
Reconocido como uno de los dramaturgos más destacados de la escena venezolana contemporánea, en Johnny Gavlovski E. (Caracas, 1960) se conjugan la psicología y la literatura. Su trabajo en el teatro, que le ha deparado tanto premios como experiencias dentro y fuera de su país, es sólo una parcela de su continua investigación en los diversos géneros literarios.
Poemas químicos, obra en la que establece diálogos entre el individuo y su entorno, la palabra y el silencio, el cuerpo y el dolor, forma parte de ese proceso. Profundamente conectado con los eventos históricos y sociales de la convulsa Venezuela de los últimos años, el libro —que aparece bajo el sello de La Diosa Blanca— representa un recorrido personal a través de instancias de descomposición y purificación, en las que el dolor se convierte en un catalizador de cambio.
En esta entrevista, el autor nos revela detalles sobre el camino recorrido hasta llegar a este libro, la influencia que tuvieron tanto su formación psicoanalítica como los eventos sociopolíticos de Venezuela, y su visión sobre la poesía como un género al que le tiene un respeto especial y que aborda con una humildad absoluta. A lo largo de la conversación, Johnny Gavlovski E. nos hablará también de su concepción de la literatura y de cómo cruza puentes entre la palabra y el silencio, entre la construcción poética y la verdad emocional, en una búsqueda constante de lo auténtico.
Poemas químicos, de lo siniestro a la calma
Al leer Poemas químicos es inevitable sentir la presencia de un viaje interior, casi iniciático, que recuerda a una travesía alquímica. Me gustaría que comenzáramos hablando de cómo se gesta este libro, cómo llegas a esta poesía que en algunos pasajes es tan dolorosa, cómo se desarrolló este proceso creativo.
Inicia con las manifestaciones en Caracas en 2015; vivía entonces en una zona donde la violencia era cotidiana y los gases lacrimógenos eran nuestra atmósfera. En ese contexto comienzo a sentirme mal. La poesía empieza a aparecer como medio para hacerle frente al horror. Escribir en las noches se convierte en un pasaje de lo siniestro hacia la calma. Así comienzo a escribir, buscando un bálsamo. Luego, tras cinco meses de agravamiento de síntomas y equívocos médicos, por fin consigo a la doctora Mildred Borrego, quien da con el diagnóstico: linfoma de Hodgkin. Debía entrar de inmediato en quimioterapia. Lo ominoso de la calle entró al cuerpo. La incertidumbre. La búsqueda del qué hacer frente a ese diagnóstico. De nuevo la poesía llegó, para recuperar un cuerpo. Llegó sola, de repente, “levántate y escribe”. De ahí la travesía alquímica, pasar del nigredo, de lo oscuro más oscuro, en búsqueda de la vida.
Los silencios y las ausencias parecen tener en este libro tanta importancia como las palabras mismas. Juegas a discreción con la estructura del verso, con los espacios en blanco, incluso con la modulación de poemas en prosa en los que pareces moverte con mayor libertad creativa. ¿Qué rol juegan los silencios en el poema, en el contexto de este libro?
El silencio no miente. Esa es mi premisa básica. Las palabras velan, pueden ser interpretadas en una diversidad de sentidos. Los silencios, no. Y en su no decir, gritan. Esa mi herencia del psicoanálisis, del cine, del teatro. Cuando dirijo una obra siempre les digo a mis compañeros de escena que el silencio es un actor más, protagónico.
Sobre el papel, el espacio en blanco no es vacío. Son silencios, quizás una mano de pintura sobre un lienzo acabado. ¿No es eso acaso una versión del palimpsesto?
Cuando me hablas de la modulación de los poemas en prosa, ese fue un reto que me puso mi editor, el poeta y músico Edgar Vidaurre. Cuando revisábamos mis Poemas químicos, me contó de su experiencia con Elizabeth Schön: ella lo invitaba a “horizontalizar el poema”. Te confieso que esa historia me impactó. A partir de ahí comencé a intentar descubrir cuándo debía hacerse. La clave me la dio el teatro. Quizás por eso algunos poetas me dicen que mi poesía es teatral. Algunos versos se prestan a ponerlos en escena, a ser imagen teatral. Cuando lograba identificarlos, procedía a esa horizontalización. De ahí la modulación en prosa a la que haces referencia, dándole un giro hacia la poesía en prosa, usando, como claves de la subjetivación del verso, el abandono de todo tipo de signos ortográficos para llevarlo a un ritmo interior, el de los pensamientos motorizados por la angustia. Como por ejemplo:
Papá ¿dónde estás? Tu vejez no me permite contarte. Necesito tu boina negra de partisano para cargar este cuerpo el mío y llevarlo a un espacio de paz en un claro de bosque donde poder recuperarme un alumno me tropieza me apoyo en la pared papá la meditación el legado de valor los gritos de los alumnos saliendo de los salones de clase

El uso del ritmo en tus poemas es particularmente notable. La repetición de palabras y frases, a manera de mantra, genera a mi juicio una cadencia que refuerza el tono de angustia y agotamiento. ¿Puedes hablarnos de cómo trabajas el ritmo en tus poemas? ¿Hay alguna influencia musical o literaria que guíe esta característica de tu estilo?
El ritmo es el de la letanía, o quizás el de una gota de agua al caer, reiterativa, sonora, posiblemente generando un eco en el espacio donde resuene. Eso que no cesa, que insiste, que toca el cuerpo, es la angustia, y en lo que siempre retorna está el agostamiento. “La cuesta, cuesta”. Ahí lo ves explícito en el juego de palabras, pero también en la reiteración o en el agotamiento simbólico que deja una sola palabra para condensar todo lo que se quiere decir. Esto se aclara si respondo a tu segunda pregunta vinculada a mi relación con la música: mi padre era pintor, le gustaba oír el Concierto de Varsovia de Addinsell mientras pintaba, recuerdo comenzar a escribir poesía a su lado dejándome llevar por esas notas. De hecho, en mi adolescencia, pintaba lo que escuchaba de los clásicos: Tchaikovski, Chopin, Brahms; era como traducir en imágenes lo que habitaba el pentagrama. Terminando mi posgrado, recuerdo cuando me reunía con Carlos Duarte y Susana Amundaraín. Mientras él interpretaba al piano, ella hacía bocetos o pintaba y yo escribía. Era una simbiosis maravillosa. Con el tiempo eso se mantuvo. Desde la música de Serrat o las tonadas de Simón Díaz hasta académicos como Philip Glass, Arvo Pärt, o Henryk Górecki son mi pista de despegue para poder escribir. La música abre una compuerta dentro, muy dentro de mí, y ahí es que la poesía fluye desde el pentagrama. Entonces, volviendo a la pregunta por el ritmo en los poemas, sí, absolutamente tiene que ver con ello. Necesito leerlos en voz alta, escucharlos como sonidos, que sus letras-notas suenen como la emoción que deseo trasmitir, como la banda sonora de una historia que sólo el misterio poético puede contar. Sin ese sonido de fondo, mi poesía se congela.
Concretamente en los Poemas químicos, la disposición de los versos sobre el papel para mí funge de partitura para que se puedan leer los versos, el poema, así como un guiño lúdico a los Calligrammes de Guillaume Apollinaire, que siempre me han divertido. Sin duda, ahí también está la influencia de la sonoridad que otorgan los guiones escoltando las palabras de Emily Dickinson, o las armonías místicas de los poemas de Ana María Hurtado, donde encontré inspiración para seguir indagando en la musicalidad del poema.
En tu libro la alquimia te ayuda a construir la metáfora del proceso de transformación interna que atraviesa la voz poética y en virtud del cual se vincula el sufrimiento con una forma de purificación o redención. Es algo que ya ha atisbado en el proemio el escritor Edgar Vidaurre —ese quijote de Editorial Diosa Blanca que sigue dándoles voz a firmas imprescindibles de nuestra poesía— cuando habla de las etapas alquímicas, Nigredo, Albedo y Rubedo, y las equipara con la trinidad Infierno, Purgatorio, Paraíso. ¿Puedes hablarnos más de este tema?
Durante parte del trayecto de la quimioterapia me acompañó una gran amiga, la doctora Trudy Ostfeld de Bendayán, analista junguiana, con profundos conocimientos en psicología profunda y alquimia. A ella están dedicados esos poemas. Lo cierto es que ella me introdujo en este fascinante conocimiento de la alquimia, tal como Jung la utilizaba, en tanto proceso de transformación interior.
Cuando escribo: “Háblame sacerdotisa / conduce al pasajero de la noche / al paisaje de albedo”; es a ella a quien me refiero aferrando su mano y pidiéndole que me ayude a superar el sopor de la quimio. Por eso se repiten los versos:
Veíamos las gotas caer
cinco.
Primera —la del sueño
segunda —el inicio
tercera —el camino
cuarta —la advertencia
quinta —el dolor
Era el conteo de la quimioterapia mientras se deslizaba hacia mis venas por cuatro, seis horas en cada sesión.
Cuando empecé a escribir los Poemas químicos este pasaje se convirtió en una parte esencial; no sólo para compartir con el lector la experiencia, sino como agradecimiento a Trudy, por estar a mi lado en un momento tan trascendente.
Johnny Gavlovski E. y la autenticidad como estandarte
La violencia y el caos en que se ha sumido Venezuela en los últimos años no ha hecho sino incrementarse, y 2015 fue un año crucial en ese proceso de deterioro de los derechos humanos y de las libertades civiles. Es también el año en que ambientas estos poemas. ¿Qué papel juega la memoria colectiva en la poesía? ¿Crees que la poesía, y en general la literatura, puede funcionar como un espacio de resistencia frente a la violencia política, o es más un medio de catarsis personal?
Considero que la poesía prende luces, hace pensar, metaforiza situaciones, despierta emociones. ¿No es eso justamente lo que la violencia pretende sofocar? La poesía, el arte, es creación, genera vida. Yo nunca había visto surgir tantos poetas entre la gente joven como en este inicio de siglo, y me gustaría pensar que son despertares de conciencia.
Por su vinculación al arte y los recursos que emplea, considero que está más ligada a la sublimación que a la catarsis. La primera eleva a un nivel de belleza aquello que la catarsis sólo dejaría en una mera descarga pulsional.
Háblame de la estructura del libro. Me parece que hay una progresión emocional, un “viaje” a través de la vivencia del sufrimiento, el “temor a Caronte”, incluso las imágenes relacionadas con el ámbito médico. Cada elemento, cada poema, parece marcar un nuevo estadio en este viaje. ¿Fue esta estructura una construcción intencional? ¿Escribiste el libro como un proyecto concreto, planificado así desde el principio?
Sí, quise contar el proceso que viví desde sus inicios, el malestar, el viacrucis para lograr el diagnóstico, y luego el proceso de la quimioterapia hasta la remisión de la enfermedad. Lo intenté en diversos estilos, desde la narrativa hasta el ensayo, incluso el teatro. Ninguno alcanzaba lo que quería decir. Sólo la poesía me dio las alas para poder narrar este viaje interior. ¿La finalidad? Que otros en mi misma condición, cuando lo leyeran, pudieran ver que hay una salida, que es posible, y que está dentro de ti mismo. Se trata de sostener la fe.
Los niños, los inseguros, los inéditos, los que no saben que son poetas. Son ellos quienes hacen la poesía que te gusta, como dejas establecido en esa declaración de intenciones contra la impostura que es el poema inicial. ¿Crees que la conciencia de ser poeta o el reconocimiento externo de la obra puede llegar a distanciar al creador de esa autenticidad que tanto valoras? ¿Cómo se lidia con el riesgo de perder la espontaneidad al volverse consciente del impacto que tiene lo que uno escribe?
Atender al ego antes que a la desnudez de espíritu sólo te lleva a buscar arroparte en los semblantes de lo que se supone “esperan de ti”, más que a contemplar qué es lo que naturalmente fluye de tu ser. No es lo mismo ser pura máscara que intentar vaciarte y contemplar. La poesía no son fórmulas de éxito, ni es algo complaciente. Si se cae en ello obligatoriamente distanciará al creador de su autenticidad. La poesía actual subvierte. Un acto de transformación que viene como una ola desde Poe, Baudelaire, Rimbaud, Ramos Sucre, y más cerca de nosotros Cadenas o Maillard, por ejemplo, quienes nos llevan hoy en día hasta otra playa.
Cómo se lidia con el riesgo de perder la espontaneidad, me preguntas. En poesía, a diferencia de otros géneros literarios, la pérdida de humildad te lleva a una petrificación de la que muy pronto la musa se encargará de huir.
“No busco el género literario en que voy a escribir”
Eres un reconocido dramaturgo y además eres psicoanalista. ¿De qué manera ha influido tu formación profesional en tu obra literaria?
Primero quiero contarte algo. El maestro Juan Carlos Gené siempre nos recalcaba que no existe psicología del teatro, por una razón muy sencilla. Los personajes no son pacientes vivos, sino construcciones dramáticas que accionan. La psicología sirve para ello, conocer las motivaciones humanas y convertirlas en verbos, que son los que realmente motorizan el texto dramático sea en cine, televisión o teatro. Como director, la influencia es total, dirijo como un psicoanalista, concibiendo el teatro como otra escena. Sin embargo, en la poesía necesito poner una barrera, para poder hablar yo, como persona, desde mis luces y mis sombras. Mi profesión es una parte de mí, no es todo lo que soy.
Has ganado importantes premios en el ámbito del teatro y la narrativa; has publicado también ensayo y tus artículos te revelan como un observador atento de la literatura, del arte y de la sociedad. Este poemario, me parece, te ubica igualmente en un sitial importante dentro de la poesía que se está escribiendo actualmente en Venezuela. ¿Qué te ofrece la poesía que otros géneros no te permiten expresar?
Es difícil responderte esta pregunta, y quizás sea más difícil la respuesta. Es como cuando le preguntan a alguien si cree o no en la inspiración. Hay quienes la niegan, y estamos aquellos que sí creemos. ¿Se trata de disciplina versus dejar que la voz llegue? Es posible. Y me gusta que sea así. Lo mismo aplica a tu pregunta: yo no busco el género literario en que voy a escribir. Éste me busca a mí. La obra dicta su lenguaje, yo no lo impongo. Y créeme que a veces, si tratas de forzar la vía, el conflicto se torna inmenso hasta que encuentras el camino. Te confieso que ahora estoy en ese dilema con mi nuevo proyecto. No sé desde dónde se escribe. Sólo sé que escribo. Al principio, acudía al pacientísimo maestro José Balza para pedirle brújula. Balza me enseñó a callar frente a la hoja en blanco y darme la oportunidad de sorprenderme.
Eres caraqueño, nacido en Candelaria y criado en La Pastora, dos de las parroquias más populosas de la capital venezolana. De hecho, en un artículo reciente escribes que fue La Pastora el lugar que le dio un “paisaje mágico” a tu infancia. ¿Puedes hablarnos más de esto?
Sólo te digo que fui profundamente afortunado por el tiempo que pasé con mis abuelos en La Pastora. Eran dos personajes extraordinarios. Mi abuela, mujer con pies en tierra absolutamente, llevaba adelante un caserón de principios de siglo, que me permitía descubrir espacios que hoy en día no es posible siquiera imaginar. Mi abuelo, un soñador, me tomaba de la mano y caminábamos por esas calles de la Caracas vieja mientras me contaba el significado del nombre de cada esquina como si fuera un cuento para niños. Suma a esto el paisaje: el Ávila, la posibilidad de ser un niño de muy pequeño asomado a un ventanal viendo un mundo que ya no existe pasar frente a él, con sus anécdotas e historias. Con su forma tan particular de hablar. La Pastora, San Juan, Altagracia, eran un mundo aparte dentro de Caracas, la cual vi crecer como a esos espacios desaparecer. Entonces se convierte en un paisaje idealizado, con todos los recuerdos, fantaseados o reales, que nutrieron mi imaginación.
Tus incursiones en varios géneros son un claro indicio de que eres un creador constante. ¿En qué trabajas en este momento? ¿Tienes algún nuevo libro entre tus proyectos?
Estoy pendiente de un nuevo poemario que está presto a salir, Red de seda, editado por el excelente Taller Blanco. Ha sido un verdadero placer trabajar con ellos y, como mencioné antes, ando en un proyecto bastante difícil esperando que cristalice. En este momento sé de qué va pero, a pesar de todas las páginas escritas, no se aún cómo es. Lo dejo descansar, gestarse, dejarlo que asiente a ver qué resulta. Y mientras tanto, el teatro está siempre allí, especialmente los clásicos, de los que nunca me distancio. Por eso con un grupo de muy queridos amigos de la escena estamos trabajando una obra de August Strindberg y otros proyectos. Esperemos que 2025 abra de nuevo el telón.
Si usted desea leer el libro Poemas químicos, de Johnny Gavlovski E., por favor escriba a ventas@editorialdiosablanca.com. Disponible en versiones Kindle, PDF y envíos en tapa blanda. En Caracas hay servicio de delivery.
- En sus cuentos en Bandas sonoras se cruzan memoria y lenguaje
César Rodríguez Barazarte deja que la música atraviese su escritura - domingo 19 de abril de 2026 - Bandas sonoras, de César Rodríguez Barazarte - domingo 5 de abril de 2026
- Su poemario Nos delata la perplejidad es un ejercicio de humildad
Rafael Figueredo Oropeza y el sentido atávico de la poesía - viernes 3 de abril de 2026


