¿Qué proyectos tienes en tus alforjas? ¿Qué nos espera a los lectores de Amira Armenta?

—Tengo varias ideas pero no sé si las realice alguna vez. Entonces mejor dejo abierta esta pregunta.

Jorge Gómez Jiménez