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La poesía, esa entrometida, se introduce en los temas y los enaltece. Y lo hace con la seguridad de que su eco será escuchado en todos los campos de batalla. Desde aquellos donde una epidemia se cuela a través de los poros de toda la tierra y allí establece su poder. Entonces la poesía, portadora de todos los milagros, espera para cantar y dejar escrita su estatura, su manera de ser y estar: la poesía desnuda todo lo que acontece en el universo. Desde un grano de mostaza hasta el cuello inflamado de un dinosaurio, para dejar sentado —como ocurrencia— que la Biblia y Monterroso también están presentes en la conciencia individual, pero también en la que imaginamos para intentar alejar los malos augurios, la poesía es el canto más peligroso para los que intentan ocultar la luz o las sombras.
En este caso, Algarrobo, una insinuación que conmina a pensar acerca de lo que más adelante nos dice Yahaira Salazar, este nombre y apellido que poetiza, es una suerte de piedra de toque para que el lector se sume y agregue incógnitas que habrán de resolverse cuando entra en sus páginas. Entonces, descubre que es un inmigrante o un emigrante. Un exilado. O una víctima de una guerra que había sido suspendida porque había llegado un visitante casi inesperado: una infección provocada que cundió al mundo en una preocupación enmascarada. La muerte se la jugó como un experimento.
Este libro es un registro directo, pero también apasionado contra la realidad, contra esta realidad que nos sumerge en el temor, en el miedo. Por eso la gente huye, escapa, se esconde, emigra, se va. Pero debe saber que la guerra es en todos los patios, de allí que el juego sea tan delicado como peligroso. En este poemario respiran unos poemas donde quien los lee sabe que está atrapado por un lenguaje agreste de quien tiene un poder, ese que está fuera del libro pero que ha sido incorporado para que sea su tema, el tema de esta lectura, de este viaje por estas páginas que no dejan lugar para desperdicio alguno.

Algarrobo
Yahaira Salazar
Poesía
JustFiction Edition
Londres, Inglaterra (Reino Unido), 2023
ISBN: 978-6206740995
72 páginas
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Desde la misma sombra del algarrobo como referencia, el poemario se desplaza por una realidad que conmovió al mundo: la pandemia que afloró desde un laboratorio y acabó con la vida de muchos seres humanos y con la economía de algunos países. Desde la perspectiva personal, desde el aliento poético de Salazar, desde su mirada verbal, al término de esa pasantía de miedo, se reanudó el juego de la guerra, la pesadumbre por las distintas diferencias entre poderes y, así, la muerte, la otra muerte, la provocada por la mano armada, por el libro que abre sus páginas con estos versos:
Ya ha terminado la pandemia, juguemos
juguemos, juguemos
hagamos otra ronda
en la escuela de la guerra
Y desde ese mismo instante la autora pronuncia las palabras casi obligadas del cuento clásico:
Había una vez...
Y así registrar el pasado extraviado, perdido por la mano del hombre. La poesía sirve de herramienta para descubrir y describir la tragedia. Esa, la de nuestra “tierra, un paraíso animal” donde “creímos que todo sería distinto // Pero volvimos a la normalidad”.
No se trata de una mirada pesimista: el mundo es redondo y sobre él se mueve la violencia, como si ese globo fuese una pelota a la que hay que patear. De modo que este libro es una ventana por donde se atisba una dura crítica sociopolítica.
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Si bien es un tratado colectivo, la voz de la poeta se vierte personal, se presenta individual para continuar con este deslave en el que la tragedia se mide luego en desplazamientos humanos:
He mudado tantas veces mi cuerpo...
Esta poesía revisa y registra los últimos tiempos de nuestra desgracia mundial: guerras, distopías, destierros, dictaduras. Es decir, la aversión como estandarte político, ideológico.
De allí que “Todas las banderas de nuestros héroes las han quemado”, lo que se traduce en hombres fusilados.
La poesía no es una sesión de terapia: abre la boca y señala el dolor, los abusos, la persecución y la violencia provocada por el poder:
¡Tienes la sangre de los niños y de las madres en las manos!
Y como si no hubiese salida, el poema grita:
Nadie impedirá
el fin del mundo.
La emigración, la inmigración, la huida, la pérdida, el destierro: es el tema que centra todo ese dolor que hoy, en este instante, mueve las fibras de medio mundo. Las fronteras han sido rotas por largas filas de hombres, mujeres y niños... Seres humanos de todas edades que huyen de la injusticia, de la inanición y la violencia política...
atravesando fronteras
el hambre camina
atravesando montañas
Razón por la cual “mi rabia no logre apagarse”, porque “Cada caudillo del mundo habla su propio idioma / la lengua de la paz, la lengua de la guerra, / la lengua del odio, / el idioma de las conveniencias”.
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El discurso del poema se extiende como un grito plural a través del exilio. A través de esa épica que en los últimos tiempos ha conmovido mucha parte de occidente, por eso la voz, esa otredad que converge con la del lector, pronuncia:
También podemos crear una tierra del exilio (...).
Nuestro miedo hacia el otro se va con nosotros.
Este parafraseo, esta tentación discursiva, tienta al lector hasta hacerlo repetir con la poeta:
Exilio en las embarcaciones sobre los mares, cementerio
el canto del silencio
De la quietud de la sombra del algarrobo, del viaje infinito de la ausencia, al que los vivos acosados han sido obligados a asumir como castigo.
Este libro duele mientras se cubre la tierra con los pasos de quienes han tenido que dejar su mapa, su territorio, la patria, esa palabra tan ofendida.
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