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Regreso al pueblo de los suspiros es su primera novela
Grace P. Bedoya interactúa a diario con sus ficciones

jueves 25 de enero de 2024
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Grace P. Bedoya
Grace P. Bedoya: “Cuando escribo, las situaciones que ocurren dentro de la historia, los personajes, los conflictos entre ellos y su mundo emocional, los siento reales”. Cubi Studio

La primera novela de Grace P. Bedoya, Regreso al pueblo de los suspiros, se erige como un fascinante ejercicio literario que explora los límites entre la realidad y la imaginación. Tejida con maestría, la obra transporta al lector a un mundo onírico en el que los personajes de la ficción tienen la palabra.

En esta entrevista, la autora venezolana nos brinda una visión profunda sobre su narrativa, compartiendo su perspectiva sobre la fusión entre la realidad y la ficción, el proceso creativo detrás de su exploración de la metaficción y el viaje de una protagonista que se encuentra cara a cara con sus propias creaciones, desafiando las convenciones literarias.

Nacida en Barinas en 1967, el periplo vital de Grace P. Bedoya la ha llevado a residir en varias ciudades de Venezuela como Caracas, Maracay y Barquisimeto, y desde 2010 reside en Houston. Es ingeniera mecánica de profesión, pero esto no ha limitado su carrera literaria, sino más bien al contrario, como nos cuenta en esta entrevista. Hasta Regreso al pueblo de los suspiros su frente narrativo era el cuento, género en el cual varias de sus creaciones obtuvieron premios y fueron incluidos en antologías.

 

Lee también en Letralia: reseña de Regreso al pueblo de los suspiros, de Grace P. Bedoya, por Alberto Hernández.

Grace P. Bedoya, frente a frente con sus personajes

—Tu novela Regreso al pueblo de los suspiros parte de una circunstancia singular: una escritora es introducida, súbitamente, en el mundo de sus creaciones literarias. Así, interactúa con personajes y escenarios que salieron de su pluma, en un ejercicio de exploración que le traerá no pocas sorpresas. ¿Qué te llevó a explorar esta particular fusión entre la realidad y la literatura en esta obra?

— Siempre me ha fascinado la relación que, como escritora, establezco con los personajes de mis historias. Dedico algún tiempo a explorar su vida, sus experiencias pasadas, su mundo emocional, miedos y deseos. Y, de alguna manera, imagino que ellos existen en algún plano. Esto me llevó a plasmar un escenario en el cual la escritora y sus personajes se encontraran frente a frente, con la singularidad de que éstos parecen conocer más de la vida de la autora que ella acerca del devenir de los personajes más allá de las historias que ella ha escrito. Debo reconocer que el resultado me sorprendió y, cada una de las veces que he releído la novela, he encontrado imágenes, significados y símbolos que no había descifrado anteriormente.

—La escritora protagonista realiza un viaje hacia lo más profundo de la creación, de su creación, en este caso. Es un personaje forzado a enfrentar una situación límite que la lleva a preguntarse si está soñando, si ha perdido la razón o si está muerta. ¿Cuánto de Grace P. Bedoya hay realmente en este personaje?

—Esta pregunta nunca sé cómo responderla. La verdad es que considero que el personaje central de mi novela podría ser una versión de mí, o, tal vez, yo una posibilidad de ella. Supongo que resulta inevitable que algo intrínseco del autor —aunque sea en forma subliminal o tangencial— permee a través de su obra.

 

“Regreso al pueblo de los suspiros”, de Grace P. Bedoya
Regreso al pueblo de los suspiros, de Grace P. Bedoya (Literal Publishing, 2023). Disponible en Amazon

El viaje interno de Regreso al pueblo de los suspiros

—En Regreso al pueblo de los suspiros resuelves con elegancia varios de los problemas que plantea todo libro de metaficción —un terreno nada fácil para la mayoría—, como el establecimiento de pistas dentro de la historia que le permiten al personaje orientarse, la interacción con ese mundo imaginario e incluso la salida hacia la realidad del personaje (que, no olvidemos, es ficción para quien lee la obra). ¿Cómo fue el proceso de construir esa dualidad entre lo tangible y lo creado, manteniendo un equilibrio que permitiera al lector transitar entre ambos sin perder la conexión con la historia?

—Cuando escribo, las situaciones que ocurren dentro de la historia, los personajes, los conflictos entre ellos y su mundo emocional, los siento reales. Habito en su orbe, me sumerjo en sus vidas, experimento lo que ellos perciben, me dejo llevar por la trama. Esta novela en particular fue escrita casi en su totalidad durante las madrugadas, en ese estado de transición entre la vigilia y el sueño. Esto facilitó que su escritura fluyera de manera orgánica pues mi censor interno aún dormía. Así, el mundo onírico atraviesa la trama, y el entramado entre realidad, ficción y el universo de los sueños se difumina en muchos momentos y el paso entre esas tres dimensiones se torna difuso. A pesar de ello, sí existen puntos de anclaje, columnas que permiten que el lector se sujete a ellas y logre ubicarse en el plano a través del cual transita la historia en ese momento, aunque el vértigo lo acompañe a lo largo de la lectura.

—La novela está llena de personajes con caracteres y trayectorias muy diferentes entre sí, lo cual es ya de por sí, entiendo, un reto que se suma a la clave metaliteraria en la que escribiste la obra. ¿Qué relación, si existe, tienen estos personajes con tu realidad? ¿Hay alguno cuya creación te haya resultado especialmente difícil?

—Esta es una novela que tiene muchos personajes, algunos de los cuales pertenecen al mundo inanimado, aunque no en esta historia; aquí cobran vida y son parte fundamental de muchos de los hechos que se desarrollan. Debo confesar que yo vivo en un mundo de objetos animados e interactúo con ellos a diario. Uno de los personajes de la historia, por ejemplo, es un viejo diccionario en el que se oculta un genio. Yo tengo ese diccionario en casa, sólo que el genio aún no se ha manifestado. Hay por supuesto también personajes humanos. Uno de ellos, una niña llamada Ofelia, es dueña de un jardín encantado. Ofelia sobrevive a una existencia atroz al aferrarse a su poderosa imaginación. Sin embargo, su realidad la alcanza un día de manera muy dolorosa. Puedo decir que ese ha sido el personaje con quien he tenido la relación más compleja; me cuestioné mucho el final de esa historia, me sentí culpable. Sin embargo, más adelante en la trama, ocurre la redención; Ofelia libera de culpa a la escritora, y de alguna manera, yo también me sentí redimida.

—A medida que avanza en su viaje, la escritora llegará al punto en que ya no reconoce la realidad en que está inmersa: ya no es parte de su universo literario. ¿Puedes hablarnos un poco de esto y de lo que significa tanto para la protagonista como para el desarrollo de la novela?

—El proceso creativo ocurrió de una manera intuitiva, sin cuestionamiento por mi parte. Me sentí libre para permitir que la historia, los personajes y sus conflictos guiaran el curso de los acontecimientos. Fue durante la etapa de edición —bastante larga y compleja— que pude tomar la distancia suficiente para analizar lo que allí ocurría. Considero que esta historia sigue la trayectoria del viaje épico del héroe, con un tono y color que roza lo mitológico. Esa travesía se inicia cuando la escritora tiene un encuentro con una libélula que funge como guía y le abre las puertas al mundo de la ficción que ella ha creado pero ya no reconoce por completo, para luego iniciar un descenso hacia un mundo desconocido y escalofriante en busca de algo que no sabe nombrar. Se trata de un viaje interno, el más doloroso y atemorizante que podemos realizar, pero a la vez el más valioso y el que nos puede ofrecer la mayor oportunidad de crecimiento. Aunque, claro, primero debemos encontrar el camino para sobrevivir a semejante aventura. Para mí, eso es un salto de fe.

 

Una autora de muchas facetas

—Tu formación en ingeniería contrasta con tu dedicación a la escritura literaria. ¿De qué manera esta formación ha influido en tu estilo o enfoque como escritora?

—Esa pregunta me la hago con frecuencia. Creo que, en general, cada persona tiene varias facetas; no somos un bloque monolítico de material homogéneo. Yo me veo a mí misma como una representación cubista de esta mujer que soy, y me gusta poder observarme actuar en varios planos, apreciar las diversas aristas que me conforman; valoro mis contrastes. Soy muchas cosas a la vez, aunque algunas salen a relucir sólo en ciertos escenarios. Soy mujer, hermana, hija, amiga, tía, madrina, tutora. Soy lectora y crítica. Soy una ferviente creyente que huye de las religiones. Soy apasionada y extremadamente pragmática. En cuanto a la ingeniería y la escritura —tal vez mi más notable dualidad externa—, en el pasado las viví de una manera dolorosamente escindida. Hoy puedo afirmar que he logrado integrar esas facetas en cierta medida; al menos, se han reconciliado y sí siento que una alimenta a la otra. Al final, creo que he encontrado la clave: el punto de conexión entre ambas es la creatividad.

—Tienes una maestría en Artes Liberales y desde 2016 participas en un taller a cargo del reconocido escritor boliviano Rodrigo Hasbún. ¿Cómo ha influido la retroalimentación de otros escritores en tu proceso de creación y en la evolución de tu obra?

—El trabajo que realizamos en el taller de escritura creativa ha definido, no sólo a la escritora, sino a la lectora en la que me voy convirtiendo cada día. Ese es un espacio de aprendizaje exponencial, profundo y honesto, y llevamos muchos años ya acompañándonos en el camino individual con un sentido de comunidad. Suelo preguntarme cómo puede alguien lanzarse al universo de la creación literaria sin un apoyo de este calibre. Creo que, en mi caso, no hubiese sido posible.

 

Aunque valoro la permanencia, siempre me he sentido en un estado constante de transición.

Mis libros deciden el género al cual desean pertenecer

—Eres natural de Barinas, uno de los estados que conforman la región de los llanos, en Venezuela, y desde hace más de diez años vives en Houston. ¿Ha afectado esta transición tus temas o enfoques literarios?

—Cuando me preguntan de qué parte de Venezuela soy siempre dudo, y termino dando una respuesta muy extensa. Nací en Barinas pero cuando tenía un año nos mudamos a El Tigre, en el oriente venezolano, en donde viví hasta graduarme de bachiller. Los estudios de Ingeniería Mecánica los llevé a cabo entre Caracas, Maracay y Barquisimeto. Realicé mis pasantías en San Tomé y la Península de Paraguaná, respectivamente. Luego de mi graduación, me ofrecieron empleo en Caracas, y allí viví la mayor parte de mi vida adulta, hasta establecerme en Houston en 2010. Siento que provengo de todos esos lugares a la vez, pertenezco a cada uno de ellos, reconozco su influencia en mi mundo sensorial, en mi memoria, mis costumbres, preferencias, afectos y mi visión del mundo y la vida. Aunque valoro la permanencia, siempre me he sentido en un estado constante de transición que seguramente trasciende en lo que escribo, en los temas que me obsesionan y en mi observación del entorno.

—Entiendo que Regreso al pueblo de los suspiros es tu primera novela, después de haber incursionado por años en el cuento, género en el que has ganado premios e inclusiones en antologías. ¿Cómo fue la transición de escribir cuentos a una novela? ¿Hubo desafíos particulares al expandir tu narrativa hacia un formato más extenso?

—Cuando escribí las historias que componen esta obra no tenía conciencia de estar trabajando en una novela, ni siquiera en un libro. Se trataba, en principio, de un ejercicio de escritura diaria; me propuse escribir una pequeña historia cada madrugada antes de salir a trabajar. Con el tiempo, esos relatos se conectaron y pensé entonces que se trataba de un libro de cuentos. Fue después, durante el proceso de edición, que tomó forma de novela. Eso me salvó del abismo de enfrentarme a la escritura de un género para el cual no me sentía preparada, por lo que suelo decir que esta es una novela “por accidente”. Un accidente afortunado, espero. Durante la presentación de Regreso al pueblo de los suspiros que realizamos en Houston en septiembre de este año, Rodrigo Hasbún acotó que este es un libro inclasificable, pues rompe con los cánones usualmente asignados a la novela. Encontramos cuentos entrelazados en la trama de la misma, y le extiendo una invitación al lector para que la lea de diferentes maneras, en una propuesta que resembla a Cortázar en Rayuela. Hay un juego allí, que se inicia con un índice cuyo orden contradice al del cuerpo de la novela. Así que no experimenté tal transición; fue un proceso elástico y natural durante el cual el libro se metamorfoseó hasta convertirse en lo que es hoy.

En mi infancia y temprana juventud leí todo lo que estaba a mi alcance en casa, desde Cien años de soledad hasta Papillon.

—Tu libro tiene epígrafes de cuatro autores tan disímiles como Juan Rulfo, Dante Alighieri, Donald Woods Winnicott y Federico García Lorca. Nos gustaría conocer tus lecturas, esos autores que te han marcado y que estarías dispuesta a reconocer como tus influencias.

—Hablar de mis influencias me resulta todo un reto, pues son múltiples y variadas, y dependen además de cada momento en particular. Pienso que hay escritores que me han influenciado de una manera más permanente que otros. En mi infancia y temprana juventud leí todo lo que estaba a mi alcance en casa, desde Cien años de soledad hasta Papillon. Cuando en el colegio nos pedían leer algún fragmento de la Ilíada, por ejemplo, yo me la leía completa. Leí con el mismo entusiasmo a Cortázar que los folletines de Corín Tellado publicados en la revista Vanidades. Leí a Julio Verne, Edgar Allan Poe y cualquier best-seller que encontrara en algún rincón, en un afán azorado por devorar libros. Sin embargo, a pesar de que mi padre fue escritor y, por tanto, el mundo de los escritores nunca me resultó ajeno, de alguna manera siento que me faltó un guía para seleccionar mis lecturas. Así continué en mi vida adulta, leyendo por azar a Juan Rulfo, Isabel Allende, Saramago, J. J. Benítez, Mario Vargas Llosa, Michael Crichton, Kafka. Ya bien entrada en la adultez —durante mi maestría en la Universidad de Saint Thomas, Houston— hice amistad con uno de mis profesores, una de las personas más cultas a las que he conocido, y encontré a ese guía. Le confesé mi escasez de cultura literaria. Él me respondió que mi experiencia de vida valía más que muchas lecturas. Insistí y pedí que me recomendara los libros que era imperativo leer. Así empecé a crear una lista de textos imprescindibles que crece cada día, como los libros en mi biblioteca. Soy una lectora muy lenta —cada vez más—; disfruto detenerme en la lectura, retroceder, analizar, tratar de descifrar el trasfondo de la imagen y el ritmo, de identificar la mecánica y la técnica del autor, así que dudo que pueda leerlos todos, aunque disfruto el camino. Volviendo a mis influencias, en la actualidad podría mencionar a Alejandro Zambra, Roberto Bolaño, Raymond Carver, Fernanda Trías, Katya Adaui, J. M. Coetzee, Mircea Cărtărescu, Rodrigo Blanco Calderón, Borges, Mariana Enríquez, Rodrigo Fuentes, Mario Levrero, Lina Meruane, Murakami, María José Navia, Villoro, Guadalupe Nettel, Edmundo Paz Soldán. En fin, la lista es larga.

—Ahora que te aventuraste con una novela, ¿qué planes tienes en materia literaria? ¿Estás trabajando ya en algún otro libro?

—Sí, durante los últimos dos años he venido trabajando en un libro que originalmente imaginé como una trilogía de nouvelles pero se transformó también en novela. Al parecer, se me dan las novelas por accidente y ya me estoy acostumbrando a permitir que mis libros decidan el género al cual desean pertenecer. También tengo al menos dos libros de cuentos bastante completos que llevan tiempo esperando —temo que no con mucha paciencia— a que me dedique a editarlos. Ya con estos proyectos vislumbro unos cuantos años de trabajo. Además estoy explorando la escritura de no ficción en mi blog A la intemperie, en el cual publico con menos frecuencia de la que me propongo en mi página web gracebedoya.com.

Jorge Gómez Jiménez

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