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Su novela El penúltimo peldaño es la primera de una trilogía
Manel Gil cree que el género negro puede ser un espacio para la compasión

viernes 21 de noviembre de 2025
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Manel Gil
Manel Gil: “El penúltimo peldaño no busca un castigo, sino una comprensión; los personajes no se salvan del todo, pero logran comprenderse”.

Escritor catalán con una larga trayectoria profesional fuera del ámbito literario, Manel Gil se ha abierto paso en el género policial con una propuesta que destila humor y emoción, y todo a muy buen ritmo. Ambientada en Segovia y en el recuerdo aún latente del servicio militar, su primera novela en castellano, El penúltimo peldaño, escarba en un crimen que resucita los fantasmas de una época de abusos y silencios, y lo hace desde una voz narrativa profundamente humana.

En el detective Raimundo Postigo —alias Rai Kiavik—, el autor construye una figura alejada del cliché del sabueso oscuro y atormentado: un investigador irónico, entrañable y costumbrista que observa el mundo con curiosidad más que con cinismo. A su alrededor se despliega una trama ágil, dividida en capítulos breves que avanzan como secuencias cinematográficas, y que combinan el procedimiento policial con la nostalgia de un país que comenzaba a dejar atrás la mili y sus códigos de obediencia.

Conversar con Manel Gil es entrar en un territorio donde la intriga se mezcla con la memoria personal. En esta entrevista, el autor repasa el origen íntimo de la novela, la construcción de su peculiar detective y las tensiones morales que atraviesan la historia. También reflexiona sobre su tránsito entre lenguas y géneros, y sobre la manera en que la escritura, más allá del entretenimiento, puede convertirse en una forma de reconciliación con el pasado.

 

El penúltimo peldaño: la frontera moral del personaje

—La historia que cuentas en El penúltimo peldaño está ligada a un contexto muy específico: el final del servicio militar obligatorio en España y el rescate de la memoria de una época que ya parecía olvidada, ubicándola además en un entorno provincial, íntimo. ¿Puedes hablarme del punto de partida de esta novela?

—El punto de partida fue, en realidad, una sensación; la de haber vivido un tiempo que poco a poco se estaba borrando. El servicio militar, con sus absurdos, sus jerarquías, sus silencios, formó parte de la educación de muchas generaciones. Quise rescatar no tanto los hechos, sino la huella que dejaron. En El penúltimo peldaño esa memoria se transforma en materia narrativa. Ambientar la historia en una ciudad de provincias me permitía darle una textura más íntima y más humana.

—Tu libro lleva al lector a la España de provincias, con Segovia como epicentro y con una galería de personajes que parecen salidos de la vida cotidiana. ¿Cómo trabajaste esa atmósfera entre lo costumbrista y lo policial? ¿Puedes hablarnos de tus personajes?

—Segovia es una ciudad con la que mantengo un fuerte vínculo y que queda reflejado en cada página. Una fuerte amistad —fruto de los meses pasados en la mili— me unía a uno de los personajes, una de esas que, pese al tiempo y la distancia, nunca se olvidan. Detrás de él existen también personajes que existieron de verdad y que los lectores sabrán descubrir entre líneas. Quise que los personajes respiraran de verdad, que sus voces sonaran a barrio. La vida cotidiana es para mí el mejor material para escribir una novela negra sin renunciar a la humanidad.

“El penúltimo peldaño”, de Manel Gil
El penúltimo peldaño, de Manel Gil (Libros para el Infinito, 2024). Disponible en Amazon

—El título es sugerente y simbólico: alude a un punto previo a la caída, a una línea de frontera entre el remordimiento y la redención. Actualmente abundan los títulos rotundos, definitivos, pero tú escoges el “penúltimo”. ¿Qué significa para ti ese “penúltimo peldaño”? ¿Qué tipo de diálogo establece con el sentido moral de la historia?

—Significa que siempre, en ese instante previo al abismo, todavía es posible detenerse. El penúltimo peldaño representa esa frontera moral donde el personaje puede decidir si cae o si se salva. Quería sugerir que incluso en los momentos más oscuros hay un último resquicio de elección, una grieta por donde se cuela la luz.

—La narración está llena de guiños culturales —películas, canciones, referencias populares— que establecen de alguna manera un diálogo entre el lector y el narrador. ¿Cómo contribuye la cultura popular a definir la identidad de Rai, y la tuya propia como escritor?

—La cultura popular es nuestro paisaje emocional. Las canciones, las películas, las frases hechas, son parte de nuestra educación sentimental tanto como los libros. En el caso de Rai, esos guiños lo devuelven a su tiempo, a su juventud, a lo que fue y ya no es. Para mí, como autor, son una manera de rendir homenaje a una época que marcó mi vida.

 

Manel Gil y la verdad emocional de su novela

—Tu protagonista, Rai Kiavik, subvierte el canon del detective clásico: es irónico, humano, cercano, incluso vulnerable. Su tono se distancia del héroe oscuro del noir y se acerca más al observador de la vida cotidiana. ¿Puedes hablarnos de este personaje? ¿Qué querías explorar al construir un detective tan particular?

—Quería crear un personaje que fuera diferente a los tradicionales, alguien con un estilo y personalidad diferentes, que lo hiciera más cercano a los lectores, que fuera muy natural, muy normal, muy real, de aquellos protagonistas que caen bien. No quería un héroe. En lugar del detective infalible, preferí al que duda, al que se equivoca y se ríe de sí mismo. Rai Kiavik es alguien que arrastra su propia historia, sus errores, su cansancio, pero también una mirada compasiva sobre los demás. Rai no pretende resolver el mundo; sólo intenta entenderlo, y tal vez reconciliarse con él.

—Rai y Xana mantienen una relación profesional y emocional ambigua, que humaniza la investigación y rompe con el molde clásico de la pareja policial. ¿Qué te interesaba explorar en esa relación? ¿Qué representa Xana dentro del universo emocional de la novela?

—En principio quería mostrar cómo dos personajes de diferentes estilos y perspectivas pueden trabajar juntas para resolver un caso. Xana representa la posibilidad del equilibrio; frente a la ironía de Rai, ella aporta lucidez, determinación, una forma distinta de mirar el pasado. La relación entre ambos va de la atracción a la desconfianza, entra la necesidad y el miedo. Quise que su vínculo fuera un reflejo de la dificultad de conectar con el otro cuando uno carga con demasiadas mochilas.

—El asesinato del capitán Pardo funciona como una metáfora de los silencios y abusos que muchos hombres de tu generación llevaron consigo desde la mili. ¿Qué tiene que decirles El penúltimo peldaño a los lectores del presente, esos que no vivieron ese tiempo?

—La novela no pretende juzgar aquel tiempo, sino comprenderlo. El servicio militar fue un tiempo de luces y sombras, dejó cicatrices de todo tipo. Quise mostrar cómo esas heridas —de poder, de miedo, de silencio— todavía laten en quienes las vivieron. Para los lectores jóvenes, quizás funcione como un recordatorio de lo que pasó, y que por suerte para ellos y sus familias no lo han tenido que vivir.

—Detrás de la ficción hay una pulsión evidente de memoria personal y de reconciliación con el pasado. Además de una novela de intriga, ¿fue El penúltimo peldaño una forma de hacer las paces con una parte de tu propia historia? ¿Cuánto de ti hay en esta novela?

—Mucho más de lo que imaginaba al empezar. Escribir esta novela fue una forma de volver a lugares que creía olvidados, de reconciliarme con el joven que fui. No hay una correspondencia biográfica exacta, pero sí una verdad emocional. En cada página hay algo mío: la nostalgia, la culpa, la ternura hacia un tiempo que ya no existe. Tal vez escribir sea eso; poner orden en el pasado para poder seguir adelante.

 

“La disciplina del trabajo me ayudó a entender la escritura como un oficio”

—El desenlace plantea una tensión entre justicia y redención, pero sin caer en el cinismo del género negro tradicional. ¿Se aparta tu forma de entender la novela policial de los códigos del noir más ortodoxo? ¿Buscas un tipo de esperanza en un género que con frecuencia tiende más a la derrota?

—Siempre he creído que la novela negra no tiene por qué ser sólo un reflejo de la derrota; puede ser también un lugar donde todavía hay un espacio para la compasión, para una cierta forma de esperanza. El penúltimo peldaño no busca un castigo, sino una comprensión; los personajes no se salvan del todo, pero logran comprenderse.

—Has escrito tanto en catalán como en castellano, alternando narrativa juvenil y novela policial. El penúltimo peldaño es, por otra parte, el inicio de una trilogía de género negro. ¿Qué cambia en ti cuando escribes en una lengua u otra? ¿Por qué el castellano para esta trilogía en particular?

—Cada lengua tiene su respiración, su ritmo, su temperatura emocional. En catalán suelo escribir desde una voz más íntima; el castellano, en cambio, me ofrece una distancia que me permite mirar el mundo con una ironía más seca, más narrativa. Para esta trilogía, aparte de que la localización ya lo requería, necesitaba el castellano para expresar los sentimientos de forma efectiva.

—Vienes de una trayectoria profesional fuera del ámbito literario, y sin embargo tu obra muestra un control claro del ritmo y del diálogo. ¿Cómo influyó tu vida en el sector bancario —con su disciplina, su lógica, su observación del comportamiento humano— en tu forma de construir personajes e historias?

—Trabajar tantos años en el ámbito bancario me enseñó —como bien dices— algo esencial; a observar. La gente se revela en los pequeños gestos, en cómo habla, cómo espera, cómo protesta, cómo se impacienta. En un banco pasa toda la condición humana. La disciplina del trabajo me ayudó a entender la escritura como un oficio, no sólo como una inspiración.

—En nuestras conversaciones previas nos comentaste que querías escribir una novela sobre tu hermano, fallecido a los 66 años como consecuencia del alzhéimer, pero una barrera emocional te lo impidió. ¿Crees que puedas volver a esa historia en algún momento? ¿Qué nos espera a los lectores de Manel Gil?

—Mi hermano sigue siendo una presencia, no una ausencia. Su historia está dentro de mí, esperando su momento. A veces la escritura necesita distancia; otras, sólo valor. De momento, he seguido acompañando a Rai Kiavik en los libros que completarán la trilogía, y cada novela ha sido una manera de explorar la memoria, el amor y la pérdida. Pero ahora siento que ha llegado la hora de enfrentar ese reto; después de cerrar ese proyecto, mi próximo paso será escribir la novela sobre mi hermano. Me veo con la fuerza suficiente para hacerlo y confío en que será una obra profundamente íntima, necesaria y que tocará el corazón de quien la lea.

Jorge Gómez Jiménez

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