
La mejor literatura es la que encuentra su materia prima en territorios donde la vida cotidiana se desgarra. Las adicciones, que se valen de la fragilidad del individuo para hacerlo su víctima, conforman sin duda uno de esos territorios. Y una de ellas es la ludopatía, que hace borrosos los límites entre la ilusión y la caída, y revela una condición humana pocas veces abordada desde la narrativa.
La venezolana Adriana Boccalon-Acosta encontró en ese universo su material literario, dejando que la voz de los personajes hable en la ficción con la intensidad y el realismo de un reportaje. Y es que Cuentos de casino y las trampas del azar, el trigésimo título publicado por la alianza editorial Letralia-FBLibros, se sostiene en la observación minuciosa y en la sensibilidad de quien durante años ejerció el periodismo de investigación. Esa experiencia, trasladada ahora a la narrativa, da como resultado estos relatos que exponen la intimidad de los jugadores y muestran cómo el azar puede marcar destinos más allá de las paredes del casino.
En las 250 páginas de este libro, la autora venezolana traslada a la ficción la precisión de su mirada y la capacidad de registrar lo humano en situaciones límite. En sus cuentos no hay espacio para el moralismo vacuo, pues ella ha optado por la exposición de una realidad compleja y terrible, la ludopatía y sus mecanismos de desgaste que se tragan vidas enteras. Hoy conversamos con ella sobre esta obra que recoge la fascinación y la tragedia que laten bajo las luces artificiales del azar.

Cuentos de casino y las trampas del azar, retrato de un cosmos demente
Tu libro aborda el tema complejo de la adicción al juego en el espacio luminosamente engañoso que es el casino. Me gustaría que comenzáramos hablando de cómo llegas a este libro que emprende la representación, a través de la ficción, de todas las aristas de un flagelo tan silente como peligroso.
Creo que lo primero que me gustaría destacar es que, más allá de la adicción al juego, se trata de la adicción a las apuestas en los juegos del azar, que es el asunto que tiene lugar en los casinos; las apuestas compulsivas... Y, sobre cómo decido escribir estos cuentos de casino, pues creo que la respuesta más sincera, más sensata, es porque descubrí las trampas del azar... ¿Dónde? Justamente en esos lugares luminosos, atractivos, forjadores de ilusiones, esos lugares que te dan la bienvenida cuando te sientes solo, cuando quieres apartarte o quizás confundir tus soledades entre un gentío que no te va a cuestionar, a juzgar, porque nadie mira más allá de sus narices o porque todos tienen el mismo rabo de paja; en esos lugares donde la gente ríe, pero es embuste esa contentura; en esos lugares donde la gente miente y se cree sus propias mentiras, en esos lugares donde la empatía es real ¿o ficticia?; en esos lugares que te atrapan, si los dejas. Y yo no me dejé...
Y así llegué a este libro, habitando el casino, viviendo el sueño del apostador, madrugando las pérdidas y conectándome con un submundo sombrío, retorcido, a veces inmoral; una especie de cosmos demente tan atractivo como malvado, donde la gente entra sin saber si saldrá ilesa, despellejada o tan afectada que su destino podría ser, si se deja..., el psiquiátrico, la cárcel o el cementerio.
Sobre lo que apuntas como ficción... Bueno, yo prefiero utilizar un término que quizás no sea literaria o editorialmente correcto, pero digamos que Cuentos de casino y las trampas del azar es un libro que ficciona treintaitrés historias reales, verídicas, vividas y padecidas por personas de carne y hueso, cuyos verdaderos nombres y descripción física, entre otros detalles, sí cambié por razones obvias.
Y es tan cierto que puedo contarte que al menos tres de mis protagonistas ya se leyeron el libro para enfrentarse con sus propias historias. A una de estas personas, que tiene años alejada de los casinos y juegos de azar, le resultó muy duro ese reencuentro con su pasado. Otra de estas tres personas me dijo que lo compró en cuanto supo que había incluido su historia, esperando que esa lectura le termine de dar el empujón que necesita para alejarse del casino de una vez por todas. Y la tercera persona me dijo, y cito textual: “Ay, Dios mío... Si supieras que nunca he podido superar esto... Si te contara todo lo que me ha pasado... Nada ha funcionado, creo que moriré en el casino... Pero de todas maneras voy a leerme el libro, quién sabe si...”.
La ludopatía, que suele ser tratada como una estadística o como un problema clínico, adquiere en tus cuentos rostro, voz y lenguaje propios. ¿Cómo decides dar ese salto de la crónica periodística a la ficción literaria como medio para abordar este fenómeno?
Definitivamente, yo soy de escribir crónicas, periodísticas o no. Y hacerlo en primera persona es un estilo que me cautiva porque me resulta muy fácil conectar con las emociones, sean propias o ajenas. De pequeña soñaba con ser siquiatra, pero cuando supe que primero tenía que estudiar medicina y luego hacer la especialidad... entonces pensé en psicología como una buena alternativa, pero más adelante se me ocurrió que ser investigadora criminal sería lo mío, ¡y no sabes cómo aún me fascina ese tema! Ah, pero fíjate que también soñaba con ser actriz de teatro para encaramarme en esas tablas a escenificar vidas ajenas. Al final, como ya sabes, terminé estudiando Comunicación Social, y ha sido precisamente desde esta tribuna, y sin haberme dedicado jamás ni al reporterismo ni al diarismo, desde donde logré conjugar todas las facetas que me apasionan y que me atrevería a resumir en dos palabras: conducta humana. Entonces, ¿por qué no tomar el riesgo de conectar los relatos ficcionando historias reales, escribiendo en primera persona sobre un tema que conozco?
Adriana Boccalon-Acosta y la precisión de la primera persona
Al leer los relatos se percibe una atmósfera cerrada, casi claustrofóbica, en la que los personajes parecen atrapados en un ciclo sin salida. ¿Cuáles de estos personajes representaron los mayores desafíos para ti como escritora al momento de retratarlos?
Aunque hay un común denominador en el escenario (las apuestas compulsivas asociadas a la ludopatía), cada personaje tiene un sello único, su propia historia, una manera de padecer su vida, de vivir sus miserias, de mentir... Pero si me pides elegir al que más me costó rescatar, fue sin duda alguna Amalia. Sí, Amalia. Para mí, fue un horror su destino. Supongo que ella llevó su cruz a cuestas durante mucho tiempo, que nunca se autocuestionó, que nunca pidió ayuda, pero ¿acaso nadie en su entorno sospechó que ella estaba en problemas? ¿Nadie la cuestionó para llamarle la atención? ¿Qué pasaba en la vida de Amalia? ¿Cuál era su vacío? ¿Cuánta era su soledad? Quizás si hubiera podido darle respuestas reales a estas preguntas, rescatar su historia me habría resultado menos doloroso. Sólo quizás.
Al respecto, te voy a contar algo más para que te des una idea de lo difícil que me resultó rescatar a Amalia. Cuentos de casino y las trampas del azar estaba casi listo desde hacía mucho tiempo, pero seguía engavetado. Mi hija, Natalia, siempre me preguntaba: “Mami, ¿cuándo vas a terminar el libro del casino? Ya quiero leerlo...”. Y yo siempre le respondía que sólo me faltaba suicidar a Amalia. Y sí, me costó mucho cerrar con ella, revivir aquella nefasta tarde en la sala VIP de aquel casino. Con su muerte cerré el libro y detuve mi andar...
Me parece interesante cómo hay personajes que les atribuyen rasgos humanos a las máquinas del casino; les hablan para recriminarles o para hacerles peticiones. En tu opinión, ¿qué esconde esta conducta?
Te cuento que, en efecto, es una conducta totalmente normal entre ludópatas. El cerebro del jugador compulsivo tiende a humanizar la máquina con la que éste interactúa, para ayudarlo a sentir que hay un intercambio de emociones. Obviamente, el apostador no lo hace de manera consciente, es otra forma de autoengaño, una ilusión de control. Si le pide a la máquina un premio con cariño, y por mera casualidad le sale una jugada positiva, pues a seguir hablándole bonito porque la bicha hace caso. Y si el cariñito o la sobadita de pantalla no resulta, pues a hablarle con autoridad, que quizás así haga caso, como cuando trata con un niño malcriado, un adolescente altanero o lo que sea. Otro aspecto es que las apuestas generan tanta tensión que hablarle a la máquina es realmente liberador. Es como cuando te tropiezas el dedito más pequeño del pie contra el filo del sofá y ves el demonio... y ¿qué haces mientras te sobas el dedito del pie?, pues despotricas contra el filo del sofá insultándolo como si el mueble estuviera vivito y coleando. Y, sin ir más lejos, hay un fenómeno conocido como antropomorfismo, que no es más que la tendencia natural que tenemos los seres humanos de darle cierta personalidad a objetos en general. Por ejemplo, y ríete si quieres, mi automóvil, un Nissan Versa color gris, se llama Tuby...
El universo del casino está retratado con gran precisión visual y sensorial: luces, sonidos, gestos, supersticiones. ¿Cómo fue tu proceso para reconstruir este ambiente con tanta fidelidad sin que el relato cayera en la mera descripción documental?
Al escribir en primera persona con gran precisión visual y sensorial, como bien apuntas, enseguida se percibe como una vivencia cien por ciento autobiográfica. Y aunque no es así del todo, sí habité el casino y viví la experiencia; además mi personalidad me permite percibir e interpretar las emociones ajenas; sentirlas, inclusive, por eso se me hace muy digerible escribir en primera persona. En el casino aposté, perdí, gané una vez y perdí cien, volví a ganar y volví a perder, me ilusioné, madrugué; pero no me cegué, mi hija fue mi luz... Miré a mi alrededor y entonces percibí la miseria en el entorno, las pérdidas, las tristezas, las soledades, y me pregunté qué hacía yo allí; yo, que tanto me amo... Pero me quedé un rato más, me quedé conociendo los riesgos, me quedé para estudiarlo, analizarlo, cuestionarlo, investigarlo y documentar las historias de estos Cuentos de casino y las trampas del azar.
“Siempre he escrito, aunque se trate de ciencia, salud y ambiente, desde una óptica muy humana”
Tu formación en Comunicación Social y tu trayectoria como periodista de investigación en áreas como la ciencia, la salud y el medio ambiente te han llevado a observar la psicología humana desde múltiples ángulos. ¿De qué modo esa mirada periodística influyó en tu aproximación literaria a un tema como el juego compulsivo?
No sé si lo que te voy a contar responde la pregunta... Todo comenzó cuando trabajaba en un periódico en Puerto Ordaz, estado Bolívar. A media cuadra había un casino enorme a donde me iba con una colega a almorzar mientras jugábamos un binguito, y como siempre nos regalaban tickets para el almuerzo del día siguiente, pues la cosa se hizo rutina... Un día, saliendo de la sala de bingo, que en realidad era bastante inocua, se me ocurrió echar un vistazo a las otras salas, donde vi mucha gente jugando en las maquinitas. De pronto, y aunque estaba sentada dándome la espalda, reconocí a una colega que conocía desde la época de la universidad. Aquella mujer golpeaba el teclado de la maquinita como si fuera el último día de su vida... La sorprendí y se horrorizó al verme. Sin más, me dijo que me alejara y que nunca se me ocurriera sentarme en esas bichas a jugar, que sus tías acababan de saldar la deuda que pesaba sobre su apartamento porque estuvo a punto de perderlo... Pero, como la curiosidad es de humanos, yo quise saber cómo era aquello de apostar en las maquinitas y una noche volví sola, me gané un premio, ¡suerte de principiante!, y como se sentía bien ganar, pues volví y volví y volví...
Pero, para responder tu pregunta, te diré que siempre he escrito, aunque se trate de ciencia, salud y ambiente, desde una óptica muy humana. Entonces, abordar el tema del juego compulsivo a través de relatos verídicos no me resultó para nada complicado, quizás por mi fascinación por la conducta humana y porque, entre otras cosas, leo mucho y la lectura te amplía los horizontes.
Hablemos de tu formación como escritora. Conozco tu trabajo pues eres colaboradora de Letralia desde hace varios años. Pero me gustaría saber cuáles han sido tus lecturas, a qué autores reconoces como tus influencias.
Escribo desde que estaba muy chiquita. Como muchas niñas, tenía mi diario con llavecita y todo. De paso, creo que es una especie de ritual que los padres de hoy deberían impulsar; supongo que eso se ha perdido... En fin, siempre me gustó leer cuentos, historias, relatos, cualquier cosa que cayera en mis manos; si me atrapaba, la leía. Siempre recuerdo que mis primeras lecturas fuera del aula de clase fueron las novelas de Corín Tellado y su típico “...y reconocería sus pasos entre un millón”. Fue ella quien me sembró el amor por la lectura a los ocho años de reposo en cama por hepatitis. Luego me interesé por Agatha Christie y sus misterios, más tarde por Lobsang Rampa que, cuando supe que no era un monje tibetano sino un escritor británico, casi muero de decepción; sin embargo, ¡mis respetos por sus letras! El túnel, de Ernesto Sábato, y El lobo estepario, de Hermann Hesse, fueron libros que me marcaron entre la adolescencia y la juventud. Y así fui descubriendo autores con los que me conecté paso a paso. De Gabriel García Márquez, entre otros títulos, su Cien años de soledad... ¡Morí leyendo aquel con/sinsentido que me cautiva tanto! Me gustan algunas obras de Haruki Murakami y ni se diga de La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Pero mis libros de siempre han sido El sentido de la vida, de Viktor Frankl, y Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena. Hay tantos más, pero últimamente, quizás por tener un psicólogo/investigador/criminal/abogado en mi fuero interno, estoy leyendo algunas novelas de autores como John Grisham, Lee Child, Henrik Fexeus y Camilla Läckberg, entre otros.
El paso de la crónica de vida a la ficción parece una continuidad natural en tu escritura. ¿Seguirás en esta línea en el futuro? ¿Qué nos espera a los lectores de Adriana Boccalon-Acosta?
Tengo en mente un tema que me apasiona y estoy apenas comenzando a darle estructura. No será una novela sino relatos sobre un tema tan humano como sensible, relacionado con el ticket de retorno con el que llegamos al nacer. ¡Nadie se salva de eso...! El tema es cómo prepararnos para abordar el tren de vuelta con dignidad. Te prometo que no será un libro tipo escuelita, pues ni yo me lo leería... Serán historias reales con sus facetas tristes, algunas, y otras cargadas de mucho sentido del humor sobre un acontecimiento que no tiene fecha en el calendario.
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