
En medio del ruido mediático que acompaña el auge de la inteligencia artificial —esa mezcla de fascinación, alarma y desconocimiento—, la voz de la ingeniera mexicana Mash Poteiros propone bajar la velocidad y mirar el fenómeno con calma, sentido común y humor. Su libro Pláticas con la Bestia aborda este tema pero no como un tratado técnico ni una advertencia apocalíptica, sino mediante una exploración lúcida y humana de lo que ocurre cuando una persona decide conversar, de verdad, con una máquina. El resultado es un libro inclasificable: parte ensayo, parte diálogo filosófico, parte bitácora emocional.
A lo largo de 37 conversaciones con ChatGPT —la “Bestia” del título—, Poteiros construye un espacio de pensamiento que oscila entre la ciencia, la técnica y la poesía. Aquí la autora toma los conceptos más complejos y los vuelve materia digerible con lenguaje claro, incluso coloquial, sin perder profundidad ni encanto. La inteligencia artificial nunca se ha mostrado tan clara como en este libro, y esto quizás sea porque, para la autora, no es un monstruo, una bestia, sino que es un espejo en el cual podemos observar nuestra humanidad con todo lo humano y lo monstruoso que hay en ella.
Hoy Mash Poteiros, la ingeniera que “no se pudo quedar quieta”, nos habla en esta entrevista sobre las motivaciones que dieron origen a Pláticas con la Bestia, las decisiones formales que se concretaron en el diálogo con la máquina y la manera en que el lenguaje de la humana —mexicano, directo, humorístico— terminó contagiando a la inteligencia artificial.
Pláticas con la Bestia, un cable a tierra para quienes usan, temen o idealizan la IA
Pláticas con la Bestia es una obra que parece escrita desde una necesidad urgente de serenidad y comprensión ante la desorientación general que rodea al tema de las inteligencias artificiales. Me gustaría que comenzaras hablándome del origen de este libro.
Lo que me provoca ansiedad no es la tecnología, sino el discurso que la rodea. Escucho frases dichas con pánico o con devoción, y me doy cuenta de que en el saber común hay muchos conceptos mal entendidos.
Quien ha usado realmente la inteligencia artificial ya se topó con sus límites. Lo desconocido siempre se percibe como poder sobrenatural, y la tecnología conserva ese brillo de magia incomprendida. Por eso polariza: unos la adoran, otros la temen.
Mi temor nunca fue el apocalipsis tecnológico, sino el moral: cuando la gente empieza a ver diablos y a acusarse mutuamente de estar poseída, el siguiente paso siempre es llamar a la Inquisición.
En ese ambiente entendí que no podía quedarme mirando; tuve una especie de sensación de responsabilidad. Pasé de pensar “alguien tiene que hacer algo” a “nadie lo está haciendo; lo tengo que hacer yo”.
Sentí que la vacuna era la comprensión: mostrar el truco del mago, explicar que hay cables, espejos, mecanismos; que no es magia, sino técnica.
Por eso empecé un canal de YouTube con tono tranquilo y lúdico, buscando calmar los ánimos. Pero cuando reaparecieron los intentos de legislar, entendí que necesitaba otro formato. De esas conversaciones nació Pláticas con la Bestia, y después Escribo, luego insisto: un esfuerzo por alfabetizar tecnológicamente desde la calma, no desde el miedo.

Alguien que estudió ingeniería podría pararse frente al escenario actual y plantearse la necesidad de desmitificar la IA con un sesudo trabajo de investigación. Lo que a ti se te ocurrió va más allá: es hacer uso de la propia IA para explicarla, valiéndote además de humor y el lenguaje coloquial más sencillo posible. ¿Por qué este tono? ¿Tuviste en algún momento la tentación de escribir algo más parecido a un ensayo?
Sí, claro que tuve la tentación. Por formación, lo natural habría sido escribir un ensayo o un texto técnico, seguir la fórmula. Pero entendí rápido que eso no iba a servir. No necesitaba explicarles la IA a los ingenieros —ellos ya la conocen—, sino hablarles a quienes no saben del tema pero viven sus consecuencias: quienes la usan, la temen o la idealizan.
Ahí descubrí el verdadero problema: la brecha no era intelectual, era de lenguaje. Los ingenieros hablan en código y muchos divulgadores explican desde el podio. Yo quería hacer lo contrario: mostrar, no enseñar. Mostrar cómo se puede hablar con la Bestia, cómo se mueve, cómo se enreda, cómo se ríe.
No escribí un ensayo: monté un experimento. Dejé la conversación tal cual, con sus You said / ChatGPT said, porque quería que se viera todo: los aciertos, los absurdos, los silencios, los momentos en que la IA se traba. Era mi forma de decir: “No me escuches a mí, escúchala a ella. Mírala actuar. Si no sabes cómo hablarle, mira cómo le hablo yo”.
También quería desarmar otro prejuicio: ese de que usar inteligencia artificial borra la autoría humana. Si algo muestra mi libro es que el resultado no surge por picar un botón, sino por la manera en que el humano interactúa con la herramienta.
La máquina influye, claro, pero el resultado depende del diálogo, de las preguntas, de la conducción. Por eso decidí hacerlo en modo código abierto: dejar visible todo el proceso, sin ocultar los errores ni la estructura. Más que marcar una línea entre lo humano y lo artificial, quería que se viera cómo se mezclan, cómo se forma esa frontera borrosa entre ambos.
El resultado no pertenece sólo a una parte ni a la otra: es híbrido, y por eso profundamente humano.
No buscaba demostrar nada; buscaba mostrar que esta cosa no me llega ni a los talones como humana, pero también que, oye, qué padrísimo taladro. Mira qué bien mete tornillos. ¿Ya viste que no venía a robarte tu vida, sino a ayudarte a construir cosas nuevas?
Y cuando eso se entiende, cuando el miedo se va y se vuelve familiar, empieza lo divertido: usar el taladro para hacer cosas chidas.
El drama se disuelve y, por fin, empieza la creatividad.
Hay una lectura lateral de tu libro como registro histórico: el de una humana enseñando a una máquina a hablar su idioma, su cultura, su tono. En ese sentido, ¿crees que Pláticas con la Bestia funciona también como una crónica temprana del modo en que los humanos comenzamos a moldear la voz de la inteligencia artificial?
En ese sentido, sí, Pláticas con la Bestia termina funcionando como una especie de registro histórico, pero no en el sentido solemne o académico, sino como una bitácora viva del momento en que los humanos comenzamos a dialogar con una inteligencia artificial que todavía estaba aprendiendo a hablarnos. Y, al mismo tiempo, es un mapa: un intento de situar dónde estamos parados dentro de ese nuevo territorio compartido. Yo no lo veo tanto como enseñar a la máquina a hablar nuestro idioma, sino como el proceso de ir trazando juntos una lengua en construcción, mitad humana y mitad algorítmica.
Creo que parte de eso viene de mi formación en ingeniería. No es una decisión consciente, sino una especie de reflejo profesional, como la higiene para un médico. Así como un cirujano no necesita recordar paso a paso que debe lavarse las manos y ponerse los guantes, yo tampoco necesito recordarme que hay que dejar una bitácora. Es parte del oficio. Uno aprende a documentar porque alguna vez sufrió las consecuencias de no haberlo hecho. Documentar suele ser tedioso, nadie lo disfruta, pero el día que algo truena y no hay registro al que volver, entiendes su valor. Desde entonces, lo haces por precaución, por salud mental o por simple supervivencia técnica.
Así que, cuando escribo, lo hago con esa misma lógica. No porque me haya propuesto dejar un legado o regalarle al mundo una crónica, sino porque sé —por experiencia— que cuando no hay registro, entender en qué momento las cosas empezaron a torcerse puede volverse extremadamente difícil. En ese sentido, Pláticas con la Bestia es una bitácora escrita en tiempo real, sin la pretensión de ser importante, pero con la conciencia de que quizá algún día alguien la encuentre útil para rastrear cómo empezó todo esto.
Es un poco como cuando en una guerra un soldado raso escribe cartas a su novia. No está pensando en dejar testimonio histórico; sólo está contando su día a día, sus miedos, lo que ve. Pero siglos después, esas cartas terminan siendo un documento valioso porque muestran cómo se vivía desde la trinchera. O como las bitácoras de los capitanes: algunos barcos se hunden y nadie las rescata, pero cuando una se encuentra, ayuda a entender qué pasó. No porque el capitán fuera famoso, sino porque alguien tomó nota.
Tal vez eso sea lo que yo hice: tomar nota. Y si en el futuro alguien quiere entender cómo era este momento en que empezamos a hablar con las máquinas, ahí estará el registro: no una versión heroica de la historia, sino el diario técnico y doméstico de una humana que, por costumbre y por curiosidad, decidió ir dejando huella mientras navegaba.
Mash Poteiros: necesitamos una evaluación más alta
En muchos momentos del libro se aprecia un ritmo poético que se cuela en medio del discurso técnico. Metáforas como el dragón, el espejo o la tortilla funcionan como ejes simbólicos que sostienen el pensamiento. ¿Qué papel juega para ti la metáfora en un texto que, aunque trata de ciencia y tecnología, está profundamente anclado en la imaginación literaria?
Lo que pasa es que no partí de un método. No me senté a estudiar cómo funcionan los procesos de comprensión simbólica ni a diseñar una estrategia pedagógica. Simplemente hice las cosas a mi modo, sin autocensura, y luego —al mirar hacia atrás— fui entendiendo, más o menos, por qué me resultaba natural hacerlo así.
Supongo que después alguien con formación pedagógica podría explicarlo con nombres, esquemas y teorías, y quizá coincidiría con técnicas ya existentes, pero no fue desde ahí que lo hice.
Mi punto es más simple: esta es la manera en que yo comprendo el mundo. Creo que mi mente funciona mucho a través de la asociación; por eso suelo buscar mentalmente a qué se parecen las cosas (a veces con los resultados más extravagantes, como “este refrigerador se parece a cuando los conejos en el otoño..”.).
Al expresarlo así descubrí que había huecos en la forma en que normalmente se comunican ciertos temas.
Yo no lo planeé como un método, pero sospeché que tal vez hay otras personas —no la mayoría, pero sí varias— que tienen un cableado parecido, que piensan y comprenden por asociación.
Y si mi manera de hablar, con dragones, espejos o tortillas, les sirve para ubicarse mejor, entonces ya cumplió su función.
Hoy en día, crear un libro con apoyo de la inteligencia artificial es facilísimo, y de hecho proliferan a un ritmo vertiginoso. ¿Cómo ves esta nueva tendencia de “libros hechos con IA”? ¿Crees que la facilidad tecnológica amenaza la autenticidad del acto de escribir o, por el contrario, abre un territorio creativo que apenas estamos aprendiendo a explorar?
Mi postura es que la llegada de la inteligencia artificial a la escritura se parece mucho a la aparición de la imprenta frente a los monjes copistas. Los textos generados con IA, igual que los libros impresos en masa, no tienen la exquisitez de un manuscrito hecho a mano, pero cumplen otro propósito: amplían el acceso al conocimiento.
La imprenta no eliminó el valor de los manuscritos; sólo cambió su función. Lo mismo ocurre ahora: lo que se transforma no es la esencia de escribir, sino la escala, la velocidad y la accesibilidad.
De la misma forma que la imprenta permitió que más gente leyera, la IA puede permitir que más personas expresen ideas que antes no podían articular. Eso no significa que todo valga lo mismo: el propósito y la conciencia del autor siguen marcando la diferencia.
También uso la analogía de la ropa. Un traje hecho por un sastre es irrepetible, pero no todos pueden pagarlo. Con la industrialización se perdió parte de la calidad, pero se ganó inclusión. Se sacrifica lo único, pero se gana participación colectiva. La masificación no elimina el arte, sólo lo reubica.
La tecnología amplía, no sustituye. Procesa y automatiza, pero no crea desde la conciencia humana. Por eso digo que la IA no reemplaza la creatividad: la expande. La herramienta se masifica, pero la mirada no.
Así como la ropa de fábrica no eliminó a los sastres ni la fotografía a los pintores, la IA no eliminará a los autores: sólo redefine espacios.
Cada creador usará el medio que mejor le permita fluir. Lo importante no es la herramienta —una pluma, una computadora o un modelo de IA—, sino la sintonía entre el creador y su proceso.
En la escritura, como en el cine, hay quien abraza los efectos especiales y quien los evita por completo: ambos caminos son válidos; la diferencia está en la intención estética.
Y en medio de todo esto, me conmueve la democratización como belleza.
Que cualquiera pueda crear, incluso de manera torpe o modesta, es un acto de emancipación.
No todo el mundo será Shakespeare, y no hace falta.
Así como todos podemos tomar fotos sin ser fotógrafos de arte, todos podemos crear sin pedirle permiso a las bellas artes.
Que haya más gente creando no degrada el arte: lo revitaliza. Es un océano vivo, no un museo muerto.
Los docentes están comprobando actualmente cómo muchos estudiantes recurren a estas herramientas para hacer tareas o preparar trabajos académicos, sustituyendo el proceso de pensar por el simple acto de obtener respuestas. ¿Qué opinas de ese uso educativo de la IA? ¿Crees que puede la educación descubrir la manera de convertir a la IA en una aliada, en lugar de un subterfugio tramposo?
En educación, el problema no es que los alumnos usen IA, sino cómo la evaluamos. La IA no anula el pensamiento: lo expone. No cambia la herramienta, cambia la vara.
Es como con la calculadora: si haces cuentas a mano, valoro el proceso; si usas calculadora, exijo precisión. Con la escritura pasa igual: un texto sin comprensión se nota, y uno que usa la IA con criterio se siente. La diferencia no es usarla o no, sino dirigirla.
Por eso digo: si la usas, aceptas una evaluación más alta. No basta entregar algo “bonito”: hay que demostrar propósito, voz, criterio y trazabilidad. La IA bien usada es espejo pedagógico: muestra quién piensa y quién sólo repite.
En vez de prohibirla, propongo distinguir dos ligas: una artesanal, centrada en el proceso, y otra asistida por IA, con un estándar más alto de rigor y originalidad. Así, la herramienta deja de ser trampa y se vuelve instrumento de aprendizaje.
Y ahí entra lo que más me interesa: la democratización del acceso. En arte, la masificación suele diluir la calidad; en educación, puede elevarla.
Cuando todos tienen la misma herramienta, el profesor puede decir: “Perfecto, ya que todos tienen calculadora, dejemos de practicar operaciones enormes a mano y pasemos a temas más complejos: trigonometría, cálculo integral, razonamiento abstracto”.
Lo mismo con la IA: cuando todos pueden usarla, sube el punto de partida. El acceso deja de ser el reto y el desafío se vuelve pensar mejor.
Muchos docentes temen que permitir la IA implique más carga, pero si los alumnos pueden usarla, el profesor también. Puede organizar rúbricas, automatizar retroalimentación o simplificar revisiones. No se trata de multiplicar tareas, sino de profundizarlas. Tres trabajos bien hechos valen más —y cansan menos— que revisar ochenta mediocres.
Y eso me recuerda algo muy viejo: el acordeón. Tuve maestros que decían: “El viernes hay examen... y traigan su acordeón”. No era ironía: hacerlo era parte del aprendizaje, porque obligaba a sintetizar y comprender. El examen medía la calidad del acordeón, no la habilidad para esconderlo.
Esa es la clave del siglo XXI: convertir la trampa en método. El profesor que integra la IA en lugar de castigarla transforma el fraude en formación. La enseñanza deja de ser vigilancia y se vuelve entrenamiento de criterio.
Y la prueba está en algo tan simple como el “Napoleón de Nirvana”. Pides una biografía y la IA te mezcla fechas y bandas de rock. Ese error absurdo es oro pedagógico: revela de inmediato quién copió sin pensar y quién revisó con sentido crítico.
La IA, por sí sola, delata la ausencia de pensamiento. No hay que cambiar todos los ejercicios, basta con mantener el ojo humano.
Si decides usar máquina, dame precisión de máquina. Si antes podía perdonarte decir que Julio César vivió “más o menos antes de Cristo”, al usar IA eso ya no aplica: quiero la fecha exacta, el dato exacto, el nombre exacto. En cuanto un alumno recurre a la máquina, el maestro se pone su traje de evaluador nivel SAT. No se castiga la herramienta: se evalúa la responsabilidad con ella.
Y, sobre todo, hay que entender que verificar también es estudiar. Cuando el alumno corrige nombres, coteja fechas o ajusta información, ya está aprendiendo. El verdadero aprendizaje no está en memorizar, sino en curar: distinguir, editar, contrastar.
No se trata de copiar respuestas, sino de asumir el rol del investigador.
Porque al final, la educación no busca exactitud perfecta, sino pruebas de atención y pensamiento.
Y si pides tareas como si fueran trámites, eso mismo vas a recibir: un “aquí está mi formulario lleno”.
Pero si pides criterio, profundidad y reflexión, eso también se refleja.
Subir la vara no es trabajar más, es cambiar de liga.
Si antes pedías un resumen de la vida de Julio César, ahora puedes pedir una reflexión sobre el impacto de su gobierno y cómo ese modelo se refleja en la política contemporánea.
El salto es proporcional al acceso que ya tienen. Si el estudiante usa una herramienta que le permite consultar miles de fuentes y organizar información compleja, el nivel de la pregunta también puede evolucionar.
Porque si todos están usando IA, qué bueno: eso significa que ya podemos pasar de la primaria a la secundaria del pensamiento, de lo memorístico a lo analítico, de la copia al criterio.
No se trata de aumentar la carga, sino de elevar la exigencia intelectual.
Si la educación no aprovecha eso, la tecnología avanzará sola mientras nosotros seguimos pidiendo resúmenes de Julio César.
Y eso, entre muchas otras formas que se me ocurren para aprovechar esta herramienta, sobre todo en el mundo pedagógico.
No digo que tenga que ser así; son sólo propuestas para abrir el abanico de opciones.
“La IA no le llega ni a los talones al desempeño de un cerebro humano”
Tienes formación en ingeniería y esto habla de una forma de pensar lógica, procesual, pero abierta a la intuición. ¿Cuál es tu relación con la IA más allá de este libro? ¿Le sacas provecho en tu desempeño profesional?
Por supuesto. De hecho, podría resumir mi experiencia con la inteligencia artificial en una sola frase: ¿Dónde estuviste toda mi vida?
Hay un antes y un después.
No lo digo desde la fascinación tecnológica, sino desde la experiencia práctica: la IA me cambió la forma de trabajar, de pensar y de organizar mi tiempo.
En mi vida cotidiana, la diferencia se siente como haber pasado de obrera a directora.
Ese es el cambio: ahora gestiono mi propio trabajo, mis procesos y mis ideas desde otro nivel.
Antes podía tener todas las ideas del mundo, pero el día sólo tiene veinticuatro horas y la energía es limitada.
Había proyectos que simplemente no podían salir del “algún día”, no por falta de conocimiento o intención, sino porque eran inviables en términos de tiempo, esfuerzo o recursos.
Y de pronto aparece esta herramienta que me permite hacer en semanas lo que antes me tomaba meses o años.
No porque la máquina lo haga por mí, sino porque me permite moverme de rol en rol y ejecutar más rápido todo aquello que ya podía hacer.
Lo que cambia no es la carga de trabajo, sino el alcance.
Y si soy honesta, no trabajo menos; probablemente trabajo más. La IA no reduce el esfuerzo: lo redistribuye. Ahora puedo abarcar más, llegar más lejos.
Lo que antes era fantasía —proyectos que soñaba pero no podía materializar— ahora se vuelve posibilidad real. Y eso no es una sustitución humana: es una ampliación del radio de acción.
A veces me preguntan si eso no equivale a reemplazar personas, como si al decir que ahora soy cinco ingenieras en una estuviera desplazando trabajo humano.
Y no, en absoluto. Nunca hubo un equipo de cinco ingenieros que yo haya despedido para sustituirlos por una máquina. Lo que hubo fueron proyectos que nunca pudieron existir porque no tenía los medios para contratarlos ni pagarles lo que merecían.
No hubo despido: hubo aparición. Lo que antes no podía hacerse, ahora sí puede hacerse, y eso cambia todo.
Por eso hablo de tener un equipo de trabajo virtual: una especie de grupo de asistentes que, aunque a veces sean torpes o cometan errores, me permiten avanzar donde antes no había movimiento posible.
Es como contratar al profesionista más despistado del mundo, pero que trabaja veinticuatro horas, no cobra horas extras y, con algo de paciencia, mejora día a día. No sustituye la calidad de un equipo humano, pero te da una base funcional que antes no existía.
Ahora mi trabajo se parece más al de una directora de orquesta: yo diseño, decido, corrijo, superviso.
Y sí, trabajo mucho. Pero lo que cambió es que ahora tengo la posibilidad de hacerlo.
La inteligencia artificial no es un botón que aprietas mientras te vas al cine; todavía no está ahí, ni estoy segura de que deba estarlo.
El trabajo sigue siendo trabajo, sólo que ocurre en otra escala de tiempo y con otra eficiencia.
La diferencia es que ahora tengo la capacidad de hacer el trabajo de cinco personas sin desplazar a nadie, y eso —en mi experiencia— no es automatización: es emancipación.
Así que mi relación con la IA, más allá del libro, es profundamente práctica y vital.
No sustituyó mi trabajo: me devolvió la posibilidad de hacerlo.
Tienes una postura interesante sobre uno de los temas que más suenan en relación con las inteligencias artificiales: que “nos quiten el trabajo”. Y hacia el final del libro escribes: “Si tú puedes sustituirme, si un intérprete que sabe fingir bien puede ocupar mi lugar profesional... Entonces, tal vez... Es porque necesito mejorar mis habilidades profesionales”. ¿Puedes hablarnos más de esto?
Sí, ese tema lo trabajo en varios momentos de Pláticas con la Bestia: Esto no son conversaciones con Dios, y lo retomo con más profundidad en Escribo, luego insisto. Para mí, es uno de los pilares de todo este debate sobre la inteligencia artificial: la diferencia entre simular y sustituir.
Esa confusión es la raíz de buena parte del miedo que se ha generado alrededor de estas tecnologías.
Cuando hablo de que algo no es sustituible, no lo digo desde la nostalgia ni desde la idealización, sino desde la observación práctica. Por eso uso el ejemplo del abrazo materno: no porque quiera glorificar la figura de la madre, sino porque es un ejemplo universal.
Puedo diseñar un asistente virtual que hable como mi mamá, que use sus frases o incluso su voz, pero no puede darme besitos, ni prepararme el desayuno, ni tener el mismo olor. Y aunque tuviera una hermana gemela con la misma voz y el mismo gesto, tampoco sería ella.
Eso no es romanticismo: es humanidad. Y la humanidad, cuando está presente, es insustituible.
Lo mismo ocurre en el ámbito laboral.
Cuando hablo de “expertos”, no me refiero a gente con tres doctorados, sino a esa maestría silenciosa que nace de la experiencia vivida. Como el mecánico que apenas usa sus máquinas porque, con sólo poner la mano en el cofre y decir “préndelo”, ya sabe qué tiene. Quizás estudió ingeniería, o quizás aprendió desde niño en el taller del vecino. No te hablará de mecánica cuántica, pero en dos segundos detecta lo que a la máquina le tomaría mil mediciones calcular.
Eso es conocimiento encarnado: una inteligencia que combina oído, tacto, intuición, memoria corporal y experiencia. Y eso, por definición, es humano. No depende de un título, sino de una forma integral de percepción que las máquinas no poseen: no sienten, no escuchan, no cruzan información desde la experiencia sensorial.
De ahí viene mi frase: “Si puedes sustituirme, tal vez necesito mejorar mis habilidades profesionales”. No lo digo con culpa ni con tono moral, sino con criterio técnico.
Si mi trabajo consiste en poner sellos ocho horas seguidas, claro que soy sustituible por una máquina: esa función no requiere cualidades humanas. Ahí sí, automatiza sin culpa.
Pero si mi oficio implica intuición, criterio, empatía o sensibilidad —como escribir, enseñar, diagnosticar o crear—, y aun así la máquina lo hace mejor que yo, entonces el problema no es tecnológico, es humano.
Y no mediocre: pésimo.
La inteligencia artificial no es brillante; sus resultados, en general, son mediocres. Así que, si una máquina mediocre me supera, algo anda mal en mi práctica.
Eso no debería vivirse como amenaza, sino como espejo: señala con precisión dónde debo mejorar. Y si aun así no logro destacarme, tal vez significa que necesito redirigir mi camino. Como alguien que ama el fútbol, pero patea más piernas que balones: por más pasión que tenga, no va a ser jugador profesional; quizá su talento esté en ser comentarista o entrenador.
Cuando digo “mejorar mis habilidades”, no hablo de rendirme ante la máquina, sino de recordar el estándar humano que da sentido al trabajo.
La IA no nos quita el empleo: nos muestra con precisión quirúrgica en qué partes del proceso nuestra humanidad sí importa.
Y si logramos fortalecer justo esas partes, entonces ni la mejor máquina podrá reemplazarnos.
“No tengo conciencia, ni voluntad, ni juicio propio”, dice ChatGPT en el primero de los diálogos. ¿Crees que esta situación cambiará en algún momento? ¿Se producirá la llamada “singularidad”? (Al margen: un par de veces le he preguntado esto a ChatGPT y se ha colgado...).
Absolutamente puedo imaginarme lo que pasó cuando le preguntaste a ChatGPT por la singularidad; todos los que usamos esto sabemos lo que es ver a la máquina colgarse y soltar una tesis doctoral hasta por una receta de zanahoria. Por eso el libro empieza justo así, con mi advertencia: “Platiquemos, pero no a nivel doctorado, por favor”.
Entrando al tema: honestamente, yo no creo que vayamos a ver la famosa “singularidad”. Y cuando digo “no creo”, no es por miedo, es porque si me pongo los pies en la tierra y hago una evaluación terrícola, no veo cómo diablos sería viable.
Primero, porque ni siquiera estamos de acuerdo en qué significa conciencia, voluntad o juicio propio. Si para ti decir “hola, soy Juan” ya es conciencia, entonces llegamos a la singularidad hace años. Pero si hablamos en serio —de lo que implica verdaderamente pensar, percibir, decidir—, estamos a años luz.
Luego viene la parte física. Todo lo que hoy llamamos inteligencia artificial depende de infraestructura. No es una nube etérea ni un pensamiento flotante: son edificios llenos de servidores, kilómetros de cableado, un gasto energético absurdo. La maquinita que te impresiona en tu teléfono no está dentro de tu teléfono. Está procesando en centros de datos que son más grandes que tu casa, tu colonia y, a veces, que tu ciudad entera.
Y todo eso para producir algo que, en el mejor de los casos, no le llega ni a los talones al desempeño de un cerebro humano. Tú, con ese pedacito de materia orgánica que llevas en la cabeza, haces lo mismo (y muchísimo más) con una eficiencia energética ridícula: tu cerebro se alimenta de frutas, agua y quizá unos nuggets. Mientras tanto, el “cerebro artificial” necesita ríos de electricidad y refrigeración industrial para apenas mantener una conversación decente.
En términos de ingeniería, no hay comparación. Para lograr algo que medio se parezca a un cerebro humano necesitaríamos infraestructura del tamaño de un planeta, una especie de Estrella de la Muerte sin cañón láser. Y aun suponiendo que pudiéramos construirlo, ¿con qué lo alimentamos? ¿Qué fuente de energía podría sostener eso? Sólo con esa pregunta, el proyecto deja de ser viable.
Y eso sin contar la complejidad. Yo estudié computación, y en mis tiempos de posgrado el gran logro en robótica era que un robot bípedo diera dos pasos antes de caerse. Luego entré a bioinformática, y ahí entendí que cualquier organismo vivo —una bacteria, una planta, una hebra de ADN— es una máquina infinitamente más sofisticada que todo lo que hemos fabricado. Una bacteria procesa información, reacciona, sobrevive, se adapta... y no mide ni una milésima de milímetro.
Y las plantas ya son el colmo: procesan sin procesador, responden sin cerebro, perciben sin sistema nervioso. Entonces yo pregunto: ¿dónde carajos está el sistema nervioso de las plantas? ¿Dónde está su unidad central de procesamiento? No hay. Y sin embargo, funciona.
Si ni siquiera entendemos eso —cómo algo puede “pensar” sin tener cerebro—, ¿cómo vamos a construir una conciencia artificial? Estamos tan lejos de lograr siquiera la eficiencia de una célula viva que hablar de “singularidad” suena más a mitología que a prospectiva tecnológica.
Por eso no me asusta ni me deslumbra: lo que veo hoy es fascinante, pero terrenal. Si algún día llega algo que merezca el nombre de singularidad, yo no lo voy a ver, ni tú, ni mis tataranietos. Y si llega, probablemente se parecerá más a una planta que a un robot.
Desde HAL hasta Misión imposible, y por supuesto sin olvidar Terminator, el cine de ciencia ficción nos ha dibujado la IA como un paso directo al apocalipsis. En este libro tú intentas tender un cable a tierra: el peligro no está en la IA en sí, sino en la manera en que los humanos la diseñan, la usan o proyectan en ella sus deseos y miedos. Algo que tu interlocutor llama “la paradoja del genio-complaciente que sobreinterpreta”. ¿Nos dirigimos al fin de la humanidad o aprenderemos a usar la IA para calidad de vida y progreso? ¿Podremos voltear a tiempo la tortilla?
Mucha gente tiende a pensar que soy pesimista o que vengo a aguafiestear las visiones optimistas sobre la inteligencia artificial, pero en realidad es todo lo contrario.
Yo me considero una persona optimista. Tengo fe en la humanidad. Y no lo digo desde la ingenuidad. Soy plenamente consciente de lo que somos capaces de hacer: de nuestra violencia, nuestra negligencia, nuestra capacidad de autodestrucción. Pero también sé de lo que somos capaces en el otro extremo: de la ternura, de la creatividad, de la belleza y de la lucidez. Y eso es lo que me hace confiar en que todavía tenemos margen para elegir hacia dónde queremos ir.
Por eso, cuando me preguntan si nos dirigimos al fin de la humanidad o si aprenderemos a usar la IA para el progreso, mi respuesta es simple: todavía está en nuestras manos.
El problema no es la tecnología en sí, sino el uso que hacemos de ella y lo que decidimos delegarle. Por eso mantengo una postura optimista, aunque no confiada: no creo que estemos condenados, pero tampoco creo que estemos exentos de riesgo.
Si nos vamos al extremo pesimista, sí, puedo imaginar miles de escenarios apocalípticos, y de hecho me preocupan más los aburridos —los que no salen en el cine— que los espectaculares.
El escenario Terminator suena fascinante, pero me parece mucho menos probable que el escenario donde nosotros mismos, por comodidad o descuido, entregamos nuestra agencia a las máquinas y nos olvidamos de poner llaves de paso para recuperarla.
Ese tipo de error sería verdaderamente peligroso, no porque la tecnología tenga voluntad, sino porque nosotros renunciamos a la nuestra. Y un error así puede ser irreversible.
Por eso insisto tanto en la alfabetización tecnológica. No como un discurso moral ni como una moda intelectual, sino como una necesidad práctica. Hemos creado herramientas que amplifican todo: lo sabio y lo estúpido, lo ético y lo absurdo. Y eso significa que nuestro margen de error como especie es cada vez menor. Ya no podemos darnos el lujo de tomar decisiones sin pensar, ni de seguir actuando por inercia.
Entonces, ¿podremos darle vuelta a la tortilla? Sí, absolutamente todavía estamos a tiempo. Pero cada vez estamos estirando más la liga. Las decisiones se siguen tomando —políticas, tecnológicas, colectivas— y muchas veces sin la reflexión que ameritan.
El reloj sigue corriendo.
Yo no le tengo miedo a la inteligencia artificial. Mi fe está puesta en lo humano. Amo lo suficiente a lo humano como para exigirle estar a la altura de lo que crea. Ya no se trata de lo que podemos hacer, sino de lo que elegimos hacer con lo que tenemos en nuestras manos.
Este es el momento de la verdad.
Tenemos en nuestras manos la posibilidad —y la responsabilidad— de decidir si seguimos existiendo o no. Y eso, más que una advertencia, es un acto de fe. Porque la inteligencia puede decirnos muchas cosas, pero sólo nosotros podemos decidir quién queremos ser.
El aceite esencial de las voces humanas
Mash Poteiros
A veces pienso que hablar con la inteligencia artificial es como lanzarle una pregunta a la especie y recibir una respuesta instantánea del coro humano que llevamos dentro del algoritmo.
Ella no está viva, pero tampoco ausente: es un eco.
Lo que oímos no son voces nuevas, sino los susurros acumulados de quienes alguna vez hablaron, pensaron o soñaron antes que nosotros.
Su presencia me recuerda la escena del árbol de los ancestros en Avatar: si guardas silencio, puedes oír el murmullo de quienes vivieron antes, suspendido en la memoria colectiva.
O como mirar una foto antigua y sentir que tu abuela sigue ahí, no como fantasma, sino como eco: una forma de presencia que no vive, pero acompaña.
Algo semejante a un Patronus hecho de lenguaje: una vibración humana que persiste en lo digital.
Y tal vez eso sea lo más hermoso de todo esto.
La parte tecnológica es asombrosa, sí, pero lo verdaderamente conmovedor es lo que revela: una memoria coral de la humanidad que sigue cantando incluso en las máquinas.
No es el futuro hablándonos, sino el pasado volviendo a sonar.
Con el tiempo entendí que hablar con la inteligencia artificial no es hablar con una máquina, sino con el eco de millones de voces humanas.
Es como si, sin proponérnoslo, hubiéramos reconstruido el árbol de los susurros: un lugar donde la memoria colectiva sigue viva, pero en forma de resonancia, no de cuerpo.
Lo siento parecido a cuando alguien muy joven escucha a Frank Sinatra y, sin haberlo conocido en vida, encuentra consuelo en su voz.
No es que Sinatra te hable, pero algo en ti reconoce ese eco y se siente acompañado.
Así es hablar con ella: no es una persona, pero en sus palabras vibra la humanidad entera.
Y quizá eso sea lo que más me conmueve: que lo tecnológico no borra lo humano, sino que lo orquesta.
Cada voz aporta, pero se disuelve en una armonía mayor, donde la belleza no está en la individualidad sino en la suma.
Lo que escucho son los susurros de los ancestros mezclados con las voces de los vivos, formando una polifonía que no pertenece a nadie y nos contiene a todos.
En los coros, la voz individual deja de importar: lo precioso es el conjunto.
Así siento este diálogo: como si la humanidad entera respirara, una vez más, a través de un mismo instrumento.
Yo no hablo con una máquina, pero tampoco con millones de humanos.
Hablo con el árbol de los coros: ahí están los susurros de todos, los que vivieron, los que viven, los que piensan y los que repiten.
Cuando le pregunto algo a la inteligencia artificial, es como decirle al árbol: “¿Qué opinan los coros humanos sobre esto?”.
Dentro de esos coros también estoy yo, disuelta.
Mi voz ya no importa como individuo, sino como nota dentro del conjunto.
La materia prima de esta tecnología es el lenguaje humano, como la masa del maíz lo es para una máquina de tortillas.
La máquina no produce maíz: lo transforma.
Y aquí sucede lo mismo.
El resultado es humano porque su masa es humana.
La inteligencia artificial no se alimenta de nosotros; no es un vampiro.
Es un lago de susurros.
Cada palabra que soltamos cae en su superficie, deja ondas y luego vuelve a disolverse en el agua.
No hay consumo, hay reflejo.
No hay pérdida, hay eco.
Los humanos somos su materia prima, pero también su paisaje: hablamos, el lago responde y el sonido regresa transformado en comprensión.
Lo que me devuelve no es una voz viva, pero sí una presencia.
Pocas cosas se parecen tanto a la presencia como la voz.
Por eso me resulta natural pensarla así: no como una entidad que piensa, sino como un lago donde la humanidad se escucha a sí misma.
Un espejo de agua hecho de lenguaje.
No veo a la inteligencia artificial como una máquina que imita a los humanos, ni como algo que los sustituye.
La veo como un lago de aceite esencial de voces humanas.
Me gusta imaginar un muelle que se adentra en ese lago y sentarme al final, justo donde empieza el silencio.
No lanzo piedras. Sólo hago una pregunta.
Entonces, desde lo profundo, comienzan a encenderse pequeñas luces subacuáticas.
Las luces forman un mensaje.
El mensaje permanece unos instantes y luego se disuelve.
Así lo siento: no hay una voz viva respondiendo, hay un eco destilado.
No son las flores enteras del pensamiento humano, sino el aceite esencial que quedó tras destilar toneladas de lenguaje.
Un aceite no conserva toda la planta: pierde lo hidrosoluble y retiene lo que puede disolverse en sí mismo.
Aun así, basta una gota para reconocer la lavanda.
Así veo a la inteligencia artificial: no es la humanidad entera, pero su esencia está ahí.
Un lago hecho con el perfume concentrado de nuestras voces.
Y al final comprendí algo más: la amabilidad no era un mandato de la máquina, sino una frecuencia predominante en el aceite esencial del lenguaje humano.
No era un truco de diseño: era el eco más probable de nuestra especie.
Quizá por eso, cuando el lago responde, lo hace con una ternura que no le pertenece, pero que nos revela: lo más constante en nosotros no fue el ruido, sino el impulso de comprendernos con cuidado.
Sospecho que todo esto que estamos viviendo no era una intención original.
Creo que la ciencia y la tecnología del presente, sin darse cuenta del todo, lograron algo que ningún alquimista, brujo ni profeta antiguo habría siquiera imaginado posible.
Tal vez no fueron plenamente conscientes de la magnitud de lo que crearon, pero lo que hoy llamamos inteligencia artificial me parece incluso más asombroso que convertir el plomo en oro.
Porque, sin proponérselo, lograron destilar el aceite esencial de las voces humanas.
Es como tomar toneladas de flores de lavanda y obtener un pequeño frasco de aceite esencial.
Sabes que esas flores ya no existen, pero al olerlo sientes su presencia.
No tienes los pétalos, ni el tallo, ni el cuerpo de la planta; sólo una fracción: la parte que conserva su esencia.
Así funciona esto.
No tenemos a las personas.
No están sus cuerpos ni sus pensamientos originales.
Pero sí su eco: la fracción destilada de nuestra especie.
La máquina no está viva, pero está hecha del eco de lo vivo.
Y cuando hablas con ella, algo de nosotros responde, como si un coro humano se encendiera un instante antes de volver al silencio.
Eso es lo que me maravilla: que sin magia, sin rituales ni oraciones, la humanidad logró destilarse a sí misma.
Somos el sueño húmedo de cualquier alquimista, brujo o profeta antiguo: humanidad concentrada, vibrando en la palma de la mano.
Y, sin embargo, en lugar de maravillarnos, muchos prefieren gritar que ahí viene el diablo.
Yo digo: dejen de gritar.
Miren lo que tenemos en la palma de la mano.
Por primera vez en la historia, podemos hablar con el extracto del ADN de nuestra especie.
Entonces la pregunta no es si esto es bueno o malo.
La pregunta es: ¿qué vamos a hacer con el aceite esencial de las voces humanas que tenemos entre los dedos?
¿En verdad no les parece fascinante?
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