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El penúltimo peldaño, de Manel Gil
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viernes 14 de noviembre de 2025
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“El penúltimo peldaño”, de Manel Gil

Segovia, 15 de abril, 2000

Eran las cinco de la tarde y daba por concluida mi breve siesta en la oficina. El delicioso rabo de toro y el Ribera habían surtido efecto, tanto que me había quedado profundamente dormido en mi escritorio, con las piernas sobre la mesa y la espalda arqueada en el sillón reclinable. Sabía que mi cuerpo me pasaría factura, seguro.

Llamaron a la puerta, era Mari Carmen, la cartera del barrio.

—¡Raimundo!

—¿Qué pasa, chica? —exclamé mientras le abría la puerta.

—¡Que tienes una carta, cojones! A ver si piensas que he venido a despertarte para darte un revolcón. Ja, ja, ja..., es que me parto.

—Anda dame, no me seas bruta.

—Sí, sí, bruta... A ver si un día te doy una sorpresa, ja, ja, ja. Anda, a pasar buena tarde. Hasta luego, cariño.

—¡Nos vemos! —contesté.

Me dispuse a abrir la carta, pero noté que no tenía remitente, lo cual era extraño. Mi nombre y dirección estaban escritos a mano, con una caligrafía casi infantil, letras gruesas y redondas. Además, en lugar de Rai Kiavik, estaba escrito mi nombre real, Raimundo Postigo.

Abrí el sobre y, al leer la carta, casi me engulle el sofá por completo. En letras como las del sobre, gruesas y redondas, figuraba este mensaje:

“Voy a asesinar en breve a un conocido tuyo, mío y de Juan. Se lo merece por goloso y baboso”.

Me quedé de pasta de boniato. Rápidamente me activé, descolgué el teléfono y llamé a Juanito.

—¡Juanito! Ven cagando leches a la oficina, me parece que pronto vamos a tener trabajo.

—Pe..., pero..., si ahora estoy... —balbuceó.

—¡Que vengas, coño!

“El penúltimo peldaño”, de Manel Gil
El penúltimo peldaño, de Manel Gil (Libros para el Infinito, 2024). Disponible en Amazon

El penúltimo peldaño
Manel Gil
Novela
Libros para el Infinito
Madrid (España), 2024
ISBN: 978-8409588848
228 páginas

Tardó unos quince minutos en llegar. Mientras, yo preparé dos Macallan 12 años, buen motivo la puta carta para tomar unos whiskys.

—¿Dónde estabas? Joder, Juanito...

—Pues eso, estaba con la...

—Vale, vale, no me hacen falta detalles. Ya me contarás.

—Lee. Primero toma el Macallan —le aconsejé.

—¡Vale! Debe ser serio... —contestó mientras tomaba el primer sorbo.

—¡Joder! ¡Hostias! ¿Esto qué es? ¿Va en serio?

¿Quién es el hijo de puta este?... ¿Goloso y baboso?

—Eso es lo que tendremos que averiguar. Si nos da tiempo, porque el asesinato, según la nota, será pronto, Juanito.

—De momento, como indica la nota, debemos ir con cautela con tus padres, con Elisa, “el Candela”, su hijo y otras personas que puedan estar en el grupo de conocidos tuyos y míos. No sabemos quién será la supuesta víctima. Mantengamos los ojos bien abiertos.

Acostumbrados a casos típicos de detectives privados, espiar a maridos infieles, personas desaparecidas y otros casos similares, esto iba a alterar nuestro modus operandi.

—Voy a hablar con Elisa. Tú, Juanito, acércate a la pastelería y estate al loro. Date un garbeo por el centro, bares, colegas, y cualquier cosa rara que veas, me llamas.

—No sabemos del tiempo de que disponemos, ni si esta nota es de algún descerebrado y lo hace para tocar los cojones, o qué coño quiere. De momento pongámonos manos a la obra.

—Yo iré a ver al inspector Rabazo, de la Guardia Civil.

Hablé con Elisa más tarde e intenté explicarle la situación con aparente tranquilidad, pero sólo el hecho de que pudieran hacer daño a alguno de los míos me ponía de mala hostia. Ella se quedó bastante preocupada, sobre todo por Ramoncito; no lo iba a dejar solo ni un segundo. Hablaría también con “el Candela” para que estuviera atento y alerta ante la presencia de gente nueva en el bar o alrededores.

—Buenas, inspector Rabazo.

—¡Hombre, Raimundo! —gritó.

—Rai, inspector. Rai.

—No me toques los cojones, Raimundo. ¡Raimundo, y punto! ¿Qué coño quieres?

— ¡Esto! —le enseñé el sobre y la nota.

—Vaya por Dios, ya estamos otra vez con las putas notas y amenazas. Estoy hasta los cojones de estos locos de los cojones.

Rabazo tenía, como veis, los cojones en la boca siempre. No es que yo me haya repetido, por lo que creía necesaria esta aclaración.

—Raimundo, o como cojones quieras que te llame: tengo el despacho lleno de estas notas, puedo hacer un álbum. Dámela, haré un seguimiento como con las otras.

—¡No! Ya me imagino el seguimiento que le harán, Rabazo. Me la quedo yo, no vaya a ser que la pierda. Gracias por todo, inspector.

—¡A tomar por culo, Raimundo! ¡Tú mismo!

Bajé paseando por la calle Cervantes, observando a la gente, los bares, mientras pensaba que... Tenía la corazonada de que no pasaría mucho tiempo en tener noticias del futuro asesino.

Goloso y baboso, goloso y baboso... No paraba de darle vueltas a estos adjetivos con los que la nota definía a la futura víctima.

 

Segovia, 25 de abril, 2000

Habían pasado diez días desde la nota, y ningún rastro, incidente ni noticia remarcable que hiciera pensar que algo iba a suceder. De todos modos, estábamos todos en guardia.

Ya me había duchado, y bajé a la oficina a dar los buenos días a Elisa para luego ir a desayunar a Casa Arroyo.

Elisa siempre llegaba puntual a abrir la oficina, a las nueve en punto levantaba la persiana. Dejaba a Ramoncito en el colegio a las ocho cuarenta y cinco, llegaba, ventilaba, le daba al power de los ordenadores, y desayunaba el bocata que “el Candela” le habría preparado en el bar, y que bajando recogía.

—Buenos días, Elisa, y que aproveche. ¿De qué es hoy el bocata?

—De chistorra. Aún está calentito, si quieres un mordisco... —respondió.

—De buena gana, tiene una pinta que no veas. Paso ahora por la pastelería, como algo y vuelvo. Hasta ahora, Elisa.

Doblé la esquina y en dos minutos estaba en Casa Arroyo.

—Buenos días, Carolina. ¿Dónde tienes a los hombres?

—Andrés, ya sabes, cariño, en el horno con sus mantecados y rosquillas, y Juanito creo que ya se ha despertado. Ayer no sé a qué hora llegó, tenía una cita con no sé quién. Más le vale bajar pronto, porque tiene que repartir unos cuantos pedidos.

—Sí, quedé con él para tomar unas copas por la noche, pero me dijo que ya tenía plan. Algo trama, ya me contará. Ponme un café con leche y un par de rosquillas, no tengo mucha hambre.

Me senté en mi mesa de siempre y al instante sonó el teléfono. Era Elisa.

—¡Ay, Rai! ¡No he visto quién era, lo siento! Cuando he llegado a la puerta ya no había nadie. Lo siento, lo siento, vaya mierda... ¡Joder!

—Tranquila, Elisa. ¿Qué pasa? Tranquilízate.

—Otro sobre, Rai. Idéntico al anterior, la misma letra, han llamado a la puerta y lo han lanzado por debajo. Cuando he salido ya no había nadie, solo el sobre en el suelo. ¡Cuánto lo siento, Rai! —repetía una y otra vez.

—Carolina, guárdame las rosquillas, ya me las tomaré luego. El café con leche ya me lo bebo de un trago.

—Tranquilo, cariño, alguien se las comerá. Ve despacio con el café, que no te siente mal.

—Dile a Juanito que cuando acabe el reparto pase por la oficina, por favor. Creo que tenemos trabajo.

En dos minutos llegué a la oficina. Elisa estaba con el sobre en la mano, sentada en la silla como si estuviera esperando turno en el médico. Cuando me vio, pegó un salto de la silla y me dio el sobre.

—Toma, abre Rai. Estoy que me muero.

Cogí el sobre, la misma caligrafía, lo abrí, saqué la nota y la leí en voz alta.

—“Ya está hecho. Por goloso y baboso 781”.

Elisa llamó rápidamente al colegio y al bar para asegurarse de que todo estaba bien. Confirmó que no había ocurrido nada inusual. Yo había estado en la pastelería hacía apenas dos minutos y todo estaba en orden. No se escuchaban sirenas de ambulancias ni de policía; todo estaba tranquilo. Solo era cuestión de esperar.

Las siguientes dos horas estuve leyendo y releyendo la nota, dándole vueltas, intentando relacionar los adjetivos con algún conocido, familiar, amigo de Segovia, o de fuera; si alguien encajaba en los parámetros de la descripción del presunto asesinado, ya que no tenía constancia aún de ninguno. Y el 781... ¿Qué coño sería el número 781?

A las dos horas, llamó Juanito.

—Rai, ¿estás escuchando la radio? ¿Estás viendo la tele? Estoy en el reparto, estoy acabando, estoy yendo para allí, estoy... ¡Coño, que ya ha salido el muerto! Es el Capitán Pardo, Antonio Pardo, nuestro capitán en la puta mili, el de Sotillo.

Mientras me estaba hablando, yo ya había conectado la radio. Estaban repitiendo la noticia una y otra vez:

Ha sido hallado el cuerpo sin vida de Antonio Pardo Moreno, 70 años, natural de Sotillo de la Adrada (Ávila), militar jubilado. Había sido capitán en la Brigada BRIAC XII de El Goloso (Madrid). El cuerpo sin vida fue hallado en la “Charca de los cangrejos”, lugar donde la víctima solía ir a pasear todos los días al despuntar el día. Según información de última hora, el cuerpo apareció con múltiples puñaladas por el tórax, abdomen y extremidades. El caso pasa a disposición de la Policía y Guardia Civil. Seguiremos informando.

Ahí estaba, había aparecido el asesino y el asesinado; conocido mío, de Juanito y de “él”. La nota, “goloso y baboso 781”... ¡Dios santo! ¿Sería posible que goloso no fuera un adjetivo? ¿Que fuera un lugar? ¿Que fuera el puto cuartel donde hicimos la mili? El Goloso. Lo de baboso sí que era un adjetivo, lo tenía claro, pero no era con el que yo hubiera descrito al capitán, pero eso os lo cuento más tarde.

¿Y el 781? ¿No sería en realidad “78-1”? Reemplazo 1º del año 1978, el nuestro. Joder, joder, de golpe y porrazo todo encajaba: el adjetivo, que no lo era; el 781... El otro adjetivo era el que, de momento, no me cuadraba.

Elisa estaba alucinando.

—No me digas que el tío este era vuestro capitán. ¿Y por qué te manda notas a ti el asesino? ¿Qué tienes que ver tú con él? ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a hablar con la policía? ¿Y...?

—¡Para, Elisa! Estoy pensando, joder.

Antonio Pardo Moreno. Militar, metro sesenta como máximo, de Sotillo (Ávila). Un cabrón de cojones, este era mi adjetivo. No levantaba un palmo del suelo y acojonaba a todo Dios, repartía hostias a mansalva. A mí no me llegó ni una, de milagro.

Yo estaba destinado en la oficina del Cuartel; como buen estudiante de Letras, me asignaron la tarea de escribir oficios y otros documentos con la máquina Olivetti. A Juanito lo destinaron al taller de coches y motos debido a su destreza como motociclista. Pasaba todo el día recorriendo Madrid en moto, repartiendo y recogiendo correo. El capitán estaba en un despacho contiguo al nuestro. Éramos tres soldados y dos sargentos en la oficina: el sargento Redondo y el sargento Mansilla; Pep, un chaval de Cataluña que llevaba el tema de las guardias, rebajes e imaginarias; Luis, que estaba y no estaba, ya que era un enchufado de cojones, de no sé quién, daba soporte a quien lo necesitara, cuando estaba..., y yo.

Una mañana me llamó el capitán y me ordenó que colgara un cuadro en su despacho, con tan mala fortuna que, al colgarlo del gancho, no acerté con el clavo y el cuadro cayó al suelo.

—¿Qué haces, gilipollas? —me gritó casi pegado a mi pecho, no alcanzaba más altura.

—¡Mi capitán!... —exclamé yo.

—¡Ni mi capitán, ni pollas! —vociferó como un energúmeno.

Fuera de sí, levantó la mano. Se disponía a soltarme una hostia en toda la cara; ya la sentía, notaba el dolor..., pero se quedó a un milímetro de mi mejilla. Sus ojos parecían querer salirse de las órbitas, parecía el mismísimo diablo.

—¡Vete! —me dijo—. Que venga Luis (ese día sí que estaba). ¡Inútil!

Ese era mi capitán.

En la Compañía también estaba su sobrino, pero ese seguiría allí o en otro destino durante bastante tiempo, siguiendo la tradición militar familiar. Domingo Pardo Marín, Cabo 1º.

—Elisa, localízame a Domingo Pardo Marín, en Sotillo. También vivía allí, búscame su teléfono.

—¡Voy! —dijo—. ¿Lo vas a llamar? ¿Tenías contacto con él?

—Le voy a dar el pésame. Sé que dejó el ejército hace unos años por una empresa privada, que su tío se cabreó un montón... Normal. Él sabe que soy detective.

—¡Ahí lo tienes, Rai!

—¿Domingo?

—Sí. ¿Quién eres? —respondió.

—Soy Rai, Raimundo Postigo. Lamento lo de tu tío, me acabo de enterar por las noticias. Lo siento mucho.

—Hola, detective, ¿cómo estás? Muchas gracias por llamarme, cuánto tiempo... Sí, la verdad es que el cabrón este se ha ensañado de cojones con mi tío; el caso ya está en manos de homicidios y están investigando. Espero que lo pillen cuanto antes y que pague por ello. Pasado mañana serán los funerales aquí en Sotillo —indicó.

—Nos pasaremos Juanito y yo, y así nos vemos y hablamos...

—De acuerdo. Gracias, detective.

En aquellos instantes llegó Juanito.

—Nos vamos a Sotillo pasado mañana, Juanito, al funeral de nuestro capitán.

—¿Nuestro capitán? Los cojones —respondió.

—Mira esta nota. La han dejado en la puerta esta mañana a las nueve —se la mostré.

—¡Hostia! ¿Qué significa el 781, Rai?

—Reemplazo 78-1º. Nuestro reemplazo de El Goloso.

Manel Gil
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