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El mar a cinco cuadras es una novela madura sobre las despedidas:
Arnoldo Rosas y la muerte como tema

domingo 28 de agosto de 2022
Arnoldo Rosas
Arnoldo Rosas: “El mar a cinco cuadras es una novela que se justifica en la estructura, más que en la anécdota o en los personajes”. Fotografía: Daniela Rosas Olavide

El venezolano Arnoldo Rosas (Porlamar, Nueva Esparta, 1960) es un escritor que se toma en serio su trabajo. Muestra de ello es su más reciente novela, El mar a cinco cuadras, una obra que en poco menos de cien páginas condensa todo un universo metafórico que pasa por la historia familiar, esa intimidad con que nos sabemos respecto a los nuestros, y deviene una profunda reflexión sobre la muerte y el efecto que produce en nosotros la certidumbre de ese final al que arribaremos tarde o temprano.

Discípulo de Tomás Eloy Martínez y Oswaldo Trejo en el legendario taller de narrativa del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos, en Caracas, Rosas cursó asimismo, en 2010, el Diplomado en Literatura Creativa de la Universidad Metropolitana y la Fundación Icrea. Hace ya una década sorprendió convirtiendo en una novela de quinientas páginas, Massaua, la aventura de un grupo de buzos de su isla natal de Margarita que por diversas circunstancias fueron dejados a su suerte al otro lado del mundo. Ahora, con El mar a cinco cuadras, explora todo un universo personal del que nos habla hoy en esta entrevista.

 

El mar a cinco cuadras y los desafíos de una brillante estructura

El mar a cinco cuadras es una novela madura, con una historia familiar que encierra una profunda metáfora sobre la muerte. ¿Cómo llegas a esta historia?

—La muerte es un tema recurrente en mi narrativa. Un misterio que quisiera desentrañar, entender, aceptar. Es un algo que desde muy temprano sabemos que va a ocurrir, que ocurre, que nos golpea una y otra vez. Sabemos que no podemos escapar y, sin embargo, soñamos, anhelamos, buscamos vías de escape o, al menos, mecanismos para paliar, retardar, alejar, engañar. Entonces quise abordar una vez más el tema, pero desde otra óptica, más íntima, si se quiere, poética, con muchas y, si me permites, ambiciosas intenciones estéticas que aspiro a haber alcanzado mínimamente. Ojalá.

Lee también en Letralia: reseña de El mar a cinco cuadras, de Arnoldo Rosas, por Alberto Hernández.

—La novela juega de una forma intensa con los tiempos. La narración de un protagonista sin nombre (inusual en una historia donde los nombres juegan un papel importante) es abordada una y otra vez por momentos del pasado que de alguna manera explican o profundizan lo que se narra en el presente. Incluso muchos de esos momentos pasados remiten a otros pasados anteriores o posteriores. ¿Qué retos te planteó esta estructura?

—Gracias por la pregunta. Voy a tratar de responderla y a la vez ampliar mi respuesta anterior. La estructura fue un gran reto y a la vez una solución para lo que aspiraba con El mar a cinco cuadras. La novela se justifica en la estructura, más que en la anécdota o en los personajes, sin desmerecer estos aspectos. Fue algo intencional desde el diseño. ¿Por qué? Cuando buscaba cómo contar mi cuento, me venían, claro está, todos los tópicos, clichés, refranes que sobre la vida y la muerte decimos constantemente, y los fui anotando. La vida es breve. Sólo la muerte es segura. La muerte nos iguala. Nadie se muere la víspera. Estos elementos, refranes, dichos, fueron parte de la materia prima para desgranar el relato. Deseé plasmarlos, usarlos para la confección final. Quería usarlos, pero no decirlos manifiestamente. Para ello, o por ello, debí recurrir a una estructura que me permitiera hacerlo, con mucha trampa, si se quiere. Y es así que, a mi juicio, en este caso, la estructura es la novela. Por ejemplo: si la vida es un momento, mi relato debía ocurrir en un mismo y único instante, donde presente y pasado fuesen un todo. También por ello la conjugación de los verbos, de presente a pasado, en ocasiones en una misma oración, como jugando con el foco de un lente imaginario. Además, también quería que estuviera, de algún modo, la sensación, la presencia invisible del mar, otra frecuente metáfora sobre la muerte. Quería dejarla plasmada en esa forma como de oleaje que va y viene, a veces fuerte, a veces leve, siempre constante. Un poco pretencioso, es verdad, pero es lo que quería. Entonces, me surge un problema capital: cómo mantener ese juego de tiempos sin perder el hilo conductor y disminuyendo el riesgo de extraviar al lector en los vaivenes, del ayer para hoy y mañana. Esto me obligó a mucho trabajo de relectura y reescritura, explicando, cuando lo consideraba necesario, pero lo menos posible, con el deseo de no restarle el ritmo a la historia. Y te comento, con todo ello me sentí siempre inseguro, a lo largo del proceso de escribir y corregir, y sobre todo al dar por concluido el trabajo. Tan inseguro me sentí que, finalmente, solicité una lectura profesional del texto. El lector (en este caso una lectora), con gran dominio de la materia literaria y del ámbito editorial, me devolvió un reporte muy detallado donde dibujaba bastante de aquello que conceptualmente yo buscaba transmitir con la novela, más varios y muy útiles consejos para optimizar el trabajo, algunos de los cuales tomé, otros no, como se supone debe ocurrir con los consejos. Ese informe de lectura me dio aliento para decidirme a buscar la publicación del texto. Pero bueno, resumiendo, sí, la estructura, ejecutarla y hacerla natural, fue un verdadero reto.

—El presente del narrador es un tiempo marcado por la pérdida. No sólo de los parientes que han muerto sino también de la isla de Margarita que él conoció, y que no encuentra en esta nueva visita en la que se enfoca la novela. ¿Puedes hablarnos de este tema?

—Sí. Es un luto constante. A lo largo del camino nos vamos despellejando de afectos. Surgen nuevos, pero tienen su propio espacio y no llenan, ni tienen por qué, los vacíos que vamos coleccionando. Ante ello quisiéramos rebelarnos, y quizá por ello tanteamos la escritura, la ficción, para recuperar esas pérdidas, tenerlas vivas, otra forma vana de vencer a la muerte, ¿no?

 

“El mar a cinco cuadras”, de Arnoldo Rosas
El mar a cinco cuadras, de Arnoldo Rosas (Ilíada, 2022). Disponible en Amazon

Arnoldo Rosas ante nuestra ilusión de permanencia

—Me gustaría que hablaras un poco de los nombres en esta novela. En especial del nombre que se repite con insistencia: Carmen.

—Cuando hablamos de la muerte, hablamos también de la vana ilusión de permanencia, de trascendencia, sea ésta espiritual o física. Sembrar un árbol, tener un hijo, escribir un libro. Ese querer eternizarnos, perpetuarnos, pasa, cómo no, por esa costumbre de repetir nombres a lo largo del tiempo en las familias. El nombre del abuelo, del tío querido, del padre, de la madre, una y otra vez en los hijos, nietos, sobrinos, como una forma de mantener vivo al otro del pasado en este actual, al viejo en el nuevo, en el futuro. Entonces, me parecía lógico que eso estuviera en el relato, particularmente en la mujer, en las mujeres, que, en mi opinión, vienen a representar al ser perpetuo, eterno, fundamental de nuestras familias, sostenidas muchas veces por la madre o la abuela, o una tía que se ha hecho jefa, ama y señora de todos, reina del respeto y de la voluntad del resto de los miembros de la familia. Luego, siendo una única y eterna mujer, a lo largo del tiempo, todas las mujeres de la historia deberían llamarse igual, o casi. ¿Por qué Carmen? Recordé el libro de prosa poética de Juan Liscano Cármenes. Carmen es un nombre muy popular en Venezuela, basta ver todas las felicitaciones en Facebook y Twitter el 16 de julio, día de la Virgen del Carmen. También lo es en Margarita, particularmente en mi familia. Incluso popular entre los varones. Siendo así, ¿por qué no? Quizá hasta ayudase a que algún lector se identificase con una de ellas. Y un dato que no es menor, a pesar de originarse en el monte Carmelo, la Virgen del Carmen es también una virgen marinera. Para que vos veáis, diría un maracucho.

—La hija del protagonista, Daniela del Carmen —otra Carmen, la última de la estirpe, al menos en lo que se refiere al espacio de la novela—, ha heredado de sus mayores la cualidad de ver en sueños a quienes están muriendo o están a punto de hacerlo. “Los ha soñado a todos, uno tras otro”, dice el protagonista en algún momento. ¿Puedes hablar del tema de los presagios en esta novela?

—Los presagios, los pálpitos, los sueños, inducidos o no desde el más allá, son algo de lo que todos hemos sido partícipes, ya sea como actores o testigos. De que vuelan, vuelan. Alguien o algo nos avisa. El epígrafe del poeta Birago Diop (de quien he leído muy poco) pretende dar una pista y ser esclarecedor: “Aquellos que han muerto no se han ido nunca / Están en la sombra que se alumbra / Y en la sombra que se espesa”. No sólo en la memoria de quienes los sobrevivimos. En un espacio real. A veces compartido. Es otra forma de vencer a la muerte que de diversas maneras está presente y mutante desde la antigüedad hasta hoy, en las religiones y creencias nuestras. Se despiden antes de irse, pero no se van del todo. Ellos nos cuidan y protegen, interceden por nosotros. Avisan en sueños de peligros. Todo ello es parte muy arraigada de nuestra idiosincrasia. Entonces, ¿cómo no incluirlo en la novela?

—“Desandan los pasos”, dice un personaje en referencia a quienes, al morir, recorren los parajes por los que anduvieron en vida. Es una metáfora muy poderosa (difícil hablar de ella sin contar hechos importantes de la novela) y sólo al alcanzar el punto final se comprende a cabalidad. Me gustaría conocer tu perspectiva como autor en relación con este tema.

—Sí. Muy en línea con lo que hablamos justo antes. Los que queremos se despiden de nosotros. Se despiden de las personas y los ambientes, de todos los afectos materiales y temporales, antes de dar el paso final. Eso decían en mi pueblo. Otros dicen que la vida que viviste se ve en un solo flash al momento de morir. Era inevitable usarlo. Particularmente la versión vernácula de dar un último paseíto por donde estuvimos. Un autor ruso, no estoy seguro de cuál de los grandes, decía que, si ponemos un arma en la escena uno, ésta debe ser usada necesariamente antes del final. Eso intenté.

 

Arnoldo Rosas
Arnoldo Rosas: “Cada historia tiene sus complicaciones, exigencias, dificultades, trampas, picardías, y nada de lo que se haya hecho antes sirve para contar la nueva”. Fotografía: Daniela Rosas Olavide

El gozo de contar

El mar a cinco cuadras comienza y termina con una frase que amplía el sentido del título al informarnos que, estando tan cerca, el mar no se sentía. Ya Alberto Hernández en su reseña de esta obra nota cómo el mar es un fondo obvio, pues los hechos transcurren en su mayoría en una isla, pero es muy poco lo que se lo menciona en forma expresa. ¿Fue esto algo deliberado?

—Sí. El mar está allí, subrepticiamente, en el oleaje verbal de un ir y venir en los recuerdos y acciones presentes, o eso quise, como te dije antes, pero no de un modo manifiesto como el cuerpo vivo que nos abre caminos al mundo, al infinito. El mar es un espacio abierto. Una puerta de entrada y salida. Quería centrarme en un espacio cerrado donde todo ocurriese, que fuese incluso protector, una suerte de útero materno, aunque no ajeno a pequeños peligros, al punto que los personajes se abstrajeran del paisaje, de lo externo, y a la vez en ese espacio se fuese marcando el avance del tiempo y del deterioro o los cambios que conlleva. De la calle, de afuera, de las otras casas y pueblos, llegan las malas noticias. De la casa, no.

En El mar a cinco cuadras aspiraba a tener un texto con particulares ambiciones estéticas, poético, intenso.

—Eres un autor de técnicas muy trabajadas, algo que se aprecia en esa novela monumental que es Massaua (FBLibros, 2012) y que una vez más lo vemos aquí en ese laberinto de metáforas y sentidos ocultos en una narración aparentemente sencilla como la de El mar a cinco cuadras. Si en Massaua te lleva quinientas páginas contar una historia de la que, como me dijiste en aquella entrevista de 2013, sólo tenías algún retazo, El mar a cinco cuadras apuesta por la brevedad de unas noventa páginas pese a que estás revolviendo —intuye uno— recuerdos familiares que conoces bien. ¿Por qué era importante para ti comprimir esta historia?

—Paradójico, ¿no? Como te mencioné, en El mar a cinco cuadras aspiraba a tener un texto con particulares ambiciones estéticas, poético, intenso. Para ello no podía excederme. Tenía que ser un relato suficientemente extenso para decir todo lo que quería, pero deliberadamente corto, para que la sensación e intensidad no se difuminara, se concentrara, sin agotar al lector.

—Aparte de una novela breve, en este momento de tu vida tienes cinco libros de cuentos e igual cantidad de novelas. ¿En cuál de estos géneros te sientes más cómodo?

—Voy a tratar de ser franco y ojalá no suene pedante. Me considero un narrador. No un escritor. No un intelectual. Sólo alguien que echa un cuento. En ese sentido escribo historias, microrrelatos, cuentos, novelas cortas o largas. Eso es lo que pretendo, quiero y hago: contar y contar. Nada más. El problema es hacerlo bien. Entre otras cosas, estoy convencido de que cada historia tiene una extensión determinada. Una correcta. La guerra y la paz no podía ser un microrrelato y “El dinosaurio” no podía ser una novela, así como “El almohadón de plumas” y Colmillo blanco debían tener las páginas que tienen. Ni una más ni una menos. La proeza, el truco, está en intuir, saber, descubrir cuál es el espacio correcto para cada historia que escribimos. Algo muy próximo a la brujería y el esoterismo. Además, cada historia tiene sus complicaciones, exigencias, dificultades, trampas, picardías, y nada de lo que se haya hecho antes sirve para contar la nueva. Siempre se es novato ante un proyecto narrativo nuevo. ¿En cuál género me siento cómodo? En ninguno, pero gozo un montón al escribirlos.

—¿En qué proyecto estás ocupado actualmente? ¿Qué nos espera a los lectores de Arnoldo Rosas?

—Con el favor de Dios, en septiembre debe publicarse Añicos, una colección de cincuenta microrrelatos, con la que estoy muy contento. Ahora estoy trabajando a la vez, como creo que todos hacemos, en un par de novelas y varios cuentos. Sin ningún apuro, que, como nos decía Oswaldo Trejo en la vieja casa de Altamira donde funcionaba el Celarg en los ochenta: ¿Cuál es la urgencia? No estamos trabajando en la cura contra el cáncer.

Jorge Gómez Jiménez