
La poesía tiene el poder de trascender lo anecdótico y lo personal para conectar con lo universal, y pocos autores logran explorar esta cualidad como lo hace Iván González en su más reciente poemario. Libro compuesto por un único poema, La mano del ventrílocuo es una invitación del autor español a recorrer, desde la perspectiva de sus versos, ese territorio en el que las pérdidas, con toda su carga de dolor pero también de enseñanza, nos enfrentan a la memoria, el tiempo y las raíces.
Este poemario, que inaugura una trilogía dedicada al tema mencionado, revela una voz poética madura que se ha forjado tanto en la literatura como en la experiencia vital de su autor. Periodista y viajero incansable, González combina en su escritura la imagen potente y la tensión entre lo efímero y lo eterno. La luz y la nieve, pero también los parajes por los que ha transitado el poeta, se convierten en elementos recurrentes que crean un puente entre la herencia familiar y las inquietudes metafísicas.
En esta conversación, Iván González reflexiona sobre los temas y las decisiones estilísticas que dieron forma a La mano del ventrílocuo. Exploramos con él cómo su experiencia como periodista y viajero se entrelaza con su escritura poética, y cómo las tensiones entre el pasado y el presente, entre lo personal y lo colectivo, cobran vida a través de un lenguaje cuidadosamente elaborado.
La mano del ventrílocuo, la palabra hecha pincelada
—Tu poemario La mano del ventrílocuo aborda el tema de las pérdidas desde una perspectiva íntima y universal. ¿Cómo transformaste esta experiencia personal en un lenguaje poético capaz de resonar con una memoria colectiva? ¿Qué papel tiene la poesía, a tu juicio, en este proceso de transmutación emocional?
—La palabra poética ha de difuminar los contornos de la memoria. Utilizo un término pictórico porque creo que la poesía tiene mucho que ver con la pintura no figurativa —más propia de la narrativa. La poesía, creo yo, ha de ser un trazo, una impresión, un sfumato que pinte el misterio implícito de la vida.
—Al principio del poema escribes: “Hay una luz oblicua / ahí en la cumbre. / Crees que es la vida / mientras que nos deshace / bajo el sol fementido”. La voz poética parece haberse dado cuenta de una verdad cruel e inquebrantable: desde el momento mismo del nacimiento estamos muriendo. Me gustaría que me hablaras de cómo llegas a este libro, cómo se fueron cimentando estas imágenes hasta convertirse en poema.

—A todos mis libros he llegado a través de las edades, del tiempo. En todos mis libros hay restos reales. Sólo desde mi propia experiencia personal de los grandes temas: el tiempo, la muerte, el amor, etc., he podido hablar de lo universal. Al principio mi pincelada era más gruesa, más referencial, pero con el tiempo aprendí a desdibujarme y desdibujar a los demás. Ese zumo restante, creo yo, es la obra literaria que puede dialogar con otros en el tiempo sin tiempo de la poesía.
—“Ese niño que llora en la nieve / tras el ataúd blanco de su hermano / eres tú y ya no me recuerdas”, dices en otro apartado del poema. Me parece interesante cómo en este libro puedes construir la reflexión filosófica sobre la base de imágenes líricas netamente visuales, tema del que quisiera que me hablaras, pero además quiero preguntarte por el componente autobiográfico de este libro.
—El libro habla de cómo van borrándose los ancestros, tu padre, los anteriores padres, en fin, de cómo van quedando esencias del gran árbol de la vida en las últimas ramas, tus propias ramas, que luchan en su propia batalla perdida contra el tiempo. Respecto a las imágenes poéticas dicen que mi poesía está atravesada de ellas. De manera natural, cuando escribo, veo imágenes, mis palabras suelen ser fotos fijas difícilmente expresables por el lenguaje informacional, por eso pasé por el periodismo, la narrativa... hasta llegar a la Ítaca poética.
Iván González, el poeta como médium
—En el poemario encontramos una relación íntima entre diversas instancias de la naturaleza y los estados emocionales, con hilos conductores que se valen de elementos simbólicos como la nieve, el agua y la luz. ¿Qué papel le asignas a la naturaleza como fuente de metáforas para tu expresión poética?
—No soy un poeta específicamente de la naturaleza. De hecho vivo en una ciudad. Sin embargo este poemario sí tiene numerosas referencias a paisajes por donde he transitado durante su escritura. Lo que me ha quedado de mi paso por el periodismo todos aquellos años es un instinto por atrapar el instante en mis cuadernos. Lo que yo sentía que debía escribir se cruzaba con el mar, el aire, la luz. Así salió el libro. En días y horas lejos del ruido urbano.
—El título del libro es profundamente sugerente. La figura del ventrílocuo evoca tanto la creación como la manipulación, así como una búsqueda de vida en lo inanimado. ¿Qué simbolismo encierra esta imagen para ti? ¿Tiene relación con esa idea, que nos comentaste en conversaciones previas, del poeta como alguien que insufla vida a través de la palabra?
—Sí, yo creo que en todo artista hay un ventrílocuo que hace hablar a la vida en términos mejores que la vida. Esa estilización tiene que ver con un anhelo de eternidad, belleza, justicia y verdad. Términos absolutamente insuficientes en un lenguaje operativo y en la propia rutina de los días, donde a menudo caminamos con orejeras hasta que algo verdaderamente importante sacude nuestras existencias. La misión de un artista es esencial, porque trasciende la robótica, la esclavitud, la pura utilidad de la vida. El arte refleja lo sagrado. La palabra poética es médium.
—La memoria histórica es un tema de importancia capital para España, país cuya guerra civil dejó cicatrices que permanecen abiertas. Se aprecia en varios versos del libro, como en ese llamado final “al pastor de la Historia / para que entierre al fin la versión del vencido”. La perspectiva de la voz poética es desde un presente que busca respuestas en los ancestros. ¿Qué tiene que decirle La mano del ventrílocuo al lector contemporáneo?
—Le tiene que decir que el arte es mucho más importante que la política, como el sonido de las olas o el perfume del azahar siempre son más importantes que soflamas e ideologías.
La palabra y su trabajo artesano
—Has mencionado que La mano del ventrílocuo es la primera entrega de una trilogía dedicada al tema de las pérdidas. ¿Cómo será esta trilogía? ¿Qué conexiones temáticas y estilísticas prevés que se establecerán entre los tres libros?
—La verdad es que no ha sido un plan trazado de antemano, pero ahora que tengo esos tres poemarios enfrente, con el correr de los años, y he tenido la posibilidad de publicar el primero de ellos, este, La mano del ventrílocuo, he sido plenamente consciente de que he atravesado un período de mi vida donde el tema de las pérdidas ha estado presente. Esa unidad temática me la ha dado el tiempo.
—Esta obra establece un diálogo evidente con la tradición poética española, especialmente con autores como Claudio Rodríguez y Antonio Gamoneda. ¿Qué te aportaron estas influencias a la hora de moldear tu voz poética en este libro? ¿Qué tanto peso tienen las influencias, en general, en tu búsqueda estilística personal?
—La verdad es que no he pensado en ningún autor concreto a la hora de escribir el libro. Sí, supongo que habrá influencias de esos dos gigantes que mencionas, no sé, pero podría decirse que también las hay de Manrique, y si me apuras, hasta de Homero, en fin. Los poetas contemporáneos estamos atravesados de lazos filiales muy variados. Yo creo que ya no hay, en general, corrientes concretas que definan lo actual. Sincretismo, intertextualidad, todo eso forma parte de la modernidad. Cuando me pongo a escribir no pienso en nada de esto. Pero las raíces profundas de toda la tradición están ahí.
—Han pasado casi dos décadas desde que publicaras Otras alas, que reúne cuentos inspirados en tus viajes. Un libro que leí y reseñé con mucho gusto. Sé que, junto con el poema de largo aliento, la literatura inspirada en los viajes es una de tus preocupaciones como autor. ¿Puedes evaluar qué ha cambiado en ti, como autor, desde Otras alas? ¿De qué manera estas facetas de tu vida han moldeado tu sensibilidad como poeta?
—Qué honor que veinte años no sean nada... y que ahora sigas reseñando mis libros. En mi vida ha cambiado todo, y también nada. Todo, nada. Ha sido un escalofrío, un temblor, un dolor, una risa, trazos, pinceladas, impresiones, olores, momentos, deseos, fracasos, victorias; todo, nada, me ha transformado en lo que ahora soy; la palabra, su trabajo artesano, su lento proceso, eso no ha cambiado, porque, creo, como digo, que el arte tiene que ver con lo infinito.
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