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Luz que se escapa es un libro inclasificable
Rafael-José Díaz recorre su memoria en un párrafo de cien páginas

sábado 3 de febrero de 2024
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Rafael-José Díaz
Rafael-José Díaz: “En Luz que se escapa se produjo una especie de inmersión. Por alguna razón necesitaba explorar zonas poco visitadas de la memoria personal”. Alex Rosa

Como un viaje íntimo a través de la memoria, el libro Luz que se escapa, del poeta, ensayista y traductor español Rafael-José Díaz (Tenerife, 1971), nos lleva de la mano por las calles de una ciudad al lado de un trasunto del autor, tejiendo memorias, reflexiones y emociones que dan forma a su identidad. Novela experimental o experimento poético-narrativo, las acciones discurren en un solo párrafo que ocupa las cien páginas de esta obra.

Un despliegue que no pasa desapercibido, y sobre el cual el propio texto reflexiona aquí y allá al referirse a ese particular flujo de conciencia que analiza la literatura, la introspección y la condición humana, el cual se produce “no siempre de un modo voluntario” y, según describe, con múltiples y sucesivas bifurcaciones que parecen no tener fin.

Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de La Laguna, Díaz dirigió entre 1993 y 1994 la revista Paradiso. De 1995 a 1998 fue lector de español en la Universidad de Jena y de 1998 a 2000 en la Universidad de Leipzig. Presidió la Sección de Literatura y Teatro del Ateneo de La Laguna de 2019 a 2022. Ha publicado, entre otros títulos, los poemarios La penúltima agua (2022) y La montaña de barro (2023), los libros de narrativa Duérmete, cuerpo mordido (2022) y Luz que se escapa (2022), que hoy nos ocupa. Tiene también libros de ensayo y diarios literarios y ha traducido textos de autores de la talla de Jacques Ancet, Philippe Jaccottet, Gustave Roud o Ramón Xirau.

 

Lee también en Letralia: reseña de Luz que se escapa, de Rafael-José Díaz, por Alberto Hernández.

Luz que se escapa, la intimidad desde afuera

—Ese único párrafo de cien páginas que se titula Luz que se escapa es una obra singular. Me gustaría saber cómo surgió en ti la necesidad de escribir el libro de esta manera y qué desafíos representó esta estructura.

—El libro surgió hace poco más de diez años en Madrid. Digo “surgió” porque no hubo ninguna planificación. Como he hecho siempre, un día me senté a escribir, sin idea alguna de cuál sería el resultado. Quizá sea un defecto de los poetas —o de buena parte de ellos— no planificar la escritura. Al releer el comienzo, ahora que el libro se ha publicado, me doy cuenta de que sentía la necesidad de construir un cierto recuento (ese “todo empezó” de la primera frase), pero por entonces, cuando la escritura estaba arrancando, no tenía en mente cuál iba a ser la sucesión de acontecimientos narrados. Lo más probable, dada mi trayectoria hasta entonces, es que el resultado hubiera sido un relato breve, uno de esos textos que, desde que en 2006 dejé de escribir mi diario, habían venido a reemplazar mi necesidad de anotar ciertas cristalizaciones de lo cotidiano, de la imaginación o de la memoria. Lo sorprendente en este caso es que el texto no concluyó al cabo de varias horas de escritura, sino que quedó suspendido hasta el día siguiente. Entonces lo retomé y me di cuenta de que estaba escribiendo una especie de discurso continuo, vacío, al modo de Mario Levrero (a quien por entonces no recuerdo si ya había empezado a leer), con ciertas reminiscencias de Sebald (a quien sí que llevaba tiempo leyendo con pasión). La escritura se iba desplazando en medio de una especie de quietud. Recuerdo que tenía un ordenador portátil en mi casa de la calle José Calvo, de Madrid, donde llevaba ya tres años viviendo. Todas o casi todas las tardes, durante unos tres meses, lo abría y continuaba lo escrito hasta entonces. Me convertí en una especie de peregrino inmóvil por mi propio pasado, un pasado que a veces me permitía inventar (pues toda autobiografía es, como se sabe, más o menos ficticia). Me di cuenta de que en medio de ese discurso antilineal, fragmentario, retrospectivo y fluctuante, había también una extraña continuidad. No había una historia que avanzara, sino muchas escenas que se entrecruzaban y que, al hacerlo, iban construyendo una imagen compleja hecha de retales. La prosa era una especie de isla que flotaba y se desplazaba en un mar a veces en calma y a veces proceloso, una isla en el interior de la cual todo parecía inmovilizado pero que, al no detenerse nunca en su viaje hacia ninguna parte, hacía del movimiento una necesidad y de los vaivenes una virtud. En esa fijeza que era al mismo tiempo un viaje vertiginoso se produjeron numerosos descubrimientos: aprendí a verme desde múltiples perspectivas.

—Continuando con este tema de la estructura, es interesante que hayas optado por un narrador en tercera persona, clásico omnisciente, para este relato tan intimista, en el que la expresión ya no sólo de los recuerdos sino también de los sentimientos del personaje van construyendo una cartografía de su personalidad. De cara al lector, ¿cuál es en tu opinión el impacto que esta elección narrativa tiene en la comprensión de la historia?

—Creo que ese giro en la óptica narrativa, esa perspectiva alterada, pues, como bien dices, se relata la intimidad desde la voz de un narrador externo, tiene que ver con el origen incierto del texto: da la impresión de que al principio estoy construyendo un personaje absolutamente alejado de mi propia personalidad. Lo que ocurre es que, como apuntaba antes, ese personaje poco a poco se va identificando cada vez más con el yo autoral, al menos con mi visión de mi propia experiencia, y entonces se produce esa chocante construcción de una intimidad contada desde fuera. Es probable que esto me haya permitido explorar con mayor solvencia, o al menos de un modo menos traumático, ciertos momentos escabrosos o dolorosos que forman parte de mi pasado. Al alejar la perspectiva, como si me estuviera viendo a través de un espejo distante, puedo tratar ciertos temas o ciertos momentos como si no tuvieran demasiado que ver conmigo mismo. El libro puede leerse, sin duda, como una pura invención. Lo ideal sería precisamente eso: no saber absolutamente nada del autor y leer el libro como un experimento en el que se van trenzando instantes que no tienen aparentemente demasiado que ver unos con otros. En este sentido, me resulta curioso que Luz que se escapa se haya publicado en una colección de libros de poesía. No creo que hubiera podido utilizar el verso para darle forma a todo este conjunto de materiales dispares, pero hay varios aspectos que sí pueden leerse como poéticos en el libro: la aparente falta de continuidad, el peso de las imágenes —cada momento contado está como encadenado a una imagen— y la predilección por esos instantes de iluminación, podríamos llamarlos epifanías si esta palabra no estuviera tan desgastada, es decir, por acontecimientos en los que el protagonista accede a cierta revelación sobre sí mismo o sobre el mundo que lo rodea.

“Luz que se escapa”, de Rafael-José Díaz
Luz que se escapa, de Rafael-José Díaz (RIL Editores, 2022). Disponible en Amazon

—A lo largo de ese párrafo interminable, la ciudad (las ciudades), las situaciones y la mente del personaje parecen fusionarse en un viaje introspectivo. ¿Cómo construyes la interacción entre los espacios físicos y mentales en Luz que se escapa?

—En realidad, todo queda transformado por mediación de la escritura. Cualquier espacio físico es al mismo tiempo mental desde el momento en que se lo traduce en palabras. El viaje imaginario se compone de múltiples microviajes, si se me permite la expresión, que proceden tanto de la experiencia como de la ensoñación, tanto de la memoria como del presente. Pero me preguntas sobre todo por la interacción. Y precisamente creo que es una buena pregunta porque este libro está lleno de intersticios, interregnos verbales en los que se dan las transiciones no solamente entre los espacios físicos y los mentales, sino también entre las diferentes secuencias, llamémoslas así, que van construyendo el discurso. Te confieso que no sé muy bien cómo lo hice, no me propuse conectar de manera deliberada unos mundos con otros, los diferentes chispazos que se van entrelazando. Todo fluyó de un modo natural. Las conexiones se establecen como si realmente hubiera concomitancias entre unas épocas y otras. Creo que el libro intenta algo que en literatura es casi misión imposible: dar la sensación de simultaneidad, como si estuviéramos ante un fresco en el que el tiempo que se exhibe fuera en cierto modo rizomático, no lineal, y por debajo de la escritura hubiera vasos comunicantes que conectaran cada pasaje con el resto, cada momento puntual con la totalidad del tiempo.

—El libro parece poner de manifiesto el peso que tiene la memoria en la identidad, bajo el foco de esa idea de que somos lo que recordamos que somos. ¿Cómo abordas la dualidad entre la necesidad de recordar y el deseo de liberarse del peso de la memoria en esta novela?

—La memoria, como bien apuntas, puede ser un lastre a la hora de reinventarnos. Sin embargo, otras veces resulta un material imprescindible para la construcción de nuevas identidades. La escritura transita esa cuerda frágil entre lo especular fijado en los recuerdos y la mirada abierta hacia un presente despojado de toda reminiscencia. Hubo una época, pero posterior a la escritura de este libro, en que leí mucho a Patrick Modiano. Me fascina su forma de construir el presente a partir de numerosas capas de recuerdos que a veces se superponen y a veces impiden acceder unas a otras. Creo que la memoria es un patrimonio personal tan frágil y al mismo tiempo tan valioso que cualquier abordaje a lo que recordamos implica un acto de resistencia. Pero el olvido también es necesario. En muchos otros textos, sobre todo poéticos, me he ceñido a los datos inmediatos de la percepción del instante, pero reconozco que en Luz que se escapa se produjo una especie de inmersión. Por alguna razón necesitaba explorar zonas poco visitadas de la memoria personal. Hay un libro del poeta José Ángel Valente, Material memoria, que contiene un breve poema sin título: “Pliegue de la memoria / en donde reposaba / incandescente el solo / residuo vivo del amor”. Ahondar, descubrir, investigar esos pliegues para encontrar, de pronto, esos residuos vivos: esta, creo, es una de las claves del libro. Hubiera podido encabezar el libro con esos versos de un poeta al que tanto admiro. Porque la memoria es como un cuerpo en el que hay muchas zonas oscuras, y de pronto, al desdoblar un pliegue, encontramos la incandescencia de un momento vivo. En los alrededores de todas esas incandescencias navega la escritura como en un mar opaco capaz de devolver los restos de un naufragio.

 

Rafael-José Díaz y el silencio

—El personaje que construyes sobre ti mismo en Luz que se escapa parece tener la necesidad de retirarse al centro de sus cavilaciones y, al mismo tiempo, retirarse del mundo. ¿Qué hay detrás de esta tensión entre la introspección y la necesidad de aislamiento en el protagonista?

—El protagonista de este libro se muestra con frecuencia como un adolescente maniático, poco integrado, solitario, esquivo, silencioso. Sin embargo, siente verdadera atracción por el contacto con los demás, no sólo, claro, desde el punto de vista erótico (que también), sino sobre todo desde la necesidad de una comunicación plena. Este deseo lo lleva a una frustración permanente, pues los pocos momentos de comunión se deshacen como los pétalos de una flor marchita, y entonces regresa al estado de aislamiento que lo caracteriza. En ese mundo que ha construido a su medida le da vueltas todo el tiempo a sus extrañas relaciones con los demás, muy pocas veces satisfactorias, y con frecuencia reconoce que prefiere la soledad al aburrimiento que le proporcionan las relaciones incompletas. En el mundo que se describe en el libro no existen todavía formas de comunicación que constituyen hoy en día parte normalizada de nuestro día a día: Internet, los móviles, las redes sociales. De hecho, en varios momentos del libro el personaje aparece esperando una llamada telefónica en la soledad de un piso, atado, diríamos, al teléfono que podrá o no sonar, encerrado en esa vivienda, en el círculo infernal de esa espera que se revelará casi siempre inútil. Esta sería una situación insólita hoy en día. Ahora mismo no estamos acostumbrados a esperar, no necesitamos pasar horas esperando por una llamada, lo hacemos todo al mismo tiempo, podemos incluso estar comunicándonos con varias personas a la vez. Nos hemos vuelto unas hidras que, en vez de cientos de cabezas, atesoraran miles de contactos, establecieran múltiples conexiones fugaces, en numerosas aplicaciones o redes sociales de todo tipo. En cambio, el mundo descrito en Luz que se escapa, a pesar de transcurrir a lo largo de más de treinta años, permanece en una quietud analógica: si está en la playa, el protagonista no tiene más distracción que el libro que lleva para leer; si pasea por las calles de la ciudad, está plenamente atento a lo que lo rodea; si conduce un coche, tiene que guiarse por las indicaciones de las carreteras o por un mapa en papel, pues aún no se ha inventado la geolocalización, y así sucesivamente.

—“La vida como un frágil aliento rodeado de humo, el silencio como una práctica involuntaria e insobornable”, dices en otro momento. Y ese silencio es otro de los temas que gravitan a lo largo de todo el libro. ¿Puedes hablarnos de este tema? ¿Es el silencio una forma de escapar, de relegarse a “un segundo plano, casi como un autista, caviloso”, como dices en otra parte?

—A mí me ha gustado siempre el silencio. Lo entiendo como un fenómeno necesario no solamente para la salud mental, sino también para la creación. Creo que muchas veces hablamos más de la cuenta. Y lo peor es que hablamos gritando. El ruido en las ciudades es absolutamente pernicioso. A medida que han ido pasando los años, he desarrollado una tolerancia cada vez menor al bullicio, el griterío y los alborotos. Esto me convierte en una persona que busca cada vez más un refugio, la soledad insonorizada, lugares exteriores en los que sólo se oigan las olas del mar o el soplo de la brisa en los ramajes. Efectivamente, el tema del silencio y su búsqueda es uno de los que vertebran un libro que puede leerse como una especie de En busca del silencio perdido.

La verdad es que hay poco de consciente en este libro.

—En diversos puntos de la obra se puede apreciar un interés por lo simétrico: hay un encuentro con unos enigmáticos gemelos, se describe la confección de ciertos palíndromos, se narra una conversación con un grupo de amigos isleños sobre un libro que cuenta de otro grupo de amigos isleños… ¿Fue consciente esta mirada reiterativa sobre el reflejo? ¿Qué buscaste con ella?

—La verdad es que hay poco de consciente en este libro. Esos pasajes sobre los palíndromos son una de las partes más juguetonas del libro. Yo no tengo diagnosticado ningún tipo de autismo, pero la extrema timidez que padecí en la infancia y la primera juventud me hace pensar si no habrá en mí alguna tendencia a ese trastorno. En mis clases me he encontrado alguna vez con alumnado autista, y sorprende —y admira— su tendencia a la organización, a la simetría, a la repetición de patrones. Yo, que soy desorganizado por naturaleza, siento un enorme interés por el orden y la regularidad. Soy tremendamente despistado, pero admiro a las personas detallistas, con gran sentido de la orientación y capaces de hacerse una rápida composición de lugar en cualquier tipo de situaciones. En este sentido, en el libro se da una doble tendencia: la prosa es torrencial, pues, al tratarse de un único párrafo, la escritura no puede detenerse, no deja espacio para la respiración y la pausa; por otra parte, creo que podrían descubrirse numerosas analogías entre determinados pasajes, una vocación especular y armoniosa que, inconscientemente, me lleva a trazar compensaciones, equilibrios, regularidades en medio del magma vital y verbal que es este libro.

—En alguna parte del libro se puede leer: “El hilo del que a veces tira, no siempre de un modo voluntario, presenta bifurcaciones que a su vez se bifurcan para bifurcarse de nuevo en un proceso que, hasta ahora, no ha tenido fin”. Justamente esa es la forma como el personaje se va internando cada vez más en sus pensamientos. ¿Cómo fue el proceso de escribir Luz que se escapa? ¿Lo escribiste de un tirón o tuviste que interrumpir su redacción? En este último caso, ¿cómo lograbas recuperar el hilo del relato?

—Algo sobre esto dije ya en algunas de las preguntas anteriores. Por su extensión, no hubiera sido posible escribirlo de un tirón. Como indicaba, fueron aproximadamente tres meses los que tardé en terminarlo, a razón de una o dos páginas por día. No recuerdo exactamente cómo retomaba el hilo, es posible que releyera las páginas escritas el día anterior, pues de otro modo hubiera sido imposible. Sin embargo, creo que hay una vocación de escritura absolutamente libre, sin un rumbo predeterminado, que va construyendo sus propios materiales a medida que avanza. Es curioso: escribí Luz que se escapa poco después de la escritura de Duérmete, cuerpo mordido, un libro formado por muchos fragmentos en el que, si bien existe una relativa continuidad, cada texto es independiente y puede leerse sin necesidad del resto. Son concepciones antagónicas de la escritura, y reconozco que he estado siempre mucho más apegado a la segunda modalidad. Curiosamente, no he vuelto a poner en práctica la escritura tal y como la practiqué en Luz que se escapa. A saber lo que saldría a día de hoy en esa especie de flujo de conciencia. Y algo que me parece singular también es que, a diferencia de casi todos mis demás libros, durante diez años no hice ningún intento de publicarlo, no se lo di a leer a nadie ni le hablé a nadie del libro. Era como un libro escrito in pectore, para mí exclusivamente y que no necesitaba compartir. Si me decidí a hacerlo fue porque, más de diez años después, pensé que había llegado el momento de dejar que esa luz se escapara del todo, como el genio de la botella. Vamos a ver ahora qué resulta de todo ello.

 

No había escrito un libro como este y en más de diez años tampoco he vuelto a escribir así.

La lengua de un escritor se moldea constantemente

—Has publicado varios libros de poesía, ensayo y narrativa, y algunos de ellos han recibido importantes reconocimientos. ¿Qué lugar dentro de tu obra le asignarías a Luz que se escapa?

—Creo que Luz que se escapa puede aportar algunas claves para saber de dónde vengo, cómo me he formado, los modos en que me he relacionado, mis intereses más personales, los lugares que me gusta frecuentar, el tipo de personas con las que me siento cómodo, lo que me da por pensar cuando llevo mucho tiempo sin comunicarme con nadie, algunos de los regalos que me ha dado la vida, en qué me fijo cuando hago una excursión al campo o qué zonas de una ciudad prefiero para perderme. Como señalé antes, no había escrito un libro como este y en más de diez años tampoco he vuelto a escribir así. No me gusta repetirme, aunque es inevitable que los libros se concatenen y dialoguen unos con otros. No sé si Luz que se escapa es una novela corta, un relato largo, un extenso poema en prosa, un cuaderno de viajes, un libro de memorias desordenadas o un conjunto de apuntes encadenados. El poeta Carlos Alcorta, que escribió una reseña del libro, dijo que “con una prosa envolvente, con estudiadas reiteraciones y circunloquios que provocan un avance de la acción ciertamente moroso, Rafael-José Díaz se interna en lo más profundo de sí mismo para dejar fluir a su conciencia”. Creo que ha dado con una de las claves del libro. Se trata, en efecto, de una inmersión en la conciencia —con pedacitos de inconsciente— transformada en flujo verbal. Donde dice conciencia puede leerse memoria, experiencia, vida. Pero, claro, uno ha crecido lo suyo desde 2012 y las cosas se ven desde otra perspectiva, aunque el libro se haya publicado ahora. Hoy en día lo diría todo de otra manera, pero seguramente seguiría escogiendo, entre otros, los mismos momentos que figuran en el libro.

—Tienes una dilatada trayectoria como traductor. ¿Crees que esta experiencia incide sobre la forma como moldeas el lenguaje a la hora de escribir tus propios textos?

—En una reciente entrevista mi admirado Adalber Salas Hernández, poeta, traductor y sobre todo amigo, ha dicho que “toda traducción en el fondo es autobiográfica”. Creo que la cuestión que planteas tiene gran interés, pues la lengua de un escritor se moldea constantemente y por muy diversas razones. Buscamos a tientas una voz propia, pero ese proceso está condenado al fracaso, pues lo que encontramos es que nuestra voz está atravesada por múltiples voces, no se distingue de ellas y se involucra en todo tipo de mestizajes y aleaciones. Tanto lo que leemos como lo que traducimos (que es un modo muy demorado y casi microscópico de leer y escribir a la vez), tanto la música que escuchamos como las películas que vemos, tanto el arte que nos fascina como las conversaciones con los demás, confluyen en nuestra escritura y la contaminan para bien o para mal. En un libro como este afloran también las palabras escuchadas a figuras tutelares de nuestra infancia y juventud: los padres, los abuelos, los tíos, los maestros, los primeros amigos. En el fondo, estamos inmersos en una permanente traducción. Por la época en la que escribí Luz que se escapa no recuerdo que estuviera traduciendo ningún libro, pero en los años previos había traducido mucho a Philippe Jaccottet, un autor que ha marcado profundamente mi forma de estar en el mundo y mi concepción de la literatura.

—Nos gustaría conocer en qué proyectos trabajas actualmente. ¿Volverás a la narrativa? ¿Qué nos espera a los lectores de Rafael-José Díaz?

—A comienzos de 2023 la editorial El Sastre de Apollinaire publicó un libro de poemas en prosa titulado La montaña de barro. Tengo inéditos varios libros, tanto de poemas como de relatos. Mi ritmo de escritura es lento, pese a que entre 2021 y 2023 se hayan publicado seis libros de diversos géneros, lo que atribuyo a las alteraciones producidas por la pandemia. Ahora mismo estoy concentrado sobre todo en la escritura de una serie de textos en prosa bastante inclasificables. Suelo componer los libros con materiales que rescato de procesos de escritura en los que nunca pienso, en realidad, en la idea de un libro. Los libros me sirven, sobre todo, para despejar o limpiar mi zona de escritura de todos los materiales de aluvión que se van acumulando con el paso del tiempo. Concebirlos y publicarlos me resulta liberador: es una manera de ordenar el caos y un modo de desbloquear la mano que escribe.

Jorge Gómez Jiménez

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