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José H. Cáez Romero:
“No escribo nunca con la intención de publicar”

domingo 14 de abril de 2024
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José H. Cáez Romero
José H. Cáez Romero: “Lo que la sociedad oculta, ignora y atropella siempre será una fuente inagotable para decir y para crear”.

José H. Cáez Romero (Santurce, Puerto Rico, 1987) es docente, poeta y narrador. Tiene una Maestría en Artes con concentración en Literatura de Puerto Rico y el Caribe (2019) y estudia su doctorado en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, en San Juan, Puerto Rico. Completó un Bachillerato en Literatura Comparada y en Educación Secundaria con concentración en Español de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Tiene en su haber tres poemarios: Borrasca (2022), Cicatriz de fuego (2017) y Maretazo (2018). Ha participado de ferias internacionales en Perú (2013), México (2014) y República Dominicana (2015 y otros). Parte de su obra creativa ha sido publicada y reconocida en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Perú, Puerto Rico y Venezuela. Él ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

 


 

—Recientemente recibió una grata noticia relacionada con uno de sus cuentos, “Los espíritus del agua”, publicado en la antología Cuentos de huracán (2018). ¿De qué trata el cuento? ¿Cómo surgió la oportunidad de trabajarlo?

—“Los espíritus del agua” es un cuento que narra la historia del abandono y la soledad en la que viven dos ancianos en un campo remoto que, de pronto, se enfrentan al paso del huracán María por la isla. Como a muchos nos ocurrió, el paso del huracán supuso, además de una terrible ansiedad, una fuente imperativa para crear. Se destaparon muchos males y se evidenciaron otros. Durante esos días comencé a escribir unos poemas brevísimos que terminaron por convertirse en mi tercer poemario, Borrasca, como respuesta a todas las sensaciones de angustia y desesperación que trajo consigo el paso del huracán. Así que fue bastante natural para mí que el tema siguiera rondando por mi cabeza igual que por las de muchos otros escritores por un tiempo. Ya cuando las comunicaciones comenzaron a restablecerse, una de mis maestras, la escritora Mayra Santos Febres, me contactó y me pidió que escribiera un cuento para una antología que estaba pensando sobre el paso del huracán. Inmediatamente me puse a escribir. Las fuentes de inspiración estaban ahí, al alcance de la mano. Todos los días se escuchaban noticias terribles sobre lo que ocurría en Puerto Rico. En mi caso, siempre he tenido muy presente a la población de envejecientes en la isla por diversas razones, pero principalmente porque me crie entre ellos, así que de primera instancia reconozco sus necesidades. Así fue como nació este cuento.

El género que más he cultivado y por el cual me he dado a conocer de alguna forma ha sido la poesía.

—¿Qué relación tiene su trabajo creativo previo a “Los espíritus del agua” y su trabajo creativo entonces y hoy? ¿Cómo lo hilvana con su experiencia de puertorriqueño-caribeño y su memoria personal o no de lo caribeño dentro de Puerto Rico y el Caribe?

—Un poco todo. El género que más he cultivado y por el cual me he dado a conocer de alguna forma ha sido la poesía. Fue con el que comencé. La poesía es un género interesantísimo para mí porque me obliga a experimentar con el lenguaje, el lenguaje que conozco y el que me invento en el proceso. Es una forma de decir muy natural en mi persona, pero a la vez, imposible. Los cuentos o la narrativa en general vinieron mucho después. Ya en la universidad comencé a experimentar con la narración y todavía estoy en ese proceso. “Los espíritus del agua” no es un cuento muy distinto a otros que he escrito. Su cercanía inmediata y su tema relacionado al paso del huracán lo hermana un poco con el poemario que mencioné antes, pero son códigos muy distintos los que empleé en cada uno. Como cuentista siempre voy a apostar al margen con mis personajes, porque de ahí es que vengo, es lo que conozco y es lo que más aqueja a este país. Si mis textos de alguna forma funcionan para dar voz a aquello que lo necesita o que lo amerita, entonces que así sea. He escrito otros textos en donde ancianos son protagonistas. Me interesa la fragilidad de la vejez. En este país impera el abandono de las personas mayores. Su soledad es algo que me perturba. Por otro lado, la figura de la abuela siempre será importante en mi literatura por mi propia cercanía y relación con ella. También la figura materna. Creo que, en sí, esa es la experiencia del Caribe y de Puerto Rico. El margen nos define desde muchos espacios. Esas figuras particulares que reconocemos a diario, la madre sola, el que vive de quincena en quincena, la que vende su cuerpo en la calle, o también la que se vende a una relación y se mantiene ahí sin quererlo porque no tiene a dónde ir, el que se esmera y no logra al final nada, la que cría y es abandonada, el que abandona porque algo más lo supera, el que aparenta y disimula porque tiene que ascender y el que abusa porque puede, porque no sabe o porque le obligan. Todas esas figuras que tenemos presentes o que recordamos, de alguna manera me nacen a la hora de escribir. Creo que son un reflejo inmediato de lo que vivimos, de lo que vemos y de lo que nos conecta. Lo que la sociedad oculta, ignora y atropella siempre será una fuente inagotable para decir y para crear.

—Si compara su crecimiento y madurez como persona, escritor, con su época actual de escritor en Puerto Rico, ¿qué diferencias observa en su trabajo creativo? ¿Cómo ha madurado su obra? ¿Cómo ha madurado usted?

—Crecer es un proceso natural e inevitable. No puedo definir con claridad cuánto he madurado como persona o si lo he hecho a la par con mi época. Hay ciertos procesos sociales, propios de mi generación, de los cuales todavía desconfío, que no entiendo y que, ciertamente, me tomarán más tiempo para procesar. Soy un millennial no tan millennial. Sí puedo decir que de unos años para acá permito que las cosas fluyan un poco más. Pero mi visión de vida es muy particular y no siempre encaja con la de otros o con la de estos tiempos. Al final, que cada cual haga lo que tenga que hacer. La vida sucede y seguirá sucediendo. En cuanto a mi literatura, definitivamente reconozco un proceso de madurez y de cambios. Hay una distancia enorme entre mi primer poemario, Maretazo, y el último. Antes era más arrojado, creo que un poco más desinhibido en lo que escribía; jugaba más, no sé si porque no me creía el oficio de escribir, o porque sentía la necesidad de probarme ante otros, o cosas mismas de la juventud. Creo que mi poesía era un poco más ensimismada, partía más directamente de un yo. A partir de mi segundo poemario, Cicatriz de fuego, ese yo se ha abierto a otros yos, a otras voces, a otros imaginarios. En Borrasca, por ejemplo, hay una distancia enorme entre lo que soy y lo que digo. No hay presencia de mí, de mi voz, no soy el protagonista. Ese yo no existe. No es un texto que me deconstruya o me revele ante los demás, sino que nació en su propia forma. La sensación que recuerdo es como la de si me lo hubiesen dictado. Creo que, en la actualidad, el proceso reflexivo va más hacia lo que me rodea y no de lo que siento o de lo que tengo por dentro. Aunque, al final de cuentas, todo parte de uno.

Cada generación tiene lo que yo llamo “escritores tótem”, que son esos escritores a los que uno intenta emular por las razones que sea hasta que se logra una voz propia.

—¿Cómo visualiza su trabajo creativo con el de su núcleo generacional de escritores con los que comparte o ha compartido en Puerto Rico y fuera? ¿Cómo ha integrado su trabajo creativo a su quehacer literario?

—Es una pregunta un poco complicada. Creo que la posmodernidad ha traído una apertura increíble y podría decir hasta necesaria para todos. Cada cual tiene su nicho y su espacio. Interesantemente, al menos para mí, nadie se parece a nadie y eso dice mucho de nuestra literatura. Sí hay temas en común, me parece natural; sí hay estilos de los cuales uno puede ver la fuente, pero cada cual ha desarrollado un modo muy peculiar de trabajar sus textos. Cada generación tiene lo que yo llamo “escritores tótem”, que son esos escritores a los que uno intenta emular por las razones que sea hasta que se logra una voz propia. Difícilmente podemos catalogar a los escritores cercanos a mi edad dentro de una promoción o generación como la crítica y la academia lo hacía, porque esas aperturas de las que hablé al principio nos permiten diversificar y hasta universalizarnos de alguna forma. También hay un asunto muy peculiar y es que distintos estilos y generaciones de escritores convergen a la vez. Yo tengo una cercanía muy grande y he creado lazos afectivos con escritores mayores que yo. Son con los que más comparto. De alguna forma siempre he sido un aprendiz, me encanta rodearme de gente que tiene mayor experiencia o conocimiento en algo y escuchar. De igual forma comparto con algunos más cercanos a mi edad. En suma, me los he leído a todos. La literatura que consumo por defecto es la puertorriqueña. Por otro lado, los viajes que he podido hacer gracias a las invitaciones a ferias y festivales me han permitido coexistir con escritores con los que tengo una gran alianza y con los que estoy en constante diálogo sobre lo que sucede en nuestros países. Esos diálogos también nutren lo que hago.

—Ha logrado mantener una línea de creación literaria. ¿Cómo concibe la recepción a su trabajo creativo dentro de Puerto Rico y fuera, y la de sus pares?

—La recepción ha sido buena. A veces en los recitales y lecturas en que he participado, tanto aquí como afuera, la gente se me acerca. A veces me gustaría escuchar cosas negativas para trabajar mejor algunas cosas. Puedo decirte que aquí me invitan constantemente a escuelas para participar en charlas o para tener encuentros con estudiantes una vez han leído lo que he escrito. Como maestro es una experiencia bonita porque sé el sacrificio que conlleva lograr que los alumnos aprecien la literatura, sobre todo la nuestra. Saber de pronto que un texto mío se lee en una clase y que al llegar los chicos estén llenos de preguntas, de curiosidad por lo que uno escribe, es bonito. Al final creo que ellos son los mejores críticos porque no están llenos de intenciones sino de sensaciones. También sé que mi obra se lee en algunas universidades tanto de aquí como de afuera. Para mí ha sido grato, de igual forma, cuando a través de las redes o si logran tener acceso a mi correo electrónico, que la gente me lo comente.

Los escritores que han sido mi norte, en su mayoría, han sido puertorriqueños o de la cuenca del Caribe.

—Sé que es usted de Puerto Rico. ¿Se considera un escritor puertorriqueño o no? O, más bien, un escritor de literatura, sea ésta puertorriqueña o no. ¿Por qué? José Luis González se sentía ser un universitario mexicano. ¿Cómo se siente usted?

—Nací en Puerto Rico, por lo tanto soy un escritor puertorriqueño. Que mis textos necesariamente hablen de Puerto Rico es otro asunto. En lo personal pertenezco a una tradición caribeña. Los escritores que han sido mi norte, en su mayoría, han sido puertorriqueños o de la cuenca del Caribe. Sin embargo, esto no dimite o limita mi diálogo con otros que no lo son. Por ejemplo, Lorca o Rafael de León, José Emilio Pacheco, Olga Orozco, el flamenco que me encanta tanto… Mis textos no necesariamente siguen su estilo, pero sí son referentes para mí. He vivido toda mi vida en este país, así que mi visión de mundo parte de una visión puertorriqueña, lo que quiera decir eso. Puedo escribir sobre la Conchinchina, o desarrollar una historia en Tombuctú, pero igual todo lo que escriba en referencia a eso partirá de mi visión y de mi experiencia como puertorriqueño y caribeño.

—¿Cómo integra su identidad étnica y de género y su ideología política con o en su trabajo creativo y su formación de origen puertorriqueño?

—Yo no escribo pensando en identidad, en género, en raza, en etnia ni en país. Yo sólo escribo y sigo mi pulsión a eso. Me llega una idea y si es lo suficientemente fuerte y se sostiene en mi cabeza por un tiempo prolongado, acometo. Los personajes, en el caso de la narrativa, nacen solos; te llegan, te hablan, los sueñas. A medida que escribes, o mientras estás en el proceso de formar en tu mente una historia, va surgiendo poco a poco lo que necesitas para escribir. A veces, para una historia, lo que necesito es saber qué sucede al final, y de ahí parto a escribir. En el caso de la poesía, como te mencioné, pienso en un proyecto grande, un tema, una idea, un estilo, un juego. Luego concentro toda mi energía hacia eso. En el camino, naturalmente, se cuelan y se filtran nuestros sentires en torno a eso, nuestras lecturas y nuestros debates.

—¿Cómo se integra su trabajo creativo a su experiencia de vida como estudiante antes y después de su formación y desarrollo profesional? ¿Cómo integra esas experiencias de vida en su propio quehacer de escritor en Puerto Rico hoy?

—Sigo siendo estudiante de diversas formas. En el aspecto literal pues culmino mi doctorado en literatura, y soy estudiante de la vida. El aprendizaje es una parte vital en mí pues aprecio el conocimiento además de que lo imparto, o lo intento al menos, a la juventud. De la misma forma, como maestro, intento inculcar en mis alumnos el amor y el valor por la escritura. La creatividad en sí es un acto de libertad, es una manera más de lanzar al mundo lo que somos, lo que queremos ser, cómo entendemos la realidad… De la misma forma escribir es una necesidad. A veces es más ineludible, en otras más fugaz, pero es algo que está presente en mí siempre.

Mi compromiso es con la escritura, mi compromiso es conmigo mismo.

—¿Qué diferencia observa, al transcurrir del tiempo, con la recepción del público a su trabajo creativo y a la temática ficcional o no del mismo? ¿Cómo ha variado?

—En general ha sido la misma. Aprecio mucho a mis lectores, los de siempre, los que llegan e incluso los que se van. Mi compromiso es con la escritura, mi compromiso es conmigo mismo y con esa libertad que decía, la que siento cuando hago esto. Debo decir también que las redes sociales han sido un puntapié interesante, pues me ha permitido una cercanía con una diversidad de lectores y seguidores. Aunque en las redes no publico tanto mi trabajo literario, sí reflexiono mucho sobre mi día a día.

—¿Qué otros proyectos creativos tiene usted recientes y pendientes?

—Tengo varios proyectos en el tintero. Demasiados, diría yo. Al que le estoy prestando más atención, además de la redacción de mi tesis, es a un poemario que por ahora se titula La tierra de Adán. La conceptualización está, sé lo que quiero decir y cómo. Hay un libro de cuentos que está casi culminado, pero no estoy seguro de si quiero publicarlo en algún momento. También tengo tres novelas en diferentes etapas. Cuando culmine el poemario, quiero trabajar la más antigua de todas. Y estoy esporádicamente escribiendo y editando diversos textos relacionados a mi experiencia como maestro. Ese será un libro más híbrido. La realidad es que no tengo prisa. No escribo nunca con la intención de publicar. Eso sólo se da cuando es el tiempo correcto y el proyecto lo siento distante de mí.

Wilkins Román Samot

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