
Pocas veces como en el libro En busca de Shaun-Mor se puede apreciar la lectura de un homenaje al paisaje y a la tradición al mismo tiempo que un recorrido íntimo. En este libro, José Luis Ariel Méndez nos habla de las tierras irlandesas que conoció, de sus tradiciones y de su cultura, pero también de su memoria personal, en un poema mayor hecho de amores, pérdidas, mitos y lluvias interminables. Lejos de limitarse a la descripción de un territorio, el libro construye una Irlanda simbólica, tan real como imaginaria, en la que el yo lírico se reconoce errante, melancólico y, sin embargo, agradecido.
Poeta argentino radicado en España desde hace más de tres décadas, Méndez combina en su escritura una sensibilidad latinoamericana con una mirada europea permeada por lo literario, lo musical y lo popular. En este poemario —uno de los más ambiciosos y personales de su trayectoria—, esa tensión entre pertenencia y extranjería encuentra su expresión más acabada. Irlanda es un símbolo: es el hito en el que el poeta se detiene para revisar su vida, su relación con el lenguaje y los lugares, y la forma en que el pasado se cuela en cada paso del presente.
Conversamos con él sobre los temas que atraviesan este libro, sus decisiones estilísticas, la estructura del viaje poético y la forma en que su historia personal se enlaza con esta tierra de leyendas, tréboles y acantilados. Una entrevista que es, también, una forma de continuar esa búsqueda que late desde el título mismo del poemario.

En busca de Shaun-Mor, el viaje personal y literario
En busca de Shaun-Mor presenta ante el lector una Irlanda que es a la vez un escenario físico y simbólico, y donde confluyen el desarraigo, la memoria y la mitología. Sabiendo que has vivido entre Argentina y España, y que este poemario recibió un accésit en el Premio Vitruvio, ¿qué cuerdas toca Irlanda en tu dimensión personal? ¿Había una deuda personal o imaginaria con ese país?
Crecí con las historias de un compañero de clase sobre su abuela irlandesa. A los diez años, mi padre se empeñó en que debía aprender inglés y me envió a clases particulares con una vecina octogenaria que se llamaba Miss Kelly. Al principio, Miss Kelly me inspiraba miedo y frustración con su método tradicional, totalmente desfasado incluso para la época; pero, con el tiempo, me fue ganando para la causa y me enseñó cosas más útiles que el léxico y la gramática de un idioma: la importancia capital de conocer y comunicarse. “Aprender una lengua no es aprender a nombrar las mismas cosas de otro modo, sino aprender otra manera de pensarlas”, decía. Eso se me quedó grabado a fuego al punto de que siempre me pregunté si los que llaman honey a la miel la saborean de otra forma. Con el tiempo aprendí a matizar bastante el relativismo lingüístico, la idea de que cada lengua modeliza el mundo a su manera, pero no deja de ser poético y alucinante que una palabra pueda colorear tus pensamientos. Como poeta quiero pensar que es así, que un poema es otra forma de aprehender el mundo.
Otro puente con Irlanda fue el almirante William Brown, uno de los grandes próceres argentinos. A mí me gustaba más que San Martín porque el mar me parece un sitio mucho más literario que los pasos de Los Patos y Uspallata. O al menos con más glamour. El siguiente punto de contacto fue la historia trágica de amor entre Camila O’Gorman y un cura tucumano. La joven, descendiente de irlandeses, fue fusilada por el gobierno de Rosas. Esta historia me la refirió (antes de que saliera la película Camila, de María Luisa Bemberg, allá por 1984) una amiga que, a la sazón, descendía de otra célebre irlandesa argentina: Cecilia Grierson, la primera médica latinoamericana. Nada de esto es casual. La comunidad irlandesa en Argentina es la quinta mayor del mundo fuera del ámbito de habla inglesa. Se estima que más de un millón de argentinos descienden de aquellos inmigrantes que fueron llegando en masa desde 1830, impulsados por la Gran Hambruna o la búsqueda de oportunidades. Deportes como el polo y el rugby deben a los irlandeses, en parte, su desarrollo actual. De modo que hay una simpatía intrínseca por lo irlandés en Argentina, una especie de hermandad por tratarse de dos pueblos que, además de lo reseñado, han sufrido, en mayor o menor medida, el imperialismo británico.
En otro orden de cosas, la literatura me acercó más estrechamente a la isla Esmeralda. Entre mis primeras lecturas infantiles puedo contar las de Oscar Wilde (“El ruiseñor y la rosa”) y Swift (Los viajes de Gulliver). Años más tarde, llegaron Shaw (Pigmalión), Yeats (En los siete bosques), Beckett (Esperando a Godot), Joyce (Retrato de un artista adolescente), Heaney (Muerte de un naturalista) y tantos otros santos de mi devoción. De modo que, con estos nombres y antecedentes, ¡cómo no sentirme en deuda con aquel país!
En este libro, a dos aguas entre lo autobiográfico y lo ficticio, recorres Irlanda partiendo del espacio geográfico para convertirla en interlocutora, símbolo y cuerpo poético. No sé si escribiste estos poemas in situ o desde la distancia y la memoria, pero me parece oportuno pedirte que me hables del modo en que el paisaje y, en suma, la experiencia irlandesa, se fue volviendo lenguaje.
La mayoría de los poemas del libro, salvo uno o dos (“En un lugar, en un puente”, “Remolinos del tiempo”), fueron escritos in praesentia o tal vez antes de visitar Irlanda. Es que, en mi caso, las emociones intensas, lo sentires apasionados, no dejan lugar a la escritura espontánea, y requieren siempre de un proceso de decantación. La memoria, poco fiable y sesgada, ha intervenido mucho en la arquitectura de los poemas. Recordar es eso: reescribir, sentir de nuevo, “volver a pasar por el corazón”. Y uno recuerda lo que está teñido de emociones. Viajar es recordar, recordar, trazar el camino inverso (linealmente o no). De manera que, cuando el poeta viaja, todo se vierte en signo. En interrogación de lo posible. Es que viajar y escribir se parecen mucho. En ambos casos, ante nosotros, se abren las encrucijadas. El poeta, entonces, baraja caminos léxicos y sintácticos; ubicado en la incógnita y el misterio, remonta algunas vías, desanda otras, encontrando atajos o aporías. ¿Por qué se viaja? ¿Por qué se escribe? Son preguntas hermanas con respuestas parecidas. Para conocer, para enriquecerse, para sentirse vivo... Todo viaje al poema es un viaje a la experiencia y un lenguaje nuevo cuya lógica se crea en el discurso de lo inesperado: “Viajar supone el arte del desplazamiento, / el juego con las distancias, / la pregunta por el origen, / el extrañamiento que surge del contacto con el otro”. Por suerte, ningún poema de mi libro es un viaje sin sentido o una experiencia sin conciencia, o eso quiero pensar.
De modo que mi viaje personal y literario a Irlanda tiene mucho de creación y es un elogio de la experiencia. Hoy compramos una experiencia como quien compra un par de calzoncillos. La modernidad virtual nos ha privado del mito, de la magia, de la identidad, incluso de las verdades. Si Nietzsche nos dejó sin Dios, pensadores como Foucault o Derrida celebran victoriosamente la muerte de la experiencia. Porque las tradiciones y la experiencia (ironiza Terry Eagleton) son portadores de valores y principios y éstos, en la era de la posverdad, son vehículos de violencia y opresión. Por eso, me apetecía escribir sobre Eire —salvando las distancias— como un Heródoto moderno, haciendo que cada poema-viaje se convirtiera en una exploración continua de lo extraño y lo diverso, y de verdades tangibles como el paisaje irlandés. En poesía, viajar es crear espacio y tiempo como hacen los efectos del Big Bang. Y eso es lo que consiguen los grandes poetas cuando poetizan sus viajes, sus vivencias: ensanchar el universo, descomprimir sus límites. En este sentido el lenguaje, el lenguaje poético, es una búsqueda poderosa que permite transliterar el mundo (cada vez más pequeño y líquido) en palabras y emociones. ¿De qué manera? Eligiendo como materia aquello mismo que rechaza como instrumento: la lengua natural. Porque, parafraseando a Pessoa, “ser poeta no es una ambición mía, es la manera mía de...” decir y de viajar.
El título alude a una figura ausente, Shaun-Mor, que nunca se define explícitamente en el texto, aunque en uno de los poemas te diriges a esa suerte de entidad poética. ¿Podrías compartir qué o quién representa para ti ese nombre? ¿O es acaso una referencia concreta que prefieres no revelar?
Shaun-Mor (“Juan Grande” en celta) es un personaje legendario de la tradición irlandesa. Un marido mentiroso y borrachín capaz de fabular las historias más desopilantes con tal de justificarse ante su mujer. Natural de la isla de Innis Shark, es víctima de las bromas de las hadas por presumir ser más sabio que ellas. Pero es un tipo con suerte porque siempre acaba volviendo a casa para dormir la mona. El personaje, equivalente a Jaimito en español, me pareció gracioso e interesante por dos razones: 1) porque simboliza el poder de fabulación (la imaginación es intrépida) y 2) por ser viajero a su pesar. No hay más misterio que ese en cuanto al origen del título.
Desde otro prisma, si bien el personaje aparece referido sólo al final del libro como interlocutor del yo poético (“Mira, Shaun-Mor, aquí hay de todo: / vino, tiempo, sol y tentaciones...”), tiene una carga simbólica diferente del cuento celta. No es un actante, un personaje redondo y funcional, sino más bien la representación simbólica del deseo y, por tanto, un aliciente para seguir leyendo. Algo así como el móvil que nos lleva a buscar el Santo Grial o de Eldorado. Shaun-Mor sólo tiene una existencia nominal, es referencia pura, acaso un mero interlocutor, pero sabemos que está ahí y eso nos mueve a buscarlo. ¿Y qué simboliza a través del texto? Permítaseme contestar con otro interrogante: ¿es el Amor, es el Espíritu de Irlanda, el alter ego de la Poesía, del poeta, del lector? Se invita a responder a los lectores.
José Luis Ariel Méndez, un poeta que quiere hacer cantar y bailar a las estatuas
Hablemos ahora del tono de tu libro. Uno de los rasgos más notables del estilo en el que está escrito es la combinación de lo lírico y lo narrativo, del lenguaje elevado con un tono conversacional. ¿Cómo trabajas la voz poética? ¿Qué decisiones formales fueron clave para este poemario?
Desde Poemas de Country Club (2023), mis ejercicios poéticos se han aficionado a cantar lo cotidiano y a narrar poéticamente lo que no se nombra (el poeta contemporáneo lleva adentro un narrador). Concuerdo con quien sostiene que la poesía es algo que se nos hace a nosotros, no sólo algo que se nos dice. Mantengo por convicción el ritmo, la tensión y el sentido, bases fundamentales de la poesía como yo la entiendo. Trato de huir despavorido de ciertas derivaciones equívocas de la “poesía de la experiencia” (aunque el poema sea toda una experiencia de lenguaje), quiero decir, del tono infantilmente subjetivo que predomina en muchos poetas actuales, adalides de la poesía urgente de Instagram, X o de Facebook. La poesía nos convierte en extranjeros de nuestra propia intimidad (García Montero dixit) y está bien que nos busquemos en sus espejos con nuevos ojos. Pero no en un tono inmediato y superficial (cuando digo “superficial” quiero decir que no rasga la piel del yo). La realidad es múltiple y metafórica. El poeta es una caja de resonancia en busca de un lenguaje y quien dice lenguaje dice mundos damasquinados en este. ¿Qué tiene que ver todo esto con la poesía rápida y sentimentaloide que premian ciertas revistas? La poesía es ejercicio de historias y conciencias. ¿Por qué renunciar a ello en nombre de “mi verdad”, de ñoñerías melodramáticas y sintagmas nominales hilvanados en nombre de una economía expresiva (telegráfica) mal entendida? La poesía nos hace ver lo vivido como si fuera un nuevo acontecer. ¿Por qué regodearnos sólo en los sentimientos y anatemizar, en cambio, la razón y sus grandes sueños de verdad? La equiparación de la poesía con la emoción y los sentimientos es válida en sentido lato, pero en sentido estricto deja de lado una plétora de poemas que no trabajan el plano emocional (lo que hubiera dejado de lado en su momento a toda la poesía épica). La poesía puede y debe contar, no sólo expresar lo que siente (emociones, por otra parte, que resultan intransferibles). Al ser En busca de Shaun-Mor un viaje a Irlanda y también a la poesía, viene de perlas un tono altamente narrativo con ciertas licencias poéticas como la ambigüedad, el lenguaje connotativo, el coloquialismo, el martilleo esencial del ritmo... Es con ese cometido que el poemario propugna formalmente la hibridación de un yo poético con una instancia narradora, como es habitual en los relatos de viaje. El arte es poiesis y mímesis. Renunciar a una cosa en favor de otra es tan estúpido y restrictivo como dejar el vino por el ron.
En esta obra conviven figuras míticas, literarias y populares de Irlanda, como Cú Chulainn —uno de los héroes más importantes de la mitología irlandesa— y Danu —la enigmática diosa madre de la mitología celta— hasta la leyenda de Molly Malone, la cerveza, el rugby y, por supuesto, Joyce. ¿Qué lugar ocupa lo cultural en tu poesía?
Un lugar fundamental, teniendo en cuenta que En busca de Shaun-Mor es ante todo una bitácora de viaje en clave lírica. Como tal, recoge experiencias, impresiones y anécdotas (personales o inventadas), además de conocimientos, valores tangibles e intangibles, arte, creencias y actitudes. Sin caer en el costumbrismo, me interesaba construir un libro con el tono del Diario irlandés de Böll y, sobre todo, de Canta Irlanda, de Javier Reverte, donde viaje y lirismo se fusionan de manera fabulosa. Viaje, el mío, que siempre realicé con los ojos del niño cantado por Baudelaire en “El viaje”, chico anheloso de figuras y de mapas, y para quien “el universo iguala a su tremendo apetito”. En mi caso, la curiosidad es el navío en busca de su Icaria o, nunca mejor dicho, en busca de Shaun-Mor. Hemos de recordar aquí que la poesía es hipónimo de cultura y que, paradójicamente, la cultura, como cultivo de las capacidades humanas, es inviable sin la intervención poética. ¿Por qué? Porque si la cultura consiste en poseer algún lenguaje para la comunicación de ideas, valores, etc., la poesía, como lenguaje en continuo hervor, como producto de nuestra capacidad simbólica, garantiza un antídoto contra el ruido (la manipulación de las noticias, la posverdad, las fake news) y, en muchos casos, contra la mirada ególatra que sólo ve lo que está ahí. Por el contrario, el poeta insta a ver más allá (que es también ver más acá), revelando la condición humana en el poema, todo lenguaje, cultura, historia... En mi opinión, lo cultural en el poemario es ese diálogo entre pueblos e identidades desde la mirada feliz de un poeta argentino que tuvo la suerte de conocer Irlanda.
Los poemas parecen escritos con libertad, sin una métrica fija ni formas clásicas, pero se nota un ritmo muy cuidado y una musicalidad interna, además de un notable trabajo con el lenguaje que se evidencia en los juegos intertextuales y en el manejo de los giros coloquiales. Sé que también te dedicas a la composición musical, por lo que se me ocurre preguntarte cómo influye esa formación en tu poesía. ¿Hubo desafíos formales específicos que te planteaste al escribir este libro?
En ocasiones, se me hace muy difícil distinguir entre música y poesía, si bien esta última es un arte referencial mientras que la primera no (en todo caso, ambas tienden a la ambigüedad y al misterio). Tal vez esto se deba a que ambas artes logran llevarme más allá de las palabras, a los orígenes del silencio. Los primeros poemas que leí y los primeros versos que escancié eran música con palabras (o palabras con música). Ritmo, tonos, tempo, timbre, intensidad, énfasis, etc., al servicio de una alianza eterna y provechosa. Porque el cerebro de un poeta es también, en cierta forma, un cerebro musical.
En mis poemas prima notoriamente un sentimiento musical, aunque no haya rima o pulsión melódica. Medien las musas o no (todas músicas, por cierto), el sonido poético y el sonido musical están al servicio de los mundos que despierta la emoción. Al igual que la poesía, la música no es sólo oír, sino ser. Ser como diapasón o cuerda. Toda teoría de cuerdas, por tanto, debería explicar por qué las personas vibran de una forma tan especial ante la música y la poesía. Cuando hablo de música hablo de cognición y cuando hablo de poesía, también. Será que el lenguaje y la música comparten una serie de áreas cerebrales, como la de Broca, localizada en el hemisferio izquierdo. Dicen que la música pudo haberse desarrollado a partir del ritmo como un canal de emoción. ¿No nos recuerda esto a un poema? Los humanos somos una especie tan lingüística como musical. Es lo que tengo en cuenta cuando escribo.
Otros dicen que no hay una presión ecológica evidente para que las especies tengan una facultad musical como en el caso del lenguaje y la visión. Al parecer, la capacidad musical de las personas es más heterogénea que la lingüística o visual. ¿Acaso es también innata? Si uno se pregunta por el origen del lenguaje, es claro que tiene una capa musical que heredamos de las aves canoras y que está relacionado con poder combinar sonidos recursivamente, o sea, con la sintaxis. Aunque de manera mucho más creativa, los hablantes y los poetas juegan con las palabras como las calandrias con sucesiones sonoras. Nociones como altura tonal, escala, consonancia, disonancia, metro, ornamento, tensión, relajación, intensidad, cuyo papel en la gramática musical es tan notoria, me han ayudado a componer poemas musicales o piezas meramente rítmicas (como los que suelen aparecer en mi libro sobre Irlanda). Y sobre el ritmo, creo que el traquetear del tren o el andar del autobús pueden oírse perfectamente en los poemas de En busca de Shaun-Mor.
Hay quien postula que la música y la poesía son derivados de los gestos y otros de los latidos del corazón. Algunos de mis poemas partieron de estas hipótesis. En este sentido, música, poesía y danza tienen muchos parecidos razonables. Mi aspiración es crear poemas capaces de hacer cantar y bailar a las estatuas. ¿Qué es lo que tienen la música y la poesía que personas con deterioro cognitivo son capaces de cantar canciones que aprendieron en su niñez o de recitar poemas de memoria? ¿Por qué la poesía de hoy, la que mana y se propala por las redes, tiende a padecer una especie de agnosia tonal o de amusia que la priva de la capacidad de captar las cualidades expresivas de la voz? Un buen poema (rimado o no, estrófico o en verso libre) es una experiencia sensual y musical: la sensación de las palabras en la boca y el sabor celestial de los sonidos.
Asiduos o no al verso libre y al poema como un estado de excepción o una caja de Pandora, una excelente manera de comprobar que la poesía es música consiste en escuchar un poema en una lengua desconocida. Dejará de ser figurativa y encontraremos varios esquemas melódicos patentes. Otra mejor consiste en demorarse en lenguas tonales como el chino, capaces de cambiar el significado de las palabras alterando la altura de la voz. En todo caso, lo que me motiva de estas artes (que activan áreas cerebrales relacionadas con la introspección y el placer) es que procuran hacer más poética (más vibrátil) la realidad. Y lo consiguen.
“La poesía empieza donde termina la artesanía”
Vives desde hace décadas en España, pero naciste y te formaste en Argentina. En los poemas de En busca de Shaun-Mor se aprecia una condición de extranjero —a veces literal, a veces simbólica— que le habla al lector, que incluso lo invita a viajar a la Irlanda real o a la que se esconde detrás del símbolo. Como autor, como poeta que ha encontrado un lenguaje en la errancia, ¿te sientes más cerca del viajero que descubre o del que regresa a un hogar simbólico? ¿En este libro logras respuestas a tus propias preguntas sobre identidad?
Es imposible caminar por la poesía y por Irlanda (que son casi lo mismo) sin tropezarse con una experiencia memorable o la asombrosa certeza de que estamos construidos por el lenguaje. La poesía pone el cerebro en llamas y todo viaje potencia los sentidos. Viajar no significa desplazarse de un lado al otro por el espacio-tiempo, sino hacer las maletas, prepararse para el camino (incluso cuando se trata de una aporía). El oficio de vivir es el oficio de viajar. Todo viaje es un regreso a lo esencial, se llegue o no a alguna parte, como sugiere Kavafis con su poema “Ítaca”. En poesía también. El poeta vuelve a la palabra antes de su constitución normativa, referencial, en un volver a los tiempos en que cada palabra y la cosa eran un mismo ente. En busca de Shaun-Mor es una busca en múltiples direcciones y motivos, una indagación, una pesquisa, un encuentro y, como tal, un viaje de ida y vuelta constante. Como el megalómano que regresa siempre a Mozart o a los Beatles, conforma un discurso siempre dopamínico o adrenalínico. Está más que claro que en mi libro el viaje es un tema poético recurrente, verdadero motor de los poemas que son como parajes o miradores donde uno se detiene a echarle una ojeada al mundo. Búsqueda personal, transformación continua, apertura a la experiencia, descubrimiento, reflexión, conexión con la naturaleza, una forma de detener el tiempo, sea ya en un recuerdo, en un instante irrepetible, en un selfie... Todo lo cual alienta a los poemas de mi libro. Un libro que no pretende ser leído sino más bien ser viajado, como diría Valente.
Eres autor de varios poemarios y de un libro de aforismos, y tu obra ha tenido presencia en diversos certámenes y antologías. ¿En qué momento de tu camino poético y personal te encuentras al publicar En busca de Shaun-Mor? ¿Sentiste que este libro requería una madurez distinta?
Una obra madura encuentra por sí misma su comienzo, su nudo y fin. Tiene su densidad y ritmo. Entiendo por madurez un ascenso de los infiernos. Ahora mismo, estoy en un momento en que, en términos poéticos, da lo mismo temblar que comprender. Por edad, es una etapa menos experimental y mucho más narrativa. Y tengo claro mi oficio: un poeta es esa clase de pobre que, a falta de emolumentos, encuentra oro en sus palabras. Ahora sé que vivir de la poesía es un milagro financiero. Y que la mayor parte de los editores prefieren ver en sus oficinas a un inspector de Hacienda que a un poeta, especialmente si peina canas. Este oficio no es fácil. La poesía empieza donde termina la artesanía y siempre me está llevando de lo particular a lo general, de lo general al detalle. En busca de Shaun-Mor es definitivamente un libro de madurez en la medida en que, perdóneme la soberbia, acumula vivencias y las recrea con profundidad temática, sabiduría y reflexión (“La vida enseña a la vida / que no hay sueño comparable a haber vivido”). Me enorgullece, sobre todo, el hecho de que contenga poemas-ríos que no desbordan por arritmia o despilfarro verbal. Que la dimensión lingüística y auditiva de estos textos vivan en armonía, sin perder de vista su potencial semántico ni su capacidad de recrear el mundo. Irlanda en este caso: “Tened en cuenta que he vivido demasiado, / que el tiempo, aunque veloz, no pasa en balde / si se aprende del cielo y del infierno / el canto irrefutable de las cosas”. Por primera vez creo que mis versos no son meros moldes, sino golpes quirúrgicos al/del corazón. O sea, que tienen una dimensión humana, un sólido qué decir: “Dejo mi testimonio... y le pido a San Patricio / (ahora que la vida me parece tan prosaica) / que tu magia y mis sueños se sigan encontrando / en islas como estas, ficticias y reales”.
El libro se cierra con un tono elegíaco, pero sin dramatismo, más bien con aceptación y hasta con gratitud. Esa serenidad final, esa Irlanda en la que se reencuentran los muertos y los vivos, ¿es acaso una forma de salvación poética?
En busca de Shaun-Mor sigue de cerca las premisas de la poesía irlandesa, pero con otros ojos: conexión con la tierra, mitología y folclore, identidades nacionales, lenguaje evocador... Es la visión de un Homo viator que encuentra en el paisaje, en la gente y su cultura un pretexto para celebrar y celebrarse, en el sentido de Whitman. La poesía, en la medida que crea la realidad que nombra y activa en el cerebro las áreas relacionadas con la introspección, la recompensa primaria y el deseo de restaurar el orden, nos salva de la vida líquida, del virus de lo previsible y, sobre todo, de la conciencia de la contradicción que somos, como diría Schlegel. Cito un ejemplo: “De modo que ahora vivo agradecido, / incluso te diría que exultante, / por todo aquello que soy capaz de sostener. / Y lo que no”. Lejos del narcicismo exagerado o la sensibilidad tuitera que elige lo inmediato, los versos planos e insustanciales como producto de una larga y anodina exclamación, mis poemas destruyen para construir, ciegan para mostrar y suprimen la suciedad del ruido en busca de una voz auténtica y vital. En este caso, esa voz es la de un viaje simbólico a un país donde lo mágico y lo real conviven en armonía: “Uno es feliz en el bosque. La soledad, el misterio, / los escondrijos, las banshees, / el espíritu del viento, / con el aroma de las manzanillas / tocadas por un haz de luz”. Y así, conectándose con uno mismo y con los otros, descubriendo la belleza del saber y el saber de la belleza, contra la lógica del tiempo, contra los dogmas del lenguaje y de los propios límites, abriendo en carne viva a las palabras como si se tratase de una asombrosa vivisección, uno se salva a sí mismo, como si la poesía fuera una tabla inesperada en el oleaje del caos y la desolación: “Esto es llegar, sentirse sano y salvo / de escaleras que huyen hacia abajo / y de cielos que se caen hacia arriba”. En resumidas cuentas, lector: “Recorra Irlanda. Recorra Irlanda / para saber quién es usted, pero no pretenda que Eire / se lo diga a la primera.
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