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Las calles de Berlín, de Amira Armenta
(primeras páginas)

viernes 6 de mayo de 2022
“Las calles de Berlín”, de Amira Armenta
Las calles de Berlín, de Amira Armenta (Ilíada Ediciones, 2021). Disponible en Amazon

Las calles de Berlín
Amira Armenta
Novela
Ilíada Ediciones
Alemania, 2021
ISBN: 979-8774243501
162 páginas

Charité, julio de 2075

La cesárea estaba programada para el 6 de julio a las 19:30. Pero el bebé decidió adelantarse un día. Las aguas se le rompieron a Shui mientras examinaba en el laboratorio los nuevos datos relacionados con las propiedades de unos compuestos que estaban investigando. El embarazo no había presentado anomalías, en todo caso nada imprevisible, y ella había querido trabajar hasta el último día. Iban a dar las cuatro de la tarde, horas en las que la autopista de Ciudad de Brandeburgo a Berlín comenzaba a congestionarse. Shui consideró la posibilidad de dirigirse a la ciudad en el Hyperloop, que la pondría en menos de diez minutos en el norte de Berlín, pero pensó en que después iba a necesitar un taxi de la estación al hospital, y no sería fácil atrapar uno a esas horas. También podía ir ella misma en el viejo Lesta, pero dado el tráfico, y el aguacero que estaba a punto de desencadenarse, el trayecto sería mínimo de una hora. Además, el auto había dado problemas últimamente, ya no se podía confiar del todo en su autonomía. Tendría que estar atenta durante el recorrido y no sabía si iba a estar en condiciones de hacerlo. En cualquier momento podían comenzar las contracciones. Pidió un taxi, y después intentó comunicarse con su marido, Axel, para avisarle sobre el adelanto del parto. En vista de que él no respondía, le mandó un holomensaje informándole que salía en ese momento para el hospital.

El departamento de obstetricia y ginecología del hospital Charité está en el distrito de Wedding, al norte de Berlín. Es una instalación moderna diseñada por un prominente arquitecto islandés, famoso desde hace décadas por ser uno de los pioneros en la inclusión de material plástico reciclado en sus edificaciones. Casi todo lo que se construye desde mediados del siglo lleva un alto porcentaje de este material, considerado como una materia prima más barata y resistente. Edificios, calles, carreteras, puentes, luego de construidos se ponía una placa en la que constaba la cantidad de plástico utilizado, y en muchos casos incluso, la procedencia del material, con frecuencia del fondo de los océanos. Las pocas veces que Shui fue a las visitas de control, mientras se aburría en la sala de espera, leía sin querer en la pantalla de la entrada, que el hospital había sido reinaugurado en 2065, y que en su diseño, el arquitecto se había inspirado en los antiguos pabellones del hospital, construidos a comienzos del siglo XX, y bombardeados al final de la segunda guerra mundial.

La entrada al pabellón de obstetricia se hace a través de una ruta flanqueada por diversos tipos de robles y encinas. Árboles jóvenes que reemplazaron los antiguos castaños que no soportaron el cambio climático ni la plaga que acabó con esta especie en el norte de Europa. Los alrededores hacen pensar en un parque con sus bancos, parterres, césped y flores. Todo se ve impecable, no hay señales de maleza. A Shui le gustaba llegar con anticipación a los controles, y cuando las temperaturas eran todavía primaverales, se sentaba unos minutos en uno de esos bancos a admirar el colorido de los rododendros y las azaleas, que ahora se mezclaban con flores tropicales, hibiscus, corales, anturios y la violeta africana.

Hoy eso no hubiera sido posible. Cuando ella llegó ya se abatía sobre la ciudad el aguacero anunciado, una de esas borrascas de verano que la gente mayor dice que más hacen pensar en un huracán tropical. A un mes de lluvias continuas e inundaciones podían seguir meses de sequía. Shui fue conducida directamente a una sala de partos. Mientras la preparaban recibió un mensaje de Axel; un pequeño holograma con su avatar apareció antes sus ojos diciendo: “estaré allá en quince minutos”. Sabía que Axel había estado todo el día en reuniones de trabajo en Berlín. La figura apareció por segunda vez preguntando: “¿Cómo te sientes?” Qué raro, pensó, ¿porqué su marido le mandaba mensajes en vez de llamarla directamente? Y en un tercer mensaje el avatar decía: “Parece que ha habido un accidente, pero ya la fila se está moviendo”.

Shui pidió que esperaran a su marido antes de llevarla al quirófano. La suya sería una cesárea con anestesia parcial, y ya se había acordado que Axel estaría presente. El bebé no estaba encajado y el parto normal se había desechado desde hacía semanas. Las contracciones eran más intensas, pero todavía no con la suficiente frecuencia, de modo que el doctor Nkrumah, el médico que le habían asignado, cuyo rostro sonriente acababa de irrumpir en la pantalla del robot asistente, convino en que podían esperar un poco. Las cortinas de la habitación estaban cerradas pero, por el ruido, Shui alcanzaba a imaginar las gruesas gotas de lluvia golpeando contra la ventana. Después el robot mostró en su pantalla los datos que reportaban las señales de vida del bebé. Inspeccionó el vientre de Shui y volvió a confirmar en la pantalla que la niña seguía en posición transversal en el útero, si no se hacía una cesárea, lo primero que asomaría sería un hombro, o un brazo.

El embarazo fue una decisión de Shui. A sus 35 años, y a pesar de los múltiples riesgos que amenazaban hoy la salud de los niños, a Shui le tentaba la experiencia de ser madre. El suyo, el mundo en el que ella y su marido vivían, era un mundo sin niños. Pocos niños. Ninguno de sus amigos o compañeros de trabajo tenían hijos. En todo caso, no propios. Eran adoptados. Por lo general, niños provenientes de las comunidades marginales que habían sido abandonados por sus padres. Lo malo que tenían estas adopciones era que los niños llegaban enfermos. Las enfermedades alérgicas y respiratorias eran las más frecuentes. Pero no faltaban los casos de tumores cerebrales, o en el hígado. La niña de los Schulz, los vecinos, había muerto hacía unos meses de leucemia. Los Schulz sabían que la madre de la niña trabajaba en una fábrica de productos de limpieza y tinturas que utilizaba todavía el benceno, un químico normalmente prohibido, pero que algunas empresas menores seguían usando por su bajo costo y eficiencia. Por eso estaban disminuyendo las adopciones. Poca gente quería echarse encima el trauma de encariñarse con un niño que podía morir al año siguiente.

Axel y Shui lo sabían por experiencia propia. Dos años atrás habían perdido a los gemelos que habían adoptado de una comunidad amazónica que estaba a punto de desaparecer, al quedar completamente destruido su entorno en la selva. De hecho, la comunidad ya había desaparecido como tal, las pocas familias sobrevivientes habían olvidado la lengua y muchas de las costumbres, y malvivían en los cada vez más extensos cordones de miseria que rodeaban la ciudad brasilera de Manaos. Eran las nuevas favelas, compuestas por los que alguna vez fueron indígenas amazónicos. Allí nacieron los gemelos. Al morir la madre, quedaron en manos de un padre alcohólico, que incapaz de encargarse de ellos, hizo lo único que podía hacer: inscribirlos en un programa de adopción a cargo de la nueva iglesia evangélica que dominaba la vida espiritual de los brasileros. La Iglesia certificó que los niños estaban sanos, desnutridos, pero sanos. No era cierto. Los exámenes que les hicieron al llegar a Alemania detectaron una alta concentración de metilmercurio en sus cuerpos. Es probable que el tóxico les hubiera sido transmitido por la madre durante el embarazo. El río que pasaba por el territorio de la comunidad había sido declarado insalubre varios años antes debido a la alta concentración de mercurio y arsénico, residuos de una mina local que había exterminado prácticamente la vida acuática.

Vivían constantemente atemorizados por algo que nunca lograban explicar.

¡Bah!, se quejó en voz baja Shui mientras una contracción le erizaba los vellos de los brazos. ¿Por qué tenía que acordarse ahora de esos niños? Ellos eran el pasado. Su hija, la que estaba a punto de nacer, era el presente. Y el futuro. Para qué decirse mentiras, ella nunca llegó a quererlos verdaderamente, nunca los llegó a sentir suyos, eran dos entes extraños que en mala hora decidieron adoptar. Fue idea de Axel. Él sí llegó a encariñare un poco con los niños, Shui nunca entendió por qué. ¡Cómo se puede comenzar a amar de la noche a la mañana a dos desconocidos!

Casi dos años estuvieron los niños en casa de Axel y Shui en Ciudad de Brandeburgo. Fueron años difíciles para los cuatro. Los gemelos tenían problemas de aprendizaje, no lograron, o se negaron a aprender el alemán, por eso no pudieron ir al colegio. Además de un visible retraso mental, según el informe médico, tenían serios problemas de motricidad. Un educador de origen portugués iba tres veces a la semana a enseñarles a leer, y las nociones básicas de aritmética en esa lengua. Con magros resultados. Vivían constantemente atemorizados por algo que nunca lograban explicar. No se atrevían a salir de casa, y a veces ni siquiera del cuarto. Una psicóloga detectó un alto nivel de estrés para el cual comenzaron a medicarlos. Pero la medicina los sumía en un estado de confusión y sopor que los hacía dormir buena parte del día. Fue cuando, a instancias de Shui, decidieron que lo mejor era devolverlos a su país. Crearían un pequeño fondo en Manaos para la alimentación y educación de los niños. No fue necesario. Por esos días su estado de salud se deterioró tanto que hubo que internarlos en una clínica. Los pequeños murieron con pocas semanas de diferencia, acababan de cumplir los nueve años. Una nueva contracción, esta vez más prolongada, volvió a sacar a Shui de aquellos desagradables recuerdos.

La pantalla del robot, que permanecía inmóvil al lado de la cama, indicaba que las contracciones se estaban presentado cada quince minutos. “Todo está en orden, Shui”, leyó en el monitor del aparato. Gracias, contestó ella, pero tengo tanto calor. ¿Podrías aumentar la potencia del aire acondicionado? “Lo siento, Shui, el AC está funcionando al máximo”. El Charité podrá ser uno de los mejores hospitales de Alemania y del mundo, un prestigio que mantenía desde hace siglos y que aún hoy, en 2075, se mantenía inalterable. Pero van a necesitar renovar sus instalaciones de ventilación, pensó Shui. ¿Cuál es la temperatura exterior en este momento?, preguntó. “41,6 grados. Ha bajado dos grados desde que comenzó a llover”. Y en la pantalla se vio un emoji sonriente. ¿Y la temperatura de la habitación? “25 grados”. En ese momento se le produjo una nueva contracción que el robot registró debidamente. Una gota de sudor le corrió a la mujer por la frente. “No es lo que estás pensando”, puso el robot en la pantalla. “En la última revisión no se detectaron defectos de funcionamiento del aire acondicionado”, volvió a poner el robot.

Amira Armenta
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