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Con Barro en los ojos le da otra vuelta de tuerca al género negro
Carmen Pineda aborda el mundo adolescente alejándose de los clichés

viernes 16 de febrero de 2024
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Carmen Pineda
Carmen Pineda: “Con Barro en los ojos decidí invertir el planteamiento tradicional, no enfocar la novela desde la perspectiva de los investigadores, sino de los investigados”.

La escritora española Carmen Pineda no teme sumergirse en las complejidades de la realidad juvenil. Su novela Barro en los ojos (Versátil, 2023) se erige como un testimonio literario que no sólo refleja su conocimiento de cómo es ser un adolescente hoy en día, sino que también despliega una narrativa de una muy cuidada factura, capaz de mantener la atención del lector a lo largo de sus más de trescientas páginas en las que combina el noir y la denuncia social.

Nacida en Murcia en 1976, la autora ejerce como profesora de Lengua Castellana y Literatura en Madrid, donde reside. Es licenciada en Periodismo y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, así como doctora en Historia de la Comunicación Social. Como periodista ha trabajado para El País y La Verdad. En la actualidad compagina su trabajo como docente con la escritura y, aparte de Barro en los ojos, ha publicado las novelas Confesiones sexuales de Madame Forner (Nostrum, 2008), Las aristas del tiempo (Selecta, 2016), El aval (Última Línea, 2019) e Hijos del pecado (Raspabook, 2021), obra esta última que fue seleccionada dentro del programa internacional New Spanish Books 2022.

Finalista, con Barro en los ojos, del III Certamen de Novela de Denuncia Social “Martín Fierro”, Pineda no concibe la literatura sin la reflexión, como nos dice en esta entrevista. Construida con una estructura coral, la obra parte de la muerte de la estudiante Alicia Balaguer y va extendiendo un manto de sospechas y misterios entre sus compañeros de instituto y otros jóvenes de su entorno. No es un libro de lectura cómoda, en especial cuando se tiene en cuenta que la realidad puede ser mucho más escabrosa. Sobre estos y otros temas conversaremos a continuación.

 

Lee también en Letralia: reseña de Barro en los ojos, de Carmen Pineda, por Jorge Gómez Jiménez.

Carmen Pineda y el mundo adolescente como tema de novela negra

—En Barro en los ojos el asesinato de una adolescente es el punto de partida de una trama en la que expones algunas de las más sórdidas aristas de nuestra sociedad. ¿Puedes contarnos de dónde provino esta idea y cómo fue el proceso de investigación y escritura?

—No vino de un sitio único, sino de la confluencia de lecturas, producciones audiovisuales y de mi propia experiencia como profesora que trabaja todos los días con adolescentes. Quería contar una historia sobre el mundo adolescente, pero alejándome de los clichés que tanto se explotan en las series juveniles, una novela más próxima a esa realidad que yo observo en el aula, profundizando en los problemas que los chicos sufren a esta edad y en circunstancias, como el acoso escolar o la necesidad de formar parte del grupo agresor para no ser excluidos, que suceden a diario en los centros educativos. Tuve que documentarme sobre todos los pasos de una investigación policial y también sobre aspectos de nuestro ordenamiento jurídico para no incurrir en errores frecuentes cuando se aborda un crimen cometido por menores, como que sean interrogados sin presencia de sus progenitores o tutores legales. Sin embargo, opté por invisibilizar toda esa parte perteneciente a la investigación propiamente dicha para no desviar la atención de lo que yo quería que fuese lo esencial, que era el fluir íntimo de los personajes, sus inquietudes, dudas, temores, su visión de la vida, su psicología, sus conflictos personales y con el entorno que los rodea, la búsqueda de su sitio y también de su identidad.

“Barro en los ojos”, de Carmen Pineda
Barro en los ojos, de Carmen Pineda (Versátil, 2023). Disponible en Amazon

—Como profesora de instituto tienes una posición privilegiada, por decirlo de alguna manera, al estar en contacto permanente con adolescentes. Es de suponer que has basado actitudes, y quizás escenas, en tu experiencia directa con los jóvenes. ¿Cómo equilibraste la realidad con la ficción durante el proceso creativo de Barro en los ojos?

—Alejándome de ella. Soy incapaz de escribir sobre las cosas que me suceden en el momento en el que éstas ocurren. Necesito tomar distancia. Me ha ocurrido siempre, desde mis primeras novelas, también en esta. Escribí Barro en los ojos durante un período de excedencia en el que viví fuera de España y no ejercí la docencia. El equilibrio es más fácil cuando no estás en contacto permanente con la realidad que intentas retratar.

—Llama especialmente la atención que la novela presenta los hechos a través de los testimonios de los involucrados, pero también de sus pensamientos y sus recuerdos, que en su momento saldrán también a la luz como parte de la verdad. ¿Cómo llegas a esta estructura?

—Para mí lo importante era reflejar con la mayor fidelidad posible la psicología y el comportamiento de los adolescentes. Por eso decidí invertir el planteamiento tradicional, no enfocar la novela desde la perspectiva de los investigadores, sino de los investigados, en un ejercicio similar al que realizan series de televisión actuales, como Big Little Lies o la española Élite. Mi mayor inspiración fue Plenilunio, de Antonio Muñoz Molina, una novela que leí hace más de veinte años y que me hizo ver el género negro desde una perspectiva transgresora porque en ella encontramos también la voz del asesino, su psicología, su percepción de la realidad. Quise hacer algo así, pero dando un paso más: anulando prácticamente a los investigadores. Éstos son un mero vehículo para conocer a los interrogados.

 

Lee también en Letralia: primeras páginas de Barro en los ojos, de Carmen Pineda.

Barro en los ojos: de la ficción a la reflexión

—Hay una sensibilidad en tus personajes femeninos que contrasta con la fuerza con que actúan. Alicia es capaz de reconocer lo que está mal en su entorno —sus relaciones con su madre, su padrastro y otros personajes, por ejemplo—, pero a la vez procede a sacar partido de esos aspectos decadentes que identifica. En estos tiempos en que asistimos a una resignificación y revaloración de los géneros, ¿cómo te planteaste el desarrollo de esta perspectiva femenina?

—No creo en los arquetipos. Cuando escribo, trato de visualizar a mis personajes, meterme en su piel, darles una dimensión humana y eso implica, forzosamente, entrar en contradicciones, inocularlos de muchos tonos grises, porque ninguno de nosotros obedece a patrones establecidos, no somos seres inmutables ni de principios inquebrantables. Creo que somos seres imperfectos, contradictorios, volubles incluso, y desde mi perspectiva, la narrativa ha de reflejar actitudes, comportamientos, psicologías verosímiles. Alicia es un personaje complejo que entra en contradicción consigo misma en muchas ocasiones, porque a veces actúa, no conforme a sus convicciones, sino arrastrada por la presión: social, familiar, materna. Alicia siente un rencor hacia su madre que se irá desgranando a lo largo de la novela y que explica muchos de sus comportamientos. En sus acciones hay mucho de venganza hacia Teresa.

—No deja de ser alarmante la forma como ha sido permeada la juventud actual por fenómenos como el bullying o la adicción a las drogas y al alcohol. ¿Cómo abordas la responsabilidad de utilizar la ficción como medio para destacar problemas sociales y políticos?

—Particularmente, prefiero la ficción que me incita a la reflexión, que genera en mí una actitud crítica hacia situaciones y realidades con las que convivimos. A veces a todos nos apetece evasión pura y dura, pero a una novela, que me exige un esfuerzo intelectual y una inversión considerable de tiempo, yo le pido algo más. Incluso cuando leo novela negra necesito ese aditivo de denuncia social para que me llene. ¿Qué me aporta la lectura de crímenes, de situaciones violentas, de violaciones, de escenas escabrosas, si no me incita a la reflexión, a plantearme qué es necesario cambiar y mejorar en nuestro entorno? Los adolescentes de hoy son el resultado de la educación y formación que les estamos inculcando. Si yerran, deberíamos analizar en qué nos estamos equivocando los adultos.

—En las páginas finales de Barro en los ojos presentas unas duras reflexiones de Teresa Agramunt, la madre de Alicia, sobre la culpa y la desidia de los adultos. “Todo lo que su hija hizo, cada decisión errónea que tomó, fue por su culpa. Y mientras Alicia se perdía, ella entraba y salía de casa sin verla. Estaba ahí, a su lado, y no lograba verla”. ¿Qué esperas comunicar con tu novela a los padres contemporáneos?

—Precisamente esto. No podemos dejar a nuestros hijos solos ante el inmenso reto de formar su ideología, su carácter, su moralidad. Y ese no es el cometido del colegio. A los profesores nos pagan por enseñar unos contenidos, por lograr que nuestros alumnos desarrollen unas competencias en un ámbito específico del saber. Podemos contribuir a su formación ética, y de hecho se hace en asignaturas como Educación en Valores, que tantas críticas ha suscitado entre determinados partidos políticos, y también en Tutoría, pero la labor fundamental recae en las familias. Desgraciadamente, yo veo a diario a adolescentes que han crecido prácticamente solos porque ambos padres trabajan hasta tarde. Y esos padres casi nunca se preocupan de hablar con ellos, de transmitirles unos valores, unos principios de conducta. A menudo suplimos esa escasa dedicación a nuestros hijos con bienes materiales. ¿Cómo pretendemos entonces formar adultos con unos valores rectos? Las máquinas, los aparatos tecnológicos, la televisión, los videojuegos no transmiten valores. Para eso estamos las personas.

 

Ante la incapacidad de admitir que hemos cometido acciones que chocan de bruces con nuestros principios, optamos por olvidar.

Contra la simplificación de la narrativa

—En tus novelas anteriores, como El aval e Hijos del pecado, también has incorporado la intriga y la denuncia. ¿Hay algún hilo temático común que conecte todas tus obras?

—La búsqueda de la verdad o el proceso de desvelamiento hasta admitir las auténticas motivaciones del ser humano. Este es un aspecto que me preocupa bastante: la forma en que distorsionamos la realidad para acomodar nuestros hechos a nuestra conciencia ética y moral. Ante la incapacidad de admitir que hemos cometido acciones que chocan de bruces con nuestros principios, optamos por olvidar. No es que mintamos, al menos no lo hacemos de forma consciente, sino que seleccionamos la información. La memoria es selectiva, tendenciosa y parcial, pero este es un mecanismo de supervivencia.

—Nos gustaría conocer tu visión del género negro. ¿Cuáles han sido tus lecturas, tus influencias? ¿Cómo ves el género en la actualidad?

—No soy lectora de género. De ninguno, en realidad. Leo aquello que me gusta, que me atrae y me interesa por su temática y, sobre todo, por su técnica narrativa y por su estilo. En cualquier caso, si hablamos de género negro en concreto, prefiero novelas que se salgan de lo establecido, que exploren nuevas vías, como las de Rafael Chirbes o Muñoz Molina. Últimamente leo bastante a Víctor del Árbol porque hace confluir en su narrativa esas dos vertientes de género negro y denuncia social que a mí me interesan. En la actualidad veo una tendencia hacia la simplificación de la narrativa, no sólo en el género negro, en todos en general. Es como si hubiera que prescindir de cualquier mínima complicación que exija cierto esfuerzo por parte del lector.

—Eres una autora con diversas obras publicadas. ¿De qué forma ha evolucionado tu escritura y qué aprendizajes has obtenido de cada obra?

—Ha evolucionado bastante, hasta el punto de que no me reconozco en mis primeras novelas. Creo que el vínculo que comparten todas mis obras es la importancia que le concedo al personaje. La acción no es lo fundamental en ellas, sino que está supeditada a las motivaciones de los personajes, a su periplo existencial y a su evolución psicológica. A partir de El aval he optado por un enfoque más coral, que me permite una mayor perspectiva. Pero en Hijos del pecado y, sobre todo en esta, enfoco la realidad desde la visión íntima del personaje, mediatizando la realidad desde el enfoque personal y subjetivo del personaje.

Del periodismo conservo la necesidad de enfocar la realidad desde una perspectiva analítica y crítica.

—Aparte de tu labor como escritora, también has trabajado en periodismo. ¿Cómo ha influido tu formación en periodismo en tu enfoque literario y en la manera en que abordas temas sociales en tus novelas?

—Mi formación periodística ha sido fundamental. A mí me apasiona el periodismo. Me alejé de él por la imposibilidad de trabajar con plena independencia y autonomía. Me gusta la investigación, no el reporterismo. Y mucho menos escribir al dictado. Del periodismo conservo la necesidad de enfocar la realidad desde una perspectiva analítica y crítica y ese interés por los temas de calado social y político.

—Finalmente, ¿puedes adelantarnos algo sobre tus futuros proyectos literarios?

—Está todo demasiado verde como para aventurarme a hablar de proyectos. Sigo trabajando en una novela que tal vez nunca salga a la luz. No tengo claro que encaje en el actual mercado editorial. En ella juego con la fusión de géneros, incluso con la disolución de los límites de la realidad y la ficción. Esto no es algo nuevo en literatura. Ya lo hizo Unamuno de un modo brillante en Niebla, y dos siglos antes lo exploraron Calderón en La vida es sueño y Cervantes en esa segunda parte sublime del Quijote en que los personajes disertan sobre ellos mismos. Sin embargo, ahora estamos asistiendo a un momento literario bastante conservador. La experimentación sólo se le permite a los autores consagrados. Es difícil para los escritores poco reconocidos encontrar acomodo con obras más complejas y transgresoras.

Jorge Gómez Jiménez

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