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Su novela La cacería blanca resume sus obsesiones
Eduardo Larrinaga Figueroa, el escritor que se atrevió a construir un universo

domingo 31 de agosto de 2025
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Eduardo Larrinaga Figueroa
Eduardo Larrinaga Figueroa: “En La cacería blanca quise retratar un mundo que, en vez de buscar soluciones sin violencia, opta por el enfrentamiento”.

A veces, contadas veces, un escritor se aboca a la tarea de crear un universo. A este tipo de creaciones pertenece La cacería blanca, un libro cuya historia, cuya mitología, se alimenta del terror, del cuerpo y del lenguaje. Extensa y rigurosa, esta novela —en la que engendros y deidades arcaicas conviven con instituciones desmoronadas, guerras sin sentido y personajes obsesionados por la búsqueda de un sentido— es formalmente un ejercicio de imaginación oscura, pero cuando escarbamos más a fondo apreciamos una indagación ética y emocional sobre los límites de lo humano cuando lo monstruoso deja de estar afuera.

El autor de esta propuesta es Eduardo Larrinaga Figueroa, escritor mexicano radicado en Nueva Zelanda, cuya biografía es tan heterogénea como su novela: docente, investigador, locutor de radio, bailarín tradicional. Su tránsito entre culturas y geografías sustenta esta obra escrita desde los márgenes, pero con la ambición de una épica personal. En La cacería blanca, Larrinaga conjuga sus obsesiones —el folclore, la transformación, el desarraigo, la violencia ritual— en una historia que se expande sin perder foco, que propone un mundo coherente y convulso donde las cicatrices son también una forma de conocimiento.

Conversamos con el autor sobre las múltiples capas de su novela, sobre el estilo austero que la sostiene y sobre las heridas —reales, simbólicas, narrativas— que marcaron la escritura de esta historia. Lo hicimos, también, con la certeza de que La cacería blanca dejará, para aquellos lectores que se internen en sus páginas, una huella física en la memoria.

 

“La cacería blanca”, de Eduardo Larrinaga Figueroa
La cacería blanca, de Eduardo Larrinaga Figueroa (Universo de Letras, 2024). Disponible en Amazon

La cacería blanca, producto de una mezcla de influencias

Una novela como esta, tan ambiciosa en su arquitectura y tan cruda en su contenido, no parece responder a un cálculo editorial, sino a una necesidad interior. Me gustaría que comenzáramos hablando sobre el origen de La cacería blanca, las vivencias que te llevaron a escribirla y que terminarían convirtiendo esta historia en una urgencia para ti como escritor.

La cacería blanca nació en un momento de mi vida en el que la escritura no era sólo un pasatiempo, sino una forma de ordenar el caos. No hubo un plan editorial detrás, sino una necesidad de dar forma a pequeñas historias que llevaba años acumulando.

Viví en varios lugares y conocí realidades muy distintas; esas experiencias —las buenas y las malas— estuvieron muchas veces cargadas de misticismo, del pensamiento mágico tan extendido en Latinoamérica, Asia y Oceanía. En ese momento, mientras intentaba dar forma a todo aquello, mi vida atravesaba un proceso complicado como expatriado. Aunque los momentos buenos superaban a los malos, los desafíos diarios eran exigentes, lo suficiente para cuestionarme si cada paso y cada decisión que me habían llevado hasta allí habían sido los correctos. Ese peso, sumado al aislamiento como recién llegado a una nueva comunidad, generó en mí la urgencia por transmitir la esencia de esas vivencias en el tejido del libro y su historia. Así que me senté a escribir, no para cumplir una meta comercial, sino para dar vida a esos personajes que me acompañaron y sostuvieron durante esa transición.

 

Algo que creo que destaca en tu novela es tu estilo narrativo: sobrio, preciso, visual sin ser recargado, y que definitivamente está al servicio de un relato pleno de un intenso cúmulo de personajes, criaturas y geografías. ¿Qué desafíos representó para ti mantener este tono a lo largo de sus más de quinientas páginas?

Fue un aprendizaje lento, frustrante y, a ratos, exasperante. Había escrito de manera recreativa durante toda mi vida, sobre todo en formato de guion, pero una novela exige un lenguaje distinto: lo que funciona en un guion no siempre funciona en una narración literaria, y viceversa. Fue como volver a aprender a caminar después de no poder hacerlo durante mucho tiempo. Este proceso de tira y afloja duró alrededor de media década. Lo más difícil fue darle una coherencia y detalle al mundo, pero sin caer en una narrativa monótona o demasiado ambigua que, en lugar de destacar, haga de las palabras una especie de papilla gris.

 

Al final del libro hay un apartado de misceláneas que revela un meticuloso y coherente trabajo de worldbuilding. Pero en el desarrollo de la historia ese mundo no se explica, sino que se muestra; el lector asiste a un mundo creado y funcional. ¿Cómo decidiste qué información debía aparecer en la narración y cuál reservar para los anexos?

La construcción del mundo fue un proceso tan apasionante como desafiante. Desde el principio tuve claro que no quería un escenario genérico que dependiera de un protagonista para definirse; quería un mundo que respirara por sí mismo, con sus reglas, tensiones y mitologías propias. Ese universo nació de una mezcla de influencias: paisajes que he visto y que me han marcado, relatos históricos y leyendas que conocí en diferentes culturas, y un interés personal por el folclore como reflejo de la identidad de un pueblo. Me inspiré en la forma en que ciertos autores, como Ursula K. Le Guin o Kentaro Miura, crean mundos coherentes que se sienten vivos, pero también en la historia real, que —dicho sea de paso— contiene más intrigas, traiciones y episodios surrealistas que cualquier novela.

Cada elemento —desde la geografía hasta las costumbres— está pensado para servir a la historia y al desarrollo de los personajes. No es un telón de fondo, sino un protagonista silencioso que influye en cada decisión, cada miedo y cada esperanza de quienes lo habitan. Eso le da al lector nuevos elementos por descubrir, como los detalles de una pintura que se revelan a los ojos más atentos.

 

Más allá de los elementos sobrenaturales, hay una lógica política y bélica que recorre todo el libro: ejércitos desorganizados, religiones fragmentadas, instituciones que colapsan. ¿Tiene el retrato de este universo algún paralelismo con el mundo en que vivimos, en permanente crisis?

Sí, fue planeado, pero el proceso fue más orgánico que premeditado. Partió de una idea vaga, casi como un pequeño relato con la simplicidad de un cuento infantil, que con cada revisión se fue llenando más y más, creciendo en complejidad.

Con el tiempo, te das cuenta de que, incluso en un mundo ficticio, el caos y la fragmentación no surgen de la nada; nacen de decisiones acumuladas, de rivalidades antiguas, de la falta de unidad y de la incapacidad —o la falta de voluntad— de escuchar al otro. Y eso, para bien o para mal, nos define como humanos.

Eso hace el paralelismo con nuestra realidad como algo inevitable. En La cacería blanca no hay ejércitos perfectos ni estructuras políticas impecables; hay seres humanos con ambiciones, miedos y contradicciones, y esas imperfecciones terminan moldeando el rumbo de los acontecimientos tanto como lo hacen los elementos sobrenaturales. Tal como ocurre en nuestro mundo, las crisis rara vez nacen de un único evento; son el resultado de una cadena de pequeñas fracturas que, cuando se ignoran, terminan derrumbando incluso las estructuras más sólidas.

 

Eduardo Larrinaga Figueroa y la artesanía de la novela

Dana, la cazadora y médica de origen desconocido, es una figura tan potente como desgarrada: fuerte, pero mutilada; feroz, pero vaciada de pertenencias. Además, un personaje que tiene la certeza de la muerte como consecuencia del cuerno, “amalgama de roca y metal”, que tiene incrustado en la cabeza. ¿Cómo nació este personaje? ¿Qué elementos de tu propia experiencia crees que se filtraron en ella?

Dana es parte de algo mucho más grande. Es un personaje complejo que ha estado presente en varios de mis trabajos anteriores en formato de guion y, aunque su existencia ha sido más como un personaje de soporte, su trasfondo y lucha interna la hacen uno de mis favoritos. Es a ella a quien vi como el elemento ideal para introducir al lector en un universo más amplio: un puente hacia algo mayor que ha conformado la cosmología de mis trabajos anteriores.

Además, con Dana se filtraron muchas sensaciones personales: la experiencia de cargar con algo que no puedes quitarte de encima, la sensación de no pertenecer del todo a ningún lugar y la necesidad de seguir adelante incluso cuando la meta parece inalcanzable.

También encarna ese punto en el que el dolor deja de ser un obstáculo y se convierte en un motor. Creo que ahí se refleja mucho de lo que vivimos en ciertos momentos de la vida: la certeza de que algunas cicatrices nunca desaparecen, pero sí pueden transformarse en fuerza para enfrentar lo que viene.

 

“Desde Valle Sombra a Puño de Roca e incluso en partes de Imalis, llegaron reportes de que los enfermos con la plaga roja súbitamente se levantaron de sus camas y atacaron a todo lo que se moviera”, escribes en alguna parte de La cacería blanca. Este mal, fenómeno híbrido entre lo biológico, lo ritual y lo sobrenatural, articula desde lo argumental tanto el horror de la novela como su trasfondo conspirativo y político. ¿Puedes hablarnos más de este tema?

La plaga roja fue, desde el principio, un mecanismo inesperado: un mal que siempre estuvo acechando y que parecía no estar conectado a nada, pero que en realidad representa el pivote para presentar las múltiples facetas del mundo que quiero construir: lo social, lo biológico, lo oculto y lo surreal.

No la concebí únicamente como una amenaza física, sino como un hilo que conecta todos esos planos. Es el tipo de fenómeno que, aunque no sea comprendido del todo, altera por completo la lucha de los protagonistas, los obliga a reaccionar y actuar. Es un elemento que está implícito desde el principio, pero que de a poco toma por sorpresa al lector su importancia en la trama.

 

Si la variedad de personajes y criaturas, además de las mil aventuras que la recorren, pueden hacer de La cacería blanca una rica experiencia para el lector, no me puedo imaginar cómo fue para ti como escritor darle forma. ¿Qué elementos de ese universo te representaron las mayores dificultades? ¿Te apoyaste en alguna suerte de guía para crear este entramado?

Lo más difícil fue darle esa primera forma al mundo: decidir qué es, cuándo y cómo funciona, qué reglas lo rigen, hasta qué punto lo sobrenatural es antinatural y cuánto de todo eso quiero mostrarle al lector. Ese fue el verdadero reto, porque cada respuesta que encontraba abría más preguntas.

Quería un universo que se sintiera vivo y coherente, pero que al mismo tiempo guardara secretos, zonas de sombra que el lector sólo intuyera. El reto como narrador es mostrar lo suficiente para que se entendiera su lógica interna, pero dejar espacio para que la imaginación completara lo que no se dice.

No seguí una guía rígida, aunque sí me apoyé en mapas, cronologías y pequeños fragmentos escritos a modo de diario de personajes, para entender cómo se conectaban entre sí. Era un proceso casi artesanal: construir, derribar, volver a armar, hasta que todo encajara. En algunos momentos fue frustrante, pero también ahí estuvo la magia; ver cómo, pieza a pieza, ese mundo dejaba de ser una idea y empezaba a respirar por sí mismo.

 

“La literatura fantástica puede ofrecer un espacio seguro para cuestionar y reflexionar”

Uno de los ejes centrales del libro es el cuerpo como campo de batalla: cuerpos infectados, deformados, poseídos, quemados. Trabajas en el ámbito educativo y has investigado sobre tecnología y humanidad. ¿Cómo se cruzan en tu narrativa, si lo hacen, esas dos miradas?

No me interesa romantizar la lucha ni la guerra; son realidades que existen, pero cuya presencia, en mi obra, tiene un propósito crítico. En La cacería blanca quise retratar un mundo que, en vez de buscar soluciones sin violencia, opta por el enfrentamiento. Es en el fondo un relato de jóvenes enviados a matar a otros jóvenes que ni conocen ni odian, siguiendo las órdenes de viejos que sí conocen a otros viejos a los que odian... pero que son demasiado cobardes para enfrentarse ellos mismos. Esta violencia que deforma y arrasa no tiene nada de heroico. Mi intención fue mostrarlo sin adornos, para que quedara claro que no hay gloria detrás de las victorias.

En contraparte la novela tiene también su propia luz: un lado lleno de canciones, exploración, momentos cálidos entre personajes, paisajes que, aun siendo inhóspitos, conservan una vida propia y una belleza inesperada. Esa dualidad es esencial: recordar que, incluso en medio de lo más oscuro, persiste algo que nos recuerda por qué vale la pena seguir adelante.

 

Atravesamos un momento histórico en que se produce una viva discusión sobre las identidades, lo que ha llevado también a una reformulación de los discursos sobre la violencia. ¿Puede esta novela, desde lo fantástico, participar en una conversación contemporánea más amplia sobre el cuerpo, el dolor o la marginalidad?

Me gustaría que la novela tuviera ese alcance, junto con el trabajo de muchos otros autores —nuevos y consagrados— para que las generaciones futuras puedan desarrollar una visión crítica sobre el cuerpo, el dolor y la marginalidad. Creo que la literatura fantástica, precisamente por su distancia con la realidad inmediata, puede ofrecer un espacio seguro para cuestionar y reflexionar sobre estos temas.

Sin embargo, y siendo deprimentemente realista, siento que como sociedad nos estamos acercando más a repetir viejos errores históricos que a construir un futuro verdaderamente justo. Esa es una de las razones por las que me parece importante seguir escribiendo este tipo de historias: para dejar constancia, para invitar a la reflexión y, quizá, para recordar que el rumbo siempre puede cambiar si hay voluntad.

 

Toda novela es un viaje y el de La cacería blanca es intenso y está dotado de una gran riqueza argumental. El género en el que se inscribe la novela da pie, además, a un diálogo con otras artes como el cómic, el cine, el videojuego. ¿Te has planteado extender este universo hacia alguno de estos frentes? ¿O te enfocarás en la literatura?

Sin duda, expandir una obra a otros medios es todo un desafío, pero también es una forma de mantener vivos estos universos. Creo que, cuando una historia logra trascender el papel y dialogar con otras artes —ya sea el cómic, el cine o el videojuego—, se enriquece con las experiencias y miradas de quienes la reinterpretan.

Si surgiera la oportunidad, claro que me encantaría llevar La cacería blanca a otros formatos. Eso sí, siempre cuidando de no perder su esencia ni deformar a los personajes y el mundo que habitan. La expansión tiene sentido cuando suma, cuando respeta lo que la obra es en su núcleo y, al mismo tiempo, abre nuevas puertas para que más personas puedan adentrarse en ella.

 

La cacería blanca, de Eduardo Larrinaga Figueroa, está disponible en

 

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Jorge Gómez Jiménez

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