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El autor dominicano reúne 66 poemas en oficina de objetos perdidos
c. a. campos quiere devolverle la libertad al lector

martes 9 de agosto de 2022
c. a. campos
c. a. campos: “un poema es una canción sin instrumentos”.

Ha colaborado con Letralia desde hace casi veinte años y ahora nos presenta el poemario oficina de objetos perdidos, en el que reúne 66 textos que dan fe de un trabajo sostenido y en constante evolución. Alérgico declarado a las mayúsculas —algo que se aprecia incluso en las respuestas a esta entrevista—, c. a. campos es dominicano, natural de Santiago, y desde 1984 reside en Estados Unidos. Estudió Filosofía y Ciencia Política en el Hunter College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Ha publicado su poesía en Canadá, México, Venezuela, Perú, Argentina, España y Estados Unidos. Hoy conversamos con él sobre este poemario, sobre su concepción del hecho poético y otros temas.

 

“oficina de objetos perdidos”, de c. a. campos
oficina de objetos perdidos, de c. a. campos (La Equilibrista, 2022). Disponible en Amazon

oficina de objetos perdidos: los poemas que esperan ser encontrados por el lector

oficina de objetos perdidos es un poemario orgánico cuyos 66 textos orbitan alrededor de la idea de la pérdida y de temas afines como la derrota, la resignación, la incómoda certeza de estar de más. ¿Cómo llegas a los poemas de este libro?

—si cada cabeza es un mundo, cada poema es un mundo de por sí. yo escribo poemas, no urdo poemarios ni libros. con el tiempo, los voy separando en dos pilas: los descartados y los elegidos, los pocos que pasan la prueba. y luego, ya cuando tengo suficientes, de los buenos, me enfoco en la ardua tarea de hacer de ellos un poemario, de meterlos a veces a la fuerza a convivir, a compartir entre ellos. tomo tal ejercicio como uno de limpieza para ponerme en cierto orden y continuar empezando nuevamente. en cuanto a la pregunta, creo que mi vida, mi poesía empieza desde una ruptura, desde una pérdida de lenguaje, de país, de inocencia, si se quiere. creo, además, como afirma el poeta ruso Brodsky, que el poeta es un servidor del lenguaje, no un pequeño dios, y que uno canta o cuenta lo que le toca, no necesariamente lo que uno quiere cantar o contar. desde ya, digo que no me interesa agradar ni desagradar al lector, ni incomodarlo o hacerlo sentir como en casa, lo primordial para mí es no hacer quedar mal al poema.

—Muchos de los poemas encierran un señalamiento: “te corrompes, se te va la mano, / arrancándote de cuajo esto y lo otro”. El destinatario es ambiguo: pueden leerse como ejercicios de observación pero también como autocrítica. ¿Puedes hablarnos de esto?

—de cierta forma, el poeta siempre está hablando consigo mismo, estudiando y estudiándose, corrigiendo y corrigiéndose, escuchando y escuchándose. es un loco cuerdo que sabe que el lector no es un erudito, pero tampoco es un incompetente. cuando uno se sienta a escribir, uno se imagina que está hablando con alguien, con el lector o consigo mismo, da lo mismo, hay que hacer lo que la pieza requiere para su realización. uno es el vehículo del cual ella se vale, no su fin. la soledad está poblada de voces; no es su silencio que da miedo sino sus voces. creo que es el cuentista peruano Ribeyro que dice que el escribir es crear un orden de palabras que satisfaga a uno. y, bueno, esos “monólogos”, poner en orden esas voces, en su lugar, quizá sea lo mismo. todos nos estudiamos, además, en privado, nos reprochamos, nos damos una palmadita otras veces; creo que para eso están los espejos, las ventanas. en cuanto a la autocrítica, opto por decir que reescribo (no que escribo). no por nada Borges se dice para sí: “Debo justificar lo que me hiere”.

Lee también en Letralia: reseña de oficina de objetos perdidos, de c. a. campos, por Alberto Hernández.

—En este libro muestras una poesía muy consciente de la herramienta de la que se sirve, el lenguaje. Es toda una experiencia lectora ver cómo extiendes el significado de una palabra, de una expresión, relacionándolas con sus referentes inmediatos y no tanto, o jugando con cacofonías. Nos gustaría una reflexión tuya al respecto.

—para bien y para mal, soy autodidacta hasta los tuétanos. por el hecho de haber emigrado, a una joven edad, a un país en donde se habla otro idioma, se respira otra cultura, otra forma de hacer y deshacer las cosas, tuve por cuenta propia que seguir enseñándome el español, para no perderlo, para no perderme. leo mucho, hablo poco, y reescribo en los intermedios. no cuento silabas ni me importa mucho la rima. entiendo que cada poema viene de por sí ya con su música (¿o acaso, aparte de ser una cajita de pandora, no es también una cajita de música el poema?). me llevo mucho de mi oído musical, es decir, al cual creo que he educado más o menos bien. pues me encanta, me fascina la música: el jazz, la música clásica, los merengues de los 80, Sabina, Blades, Dylan, Cohen, Milanés, Silvio y muchos otros más. tanto así, que prefiero escuchar música a ver la tele, opto por el símbolo y no la imagen, por escuchar y no necesariamente por mirar (memorias de mi niñez, acaso, en donde sentarse a escuchar la radio era lo esencial, pues la tele no existía o por lo menos no existía para nosotros). a veces me permito decir, en los días en que me odio menos y me siento más generoso con el prójimo, que un poema es una canción sin instrumentos (una canción que no los necesita).

—Se supone que uno va a una oficina de objetos perdidos con un mínimo de esperanza, la esperanza de hallar lo perdido. Sin embargo este es un poemario que tiende hacia el pesimismo, con versos como estos: “el bien nunca deja de olernos a yodo, a hospital / mientras que al mal nunca le va mal”. La voz poética declara necesario “denunciar a la esperanza”, con la que, en otro texto, “el presente no se lleva bien”. Incluso cuando parece que habrá un movimiento hacia la redención, con este verso: “acuérdese de apiadarse de sí mismo”, el poema termina recomendando al hipotético interlocutor “vendarse los ojos y atreverse / a compartir la luz, que usted se robó, con la oscuridad”. ¿Puedes comentarnos más sobre este tema?

—a ver, una oficina de objetos perdidos es una en donde hay objetos que se perdieron, que pueden rescatarse, recuperarse, que están a la espera. en este caso, mi hipotética oficina es una compuesta de poemas perdidos, extraviados, esperando ser encontrados o reencontrados por el lector. la decisión es del lector, entonces, si se los lleva a casa o los deja en la oficina. con respecto a la pregunta, uno reescribe lo que le toca, no lo que quiere o quisiera. yo parto fielmente desde mi pasado, desde mis experiencias (presente) y desde el futuro que me queda; parto sin esperar gran cosa y lo acepto, pero parto con lo mío, con mis herramientas. resto, no necesariamente sumo o, como decía el trompetista Miles Davis, “menos es más”. pues para vivir no hay necesidad de imaginarse a Sísifo feliz, no estoy de acuerdo en eso con Camus. no obstante, pienso que mi forma de contrarrestar esos tragos amargos, esas cachetadas del Botija que recibe el Chómpiras en mi poesía, o mi forma de compensar o recompensar al lector, si se quiere, es a través del humor, la ironía y la belleza intrínseca del lenguaje que empleo (que me pone en juego). en fin, no sé si le hace un favor ofreciéndole un paraguas cuando llueve al lector, y Cioran ya no está con nosotros para aconsejarnos.

—Hay todo un tema con la dualidad en oficina de objetos perdidos. Se aprecia en muchos de los poemas. Por ejemplo: “tú bien sabes que el amor imposible / es el único posible, / que el tiempo perdido / es el único recuperable”. O: “no valemos la guerra / ni la paz”. O: “añada luz a la oscuridad / oscuridad a la luz, / al amor sexo / y al sexo amor”. Nos gustaría que nos hablaras más sobre esto.

—lo invisible y visible, lo efímero y lo que perdura, el sí y no, el yin y yang, en fin, creo que a todos nos gustan los contrastes, las contradicciones. es mi forma de ver, estudiar, escuchar, de comparar el mismo objeto, el mismo sujeto: la vida, nosotros, la naturaleza. acercarse, alejarse, ponerlo a la luz en diferentes ángulos para verle bien, palparle, escucharle, para conocerle mejor. hacerlo ora cuando te sientes bien, ora cuando te sientes mal, ora cuando crees en el mundo, ora cuando no crees ni en ti mismo. sopesar. sopesar. el fondo es el mismo, la forma, no. desde tiempos de Maricastaña, todos hemos tratado de encontrarle un sentido a la vida, una justificación a la muerte. con un poco de fortuna y una vida dedicada al honesto trabajo que el arte requiere, la forma es lo único que uno puede aportar al arte para que, tal vez, ese susodicho privilegiado coro de voces acepte, un día de borrachera y locura, nuestra atrevida petición de formar parte de él.

 

c. a. campos y la libertad del lector

—En uno de los versos sentencias: “el mejor poema del mundo debe reírse de sí mismo”. Y si hay un elemento que planea sobre las páginas del libro es el humor. Un humor agridulce, más agrio que dulce en ocasiones. ¿Puedes hablarnos de este tema?

—para mí lo primordial, lo que nos mantiene más o menos vivos es el humor, no el amor. se habla de vivir, creo que es más honesto hablar de sobrevivir. la gente hoy en día vive muy enfocada en denunciar cuando se insulta al otro, cuando una palabra hiere al otro, cuando no se da cuenta de que por consecuencia va perdiéndose el salubre hábito de reír, de poder reírnos, ya sea del otro o de nosotros mismos. si acabas con el humor, menos lugar se tendrá para el amor. creo que debemos reírnos hasta de nuestra propia desgracia, si es que no queremos ahorcarnos. hay gente que dice que el vaso está medio lleno o medio vacío, otros dicen que lo importante es que hay un vaso, agua y que hay una mano para llevarlo a la boca, y otros que dicen (los más o menos listos) que lo que vale es la sed (no la fe). yo, como prefiero un buen café o un vaso de vino, no tiendo a opinar sobre susodicho problema filosófico.

—Algunos de tus poemas tienen una clara vena narrativa. ¿Has incursionado en este otro género?

—como dije anteriormente, vivo en un país en donde se habla otro idioma, el inglés, así que desde un principio he leído mucha prosa, novelas, cuentos, ensayos. lo he intentado, claro, pero la prosa no se lleva conmigo. al único protagonista o antagonista que soporto es a mí mismo. la leo para afilar, entonar mi lenguaje, para pensar mejor, sentir más claro, no cometer tantos errores ortográficos y para no caer ante la constante estampida de la duda (de la vida). creo, no obstante, que el cuento es lo que más se asemeja al poema. y es una lástima, temo, que se valoren más las novelas de por sí que los cuentos, por no hablar de la poesía. los cuentos de Pámies, por ejemplo, son maravillosos, también los de Monzó.

—Te rehúsas a emplear las mayúsculas en tus textos e incluso en el nombre con el que identificas tus publicaciones. Es algo que he visto por años en tu trabajo. ¿Qué planteamiento formal hay detrás de esa “alergia a las mayúsculas”?

—para empezar, creo que nadie es importante, que cada uno de nosotros es uno más del montón. es decir, todos somos minúsculas. no obstante, el no uso de las mayúsculas no es nuevo. el poeta e. e. cummings (que escribía en minúsculas hasta su nombre), por ejemplo, escribió toda su obra en minúsculas. así que no soy el primero ni voy a ser el último. es una idiosincrasia mía, si me sincero, que el lector debe aceptar o reprocharme. ya no puedo dar marcha atrás, ni quiero. a aquellos que gusten de las mayúsculas, se las debo. no obstante, creo que, de más importancia, es mi decisión de omitir los puntos y aparte y seguido en muchos de mis poemas, es mi forma de presentar piezas sin estrofas (como si fuesen ellas un solo de jazz, una improvisación dentro de la música que la luz nos va dejando en su largo recorrido hacia la nada). creo que tales recursos son mis modestas formas de darle o devolverle la libertad al lector, de susurrarle al oído: poned o imponed tú tus propias pausas, el tono, conducid su música y haced la pieza parte de ti o descartarla, te doy permiso. pues rechazar también forma parte de la aceptación.

 

escribimos por necesidad, porque no sabemos hacer otra cosa, es nuestra mejor forma de enfrentarnos a la vida, a la muerte que nos espera.

El oficio de escribir poesía

—Tu obra se ha publicado en medios de varios países. ¿Qué te dicen tus lectores?

—debido a que soy un desconocido para el mundo (acaso algunos de mi familia apenas me conocen), es difícil contestar su pregunta. y si me conocen dos gatos, menos voy a saber qué dicen o han dicho los lectores de mi poesía. tal verdad o realidad, no obstante, no me entristece, de cierta forma u otra es lo que he querido, lo que he preferido. a veces se me achaca de que no sueno dominicano cuando escribo, cuando hablo, bien, es lo de menos; somos criaturas del planeta, al final del día. y al planeta, temo, le importan poco los países, las ciudades, nuestra lengua, los nombres que le damos a las cosas. no por nada Neruda titula uno de sus libros Residencia en la tierra (o sea, somos residentes de la tierra y es lo único que realmente cuenta). mi oficio es escribir bien mi poesía y punto. la decisión si gusta o no es del lector: como debe ser. pero ojo: con que guste no quiere decir que sea buena, o con que disguste tampoco quiere decir que sea mala.

—¿Para quién escribes? ¿Tiene c. a. campos un lector ideal?

—creo que es Milanés que dice y canta “no comparte una reunión / mas le gusta la canción / que comprometa su pensar”. todos queremos un lector que quiera comprometerse a pensar, a sentir, dispuesto a incomodar, a incomodarse, dispuesto a decirse no, a decirnos sí. un lector cómplice, si pensamos en Cortázar. pues se habla de que se escribe por amor, yo sostengo que escribimos por necesidad, porque no sabemos hacer otra cosa, es nuestra mejor forma de enfrentarnos a la vida, a la muerte que nos espera. como Sócrates, después de haber sido condenado a morir, queremos por lo menos aprender a tocar esa complicada melodía antes de morir. pero con qué objetivo, sencillo, para saberla tocar antes de morir y gozar de ese saber inútil que es lo más útil en las horas críticas, graves, más importantes. en cuanto a mi lector ideal, no espero que éste sea un genio, pero tampoco que sea un torpe. los poetas a veces no nos hacemos ningún favor cuando nos queremos hacer los difíciles (burda manera de creer o querer pasar por inteligentes). es más, creo que le hacemos un gran daño a la poesía. alejamos a los lectores en vez de invitarlos a entrar al banquete. con razón un anónimo escritor dicta: el problema con la poesía son los poetas.

 

me ha gustado siempre ser más estudiante que maestro, escuchar más que hablar, callar más de lo que lo que quieres oír.

El decálogo para los poetas

—Estudiaste Filosofía y Ciencia Política en el Hunter College de la Universidad de la Ciudad de Nueva York, donde resides desde 1984. ¿Cómo se interrelacionan en ti tu formación profesional y tu poesía?

—yo parto de la duda, de la incógnita, y no puedo prometer, temo, una solución o satisfacer enteramente al lector. mis piezas no ofrecen un final de por sí, ya sea feliz o no. lo que prometo es una constante investigación, ese viaje y sus consecuencias, las cuales yo por igual tengo que digerir y saber administrar, callármelas o darlas a conocer de la mejor manera posible. lo cual es un reto sobrehumano. por lo cual volvemos al fracaso, al mío, el que yo asumo no con orgullo sino con humildad. ya que debo ser digno hasta del propio fracaso en el que incurro. en cuanto a la pregunta, a veces creo que pienso en inglés y siento en español o viceversa y me aprovecho, comparto con ustedes lo siguiente: a veces cuando una pieza me está dando problemas, la traduzco al inglés y eso me permite verla desde otro ángulo, desde otra ventana, desde otro espejo, y tal ejercicio me ayuda, me da una mano para resolver el lío o para tirar la pieza finalmente al zafacón. en fin, creo que no fue por coincidencia que terminé estudiando filosofía y ciencia política. sus estudios tuvieron más que ver con mi fisonomía y con esa ruptura existencial de la cual hablé antes.

—Experimentación formal, dualidad, humor, como ya mencionamos, son algunos de los elementos que se pueden apreciar en tu obra. ¿Puedes hablarnos de tus influencias literarias?

—lo mío empieza con el amor y la pasión de una maestra y “Verde que te quiero verde”, de Lorca, con un tipo que regresa a su pueblo solo para descubrir que su amada se ha ahorcado, y el resto es historia para olvidar o recordar. así que la lista es interminable, como tiene que ser, ya que nada sale de la nada. pero me ha gustado siempre ser más estudiante que maestro, escuchar más que hablar, callar más de lo que lo que quieres oír, lo cual, en verdad, no te lo puedo contar (ya que no lo vas a escuchar). decía que lo mío empezó con Lorca y ha continuado con una infinita serie de lecturas: Vallejo, Neruda, Pessoa, Cavafy, Hierro, Cioran, Borges, Cortázar, Galeano, Sabines, Parra, y puedo seguir como el número pi, pero me abstengo.

posdata: le debo muchísimo al tico Virgilio Mora, el cual me enseñó a ser libre, a tener los cojones de hablar sin pelos en la lengua, a creerme que pertenezco, que lo que tengo que decir vale la pena. igual al pintor dominicano Magno Laracuente, el cual siempre creyó en lo que hago y me enseñó el gran secreto: trabajar, el cual supo ver por mí cuando yo no veía (todavía no veo lo suficiente, lamento confesar, y los espejuelos no me ayudan). inmensamente agradecido, a los dos.

—¿Cómo ves el género en la actualidad? ¿Lees poesía?

—el hombre nace, luego se hace o deshace. para dar por cerrada la popular pregunta de que si el artista nace o se hace. el artista nace y luego se hace o deshace, en mejores palabras. es una sucesión, la respuesta no es una ni la otra. y el arte es como un suero: gota a gota. en cuanto a su pregunta, siempre estoy leyendo, investigando, en busca de descubrimientos para seguir enderezando mis clavos. creo que Borges es el que dice que uno lee lo que le gusta, y escribe no sobre lo que le gustaría escribir sino sobre lo que uno puede hablar. el que escribe, lee; el que habla, escucha. cuando descubrí a Sylvester, Wolfe, Iribarren, por ejemplo, a Margarit, Gilbert, Bishop, Montejo y Arnáiz fue como descubrir las otras lunas de la tierra. esa experiencia de descubrir, de hallar, nos la deseo a todos. esos hallazgos nos mantienen vivos, nos refrescan. en cuanto a cómo veo la poesía en la actualidad, sigue su pequeño curso, su típico pequeño discurso, pues es algo que no vende, que no puede venderse, y sobrevive a pesar del capitalismo que nos consume, que pone precio a todo, y a pesar también del mismo mundo editorial, del cual sospecho que a veces se te publica por tu currículum y no, necesariamente, por la calidad de tu obra.

—¿Escribes ciñéndote a un horario o sólo cuando llegan a ti las ideas?

—siempre reescribo. soy un adicto. aunque lo que reescriba no valga un chele, siempre reescribo. no sé hacer otra cosa. soy un irremediable compulsivo y releo (nunca aprendo la lección a primera instancia). si paso algunos días sin escribir, me empiezo a sentir mal, para ser sincero. es otra mala costumbre, un vicio que te sale caro pero que tiene la capacidad de multiplicar virtudes. creo que nada se presta más para releerse y para reescribirse que un poema (o para reescucharse como una canción). soy mi proprio pinchadiscos y para no cansarme y hastiarme de lo que reescribo, leo, releo a otros, escucho música, salgo a caminar, veo una peli o un poco de deportes, me gasto una broma o dos.

—¿Qué le recomendarías a otros autores que quieran incursionar en la escritura de poesía?

—Quiroga hizo un decálogo del perfecto cuentista. yo, llevándome de susodichos consejos, hice uno con relación a la poesía y aquí lo comparto:

  1. cree en la poesía, aunque ella no te vaya a salvar, menos a darte de comer.
  2. cree en que vas a tener que escribir mucho y por muchos años para lograr escribir un solo poema.
  3. resiste cuanto puedas el ponerte a contar sílabas, ni creas que por rimar ya es poesía.
  4. pon lo tuyo en el constante trabajo. no te fíes de la inspiración, la cual es como dios, siempre diciendo que ya pronto baja del cielo y nadie lo ha visto llegar.
  5. confía en que un verso te llevará al otro y así sucesivamente.
  6. elegir tus palabras es como elegir la ropa que te pones, incluyendo las que eliges para hacer el amor o para ir a matar.
  7. no metas en el poema tantas metáforas, pues se empobrecerán entre sí, tratando de ganarse la atención del lector.
  8. ten fe en que el lector te entenderá. no lo tomes por un incompetente, pero tampoco lo tomes como si fuese un erudito.
  9. escribe y vete a dormir, para que luego veas lo que has escrito con nuevos ojos y puedas corregirlo sin echarlo a perder.
  10. no pienses en ti al escribir ni menos en el lector. entrégate mejor a la tarea de escribir lo que se te encargó, que esto es un juego de niños, pero sólo apto para adultos.

—¿Qué proyectos preparas en la actualidad? ¿Qué nos espera a los lectores de c. a. campos?

—como mencioné al principio, no me queda de otra que seguir oyendo a mis sirenas, es un error garrafal desoírlas, no me queda más que seguir escribiendo poemas, es decir, pues si me sincero, no sé hacer otra cosa y no tengo tiempo para más. tengo tres o cuatros poemarios en el cajón; los almaceno con la esperanza de que algunas de sus uvas añejen bien y puedan servirme luego para un par de copas de vino. reescribir es un largo desaprendizaje, un río que desemboca con más frecuencia en el tarro de la basura que en la mar azul. el objetivo es seguir urdiendo, componiendo nuestra cancioncita, aunque sea sólo para nosotros, aunque sea sólo para cantarla bajo la ducha, no es llegar a Ítaca, como dicta el poeta Cavafy, a quien adoro y recomiendo a todos, sino más bien consiste en olvidarnos de ella, de su destino, de su maldición, es ser, estar y no necesariamente tener. pues “caminante, no hay camino”, como escribe Machado, como nos lo canta Serrat.

Jorge Gómez Jiménez