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Ayer sin remitente reúne siete historias de horror
Christian Durán explora las dimensiones de lo perturbador

domingo 28 de diciembre de 2025
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Christian Durán
Christian Durán: “Ser violento para dar de que hablar es válido, pero cuando ese elemento habla más que la propia escritura, yo no estoy en el barco”. 📷 Job Abel Negrete

En los siete relatos que conforman Ayer sin remitente, que se adscriben al género del horror, éste se presenta en la forma de un gesto antiguo que regresa, una culpa que empieza a escocer, un territorio donde la memoria se vuelve más peligrosa que cualquier criatura. Están ambientados en escenarios reconocibles —la frontera norte, la sierra, la carretera, la intimidad doméstica, la cárcel—, pero luego se fracturan y revelan lo oculto bajo la apariencia de lo cotidiano e inofensivo. Esa doble dimensión, entre lo real y lo perturbador, define la tensión que el escritor mexicano Christian Durán explora en este libro.

Lejos de limitarse a los códigos del género, el autor construye un terror que dialoga con los afectos, el duelo, la violencia estructural y las marcas que deja el tiempo. Los desaparecidos de la ciudad, las voces que sobreviven al desastre, la sombra de un accidente irreparable o el eco de una criatura imposible funcionan como puertas hacia los conflictos íntimos de sus personajes. Durán se mueve con soltura entre lo sobrenatural y lo psicológico, como si en ambos campos encontrara maneras complementarias de explorar lo irresuelto, aquello que insiste, aquello que no deja avanzar.

Hemos querido conversar con él para que nos dé pistas sobre el origen de esas imágenes, de las decisiones formales que sostienen cada cuento y de los impulsos personales que dieron forma a este conjunto, así como de la construcción literaria del volumen y la visión del mundo que lo sostiene. En esta entrevista, el autor comparte la gestación del libro, las obsesiones que lo atraviesan, sus referentes y la relación entre su experiencia vital y la escritura.

 

Ayer sin remitente y el ambiente como arte

Tu libro Ayer sin remitente convoca elementos del horror tradicional, del gótico fronterizo y del terror más contemporáneo, pero los articula desde una voz joven que intenta situarse dentro del género. Me gustaría que comenzáramos hablando de los orígenes de este libro. ¿Cuándo descubriste que estas historias podían configurar un universo común que valía la pena reunir en una sola obra?

Es curioso, porque la idea de escribir un libro siempre ha caminado conmigo, pero al principio el proyecto estaba pensado para ser una novela y no un libro de cuentos. No fue hasta que recibí la retroalimentación de algunos lectores de confianza, profesores y amigos, cuando me di cuenta de que la primer obra, a pesar de ser buena, todavía no tenía una voz propia bien definida y no se sentía todavía como un trabajo artístico en forma. Fue cuando decidí que lo mejor sería guardar ese trabajo para otro momento y comencé a trabajar en un estilo propio con relatos más cortos, hasta que llegué al concepto de historias oscuras que tuvieran que ver con el pasado de los personajes. Decidí seguir escribiendo, pero ahora con este tema central en mente.

 

“Ayer sin remitente”, de Christian Durán
Ayer sin remitente, de Christian Durán (2025). Disponible en Amazon

Varias de las historias remiten a lugares muy precisos —Ciudad Juárez, la sierra norteña, cavernas en Estados Unidos, la cárcel— y parecen dialogar con experiencias, temores o imaginarios que te han acompañado. ¿Puedes hablarme de ese particular mapa emocional y geográfico que subyace al conjunto?

Antes creía que las grandes historias sólo podían ocurrir en las grandes ciudades del mundo, o en lugares famosos con mucha mística detrás, así que comencé escribiendo historias que pasaban en sitios que yo no conocía a profundidad y que sólo usaba por la creencia de que ahí era donde las cosas interesantes sucedían. Pero cuando entré a la universidad y comencé a adentrarme más en la literatura de regiones mucho más cercanas a la mía, me di cuenta de que en realidad las buenas historias podían ocurrir en cualquier lugar, siempre y cuando todo hiciera sentido en conjunto.

No digo que esté prohibido hacer una historia en Nueva York o en Europa, pero en mi caso sentí más acorde que las primeras historias que publicara fueran en lugares donde yo he vivido (a excepción de un par de casos donde me aventuré a salirme un poco de mi esfera para experimentar). Es por eso que la mayoría de los relatos radican en espacios que tienen un significado personal para mí, porque los siento más propios que cualquier capital moderna.

 

Desde las primeras líneas de cada cuento, la atmósfera se impone como un elemento esencial: casas devastadas por la historia, carreteras en medio de la nieve, celdas donde el tiempo se derrite. ¿Cómo trabajas la construcción del espacio en un cuento? ¿Cómo contribuye a la identidad del texto?

Cada género narrativo hace uso de distintos recursos que lo hacen brillar, pero en el caso del terror concretamente, la atmósfera y el “setting” lo es todo, ¿en dónde ocurren las cosas? ¿Qué es lo que hace que los personajes (y por ende el lector) sientan inquietud en este lugar?

La ambientación es en sí todo un arte del que tengo todavía mucho que aprender, pero sabía que, para Ayer sin remitente, quería diseñar atmósferas tensas, asfixiantes y oscuras que les dieran a los personajes ese impulso estilístico que necesitaban para surgir por completo.

Para conseguir ambientaciones que escapen de las páginas y encuentren al lector, hay que consumir mucho del género del que se está escribiendo. No sólo libros, sino toda pieza que aporte algo al resultado final, tratando de no cerrarse sólo a lo que ya se conoce. Al final para hacer historias hay que escuchar historias, y todas vienen empaquetadas en envoltorios distintos.

 

Christian Durán y la delgada línea entre transgresión y morbo

El cuento que da título al libro comienza con una frase que a mi entender es reveladora: “Era como si de pronto todo lo que concebía como coherente se hubiera desvanecido entre el pesado oleaje de la bruma y la tensión de su propia incredulidad”. Esa tensión entre lo imposible y nuestra percepción de la realidad es un rasgo que atraviesa todos los cuentos del libro. ¿Qué buscas en esa frontera borrosa entre lo real y lo extraordinario? ¿Te interesaba especialmente explorar las reacciones de tus personajes ante ese desajuste radical de la experiencia?

Dentro de la ficción, jugar con lo sobrenatural siempre deja muchas preguntas; es en sí todo un tema que cuestiona la realidad como la conocemos. Es por eso que poner a los personajes en estos dilemas me resultaba interesante, porque colocar fantasmas y monstruos en lugares tétricos me resultaba bastante sencillo, pero hacer que todo eso tuviera un motivo existencial para estar ahí, me supo a un desafío que quería tomar.

Mi intención no era volver los espacios materiales de las historias en entornos abstractos que no tuvieran forma ni coherencia, sino dejar en claro que eran cambiantes, volubles e impredecibles, como las historias que llevaron a los personajes a pararse ahí.

 

El tono general del libro alterna entre la contención y la violencia explícita, como si tu escritura oscilara entre sugerir y mostrar. ¿Cómo trabajas ese equilibrio? ¿Te resulta particularmente desafiante —o interesante— esa dosificación del horror?

Antes relacionaba mucho el horror con la crudeza visual, la violencia y el lenguaje explícito, y son elementos que me agradan bastante cuando se usan bien. Pero creo que con el tiempo adquirí cierta madurez en este sentido y me di cuenta de que las cosas fuertes o difíciles no sólo se muestran para incomodar gratuitamente, porque hay una línea muy delgada entre transgresión y morbo. Es por eso que para mí estas escenas deben intentar decir algo también.

Fue en ese punto cuando comencé a dosificar un poco más las descripciones, con la intención de encontrar el punto en el que estuviera diciendo sólo lo que la escena en concreto me pedía. No más, no menos. Y eso incluía cambiar diálogos, recortar descripciones o incluso descartar cuentos enteros cuyas bases no tenía muy claras.

Ser violento para dar de que hablar es válido, pero cuando ese elemento habla más que la propia escritura, yo no estoy en el barco.

 

En varios de los cuentos hay como dos ejes del terror: uno representado por criaturas o eventos sobrenaturales, y otro más afincado en la experiencia humana, con elementos como el crimen, la pérdida de la memoria, la irremediable desaparición de personajes, la oscuridad o la culpa. ¿Podemos decir que en tus cuentos lo sobrenatural amplifica las fracturas emocionales que ya habitan a tus personajes?

Así es, creo que no quería dejar este libro como un “da miedo y listo”, eso no me dejaba satisfecho por más que me encanten las historias que son terror simple y al grano.

Cuando llegaba la hora de escribir siempre me preguntaba: ¿en dónde está la sensibilidad en todo esto?, y no porque forzosamente la tuviera que tener, sino porque quería que hubiera algo de mí impreso también en este trabajo, así que combiné estos elementos emocionales de los personajes con los entornos sombríos y las temáticas oscuras que siempre me ha encantado explorar para tratar de llegar a algo nuevo.

Cuando comencé me causaba cierto conflicto que elementos tan crudos y oscuros convivieran con emociones sensibles y vulnerabilidades, pero conforme fui avanzando, no veía por qué no podían convivir estos dos polos opuestos dentro de las mismas páginas, y así fue como llegué al resultado final.

 

“Toca escribir de lo que se vive”

Has mencionado en otros espacios el peso que tienen la ciudad, la frontera y la violencia cotidiana en tu imaginario. ¿Cómo se filtraron esas experiencias en la construcción de los relatos, aun cuando algunos ocurren lejos de México?

A veces muchos de estos elementos que conviven en los espacios donde vivimos se cuelan indirectamente a la hora de crear algo nuevo. Es casi inevitable, esto aplica tanto a lo bueno como a lo malo. Todo lo que vemos día a día, ya sea en la calle o en las noticias, va a terminar en el lienzo casi por norma.

Estas historias no hablaban precisamente de temas como esos, pero hay escenas en donde salen a la luz tópicos con los que las personas que viven en el país se sentirán identificadas, desde injusticias éticas hasta frases que engloban mucho de lo que se vivió en algunas de las ciudades que se mencionan a lo largo del libro.

Las experiencias se filtran entre las páginas, porque si no lo hicieran, sencillamente no serían genuinas y no merecerían el tiempo de los lectores. Toca escribir de lo que se vive, y no siempre son las cosas lindas las que llegan al papel, a veces llega lo malo, y este libro también es un homenaje a eso.

 

Varios de tus relatos poseen una imaginería poderosa: criaturas de anatomía precisa, espacios que mutan, atmósferas densas que parecen escritas con la claridad de un plano cinematográfico. Tomando en cuenta tu experiencia con lo audiovisual, ¿cómo ves la relación entre tu escritura y el lenguaje del cine? ¿Crees que Ayer sin remitente podría dialogar con una adaptación cinematográfica o seriada?

Parte de trabajar mucho en las descripciones es hacerlas vívidas, y cuando algo cobra vida en las páginas, tiene el poder también de extrapolarse a un plano visual.

Ayer sin remitente no fue escrito pensando en lo que quedaría bien o mal para pasarse al cine o a la televisión, eso no condicionó las ideas o decisiones de la obra. Pero sin duda, el resultado final terminó contando con muchos elementos que se acoplarían bien en este formato; hay historias dentro del libro que a mí personalmente me encantaría ver en una pantalla, por más que su estructura no fuera pensada para ello.

Esa curiosidad siempre existe con los libros, ¿cómo se vería esto traído a la imagen? ¿Lo que veo en mi mente será acertado respecto a lo que un cineasta plasmaría en su filme? Ese tipo de preguntas también me surgieron a mí cuando terminé este libro; por ende, no descarto que en un futuro alguna historia se convierta en algo más que un cuerpo de tinta. Quizá yo vea desde lejos cómo alguien más lo hace realidad, porque, como ya dije, mi participación en estas historias termina en el papel, porque así las pensé. Fuera de ahí, toca esperar y ver qué más queda por venir.

 

A lo largo de estos relatos se percibe un cruce muy particular de influencias: desde el horror urbano mexicano y la inquietud doméstica de autores como Esquinca o Amparo Dávila, hasta ecos de tradiciones anglosajonas como el gótico, el folk horror o el horror metafísico. Me interesa saber cómo dialogas tú con ese linaje amplio del género: ¿qué autores o imaginarios sientes realmente cercanos a tu escritura? ¿De qué manera fueron modelando tu voz en Ayer sin remitente?

Mis primeras influencias en el terror son bastante tradicionales, comencé leyendo las novelas de Stephen King a los catorce años por mera curiosidad, y también me enamoré de los cuentos de Edgar Allan Poe por esa época, era todo muy nuevo para mí y no entendía cómo estas personas podían dar con esas ideas y explicarlas en las maneras como lo hacían.

Un poco mayor encontré a Agatha Christie, a Joël Dicker y a Michael Connelly, que me dieron inspiraciones más enfocadas en lo policiaco y la novela negra. Lovecraft también influyó mucho en las ideas que tenía para los monstruos, y un gran etcétera de libros que me ayudaron a entender en qué genero me metía.

Pero lo que de verdad fue un parteaguas en mi vida fue cuando leí La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, esa estética gótica de Barcelona, los diálogos tan afilados que rara vez dejaban frases que no fueran memorables. Los personajes, tan humanos, tan sinceros, tan suyos y acompañados de una prosa que sigue siendo mi favorita y a lo que aspira toda mi escritura en el presente. En ese momento, todo eso me voló la cabeza.

Por la época yo ya tenía cubierta la parte del terror en cuanto a mis influencias más grandes, pero faltaba encontrar a alguien que pudiera combinar elementos oscuros con algo que llegara al corazón y conmoviera a cualquiera. Cuando encontré a Zafón, sentí que di con la pieza que me faltaba. Ahí decidí que me dedicaría a escribir. Entonces se podría decir, que de manera indirecta, ahí fue cuando nació este libro, gracias a él, en donde quiera que esté.

Jorge Gómez Jiménez

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