
Tiempos baldíos es, a no dudarlo, una novela poco frecuente en el panorama narrativo actual: una obra que no se conforma con contar una historia, sino que propone una exploración amplia y exigente de la relación entre el poder, la historia y el individuo. Su ambiciosa estructura atraviesa siglos, geografías y registros narrativos, eludiendo el simplismo y sacando al lector de su zona de confort, con una mezcla entre la novela histórica, la memoria personal y la crítica cultural contemporánea.
Lejos de cualquier planteamiento lineal, la novela articula tres grandes bloques narrativos que funcionan como espejos deformantes de una misma inquietud: la persistencia de los mecanismos de dominación bajo máscaras sucesivas. Desde la violencia institucional de los imperios en decadencia hasta las formas más sofisticadas de control ligadas al espectáculo, el dinero y la mercantilización del cuerpo, el texto despliega un universo narrativo denso, poblado de personajes que no buscan heroísmo, sino supervivencia, y de escenarios donde la épica se disuelve en desgaste, corrupción y desencanto.
Conversamos con su autor, el español José Siles, sobre las motivaciones detrás de Tiempos baldíos, las decisiones formales que sostienen su compleja arquitectura narrativa y las marcas personales e intelectuales que atraviesan la escritura del libro. Abordaremos tanto los aspectos literarios de la novela como las preguntas de fondo que la recorren: qué se repite en la historia, qué se transforma realmente y qué precio pagan los individuos cuando los grandes relatos prometen sentido, progreso o salvación.
Tiempos baldíos, del furor ideológico a la esterilidad histórica
Tu novela Tiempos baldíos parece incidir en un momento en que conviven la revisión crítica del pasado histórico y una sensación contemporánea de agotamiento de los grandes relatos, dándole un vuelco a esto con una estructura ambiciosa que tiene visos de una cuidada planificación. Me gustaría que comenzáramos hablando de cómo llegas a las ideas detrás de este libro y cómo fue la labor de investigación para escribirlo.
Gracias por tu pregunta tan pertinente sobre Tiempos baldíos. Efectivamente, esta trilogía narrativa, compuesta por tres relatos independientes pero entrelazados temáticamente, ambientados en la España del siglo XVI (el desastre de la Armada Invencible), la turbulencia de la Comuna de París y el Cantón de Cartagena, y un pueblo contemporáneo como Mestizón del Pinar, trata sobre la naturaleza humana y las pulsiones que, al menos en apariencia, motivan la aceleración de las transformaciones sociales. Creo que, parafraseando alguna de las reseñas que he leído al respecto (los lectores desentrañan algunas de las claves del texto mejor que el propio autor), en Tiempos baldíos se utiliza la narrativa histórica como campo de problematización social, ética y política, aprovechando su capacidad para hacer dialogar épocas y sensibilidades distintas alrededor de una misma pregunta: qué queda del sujeto (individuo) cuando las grandes narrativas fracasan. El sujeto, después del fracaso de las grandes narrativas, suele quedar en una situación de desarraigo, pero es potencialmente libre, se ve obligado a navegar por la complejidad del mundo y a forjar su propio itinerario sin un mapa preestablecido... sin presupuestos ortopédicos.
Asimismo, este diseño tripartito facilita el diálogo entre memoria, historia y ficción, de modo que cada relato funciona como variación de un mismo motivo: la furia y la ideología vinculadas a objetivos utópicos que suelen desembocar en resultados igualmente estériles, lo que muestra un mosaico que evidencia “tiempos” dominados por la fragilidad y la inoperatividad de ciertos proyectos humanos.
Por otro lado, y como consecuencia de estos ensayos históricos que acaban malamente, el fenómeno de la posmodernidad está presente en los tres relatos, dado que esta ¿nueva? tendencia ideológica es una gran fábrica de relatividades que nos está dejando huérfanos respecto a las grandes verdades: por un lado, la dialéctica entre los grandes relatos (religiosos, míticos, políticos o incluso científicos) como soportes ortopédicos que ofrecen seguridad total y soluciones colectivas a los grandes retos y, por otro lado, la orfandad relativista que no ofrece verdades absolutas ni colectivas y que deja al individuo como responsable de su autorrealización o de su miseria.
En este contexto que, además de posmodernista, siguiendo a Zygmunt Bauman podríamos denominar característico de las sociedades líquidas, marcadas por el pensamiento fluido, inestable y proteico, se enmarca la reflexión sobre la tensión, en primer lugar, entre una revisión crítica de la historia en la que se cuestionan las categorías absolutas, los grandes relatos y se pone en duda hasta el concepto de evolución y verdad debido al agotamiento de las macronarrativas, que está vigente en la sociedad actual (muy relacionado con el pensamiento woke), y, por otro lado, las épocas en las que las cosas estaban necesariamente claras con meridiana precisión: blanco o negro, bueno o malo, reaccionario o revolucionario; que es, precisamente, el tipo de pensamiento dominante en los tres relatos que integran esta trilogía. La consideración de esta característica resulta vital para valorar en su justa medida el papel desempeñado por los diferentes personajes, que nos revelan sus convicciones, dudas, aciertos y errores a través de las páginas de Tiempos baldíos.
Las ideas centrales tal vez estén vinculadas a mi oficio de historiador, que contempla con suma atención la incidencia de la cultura en los grandes cambios a través del tiempo. En la cultura se combinan, como en una ensalada, las creencias, los valores, los sentimientos y todo tipo de simbología que constituyen el combustible de las grandes revoluciones religiosas, sociales o políticas, donde, como consecuencia de este “aliño” cultural, el individuo se diluye en el grupo ideológico que ha asumido una gran e inmutable verdad (materialista, espiritual, poshumanista o mediopensionista). De esta forma, el individuo se debe exclusivamente a la lucha por la causa y su existencia sólo tiene sentido en tanto se aplica a combatir por ese fin trascendente predicado en esa gran verdad.
En Tiempos baldíos se cuestionan los “sinsentidos” de momentos clave que, pese a su vehemencia, desembocan en una frustrante infructuosidad: la furia bélica del siglo XVI, las pasiones revolucionarias del XIX y las tensiones identitarias del presente rural despojado de sus tradiciones y estilo de vida mediante la radical transformación provocada por el turismo de masas. El germen fue un deseo de explorar la condición humana a través de personajes tan excepcionales como marginales —un cirujano de la Armada, un testigo de la Comuna de París y del Cantón de Cartagena, una directora de periódico local en un municipio enclavado en una zona montañosa— que revelan los silencios, sorpresas y horrores solapados tras los grandes eventos. Creo que también algo ha tenido que ver en mi inspiración mi propia experiencia vital en Cartagena, Alicante y Tampico, donde la memoria histórica late con intensidad.
La labor de investigación fue exhaustiva y placentera, combinando fuentes primarias y secundarias: archivos sobre la Armada Invencible (crónicas de supervivientes como don Íñigo Lope de Cardonara), documentos sobre la Comuna de París y el Cantón de Cartagena (prensa y proclamas republicanas) y observación etnográfica en entornos rurales murcianos y almerienses, en paralelo con la incidencia de las “tecnologías del yo” en los cuerpos de las nuevas generaciones para el tercer relato (la figura de Talpijus, cuyo cuerpo es pieza de museo).
Este proceso de construcción literaria de las tres narraciones me ha llevado largo tiempo, tal vez años. No sentía urgencia por plasmar precipitadamente todo lo que se me ocurría al respecto. He disfrutado escribiendo algunos apuntes y, sobre todo, especulando acerca de las distintas direcciones y sentidos que podrían darse en las historias. A partir de esta fase embrionaria, sí es cierto que he recurrido a una planificación concienzuda que me permitió entrelazar ficción y hecho histórico sin forzar demasiado su verosimilitud, culminando en una estructura derivada tanto de la intuición durante el proceso de escritura como de una base inicial previamente pensada y repensada.

El título remite a una idea de esterilidad o de espera improductiva, pero la verdad es que el lector se encontrará con un texto lleno de acción histórica y de conflictos intensos. ¿Cómo se fue definiendo esa noción de tiempos baldíos? ¿Cómo cala ese título en cada una de las tres partes que componen la obra?
Esa aparente paradoja entre “esterilidad” y acción intensa es precisamente el núcleo temático de la trilogía, que no busca glorificar ni demonizar el heroísmo bélico ni las revoluciones en sí mismas, sino desentrañar algunas de sus incoherencias y sinsentidos.
La noción de Tiempos baldíos surgió durante mi investigación sobre eventos históricos que en principio iban a contribuir a grandes cambios optimizando la sociedad y que, aparentemente, implicaban esfuerzos colectivos tan loables como gloriosos, pero que acababan poco menos que en la nada y la frustración: la Armada Invencible (1588), la Comuna de París (1871) y el Cantón de Cartagena (1873-74), extendida al presente rural en Mestizón del Pinar. Baldío evoca no sólo tierra yerma o improductiva (como campos abandonados), sino un tiempo histórico estéril: momentos de furor colectivo que dejan sólo ruinas, memorias fragmentadas y lecciones ignoradas o perfectamente olvidables, en contraste con la vitalidad humana de los personajes que luchan en vano contra lo inevitable. Pero la fuente principal que me inspiró el título fue The Waste Land (La tierra baldía, 1922) de T. S. Eliot, que con ese título quiso simbolizar la esterilidad espiritual, cultural y emocional de la posguerra europea tras la Primera Guerra Mundial (otro gran episodio histórico sin sentido), un paisaje desolado de fragmentación, infertilidad y colapso de la civilización occidental.
En cada unidad narrativa, el título cala de forma orgánica. En la primera parte (Armada Invencible), la “esterilidad” es marítima y existencial. El cirujano protagonista navega tormentas y mutilaciones, pero el gran proyecto imperial termina en naufragio colectivo: un tiempo baldío de ambición estéril frente a la naturaleza indómita. El cirujano acaba perdiendo sus habilidades (poderes) sanadoras cuando se queda calvo y ya no le quedan más amuletos que recortar (Íñigo Lope Cardonara-Íñigo Pelo Arrancado). En la segunda narración, que transcurre en dos episodios tan convulsos como la Comuna de París y el Cantón de Cartagena, los insurgentes, sitiados tanto en París como en Cartagena, levantan barricadas y se buscan la vida como pueden en un ambiente hostil, pero los dos ensayos históricos, tan aproximados cronológicamente, van a derivar en un mismo y decepcionante resultado: el baldío que radica en la brevedad de la esperanza, dejando un legado de sangre que no conduce a nada de lo previsto. En este contexto, el protagonista, un expósito adoptado por un humilde artesano, no renuncia a su identidad como individuo pese a la enorme presión de los acontecimientos.
En la tercera unidad narrativa, “Talpijus”, ambientada a finales del siglo XX, nos encontramos con una infructuosidad más sutil, más actual, donde la memoria histórica del lugar choca con el turismo depredador y la pérdida identitaria. También nos encontramos con actividades delirantes que actúan como atracciones especialmente creativas para el turismo, que se podrían derivar de lo que Foucault denomina “tecnologías del yo”, en las que el cuerpo se transforma en la materia prima de actividades artísticas y donde la identidad muestra su gran volatilidad (en este caso, el cuerpo colmado de tatuajes). La directora de periódico defiende un pueblo que se vacía, simbolizando tiempos baldíos en la era global: acción local ante la esterilidad cultural.
Tras lo que acabo de decir sobre los tres relatos, creo que el título Tiempos baldíos sintetiza correctamente la naturaleza de la obra. Fue también el resultado de una especie de destello poético que unificó la trilogía estructural y temáticamente, como suele ocurrir con los títulos de mis poemarios, que emergen al final del proceso creativo. Justo a punto de concluir el tercer relato, fui consciente de que todos compartían un sinsentido común: momentos de furor ideológico que culminan en una esterilidad evidente, como el mito de Sísifo que repetidamente mencionaba en mis apuntes. Baldíos surgió espontáneamente —primero como “tierras baldías”, evocando a Eliot y los campos estériles del Quijote—, pero al añadir tiempos se cerró el círculo, superando la mera dimensión espacial (la esterilidad de la tierra) para abarcar la dimensión temporal.
En la primera parte recurres a una prosa densamente histórica, casi barroca, mientras que en la tercera el lenguaje se vuelve más directo y contemporáneo. ¿Cómo trabajaste esas modulaciones estilísticas para que cada sección tuviera identidad propia sin romper la coherencia del conjunto?
En Tiempos baldíos, las variaciones estilísticas responden a la propia lógica histórica de cada relato: estimo que el cambio de tono no rompe la unidad, sino que la articula como una variación de registros alrededor de una misma necesidad de adaptar el lenguaje al contexto histórico. Se trata de aferrar el estilo al tiempo histórico.
En la primera parte, el estilo “fondea” deliberadamente en el puerto lingüístico del siglo XVI: la sintaxis se prolonga, el léxico se arcaíza y la voz narrativa adopta cierta gravedad “de crónica renacentista”, en consonancia con la memoria de un cirujano jesuita excomulgado y un capitán marcados por la catástrofe de la Armada Invencible. Esa densidad, casi barroca, no es un ornamento artificioso sino, más bien, un intento para que el lenguaje respete y represente fidedignamente, desde la voz de los personajes, las tradiciones, leyendas y mitos al uso en el momento histórico en cuestión.
En la segunda narración de la obra, el lenguaje narrativo se adecua a un escenario que responde tanto al último tercio del siglo XIX como a las circunstancias características de un fenómeno como el Cantón de Cartagena. Es evidente que se pasa del tono introspectivo y legendario en la primera parte (siglo XVI) a uno más inmersivo, colectivista y visceral. Creo que la utilización de diálogos directos y crudos de los revolucionarios cantonales, intercalados con reflexiones del protagonista sobre el conflicto, la memoria y la pasión, acelera el ritmo narrativo y evoca un ambiente de caos propio de las atmósferas de ciudades sitiadas como París o Cartagena.
En la tercera parte, el lenguaje adopta un estilo más acorde con una época que podríamos situar en la última década del siglo XX. Se torna más directo porque ese contexto histórico y cultural respira de forma natural un registro menos arcaico y más cotidiano: la prosa se acerca al habla periodística y a la oralidad de un pueblo atravesado por la precariedad, la protesta y los “galimatías” de las relaciones humanas en un pequeño pueblo que ha experimentado una transformación radical de la noche a la mañana como consecuencia del turismo masificado. Esa nivelación lingüística no renuncia a la complejidad, sino que desplaza la densidad hacia la oralidad, la introspección psicológica y los escenarios narrativos: lo barroco desaparece dejando paso a una sintaxis coral integrada por el entramado de voces, silencios y tensiones que rodean el misterio principal de la historia.
El mito de Sísifo se puede considerar como la argamasa que interrelaciona y mantiene la coherencia en las tres narraciones, confiriendo a la trilogía la cohesión que caracteriza la unidad en una obra compuesta por diferentes relatos. Es decir, la coherencia última no la garantiza un estilo uniforme, sino el mito que late bajo las tres historias: la repetición del esfuerzo inútil, la furia que se disuelve en resultados baldíos, la historicidad de un sujeto condenado a empujar siempre la misma piedra de forma recurrente y que, pese a ser consciente de la esterilidad de su esfuerzo, decide seguir adelante. Cada una de las adaptaciones estéticas del lenguaje empleado en esta trilogía funciona como una máscara de época distinta para responder a una misma pregunta de fondo: cómo se experimenta, en tres tiempos y con tres estilos literarios, la conciencia de estar atrapado en una historia que no deja de recomenzar. Entre la primera y la tercera narración no se buscó una ruptura brusca, sino una especie de “reajuste progresivo” del lenguaje que pienso que el lector encuentra tan lógico como necesario para reconocer el mismo universo moral, aunque la forma de expresión varíe según la época histórica.
José Siles: el cuerpo nunca es abstracto
El cuerpo —herido, explotado, tatuado, vigilado— aparece de forma insistente a lo largo del libro. Desde el punto de vista formal, ¿qué puedes decirnos de este símbolo, o esta idea, que atraviesa la novela?
El cuerpo en Tiempos baldíos funciona como un símbolo material de la historia misma: herido por el poder, explotado en su labor cotidiana, tatuado por las marcas del tiempo y vigilado por las estructuras que lo exceden. Formalmente, este leitmotiv no es un mero acumulador de imágenes, sino el hilo conductor que teje la trilogía, adaptándose a cada registro temporal sin perder su carga alegórica.
En la primera parte, el cuerpo aparece como carne expuesta al desastre colectivo: herido, lacerado por la guerra, gangrenado por el salitre, amputado en la penuria. Este tratamiento denso, casi quirúrgico, refleja la tradición barroca de la vanitas: el cuerpo no es sólo físico, sino testigo corpóreo del sinsentido de los imperios, donde la carne se vuelve metáfora de una voluntad histórica que hiere sin redención. En la figura del cirujano Íñigo Lope de Cardonara se describen simbólicamente las relaciones entre la eficacia casi milagrosa de su arte sanador y una parte de su cuerpo (su cabello) que es la responsable del portentoso éxito del jesuita excomulgado.
En el segundo relato, las marcas en la piel —cicatrices, tatuajes, callos— operan como archivo somático de lo vivido. En las secciones intermedias, el cuerpo explotado (el del jornalero, el migrante) se lee como superficie donde se inscriben las deudas del pasado: no es un lienzo pasivo, sino un palimpsesto que resiste, acumulando capas de violencia y supervivencia. Formalmente, esto se logra mediante repeticiones rítmicas de términos táctiles (“surco”, “hendidura”, “costra”, “cojera”, “lisiado”, “tullido”), que dan cohesión al conjunto. El protagonista del relato es un expósito “lisiado” que tiene que adaptarse a las limitaciones de su condición de tullido en un tiempo poco condescendiente con ese tipo de personas y al que solían marginar sin demasiados tapujos.
En la tercera parte, el cuerpo se somete a la mirada del presente —cámaras, rumores, chequeos médicos—, convirtiéndose en objeto de control biopolítico. El estilo directo aquí acentúa esta vigilancia: frases escuetas describen cuerpos que se mueven en espacios comprimidos, donde la explotación ya no es sólo física, sino algorítmica y relacional. Así, el símbolo evoluciona de lo heroico-trágico a lo anodino-opresivo, pero siempre como índice de una humanidad baldía. En este tercer relato, “Talpijus”, el cuerpo se transforma en materia prima para un arte, el tatuaje, que se va a erigir en la principal atracción para el creciente turismo que trae tanto la riqueza como la aculturación a un pequeño municipio rural enclavado en una zona montañosa.
Creo que el tratamiento del cuerpo en los tres relatos confiere unidad a las tres narraciones y contribuye a unir las tres épocas históricas, porque el cuerpo nunca es abstracto: siempre duele, sangra, se tensa o se tatúa, transformándose en obra de arte objeto de culto como pieza de museo en un contexto preciso, evitando así el recurso fácil a la alegoría plana. Pienso que esta insistencia genera una polifonía somática que sostiene la novela y ayuda al lector a percibir ese continuo característico de la fragilidad humana, donde cada herida particular remite a una herida histórica y cultural mayúscula.
En varios momentos del libro se percibe una mirada especialmente atenta a la violencia institucional y a sus mecanismos de legitimación. ¿Esta obsesión temática procede de lecturas históricas o de una experiencia vital o generacional concreta?
La atención a la violencia institucional en Tiempos baldíos surge de una combinación de lecturas históricas profundas y una sensibilidad generacional formada en la transición española, donde pude constatar cómo los mecanismos de legitimación del poder se perpetúan bajo distintas máscaras. Las tres narraciones exploran episodios concretos —la Armada Invencible, la Comuna de París y el Cantón de Cartagena, el presente rural fracturado y desnaturalizado— donde la violencia no es sólo física, sino un dispositivo de control narrado desde crónicas y archivos: el cirujano testigo del desastre imperial, los comuneros aplastados por Versalles, los cantonalistas sofocados por los centralistas, coincidente todo ello con el final de la I República. En fin, creo que esta obsesión procede de lecturas que desmontan la épica oficial, mostrando cómo el Estado legitima la represión disfrazándola como “orden” o “progreso”. Por supuesto, me han influido libros de historia que, de forma más o menos realista, analizan los fracasos de diferentes revoluciones y que han contribuido a desmontar narrativas épicas saturadas de triunfalismo y a explorar causas estructurales, divisiones internas y contrarrevoluciones que han desembocado en ríos de sangre y represión desde diferentes presupuestos ideológicos.
Algunas de las obras que me han ilustrado sobre estas experiencias revolucionarias a nivel universal son, por ejemplo: Reflexiones sobre la revolución en Francia, cuyo autor, Edmund Burke, vive el episodio sobre el que luego va a escribir y reflexionar; La Comuna de París, de Prosper-Olivier Lissagaray, que vivió el fenómeno en primera persona, donde se describe la cotidianeidad de las gentes del París sitiado y las posibles causas del previsible derrumbe de la Comuna; Revoluciones y rebeliones de la Europa Moderna, de varios autores (Elliott, Stone, Smit, Mousnier), que me facilitaron datos de gran valía para comprender la magnitud del fenómeno. Entre otras obras que me han inspirado genéricamente, está Primavera revolucionaria: la lucha por un mundo nuevo, 1848‑1849, de Christopher Clark, que analiza cómo la euforia inicial de estas acometidas cargadas de buenas intenciones derivó en fracasos por múltiples y confusas causas. Pero tal vez me han impactado aún más obras en las que se combinaban la ficción y la realidad (como en Tiempos baldíos). Es el caso de obras clásicas como Diez días que conmovieron al mundo, donde John Reed narra el clímax de 1917, resaltando las tensiones que anticipan fracasos posteriores como el estalinismo. Otra aportación, entre la historia y la biografía, es La revolución traicionada, de León Trotsky, que disecciona las posibles causas que provocaron que la revolución de 1917 degenerara en burocracia estalinista, aislamiento económico, agotamiento de la vanguardia revolucionaria y abandono de los presupuestos que legitimaron la revolución para apostarlo todo al mantenimiento del poder.
Otras obras que me han influido significativamente son aquellas que, desde la distopía como género, muestran una sociedad “emputecida” porque algún principio, aparentemente racional o progresista —orden, seguridad, eficiencia, pureza, crecimiento ilimitado—, se ha llevado tan lejos y de forma tan vehemente que acaba socavando la libertad y la dignidad humana y sepultando al individuo en un océano de colectivismo impersonal. Sólo pondré dos ejemplos: 1984, cuyo autor, George Orwell, vivió en primera persona el desencanto de sus propias ideas durante la guerra civil española, y, por supuesto, Un mundo feliz, de Aldous Huxley.
También me pareció muy interesante, desde la perspectiva puramente literaria, una novela de Ramón J. Sender que, aunque la leí en mi juventud, siempre he tenido presente: Mr. Witt en el cantón, sobre todo por su exploración —mucho más desenvuelta al tratarse de pura ficción— de la confluencia de sentimientos y las contradicciones que se generan: pasión, dignidad, tradición y legitimidad.
Pero, sin duda, las fuentes que me han ayudado mejor y de forma más directa a pergeñar el fenómeno del Cantón de Cartagena son, lógicamente, aquellas que versan directamente sobre este episodio tan particular de la historia de España. En primer lugar, me han influido las informaciones aportadas por personas que vivieron los acontecimientos, especialmente Antonio de la Calle, que destaca como figura principal, dado que vivió los dos episodios más relevantes para Tiempos baldíos: la Comuna de París y el Cantón de Cartagena. El gaditano Antonio de la Calle es todo un ejemplo del trasiego de comuneros parisinos al cantón cartagenero. Estaba exiliado en París (donde se refugió tras el fracaso de la revolución federal española de 1869) y llegó a capitán comunero durante la Comuna de París. Posteriormente se refugia en Cartagena (tras el desastre de la Comuna), donde llega a dirigir uno de los principales periódicos cantonales, El Cantón Murciano, y forma parte de la Junta Revolucionaria Cantonal.
Otros de los autores en los que me he documentado son Antonio Puig Campillo, que escribió La revolución cantonal en Cartagena en 1911, cuando aún resonaban los tambores de los sitiadores y los sitiados; la obra de Mari Alice‑Medioni (hija de un cartagenero exiliado en Túnez tras la guerra civil española) sobre el Cantón de Cartagena —sin duda la que antes y más me influyó—, y la más reciente de Jeanne Moisand: Federación o muerte: los mundos posibles del Cantón de Cartagena (1873), que reivindica la legitimidad de las reivindicaciones defendidas por los cantonales. El hecho de que ambas autoras, francesas, historiadoras y con un profundo conocimiento tanto de la historia de la Comuna parisina como del Cantón cartagenero, nos da una idea de la íntima conexión entre ambos fenómenos históricos.
Por otro lado, y desde el plano más personal, es cierto que siempre me llamó la atención el fenómeno del Cantón de Cartagena (a fin de cuentas, uno de los ecos míticos recurrentes en mi ciudad natal). Dirigí hace unos años una tesis doctoral sobre dicho tema y disfruté tanto como aprendí al respecto. Siempre me interesó este particular episodio histórico inmerso en una época especialmente convulsa, coetáneo con las guerras carlistas y una serie inacabable de movimientos revolucionarios de diverso calado e ideología.
La tercera parte es narrada desde la perspectiva de una reportera. Urdir la voz de una mujer suele ser un desafío para muchos autores masculinos, y en este caso me parece que sales airoso. En estos tiempos de resignificación y revaloración de los géneros, ¿cómo te planteas el desarrollo de un personaje femenino?
Son muchos los autores que han perfilado personajes femeninos sin mutilar su feminidad, sin caer en tópicos que confieren a los personajes —tanto femeninos como masculinos— una planicie tan rotunda como inverosímil. Por ejemplo, Anna Karenina o Emma Bovary son personajes de gran calado y con una gran solvencia literaria, porque tanto Tolstoi como Flaubert, empapándose en sus complejas psicologías femeninas, exploran en ellas tanto su contexto histórico y social como sus propios conflictos morales y afectivos. En “Talpijus” me he esforzado por liberar a una voz femenina de mi yo y de los estereotipos que perfilan artificiosamente lo femenino, reduciéndolo a poco más que un amasijo de flirteos románticos cuya finalidad es pura convencionalidad: la conquista o el enamoramiento. Sí que hay cierta deconstrucción en este ánimo por sumergirme en una estética femenina donde los sentimientos y la experiencia sensorial y emocional de la protagonista interactúan con el momento histórico y social.
Creo que este afrontamiento me resultó esencial para perfilar la feminidad del personaje. Asimismo, procuré combinar la observación periodística, más racional y objetiva, con una introspección poética muy intimista y vinculada a la psicología compleja y a la memoria subjetiva de la protagonista. En todo momento he huido de todo tipo de clichés feminoides para mantener la profundidad de un pensamiento que alimenta, por un lado, el lenguaje sensorial que se plasma en descripciones vívidas y táctiles que evocan a personajes y, por otro, las evocaciones al paisaje de Mestizón del Pinar: olores, texturas de piedras, árboles, la relación con su entrañable mascota felina y los sabores amargos de recuerdos familiares (especialmente de su padre).
También me he servido de técnicas que suelo utilizar en mis relatos: el flujo de conciencia coral (en distintos personajes), el discurso interior y los monólogos fragmentarios, que pienso que contribuyen a la comprensión del mundo íntimo de una mujer con una profundidad psicológica que es capaz de combinar la dirección de un periódico en un municipio rural (autora de reportajes objetivos) con confesiones cuyo intimismo revela vulnerabilidades (celos, miedo, odio, ambición frustrada) sin caer en lo melodramático. Esto crea una voz híbrida: profesional y visceral, donde el “yo” se disuelve en “nosotras” como un colectivo de mujeres y contribuye a una reinterpretación identitaria en la mujer que protagoniza el relato de acuerdo con el insólito contexto en el que se encuentra.
“La reflexión sobre lo que escribo es algo que no puedo ni quiero evitar”
A lo largo de tu trayectoria has alternado novela, relato y poesía, y en este caso optas por una estructura extensa y ambiciosa; ¿qué te empujó a asumir el riesgo de una obra de largo aliento y cómo dialoga este libro con los anteriores dentro de tu propio recorrido literario?
Sí, es cierto. En el transcurso de mi trayectoria narrativa ya he acometido el trance de escribir obras poco convencionales donde solía combinar —estimo que sin pretenderlo previamente— temas poco afables, pero muy definitorios de la naturaleza humana, con un humor ácido que, a mi parecer, les confería cierto aire de esperpento valleinclanesco. Novelas como La última noche de Erik BiKarbonato, El latigazo, La Venus de Donegal y Kartápolis, y libros de relatos como El hermeneuta insepulto, La delirante travesía del soldador borracho y La utopía reptante creo que evidencian esta constante en mi obra. Esta insólita costumbre literaria de asociar los aspectos más grotescos de lo humano con explosivas vetas de humor corrosivo también se da en mis poemarios; por ejemplo, mi hasta ahora última obra poética, Espejo de monos alumbrados, creo que es bastante representativa de todo esto que estoy comentando porque, como sostiene Valle‑Inclán, “los héroes clásicos reflejados en espejos cóncavos dan como imagen el esperpento”.
Entiendo que la razón que me motivó para escribir Tiempos baldíos fue el resultado de la maduración de ideas acumuladas durante años; ideas que tenían que ver tanto con la investigación histórica como con la intuición y la más pura imaginación. Las tres temáticas y épocas históricas —la Armada Invencible, la Comuna de París y Talpijus— demandaban un lienzo narrativo amplio para hilvanar en un tríptico aquella parte compartida donde se revelan sus estulticias comunes. Su amplitud se proyecta, sobre todo, más que por la extensión de los acontecimientos relatados, por los saltos cronológicos y temáticos que se presentan en tres fases que aparentemente no tienen nada que ver, pero donde he intentado sintetizar, mostrándolo lo mejor que he podido, la atemporalidad y omnipresencia de la fragilidad y la insensatez humanas.
Que este libro dialoga con mis anteriores obras es algo poco discutible, dado que creo que las temáticas son, de alguna forma, recurrentes. Temas que considero universales y actuales a pesar del paso de la historia y la diversidad cultural: la poesía aporta su densidad estética y simbólica desde una subjetividad trascendente, pero con una ración generosa de ironía y humor ácido (Protocolo del hastío, El sentido del navegante, Los tripulantes del Líricus, La sal del tiempo, El desamparo del tabú en flor), mientras la narrativa extiende los conflictos existenciales de mis novelas a escala temporal considerando siempre el peso de la cultura (presión cultural de tradiciones, símbolos, valores, creencias, mitos, etc.). Considero que es como un puente entre la lírica insurrecta y la prosa testimonial, donde personajes marginales (cirujano, testigo revolucionario, directora de un periódico rural) glosan esos temas recurrentes y universales a los que me he referido previamente: memoria, infructuosidad hasta hartarse y, a pesar de todo (volviendo a Sísifo), una tenaz resistencia ante lo baldío.
Tu formación académica y tu trabajo universitario implican una relación constante con el análisis y la interpretación. Al escribir esta novela, ¿sentiste la necesidad de desaprender ese marco teórico para dejar espacio a una escritura más intuitiva o, por el contrario, esa formación actúa como un sustrato inevitable?
La reflexión sobre lo que escribo es algo que no puedo ni quiero evitar. Es cierto que la formación académica deja un eco permanente, un modo de mirar que se filtra incluso en los gestos más intuitivos. Sin embargo, esta misma conciencia me permite mantener a raya ciertas inercias y percibir con más nitidez las convergencias y divergencias entre mi situación personal y profesional, por un lado, y mi actividad literaria, por otro. Ese diálogo, a veces tenso, acaba siendo también el motor de mi escritura.
Si tuvieras que situar este libro dentro del conjunto de tu obra, no en términos de jerarquía sino de función, ¿qué lugar ocupa para ti: cierre de un ciclo, punto de inflexión o síntesis provisional de preocupaciones que vienes arrastrando desde hace años?
Creo que Tiempos baldíos ocupa el lugar que, tal vez, le correspondería a una especie de síntesis provisional de inquietudes recurrentes en mi obra, uniendo en esta trilogía el sinsentido de la condición humana que está presente en novelas como Kartápolis, La Venus de Donegal o La utopía reptante y poemarios como El desamparo del tabú en flor o Espejo de monos alumbrados. Tiempos baldíos no implica para mí un fin de ciclo ni marca inflexiones, sino que condensa temas arrastrados durante años: heridas históricas, epidemias ideológicas, memorias fragmentadas y pasiones estériles. Esta sublimación agridulce de los intentos del ser humano por mejorar la realidad revela la necesidad de los cambios y, simultáneamente, provoca un sarcasmo lo más hilarante posible ante su quimera.
Las tres partes (Armada Invencible, Comuna de París-Cantón de Cartagena, Mestizón del Pinar) amplían la hibridación de historia y ficción presente en obras previas, ofreciendo un panorama provisional de la lucha humana sin resolución definitiva, dejando, eso sí, un poso irónico de punzante hilaridad y sátira agridulce. En esta obra, pienso que se deja abierta la puerta a futuros desarrollos para consolidar, mediante nuevos retos narrativos, la exploración antropológica de una de las constantes de la historia de la humanidad: el vitalismo tan necesario como baldío.
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