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Su libro Cuadros en una cafetería es el resultado de media vida de escritura
Tomás Anarchezia-Lenor y el valor de los personajes cotidianos

domingo 1 de febrero de 2026
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Tomás Anarchezia-Lenor
Tomás Anarchezia-Lenor: “La cotidianidad abunda en coincidencias que muchas veces damos por sentadas y que al final apelan a los temas fundamentales de la escritura”.

Novela construida desde la observación persistente y la memoria decantada, Cuadros en una cafetería, del venezolano Tomás Anarchezia-Lenor, parte de un espacio único —una cafetería urbana situada entre un burdel y una funeraria— para desplegar una serie de escenas en las que confluyen personajes anónimos y habituales, deseos no resueltos, rutinas alcohólicas, silencios prolongados y decisiones aplazadas. Lejos de una trama lineal, la obra avanza por acumulación de miradas y situaciones, componiendo un mosaico humano donde lo cotidiano adquiere densidad narrativa y resonancia simbólica.

Sobrepasando la instancia de simple escenario, esta cafetería, o bar, o bar-restaurante, será el punto de cruce de estudiantes, trabajadores, amantes furtivos, dolientes, traficantes, observadores solitarios cuyas vidas se rozan sin necesariamente encontrarse. Cada capítulo funciona como un cuadro autónomo, pero el conjunto revela una coherencia profunda sostenida por la repetición de motivos y por una prosa que privilegia el monólogo interior, el ritmo mental y la atención a los gestos mínimos. El resultado es una novela coral y fragmentaria que se pregunta, sin énfasis moral ni estridencias, por la forma en que habitamos el tiempo y los espacios compartidos.

En esta entrevista conversamos con su autor sobre el origen vital del libro, las decisiones formales que le dieron forma y la mirada que sostiene estas historias de vidas comunes. Desde la memoria universitaria hasta la escritura en la madurez, desde la elección de un narrador-testigo hasta la tensión entre vivir y observar, el diálogo propone una entrada reflexiva a una obra que encuentra en lo aparentemente insignificante una manera de interrogar la condición humana.

 

“Cuadros en una cafetería”, de Tomás Anarchezia-Lenor
Cuadros en una cafetería, de Tomás Anarchezia-Lenor (2025). Disponible en Amazon

Cuadros en una cafetería: la labor de un chupavidas

—Sé, por nuestras conversaciones previas, que Cuadros en una cafetería tiene sus orígenes en vivencias de tus años universitarios. Me gustaría entonces comenzar por la gestación de esta obra. ¿En qué circunstancias personales y creativas sentiste que ya no era sólo un conjunto de recuerdos dispersos, sino un libro que pedía tomar forma definitiva?

—Comencé escribiendo las historias sueltas y volvía una y otra vez sobre la imagen del salón de esa cafetería, visualizaba las mesas y las poblaba, escuchaba diálogos al vuelo y sentía la necesidad de escuchar más, de saber más. Un día me encontré dibujando el esquema de las mesas sobre un trozo de papel mientras escuchaba “Cuadros de una exposición” de Músorgski. Así nació el título y comencé a gestar la idea de completar las historias en un solo fresco.

—A lo largo del libro se percibe una voluntad de observación más que de protagonismo, casi como si la escritura surgiera de mirar y escuchar antes que de intervenir. ¿Fue esa una decisión consciente desde el inicio o una ética narrativa que se impuso con el tiempo?

—No creo haber tomado ninguna decisión consciente en lo que se refiere a mi escritura. Lo que sí es cierto es que siempre me he sentido un poco testigo, como lo que planteo en “chupavidas”: el escritor como “sanguijuela chupavidas curioso atisbador escribiente escribidor” que de continuo bebe de los otros y, con el producto de su vampirismo, construye el “monstruo multiforme que después abrirá su propio camino en las páginas en blanco”. Yo voy así por la vida, como un observador activo y sediento, robándome rasgos, anécdotas, imágenes, momentos, emociones... en fin, soy un recolector de impresiones que luego llevo a la escritura.

—La obra dialoga con una tradición de relatos urbanos y corales y le confiere mucho peso a la mirada interior y la densidad simbólica de ciertos motivos, pero evita cualquier énfasis generacional explícito. Parece escrita, no sé si a propósito, con un ojo puesto en lectores de las más diversas edades. ¿A quién le escribe Tomás Anarchezia-Lenor en este libro? ¿Tienes un lector ideal?

—No, no, para nada. Mi lector ideal es aquel con la indulgencia y la generosidad del máximo acto de amor: leerme.

 

Tomás Anarchezia-Lenor, el escritor que quiere habitar el otro

—La cafetería, el burdel y la funeraria conforman un triángulo espacial muy preciso. ¿Qué función simbólica cumple esa vecindad y cómo dialoga con los temas de deseo, desgaste y muerte que atraviesan el libro?

—Como la realidad siempre supera a la ficción, al decir de Wilde, resulta que el símbolo ya estaba allí, en la realidad. Yo sólo lo vi y quise convertirlo en palabras. La cotidianidad abunda en coincidencias que muchas veces damos por sentadas y que al final apelan a los temas fundamentales de la escritura: la vida, el amor, la muerte. Basta una mirada un poco atenta para descubrir que los hilos del tejido conducen a las mismas inquietudes existenciales.

—Me gustaría que me hablaras de la construcción de los personajes. Hay unos recurrentes como el Marino, Celeste, el Poeta y algún otro, pero creo que donde reside la fuerza de la obra es en lo variopinto de quienes atraviesan las puertas del establecimiento al que alude el título. Escribir sobre tantos puntos de vista, ¿lo consideras un desafío o simplemente no puedes hacerlo de otra manera?

—No puedo hacerlo de otra manera, creo. ¿No te pasa que ves a cualquiera por la calle y quisieras habitar su mente por unas horas, unos días? Desde muy joven he fantaseado con esa posibilidad de entrar en el otro y ver (de nuevo, atestiguar) lo que piensa y siente la señora en el supermercado, el anciano sentado en la banca, el oficinista que corre a tomar un taxi... Quizá lo he logrado a medias a través de la escritura.

—El último capítulo introduce la figura del testigo como conciencia que observa, acumula historias y no escribe. Además toma la forma de un extenso monólogo interior, con una puntuación que reproduce el flujo mental. ¿Ese cierre es una clave de lectura retrospectiva para todo el libro?

—Puede ser. Lo más bello del ejercicio de leer es el descubrimiento de preocupaciones e intencionalidades que no le han pasado por la cabeza al autor. De cualquier modo, como narrador de los Cuadros yo ejercí esa función testimonial; acaso quise darme un espacio en la cafetería, después de todo.

 

“Dentro de cada uno de nosotros habita lo más excelso y lo más mezquino”

—La novela está poblada de personajes que postergan decisiones, que viven en una espera indefinida o que simplemente parecen estar siempre de paso. ¿Dialogan esas figuras con tu propia relación con el tiempo, tu experiencia migrante, la jubilación y la escritura en esta etapa de tu vida?

—Siento que la vida es un tránsito en el que no siempre se navega en el sentido que queremos o buscamos. Tomamos decisiones (u otros las toman por nosotros), con frecuencia sin que tengamos mucha conciencia de ello. Por ejemplo, en 1980 viajé a Colombia con el único objeto de adelantar estudios universitarios, pero luego ya no regresé a mi ciudad natal más que en ocasionales y muy cortas visitas, la última hace treinta años. Cuando escribí los Cuadros dedicaba la mayor parte de mi tiempo a un trabajo que nada tenía que ver con la escritura, así que se fueron produciendo con meses y a veces años de diferencia, con certeza aportando en cada momento lo que podría estar rondándome en esa coyuntura vital específica. Hice las últimas lecturas y correcciones entre 2024 y 2025, cuando ya disfruto del retiro y el tiempo es sólo mío. Sin querer, con los Cuadros recorrí más de media vida.

—Vives hoy en un entorno natural muy distinto al espacio urbano del libro y pronto frente al mar, que ya aparece como nostalgia en la novela. ¿Qué lugar ocupa hoy ese contraste entre retiro, naturaleza y ciudad en tu forma de mirar y de escribir?

—Necesito silencio y tranquilidad para escribir; ni siquiera pongo música cuando escribo. Prefiero lugares con vista para dejarme ir cada tanto, cuando las palabras se traban y me son esquivas. Pero me atrae el tráfago de la ciudad y es allí donde voy de “chupavidas”, recogiendo instantáneas que luego se transforman en relatos.

—Has publicado antes Seré Dios por un día, sobre personas que ya no tienen vuelta atrás, y Yo no sabía que tenía sangre, donde retratas el despertar de la carne de una joven. ¿Cómo consideras que ha sido tu evolución literaria entre estos libros y Cuadros en una cafetería? Y además, ¿qué proyecto literario desarrollas actualmente?

—Mi primera obra completa fue Yo no sabía que tenía sangre, cuando no había cumplido veinticinco años, la sensualidad era todavía terreno de exploración y descubrimiento, y quizá todavía me sentía un poco poeta. Un día, quizá a partir de Thelma y Louise, la magnífica película de Ridley Scott, comencé a reflexionar sobre esos puntos de inflexión que nos cambian la vida para siempre, querámoslo o no, y en los que se revela que dentro de cada uno de nosotros habita lo más excelso y lo más mezquino, sin que optar por lo uno o lo otro sea censurable. Al final, somos sólo humanos, me digo. Así fueron naciendo los relatos de Seré Dios por un día (verso robado de un poema de Fernando Vásquez Rodríguez que no sé si haya sido publicado alguna vez), escritos igual que los Cuadros, con mucho tiempo de diferencia entre uno y otro y redondeados en 2020. Me obsesionó la idea de que el destino o una voluntad secreta nos conduzcan a una calle sin salida o a un abismo, como a las chicas de la película. Hay algo de esto también en los Cuadros. Creo que ambas obras se fueron escribiendo casi simultáneamente y con preocupaciones similares en mente. Luego, hacia 2012, pensé en un personaje con nombre rimbombante que vivía en un pueblo pequeño y quería ser locutor radial: nació Juan Fernando, el primero del libro de relatos Criaturas inanes, que publicaré este año, en el que me ocupo de personas cuyo único heroísmo es estar vivos. En una línea imaginaria similar, ahora trabajo en otro libro sobre un día en la vida de personas ordinarias en el que pasan (o no) eventos extraordinarios. Ahora que lo expreso conscientemente, acaso lo que más me interesa son esos personajes con los que podemos toparnos un día cualquiera que transitamos por la ciudad; no tengo interés alguno en las personas excepcionales. Mientras tanto, espero pronto dar a la luz una novela que he venido escribiendo sin mucho juicio en los últimos diez años, más o menos, sobre una niña adoptada por unos familiares mayores. Ya veremos.

Jorge Gómez Jiménez

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