
La poesía de Yahaira Salazar, autora venezolana radicada en Francia, emerge de un lugar de exilio y de reflexión sobre la violencia que atraviesa nuestra época. Su poemario Algarrobo es una exploración de temas como la guerra, la migración y el desarraigo, presentados a través de un lenguaje crudo y directo que no hace concesiones pero que revela asimismo una sensibilidad capaz de destilar esperanza en medio del caos. El libro refleja la visión de una autora cuyo camino la ha llevado a recorrer culturas y paisajes geográficos y emocionales.
Desde su faceta de dramaturga y actriz hasta su participación en festivales internacionales de teatro y su labor como gestora cultural, Salazar ha construido una carrera que se afinca en lo contestatario frente a la iniquidad que nos rodea. En la estructura de Algarrobo, en la que cada poema contribuye a un relato mayor sobre el exilio y la búsqueda de identidad en un mundo cada vez más desgarrado por conflictos y fronteras, se advierte la influencia de su experiencia en el teatro.
Autora cuya voz no se queda en la mera denuncia de las injusticias, sino que invita a pensar sobre el papel de la memoria, el olvido y la redención, Yahaira Salazar conversa hoy con nosotros sobre este libro pleno de una poesía de tantos significados, como corresponde con una voz poética comprometida y profundamente consciente de la fragilidad y la fortaleza de los seres humanos.
Algarrobo: poesía para los ciudadanos de un mundo en escombros
Tu poemario Algarrobo explora el dolor humano a través de la migración, el exilio y la guerra, temas que, lamentablemente, son muy actuales. Considerando tu trayectoria entre culturas y fronteras, ¿cómo influyeron tus experiencias personales y profesionales en estos temas? ¿Qué conexiones observas entre tu propio exilio y el exilio que planteas en tus versos?
Las experiencias personales cuentan mucho para un escritor. En mi caso podríamos hablar de un autoexilio. El oficio de la poesía y el teatro lo conocí muy temprano. Mis experiencias en el teatro y la poesía siempre han ido una al lado de la otra. Los temas de los que trata Algarrobo (la guerra, la migración, el exilio) han cambiado de protagonistas pero siempre han estado allí. En mis versos en Algarrobo hablo de las sombras de los expatriados, los desterrados, los aislados, los perseguidos. Quiero decir la mitad del planeta. Exiliarse hoy en día se ha convertido en una obligación. Esos son los nuevos ciudadanos de este mundo en escombros. El viaje iniciado con mi poesía está lleno de la misma inspiración con la que he alimentado mis experiencias a través de la dramaturgia: Hormigas caminando sobre una axila (1991), Titania (1995) y Ángelus (2007), y como cineasta, en mi última creación, el cortometraje Ants Walking Over an Armpit (2021). Los versos de Algarrobo son versos hechos con la misma paleta de sentimientos y situaciones humanas que mis textos dramáticos. El trágico escenario que vivimos actualmente le dio todos los otros argumentos a este texto poético. Yo solamente soy un testigo. Estoy aquí observando.
Vivimos en un movimiento permanente, la expedición comienza cuando naces, desde que damos los primeros pasos y te desplazas lentamente, nunca dejas de caminar. Allí empieza la aventura y la terminas cuando vuelves a dar esos mismos pasos con la misma lentitud pero ya en el ocaso de la vida. Allí se termina nuestro viaje; la existencia no es más que un suspiro.

Veo una suerte de diálogo interno sobre la guerra y la deshumanización, como la voz poética reflexionando sobre el momento histórico que vivimos. ¿Qué quiere decirle Algarrobo al lector contemporáneo?
Algarrobo quiere decir en sus versos que ponemos mucho ahínco en este suicidio colectivo, que el papel del poeta es ser el portavoz de la sociedad. El poema interroga directamente al lector y lo cuestiona. La guerra y la deshumanización es el tema de cada día en esta sociedad deshonesta de cobardes en la que nos hemos convertido. Debemos reflexionar seriamente sobre esto. ¿Dónde está el bien? ¿Dónde está el mal? Debemos parar un momento, preguntarnos qué estamos haciendo. Todos y cada uno somos responsables de esta situación y todos pagaremos las consecuencias.
En estos textos es también posible leer una denuncia de la violencia y del impacto devastador de la guerra y la violencia en la vida de las personas. ¿Qué papel le asignas a la poesía como instrumento de crítica social?
La poesía siempre ha sido un escudo y tiene el poder de hacer denuncias sociales en todo momento. En un pueblo todos sus habitantes pueden llegar a ser poetas. Los poetas se pueden reunir en cualquier lugar y denunciar muchas formas de violencia; de los destrozos que provocan los conflictos en una sociedad se puede escribir mucho. La poesía siempre ha formado parte de la historia de la gente. El poder nefasto que ejercen todos los tipos de totalitarismos que hoy nos aplastan es también una discusión que se impone y es importante que los poetas tomen esto en cuenta y hacer que la literatura haga su trabajo. El tema de la vida debería convertirse en un movimiento poético permanente. Una de las críticas que aquí se hace es la de la violencia que se inflige a lo más “pequeño” del tramado de una colectividad. El cuerpo. Este símbolo de libertad se ha convertido en objeto de todas las manipulaciones. El cuerpo, símbolo del individuo, está en peligro. La meta es aniquilar a la persona y su capacidad de reflexión. Vivimos en un planeta donde el ser humano se ha convertido en una mercancía y se le ha desviado de su propia función. Los hombres, las mujeres, los países, se han convertido en monedas de cambio. Las guerras, las pandemias, los conflictos bélicos, son un atentado contra la humanidad, poblaciones llenas de gentes amputadas, mancilladas, maltratadas, profanadas, poblaciones enteras sin dignidad humana, sumergidas en el abismo.
Yahaira Salazar y la palabra desnuda
La fuerza, la longevidad y la resiliencia son características que suelen atribuirse al algarrobo, un árbol que puede tener de seis a diez metros de altura. ¿Por qué elegiste esta imagen como símbolo central del libro? ¿Cómo dialoga el algarrobo con otros símbolos recurrentes en estos poemas, como las sombras, el exilio y la guerra?
La vida de esos árboles es muy longeva y nos enseñan mucho, ellos pasan por muchas cosas a lo largo de su existencia. El algarrobo es también símbolo de resistencia, tiene esa capacidad de aguantar. ¿Qué es ser resistente? ¿Cómo es ser un resiliente? La vida no es siempre un regalo. Hay que adaptarse a los cambios. La naturaleza nos lo enseña. Nos convertimos en resilientes de una u otra forma. El símbolo del algarrobo aquí es esa fuerza intrínseca que poseemos y con la que debemos afrontar la lucha constante con nuestros conflictos internos.
“Nadie impedirá el fin del mundo”, dices en uno de los poemas, aunque más adelante le das al lector una oportunidad de redención: “Dame tu mano, / te llevaré hasta donde está la esperanza”. ¿Oscuridad o esperanza? ¿Cuál es el camino al que apuntas con estos poemas?
No hay un camino, hay caminos. Nosotros vivimos nadando en medio de esas corrientes. Uno de esos caminos es quizás ese, ese por el que nos escapamos caminando enceguecidos hacia un faro de luz, en medio de la noche.
El lenguaje que usas en Algarrobo es directo y, en ocasiones, casi brutal, especialmente al describir la violencia y el dolor. ¿Cómo trabajaste el tono y las imágenes? ¿Consideras que la elección de un lenguaje sin concesiones fue necesaria para transmitir la intensidad del mensaje?
Directo violento y brutal es un obús, una granada, una bomba. Ese “lenguaje sin concesiones” era necesario, las emociones y los sentimientos en ese lenguaje sin máscaras brotaron tal como las quería esa poesía, con su música, con sus paisajes, los hechos, las cosas, las gentes, como hechos de carne viva, para poder crear las atmósferas que necesitaba. Era mi manera de transmitir lo que quería decir. Creo en el poder que tiene la palabra desnuda hasta los huesos, sin piel, las palabras que tienen el poder de sanar, de salvar, pero también de apagar la sed que nos deja sedientos de tanto vivir. Vivir es despellejarse constantemente. El mundo nos duele porque todos formamos parte de un mismo enjambre.
El libro de la vida, el gran libro abierto
Como dramaturga y directora, tu obra teatral ha sido reconocida por su fuerza expresiva y su capacidad de provocar la reflexión en el espectador. ¿Dirías que tu experiencia en el teatro influyó en el ritmo y en la construcción poética de Algarrobo? ¿Son la misma persona la Yahaira Salazar poeta y la Yahaira Salazar dramaturga?
Son la misma persona con dos lenguajes diferentes. Primero fue la poesía. Después llegó el teatro. Hay influencias de mi poesía en mi teatro. Mi poesía y mi teatro son parte de un mismo cuerpo, un cuerpo que vive en dos casas. Yahaira Salazar, la dramaturga, cuando escribe vive en el universo de unos personajes que no duermen hasta no llegar a existir completamente y hacer su vida. Yahaira Salazar, la poeta, sigue el ritmo del encantamiento de una música que la guía hasta dar con un ritmo propio; el ritmo en una obra dramática tiene mucho de una obra poética.
Escribiste este libro entre 2019 y 2023, un período marcado por crisis globales como la pandemia y los conflictos geopolíticos. ¿Cómo influyeron estos eventos en tu proceso de escritura? ¿Hubo algún cambio en tu visión del mundo y en la forma en que abordas los temas de violencia y exilio debido a este contexto?
Apocalipsis. Incertidumbre. Vacío. Desmoronamiento del discurso hasta convertirse en migajas. Una sonrisa puede ser tan violenta y mortal como la palabra “sálvame”. No quedó nada. Y al mismo tiempo de allí surgió la luz. Hubo un cambio. Era irremediable en este contexto. Eso fue lo que nos dejó “la pandemia”. De pronto se bajó el telón y todo quedó a oscuras.
En tu libro uno oye ecos de otros poetas que han explorado la condición humana. Pienso en voces como las de Alejandra Pizarnik, Paul Celan o César Vallejo. ¿Qué autores han influido en tu proceso creativo?
Seguramente son muchas las influencias. Soy una lectora incansable. Al poeta peruano César Vallejo lo descubrí en Venezuela, cuando leí sus Poemas humanos en la educación media, durante mi bachillerato de humanidades; su poesía no puede dejar a nadie indiferente. También en ese momento descubrí a Horacio Quiroga; a Edgar Allan Poe y su “Escarabajo de oro”.
Somos memoria, y la mía comenzó a alimentarse con los cuentos que me contaba mi abuela cuando era pequeña; con ella vivía en el universo de la imaginación, estos cuentos despertaron mis ganas de contar historias imaginadas o inventadas. Durante los años setenta leía todo lo que pasaba por mis manos desde la Biblia hasta el Bhagavad-Gita (que narra la historia de Krishna); adolescente ya era fan de Isaac Asimov y del poeta británico Tolkien, en los 60-70, su libro El señor de los anillos era muy popular, pero también en esa época me paseaba por los versos del poeta venezolano Fernando Paz Castillo (El otro lado del tiempo). Mi vida de adolescente cambió cuando leí al alemán Friedrich Nietzsche: Así hablaba Zaratustra; Humano, demasiado humano, y Más allá del bien y del mal. Desde ese período escribir se convirtió en un aprendizaje.
En los años ochenta, en mi escuela de teatro en Caracas, estudiamos los clásicos del teatro universal y allí llegaba un librero, lo recuerdo como si fuera hoy, llegaba al patio de la escuela en las tardes, con un saco cargado de libros; nos traía ejemplares de muchos autores extranjeros: Anton Chejov, Nikolái Gógol, León Tolstoi, Máximo Gorki, Fedor Dostoievski, Alexandre Solzhenitsyn, los españoles Machado, Federico García Lorca, Alberti, también libros sobre el teatro del polaco Jerzy Grotowski, a quien conocería después, en plenos años 90, en el Teatro del Odeón de París. El impacto de todas estas lecturas deja huellas. En mi memoria también está el recuerdo del escritor cubano Julio Miranda, fue mi profesor de crítica del cine, en la escuela Cotrain de Caracas; en una ocasión Julio leyó algunos de mis poemas y, entusiasmado, me motivó para que siguiera escribiendo. Más tarde llegaron los libros de autores como Goethe, Thomas Mann, Hermann Hesse, Frank Kafka, Octavio Paz, Rilke, William Blake, Julio Cortázar, Proust, etc. Aún no he tenido la ocasión de leer a Pizarnik ni al franco-alemán Paul Celan. En este instante no podría nombrar a ningún escritor preferido.
Y sí, son muchos los autores que todavía no he leído. He vuelto a los clásicos. Ahora estoy leyendo las obras del griego Aristófanes, es una relectura, ya lo habíamos estudiado en la escuela de teatro.
Cuando viajo en mis maletas no llevo ningún libro, pero llevo unos cuadernos para hacer anotaciones. Es mi manera de fabricar historias. Allá afuera hay un gran libro abierto que me espera todos los días, el libro de la vida. El mejor libro del mundo.
Después de explorar con este libro temas tan vastos y personales, ¿tienes en mente algún proyecto que dé continuidad a estas exploraciones, o sientes que el poemario te ha llevado a nuevos temas o formas de expresión? ¿Seguirás escribiendo poesía o emprenderás algún proyecto de dramaturgia?
Seguiré buscando en esos y otros campos. Pienso llevar el poemario Algarrobo al teatro, como lo hice con El elogio de la soledad, una obra de teatro hecha en Francia, a partir de la poesía del poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre. Es un nuevo camino que me llevará a otras formas de expresión, lo sé. Con Algarrobo continúo mi camino y sigo explorando y manifestando mis sueños.
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